
El cinturón se abrochó detrás de Andrés cuando faltaban doce minutos para llegar a casa.
Clic.
El sonido fue tan claro que bajó el volumen de la radio.
Miró por el espejo retrovisor.
El asiento trasero estaba vacío.
A ambos lados de la carretera solo había terrenos oscuros y algunos talleres cerrados. Eran casi las dos de la mañana y no había recogido a nadie. Había salido solo del trabajo, había comprado una botella de agua en una estación de servicio y llevaba veinte minutos manejando.
Volvió a mirar.
El cinturón del asiento trasero derecho estaba colocado.
La cinta cruzaba el respaldo vacío y terminaba enganchada en la hebilla.
Andrés frunció el ceño.
Estaba seguro de que antes colgaba junto a la puerta.
No se detuvo.
Pensó que quizá la había dejado así su hermana durante el fin de semana.
Cuando llegó al edificio, apagó el motor.
Permaneció sentado unos segundos.
El silencio dentro del auto era distinto sin la radio.
Más pequeño.
Más cercano.
Andrés giró la cabeza hacia atrás.
Vacío.
Estiró el brazo y presionó el botón rojo.
El cinturón salió de la hebilla.
La cinta regresó lentamente hacia el costado.
—Ya está.
No sabía por qué lo dijo en voz alta.
Subió a su departamento.
A la mañana siguiente no pensó en ello.
La segunda vez ocurrió tres noches después.
Clic.
Andrés apretó el volante.
Esta vez supo inmediatamente qué había sido.
Miró el espejo.
El cinturón trasero derecho estaba abrochado.
—No puede ser.
Redujo la velocidad.
El camino estaba más transitado esa noche. Un autobús iba delante y detrás tenía un taxi.
Andrés aprovechó un semáforo para mirar hacia atrás.
Nadie.
La cinta estaba tensa.
No simplemente enganchada.
Tensa.
Como si rodeara un cuerpo.
Andrés sintió un hormigueo en la nuca.
Se giró completamente.
El asiento parecía normal.
Entonces el semáforo cambió.
El taxi tocó la bocina.
Andrés avanzó.
Durante el resto del camino intentó no mirar el espejo.
Cuando llegó al estacionamiento de su edificio, dejó el motor encendido.
Abrió su puerta.
Bajó.
Rodeó el auto.
Abrió la puerta trasera.
El cinturón seguía abrochado.
Lo soltó.
Clic.
La cinta regresó.
Andrés estaba cerrando la puerta cuando vio algo en el asiento.
Una pequeña depresión.
No estaba seguro de haberla visto antes.
Apoyó la mano.
La tela recuperó lentamente su forma.
Como un cojín después de que alguien se levanta.
Andrés retiró la mano.
Cerró.
Subió a casa sin mirar otra vez.
Durante los siguientes días volvió del trabajo más temprano.
No ocurrió nada.
Empezó a pensar que el asiento simplemente estaba viejo.
Una pieza floja.
Una hebilla defectuosa.
Podía encontrar una explicación si quería.
Lo que no podía explicar era por qué cada vez que recordaba el sonido sentía que alguien había entrado al auto sin abrir ninguna puerta.
El lunes siguiente tuvo que quedarse hasta tarde.
Salió a la una y media.
El estacionamiento de la empresa estaba casi vacío.
Andrés abrió el auto.
Antes de subir miró el asiento trasero.
El cinturón estaba suelto.
Pasó la mano por el asiento.
Plano.
—Perfecto.
Arrancó.
Los primeros quince minutos fueron normales.
Después empezó a llover.
No fuerte.
Una lluvia fina que cubrió los vidrios.
Andrés encendió el limpiaparabrisas.
La radio sonaba baja.
Clic.
Sus manos se tensaron sobre el volante.
No miró.
Siguió conduciendo.
Clic.
Otro sonido.
Andrés miró el espejo.
Dos cinturones estaban abrochados.
El derecho.
Y el izquierdo.
El asiento del centro permanecía vacío entre ambos.
—No.
La palabra salió sola.
El vidrio trasero comenzó a empañarse.
Primero en una esquina.
Luego sobre el lado derecho.
Andrés observó cómo la humedad aparecía desde dentro del vehículo.
Una mancha redonda.
Después otra.
El cristal parecía recibir aire caliente desde el asiento trasero.
Andrés encendió el desempañador.
La marca comenzó a desaparecer.
Algo volvió a empañar el vidrio.
Esta vez más rápido.
Como una respiración.
Andrés miró el espejo.
No había nadie.
Pero el asiento derecho estaba hundido.
Claramente.
La espuma comprimida.
El cinturón tenso sobre el vacío.
Andrés dejó escapar el acelerador.
