
Mariela tardó tres paradas en darse cuenta de que todos la estaban mirando.
La primera vez creyó que había pasado algo detrás de ella.
El autobús acababa de detenerse frente a un semáforo cuando la conversación de dos estudiantes se interrumpió a mitad de una frase. Un hombre bajó el teléfono. Una señora dejó de buscar algo dentro de su bolso.
Mariela levantó la vista.
Casi todos los pasajeros tenían el rostro vuelto hacia ella.
No parecían enfadados.
Tampoco sorprendidos.
Simplemente miraban.
Una mujer sentada junto a la ventana mantenía la boca ligeramente abierta, como si hubiese detenido una conversación para observarla. Un adolescente sostenía un auricular entre los dedos. Incluso el hombre que iba de pie cerca de la puerta había girado el cuello.
Mariela miró hacia atrás.
No había nada.
El semáforo cambió.
El autobús avanzó.
La señora volvió a revisar su bolso.
Los estudiantes continuaron hablando exactamente desde donde habían quedado.
El hombre levantó otra vez el teléfono.
Nadie volvió a prestar atención a Mariela.
Ella se acomodó el cabello detrás de la oreja.
Pensó que quizá había entrado alguien conocido. O que se había confundido al interpretar las miradas.
Dos minutos después, el autobús frenó en una parada.
Las puertas se abrieron.
Subieron tres personas.
Mariela miró hacia la calle.
Cuando volvió la cabeza, todos estaban observándola otra vez.
Esta vez lo notó de inmediato.
La mujer junto a la ventana.
Los estudiantes.
El adolescente.
El hombre de pie.
También las personas que acababan de subir.
Una de ellas todavía sostenía la tarjeta de transporte en la mano.
Mariela sintió calor en el rostro.
Revisó su blusa.
Después el pantalón.
Pensó que quizá llevaba algo manchado.
Se tocó la cara.
—¿Tengo algo? —preguntó a la mujer sentada a su lado.
La mujer no respondió.
La miraba directamente.
—¿Señora?
Nada.
Las puertas se cerraron.
El autobús avanzó.
La mujer parpadeó.
—¿Qué cosa?
Mariela la observó.
—Me estaba mirando.
—¿Yo?
—Sí.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Perdón, estaba distraída.
—Todos estaban mirando.
La mujer miró alrededor.
Nadie prestaba atención a Mariela.
—No me di cuenta.
Mariela sintió una incomodidad difícil de explicar.
No quiso insistir.
En la siguiente parada decidió observar desde antes.
El autobús comenzó a reducir la velocidad.
Los estudiantes seguían conversando.
La señora guardaba algo en su bolso.
El hombre de pie miraba por la ventana.
Cuando el vehículo terminó de detenerse, ocurrió al mismo tiempo.
Las conversaciones cesaron.
Los teléfonos bajaron.
Los rostros giraron.
Todos hacia Mariela.
Sintió un frío inmediato en la espalda.
Esta vez no apartó la mirada.
—¿Qué pasa?
Nadie respondió.
—¿Por qué me están mirando?
Una niña pequeña estaba sentada unas filas adelante junto a su madre.
También miraba.
Mariela levantó la voz.
—¿Qué quieren?
La niña pestañeó.
Su madre no reaccionó.
El conductor esperaba mientras una persona pagaba al subir. No parecía haber escuchado nada.
Mariela miró hacia él.
En el espejo interior vio sus ojos.
El conductor también la estaba mirando.
Las puertas se cerraron.
El autobús comenzó a moverse.
Las cabezas volvieron a sus posiciones.
Las conversaciones continuaron.
La niña giró hacia su madre y señaló algo afuera.
Mariela se puso de pie.
—Disculpe.
El hombre que estaba junto al pasillo se apartó para dejarla pasar.
—Permiso —dijo él.
Su voz era completamente normal.
Mariela caminó hasta la puerta trasera.
No quería esperar otra parada.
Presionó el botón.
Una luz roja indicó la solicitud.
Durante el minuto siguiente nadie la miró.
Eso la inquietó todavía más.
El autobús redujo velocidad.
Mariela se agarró de la barra.