El vehículo detrás tocó la bocina.
Volvió a acelerar.
—No mires.
No sabía si se lo decía a sí mismo o a lo que estuviera atrás.
A través del espejo vio cómo el asiento izquierdo comenzaba a bajar también.
Muy lentamente.
Como si alguien acabara de sentarse al lado de la primera persona.
Dos espacios ocupados.
Dos cinturones sujetos.
Andrés sintió que el miedo le subía hasta la garganta.
Encendió la radio más fuerte.
Necesitaba escuchar cualquier otra cosa.
Una canción.
Un locutor.
Publicidad.
Lo que fuera.
Entonces algo golpeó suavemente el respaldo de su asiento.
Andrés gritó.
El auto se desvió.
Corrigió el volante.
—¡Basta!
Otro golpe.
No fuerte.
Dos pequeños toques.
Como los nudillos de alguien pidiendo atención.
Andrés no miró.
Siguió conduciendo.
El cinturón de seguridad del asiento delantero derecho se movió.
Andrés lo vio de reojo.
La cinta salió unos centímetros.
Volvió.
Salió otra vez.
Después:
Clic.
El cinturón del copiloto se abrochó.
Andrés comenzó a respirar demasiado rápido.
El asiento a su lado descendió.
Muy poco.
Luego más.
El cuero se comprimió.
Ahora había algo sentado junto a él.
No lo veía.
Pero el asiento sí.
Andrés apretó el volante.
—¡No!
La radio se apagó.
El interior quedó lleno únicamente del sonido de la lluvia.
Y de respiraciones.
Andrés oyó una atrás.
Otra junto a él.
No coincidían con la suya.
Faltaban seis minutos para casa.
No iba a detenerse.
No iba a abrir ninguna puerta.
Solo quería llegar.
En el siguiente semáforo tuvo que frenar.
Rojo.
No venía nadie.
Andrés miró la luz.
Luego el tablero.
Luego cualquier cosa que no fuera el espejo.
La respiración del copiloto se detuvo.
La de atrás también.
Andrés sintió inmediatamente que algo había cambiado.
El silencio era peor.
Muy lentamente levantó los ojos.
En el espejo retrovisor había una mujer sentada detrás de él.
Andrés dejó de respirar.
Solo la vio un instante.
Cabello oscuro.
Cabeza ligeramente inclinada.
Rostro cubierto por la sombra.
Cinturón cruzado sobre el pecho.
Giró.
El asiento estaba vacío.
Volvió al espejo.
La mujer seguía allí.
Andrés gritó y golpeó el retrovisor con la mano.
El espejo quedó apuntando al techo.
El semáforo cambió.
Aceleró.
No volvió a acomodarlo.
Llegó al edificio demasiado rápido.
Entró al estacionamiento.
Frenó en su lugar habitual.
Apagó el motor.
La respiración seguía dentro.
Andrés no se movió.
Miró el parabrisas.
Delante tenía una pared de concreto.
A su derecha, otro vehículo.
A la izquierda, una columna.
Detrás...
No quería pensar en detrás.
Tomó las llaves.
Abrió su puerta.
En ese momento escuchó un sonido desde el asiento trasero.
Clic.
Un cinturón soltándose.
Luego otro.
Clic.
El del copiloto se liberó.
Las cintas regresaron lentamente.
Andrés sintió que alguien se había puesto de pie dentro del auto.
Eso era imposible.
El techo estaba demasiado bajo.
Pero escuchó el roce de ropa.
Después la manija de la puerta trasera derecha.
La puerta se abrió.
Andrés no miró.
Salió.
La puerta trasera se cerró detrás de él.
Golpe.
Andrés corrió hacia el ascensor.
No escuchó pasos.
Eso lo asustó más.
Presionó el botón.
Nada.
Lo volvió a presionar.
Las puertas tardaban demasiado.
Miró hacia su auto.
Las cuatro puertas estaban cerradas.
La luz interior apagada.
No había nadie.
El ascensor llegó.
Andrés entró.
Presionó el sexto piso.
Cuando las puertas empezaron a cerrarse, escuchó algo en el estacionamiento.
Una puerta de auto.
Golpe.
No la suya.
Otra.
Más cerca.
Golpe.
Otra.
Como si alguien fuera abriendo vehículos uno por uno.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Andrés llegó a su departamento.
Puso los dos seguros.
Encendió todas las luces.
Durmió en la sala.
A la mañana siguiente bajó con miedo de encontrar algo dentro del auto.
No había nada.
Los cinturones estaban sueltos.
Los asientos normales.
Andrés decidió no manejar esa noche.
Tomó un taxi para ir al trabajo.
También regresó en taxi.
No ocurrió nada.