Antes de que se detuviera por completo, observó a los pasajeros.
Todavía estaban ocupados en sus cosas.
La velocidad disminuyó un poco más.
Entonces el conductor levantó los ojos hacia el espejo.
Mariela lo vio.
No miró la calle.
No miró la puerta.
La miró a ella.
El autobús todavía seguía avanzando.
Mariela sintió que el pecho se le apretaba.
Después la señora de la primera fila giró.
Luego el hombre con el teléfono.
Después los estudiantes.
Uno tras otro.
Esta vez comenzaron antes de que el vehículo se detuviera.
Cuando las ruedas finalmente quedaron inmóviles, todos la estaban observando.
Mariela tuvo la sensación absurda de que había llegado tarde a algo.
La puerta trasera se abrió.
Bajó casi saltando.
El autobús permaneció detenido unos segundos.
Mariela caminó rápido por la vereda.
Sintió una necesidad insoportable de mirar.
Terminó haciéndolo.
A través de todas las ventanas visibles, los pasajeros continuaban observándola.
Algunos habían girado completamente el cuerpo para seguirla.
El conductor la miraba desde su asiento.
Nadie sonreía.
Nadie hacía señas.
Solo esperaban.
El autobús arrancó.
En el mismo instante, todos apartaron la mirada.
Mariela se quedó quieta en la vereda mientras el vehículo se alejaba.
Al día siguiente tomó otra ruta.
No tenía ninguna razón lógica para hacerlo.
Se dijo que quería comprobar que aquello había sido una coincidencia, aunque en realidad escogió un autobús diferente porque no quería volver a encontrarse con las mismas personas.
Subió varias cuadras más lejos de su parada habitual.
El vehículo iba casi vacío.
Eso la tranquilizó.
Había un señor mayor cerca de la puerta.
Una pareja joven.
Dos mujeres con uniformes de trabajo.
Un muchacho dormido contra la ventana.
Mariela se sentó al fondo.
El autobús avanzó cinco cuadras sin detenerse.
Nada ocurrió.
Se sintió ridícula.
La noche anterior había dormido poco. Tal vez el cansancio había hecho que interpretara miradas normales como algo coordinado.
El autobús llegó a un semáforo.
Comenzó a frenar.
Mariela miró al frente.
El conductor ya la observaba por el espejo.
Todavía faltaban varios metros para que el vehículo se detuviera.
Una de las mujeres con uniforme giró la cabeza.
La otra hizo lo mismo.
La pareja interrumpió su conversación.
El anciano se volvió lentamente.
El muchacho dormido abrió los ojos.
El autobús se detuvo.
Todos miraban a Mariela.
Sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—No.
El anciano no reaccionó.
—Ustedes no me conocen.
Nadie respondió.
Mariela miró al muchacho que acababa de despertar.
—Tú estabas dormido.
Él permaneció observándola.
El semáforo cambió.
El autobús avanzó.
El muchacho cerró los ojos otra vez.
La pareja continuó hablando.
Una de las mujeres dijo algo sobre el trabajo.
Mariela se levantó y caminó hacia el conductor.
—Señor.
Él no respondió enseguida.
—Señor, ¿puedo preguntarle algo?
—Dígame.
—¿Por qué me estaba mirando?
El conductor frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—En el semáforo.
—Yo miro el espejo.
—Me estaba mirando a mí.
—Señorita, tengo que mirar a los pasajeros.
Mariela quiso decirle que no era eso.
Entonces vio el siguiente semáforo adelante.
Estaba en rojo.
—No se detenga.
El conductor la miró un instante.
—¿Cómo?
—Por favor, no se detenga.
—Está en rojo.
—Ya sé.
El autobús redujo velocidad.
Mariela agarró la barra.
—Déjeme bajar antes.
—No puedo abrir aquí.
—Entonces avance hasta la esquina.
—Señorita, cálmese.
La velocidad bajó todavía más.
Mariela miró hacia los pasajeros.
El anciano ya estaba girando.
—No.
La pareja dejó de hablar.
—Por favor, siga.
El conductor frenó.
Todos los rostros quedaron orientados hacia ella.
Mariela estaba de pie junto a la cabina.