Hizo lo mismo durante cuatro días.
El miedo comenzó a parecer exagerado.
El viernes llamó a su amigo Diego.
—Necesito que vengas conmigo.
—¿Adónde?
—A dar una vuelta.
Diego se rio.
—¿A las dos de la mañana?
—Sí.
—Estás loco.
Andrés terminó contándole una parte.
No todo.
Solo los cinturones.
El asiento.
La mujer en el espejo.
Diego guardó silencio.
—Voy.
Salieron del edificio cerca de medianoche.
Diego se sentó atrás.
—¿Aquí?
Andrés asintió.
—En ese asiento.
—¿Y qué se supone que pasa?
—Nada si estás tú.
Diego sonrió.
—Buenísimo.
Andrés arrancó.
Recorrieron varias calles.
Nada.
Diego empezó a bromear.
—Creo que tu fantasma pidió libre.
Andrés no respondió.
Pasaron por el mismo tramo donde solía regresar del trabajo.
Nada.
El alivio empezó a aparecer.
Hasta que Diego dijo:
—Oye.
Andrés miró por el espejo.
—¿Qué?
Su amigo estaba mirando el cinturón del asiento vacío junto a él.
—Eso se acaba de abrochar.
Clic.
El cinturón izquierdo estaba conectado.
Diego dejó de sonreír.
—Andrés.
—No lo toques.
El asiento comenzó a hundirse.
Diego se pegó contra la puerta.
—¡Para el auto!
—No.
—¡Andrés, para!
—No voy a detenerme.
El vidrio junto a Diego empezó a empañarse.
Desde dentro.
Diego miró.
En la humedad apareció una zona limpia.
Una forma ovalada.
Como si alguien hubiera apoyado la frente contra el cristal.
Diego comenzó a respirar rápido.
—Hay alguien aquí.
—Ya sé.
—¡Hay alguien sentado a mi lado!
—No lo mires.
—¿Cómo quieres que no lo mire?
El asiento se hundió más.
Diego se quedó quieto.
Luego su expresión cambió.
—Andrés.
—¿Qué?
—Me tocó.
Andrés apretó el volante.
—¡No mires!
—Me agarró la mano.
Andrés vio por el espejo que la mano derecha de Diego estaba levantada.
Sus dedos estaban cerrados.
Como si sujetara la mano de alguien.
—¡Suéltalo!
—No puedo.
—¡Diego!
—Está apretando.
Andrés frenó junto a una avenida iluminada.
—¡Sal!
Diego abrió la puerta.
Intentó moverse.
El cinturón sobre el asiento vacío se tensó.
Diego miró hacia allí.
Sus ojos se abrieron.
No gritó.
Eso fue peor.
—¿Qué ves?
Diego permaneció inmóvil.
—Ella.
—¿Qué mujer?
Diego volvió lentamente la cara hacia Andrés.
—No está mirando a mí.
—¿A quién mira?
Diego señaló el espejo.
—A ti.
Andrés no quiso mirar.
La puerta de Diego seguía abierta.
—¡Baja!
Diego salió.
Cerró de golpe.
Andrés también bajó.
Los dos permanecieron junto al auto.
El asiento trasero estaba vacío.
El cinturón seguía abrochado.
Diego retrocedió.
—No me vuelvo a subir.
Andrés tampoco quería.
Dejaron el auto estacionado.
Tomaron un taxi.
Durante el camino, Diego no habló.
Cuando llegaron, Andrés le preguntó:
—¿Qué viste?
Diego negó.
—Nada.
—Dijiste que había una mujer.
—No quiero hablar.
—Diego.
Su amigo lo miró.
—Parecía que llevaba mucho tiempo sentada ahí.
—¿La conoces?
—No.
—Entonces, ¿qué viste?
Diego tragó saliva.
—No tenía los ojos cerrados.
Andrés esperó.
—Pero tampoco parecía estar mirando.
—No entiendo.
Diego bajó la voz.
—Tenía la cara hacia ti.
—¿Y?
—Y cuando tú bajaste del auto...
Diego dejó de hablar.
—¿Qué?
—Giró la cabeza para seguirte.
Andrés no recuperó el auto hasta el mediodía siguiente.
Lo llevó a un estacionamiento distinto.
Durante una semana no lo usó.
Después dos.
Finalmente decidió venderlo.
Publicó el anuncio.
Un hombre fue a verlo.
Revisó motor, carrocería, neumáticos.
No encontró problemas.
Antes de pagar pidió conducirlo.
Andrés se sentó en el copiloto.
El comprador manejó varias cuadras.
Todo normal.
Cuando regresaron, el hombre parecía satisfecho.
—Me lo quedo.
Andrés sintió alivio.