Ahora los tenía mucho más cerca.
Una de las mujeres con uniforme estaba apenas a dos metros.
La observaba con una expresión completamente neutra.
Mariela sintió ganas de retroceder.
—¿Por qué hacen eso?
Nadie respondió.
Miró al conductor.
Él seguía viendo el espejo.
—Usted también.
El hombre no contestó.
—Dígame qué está viendo.
El semáforo cambió.
El conductor miró al frente y aceleró.
—¿Qué me decía?
Mariela lo observó.
—Nada.
Bajó en la siguiente parada.
Durante dos días fue al trabajo en taxi.
No ocurrió nada.
El tercero decidió caminar una parte del trayecto y usar el metro.
Tampoco pasó nada.
Aquello parecía ligado únicamente a los autobuses.
Esa conclusión debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
Porque ahora los observaba.
Desde las veredas.
Desde cafeterías.
Desde cruces peatonales.
Cada vez que veía uno acercarse a un semáforo sentía el impulso de comprobar si alguien en su interior la estaba mirando.
Nunca ocurrió mientras ella estaba lejos.
Eso la ayudó a pensar que el problema necesitaba que estuviera dentro.
Hasta el viernes.
Mariela salía del trabajo cuando empezó a llover.
No llevaba paraguas.
Corrió hasta el techo de una farmacia y se quedó allí esperando que disminuyera.
La avenida estaba congestionada.
Un autobús avanzaba lentamente por el carril más cercano.
Mariela apenas lo miró.
El vehículo se detuvo por el tráfico.
Una mujer junto a la ventana giró hacia ella.
Después el hombre sentado detrás.
Luego otra persona.
Mariela sintió que el cuerpo se le endurecía.
Todas las caras que podía ver desde la vereda estaban orientadas hacia ella.
No estaba dentro.
El autobús arrancó unos metros.
Las personas volvieron a mirar al frente.
Mariela retrocedió bajo el techo de la farmacia.
—No puede ser.
El tráfico volvió a detenerse.
El autobús también.
Las cabezas giraron otra vez.
Esta vez Mariela estaba preparada.
Contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta doce rostros visibles.
Todos mirándola a través del vidrio mojado.
El conductor también.
Mariela caminó rápidamente en dirección contraria.
El vehículo seguía detenido.
Mientras avanzaba por la vereda, algunos pasajeros tuvieron que girar más el cuello para seguirla.
Una mujer incluso se inclinó ligeramente hacia el pasillo para no perderla de vista.
Mariela comenzó a correr.
El autobús arrancó.
Las cabezas regresaron al frente.
Ella no se detuvo hasta doblar la esquina.
Aquella noche llamó a su amigo Ramiro.
No quería involucrar a nadie, pero necesitaba comprobar una cosa.
Ramiro escuchó toda la historia sin interrumpirla.
Al terminar preguntó:
—¿Quieres que subamos juntos?
Mariela tardó en responder.
—No quiero subir.
—Entonces nos quedamos afuera.
Al día siguiente se encontraron en una avenida donde pasaban varias rutas.
Eligieron una parada concurrida.
Había suficiente gente alrededor para que Mariela no se sintiera expuesta.
Ramiro se quedó a su lado.
—Si pasa algo, dime cuándo empieza.
Llegó el primer autobús.
Se detuvo.
Mariela miró las ventanas.
Nada.
Los pasajeros siguieron con sus cosas.
Sintió un alivio enorme.
—¿Ves? —dijo Ramiro.
—Ayer pasó.
—Te creo.
—No parece.
—Te creo que viste algo.
El autobús se marchó.
Llegó otro.
También se detuvo.
Nada.
Mariela empezó a sentirse avergonzada.
—Quizá solo pasa cuando estoy sola.
Ramiro sonrió apenas.
—Entonces eso es bueno.
Un tercer autobús se aproximó.
Antes de llegar a la parada, el conductor redujo velocidad.
Mariela miró su parabrisas.
El hombre al volante giró los ojos hacia ella.
—Ramiro.
—¿Qué?
—Ahora.
El autobús seguía moviéndose.
Una mujer en la primera fila giró.
Después un adolescente.
Luego otra persona.
El vehículo se detuvo frente a ellos.
Todos los pasajeros visibles miraban directamente a Mariela.
—¿Lo ves?
Ramiro no respondió.
Mariela lo agarró del brazo.
—¿Lo ves?
Ramiro observaba el autobús.
—Sí.
Aquella palabra le produjo más miedo que alivio.
—¿Qué están haciendo?
—Te están mirando.
Mariela tragó saliva.
—Háblales.
—¿Cómo?
—Hazles una seña.
Ramiro levantó una mano.
Nadie reaccionó.
Se acercó un poco al autobús.
—¿Qué les pasa?
Las caras permanecieron orientadas hacia Mariela.
Ramiro se movió frente a ella.
Bloqueó la vista.
Mariela no podía ver las ventanas.
Ramiro sí.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
Él no respondió.
—Ramiro.
Retrocedió un paso.
—Se están inclinando.
Mariela sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Ramiro se apartó.
Los pasajeros que habían quedado detrás de su cuerpo habían desplazado la cabeza hacia los lados para seguir viendo a Mariela.
No mucho.
Solo lo necesario.
Un anciano tenía el cuello inclinado.
Una mujer miraba por encima del hombro de otro pasajero.
Un hombre se había desplazado hacia el pasillo.
Todos intentando conservar una línea de visión.
Mariela retrocedió.
El autobús arrancó.
Las personas regresaron a sus posiciones.
Ramiro no dijo nada hasta que el vehículo estuvo lejos.
—No vuelvas a subir a uno.
—No pensaba hacerlo.
—No, Mariela. Ni siquiera te acerques.
Durante las siguientes semanas evitó las avenidas principales.
Comenzó a modificar sus horarios.
Si tenía que cruzar una calle y veía un autobús acercándose, esperaba.
No quería encontrarse junto a uno cuando se detuviera.
Funcionó bastante bien.
Hasta una tarde en que su taxi quedó atrapado en tráfico.
Mariela estaba revisando mensajes cuando sintió esa misma incomodidad.
La sensación de estar siendo observada.
Levantó la cabeza.
A la derecha había un autobús detenido.
Todas las personas de ese lado miraban hacia el taxi.
Hacia ella.
Mariela se hundió en el asiento.
El conductor del taxi la observó por el espejo.
—¿Está bien?
—Avance.
—No puedo.
—Por favor.
—Hay tráfico.
Mariela miró al frente.
Una fila de autos ocupaba toda la avenida.
El autobús permanecía junto a ellos.
Las caras seguían orientadas hacia ella.
El taxi avanzó un metro.
El autobús también.
Las personas dejaron de mirar.
Mariela respiró.
El tráfico volvió a detenerse.
Todas las cabezas giraron.
El conductor del taxi lo notó.
—¿Conoce a esa gente?
—No.
—Parece que sí.
Mariela no respondió.
El hombre miró por su ventana.
—Qué raro.
El tránsito avanzó unos metros más.
Las caras regresaron al frente.
Luego volvieron a detenerse.
Y volvieron a mirar.
Mariela sintió que el pánico le subía por el pecho.
No era una mirada larga e inmóvil.
Era peor.
Cada pocos metros, cuando los vehículos frenaban, todos se volvían hacia ella.
Cuando avanzaban, recuperaban la normalidad.
El tráfico convertía aquello en una secuencia.
Miraban.
Apartaban la vista.
Miraban.
Apartaban la vista.
Como si algo encendiera y apagara a los pasajeros cada vez que las ruedas dejaban de girar.
—Déjeme bajar.
—Aquí no puedo.
—Déjeme bajar.
El conductor finalmente abrió la puerta cuando llegaron cerca de una esquina.
Mariela salió.
El autobús quedó atrás.
No quiso mirar.
Escuchó el tráfico frenar otra vez.
Sintió las miradas antes de comprobarlas.
Se volvió.
Todas las caras estaban orientadas hacia ella.
Incluso desde esa distancia.
Mariela corrió.
Pasaron casi dos meses.
Aprendió a vivir alrededor de aquello.
Usaba metro.
Caminaba.