Firmaron los documentos dos días después.
Cuando el auto se alejó, Andrés permaneció observándolo hasta que dobló la esquina.
Esa noche durmió bien.
La siguiente también.
Pasó casi un mes.
Andrés compró otro vehículo.
Uno pequeño.
Usado.
Completamente diferente.
El primer día revisó el asiento trasero antes de subir.
Cinturones sueltos.
Asientos planos.
Se sintió ridículo.
Durante varias semanas no ocurrió nada.
Hasta una noche de lluvia.
Andrés salió tarde del trabajo.
Encendió el auto.
Puso música.
Condujo.
A mitad de camino recibió una llamada de Diego.
Contestó con manos libres.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Sigues usando el auto nuevo?
—Sí.
—¿Nada raro?
Andrés sonrió.
—Nada.
Diego permaneció callado.
—Mejor.
Andrés llegó al estacionamiento.
—Ya estoy en casa.
—Bien.
Apagó el motor.
Tomó las llaves.
Entonces escuchó un clic.
No detrás.
A su lado.
El cinturón del copiloto estaba abrochado.
Andrés dejó de moverse.
Diego seguía hablando por el teléfono.
—¿Andrés?
El asiento delantero comenzó a hundirse.
Muy lentamente.
—No.
—¿Qué pasa?
Andrés miró hacia el asiento.
Vacío.
La espuma siguió descendiendo.
Algo se acomodó.
La puerta del copiloto permanecía cerrada.
Andrés respiró por la boca.
—Volvió.
Diego guardó silencio.
Luego preguntó:
—¿Atrás?
Andrés negó aunque su amigo no podía verlo.
—No.
El vidrio del copiloto comenzó a empañarse.
Una pequeña nube apareció frente al lugar donde estaría el rostro de alguien sentado.
Diego habló.
—Sal del auto.
Andrés abrió su puerta.
Antes de bajar escuchó:
Clic.
El cinturón del copiloto se soltó.
La puerta derecha se abrió sola.
Andrés corrió.
Detrás de él, la puerta se cerró.
Golpe.
No miró.
Llegó al ascensor.
Presionó el botón.
Mientras esperaba, escuchó pasos por primera vez.
No venían detrás.
Venían delante.
Desde el pasillo que conducía al ascensor.
Andrés levantó la cabeza.
Una mujer estaba de pie al fondo.
Cabello oscuro.
Ropa mojada.
No podía verle bien el rostro.
Ella no avanzaba.
Andrés tampoco.
El ascensor llegó.
Las puertas se abrieron detrás de él.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
Como la había visto en el espejo.
Andrés retrocedió dentro del ascensor.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
La mujer dio un paso.
Luego otro.
No corría.
No necesitaba hacerlo.
Andrés presionó el botón varias veces.
—¡Cierra!
Las puertas se juntaron.
La perdió de vista.
El ascensor subió.
Andrés apoyó la espalda contra la pared.
Respiró.
Primer piso.
Segundo.
Tercero.
Entonces escuchó:
Clic.
Andrés miró hacia abajo.
No había cinturones dentro del ascensor.
Solo él.
Cuarto piso.
Clic.
El sonido volvió.
Más cerca.
Andrés levantó la vista.
En el espejo metálico del ascensor aparecía una mujer detrás de él.
No estaba en el ascensor.
Solo en el reflejo.
Andrés cerró los ojos.
Quinto piso.
Sintió una presión alrededor del pecho.
Una cinta invisible cruzándole el cuerpo desde el hombro hasta la cintura.
Andrés intentó apartarla.
No encontró nada.
El ascensor llegó al sexto.
Las puertas se abrieron.
La presión desapareció.
Andrés salió corriendo.
No volvió a conducir de noche.
Tampoco volvió a escuchar el clic durante meses.
Hasta una madrugada.
Estaba dormido cuando un ruido lo despertó.
Clic.
Andrés abrió los ojos.
Oscuridad.
Estaba en su cama.
No había automóvil.
No había cinturones.
Se incorporó.
Otro clic.
Desde el corredor.
Andrés encendió la lámpara.
Nada.
Salió.
La sala estaba vacía.
La puerta principal cerrada.
Entonces escuchó el sonido otra vez.
Clic.
Venía de una silla del comedor.
Andrés la miró.
Sobre el respaldo había una cinta negra.
No pertenecía a la silla.
Bajaba diagonalmente desde un hombro imaginario hasta el asiento.
Andrés retrocedió.
La silla comenzó a hundir ligeramente el cojín.
Como si alguien acabara de sentarse.
La cinta se tensó.
Y desde el asiento vacío una voz de mujer, tranquila y casi cansada, susurró:
—Ya llegamos.
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