Pedía taxis solo por calles con pocas rutas de autobús.
Parecía absurdo organizar la vida de esa manera, pero funcionaba.
Dejó de intentar entenderlo.
No buscó historias parecidas.
No revisó cámaras.
No volvió a hacer pruebas.
Le bastaba con saber que era real.
Ramiro tampoco volvió a cuestionarla.
Una noche cenaron juntos y él la acompañó caminando hasta su edificio.
Habían evitado la avenida.
Tomaron una calle residencial.
—Creo que ya sé cuál es el problema —dijo Ramiro.
Mariela lo miró.
—No quiero saber.
—No digo por qué pasa.
—Entonces ¿qué?
—Creo que no te están mirando a ti.
Mariela dejó de caminar.
—¿Qué significa eso?
Ramiro se arrepintió inmediatamente de haber hablado.
—Nada.
—Dilo.
—Cuando me puse delante aquella vez...
Mariela esperó.
—Todos movieron la cabeza para seguir viendo.
—Eso ya lo sé.
—Sí.
Ramiro tragó saliva.
—Pero no todos miraban exactamente a tu cara.
Mariela sintió una presión incómoda en el estómago.
—¿Dónde miraban?
Ramiro dudó.
—Algunos parecían mirar un poco más arriba.
Mariela no respondió.
—Otros hacia un lado.
—¿De mí?
—Muy cerca.
Ella miró involuntariamente por encima de su hombro.
La calle estaba vacía.
—No sigas.
—Está bien.
Continuaron caminando.
Mariela intentó olvidar la frase.
No pudo.
Al llegar a su edificio se despidió rápidamente.
Subió al departamento.
Cerró la puerta.
Encendió todas las luces.
Durante varios minutos permaneció en la sala sin quitarse el abrigo.
No había nada extraño.
Terminó riéndose de sí misma.
Ramiro había visto pasajeros desde distintos ángulos. Era lógico que las miradas no coincidieran perfectamente.
Se preparó algo caliente.
Puso música.
Intentó pensar en cualquier otra cosa.
A la mañana siguiente salió temprano.
La calle estaba tranquila.
Caminó hasta una esquina y esperó para cruzar.
Un autobús apareció a lo lejos.
Mariela calculó que pasaría antes de que cambiara el semáforo.
No fue así.
La luz se puso roja.
El autobús frenó junto a ella.
Mariela mantuvo la mirada al frente.
No quería comprobarlo.
Sintió la misma presión conocida.
Finalmente giró.
Los pasajeros la observaban.
Una mujer.
Dos hombres.
Un joven junto al cristal.
El conductor.
Mariela bajó la mirada.
Entonces recordó las palabras de Ramiro.
Miró otra vez con más atención.
El joven de la ventana no estaba mirando sus ojos.
Su mirada estaba dirigida ligeramente por encima de su hombro derecho.
La mujer de atrás miraba un poco hacia la izquierda.
El conductor observaba el espejo lateral.
Mariela dejó de respirar.
Se movió un paso hacia adelante.
Las miradas no la siguieron exactamente.
Permanecieron concentradas alrededor de ella.
Retrocedió.
Algunos rostros corrigieron apenas la dirección.
No hacia su cuerpo.
Hacia el espacio inmediato que se desplazaba con ella.
Mariela sintió un miedo completamente nuevo.
El semáforo continuaba rojo.
Todos seguían observando.
Ella no quiso mirar detrás.
No quería saber si había algo allí.
El autobús arrancó.
Las cabezas volvieron al frente.
Mariela permaneció inmóvil en la esquina.
No cruzó.
Desde entonces dejó de preguntarse por qué los pasajeros la miran cuando el autobús se detiene.
La pregunta que le preocupa ahora es otra.
Porque durante meses creyó que aquellas personas estaban viendo algo extraño en ella.
Pero la última vez que un autobús quedó detenido a su lado, una niña sentada junto a la ventana no miró a Mariela.
Miró el espacio justo detrás de ella.
Y mientras todos los adultos permanecían inmóviles, la niña empezó a deslizarse lentamente hacia el otro extremo del asiento, tratando de alejarse de lo que fuera que estaba viendo.
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