
Fabián no se preocupó cuando su hijo empezó a hablar de Simón.
Nicolás tenía seis años y estaba atravesando esa etapa en la que una caja de cartón podía ser una nave espacial y dos cojines en el suelo bastaban para construir una fortaleza. Un amigo imaginario no parecía especialmente extraño.
Lo que inquietó a Fabián fue el nombre.
—¿Cómo dijiste que se llama?
Nicolás estaba arrodillado junto a la mesa de la sala, acomodando pequeñas figuras de plástico en dos filas.
—Simón.
Fabián dejó de guardar los platos.
—¿Quién es Simón?
El niño señaló el espacio vacío frente a él.
—Mi amigo.
Fabián miró hacia donde apuntaba.
No había nada.
—¿Del colegio?
Nicolás sonrió.
—No va al colegio.
—Entonces, ¿de dónde lo conoces?
El niño pareció pensar la respuesta.
—Dice que ya conocía esta casa.
Fabián sintió una incomodidad breve, pero enseguida encontró una explicación.
Vivían allí desde hacía cuatro años. Nicolás había nacido en otra ciudad y apenas recordaba el departamento anterior. Para un niño, cualquier cosa podía transformarse en una historia.
—¿Y cómo es?
—Como yo.
—¿Tiene seis años?
Nicolás contó con los dedos.
—Dice que sí.
Fabián volvió a la cocina.
No pensó en el nombre otra vez hasta esa noche.
Ya estaba acostado cuando recordó una habitación con paredes verdes.
Una alfombra azul.
Un armario de madera que su padre había construido.
Y un niño que no existía.
Simón.
Fabián abrió los ojos.
Su esposa, Laura, dormía a su lado.
Permaneció mirando el techo durante un rato.
No había pensado en aquello en más de veinte años.
También había tenido un amigo imaginario cuando era niño.
Se llamaba Simón.
A la mañana siguiente se convenció de que era una coincidencia.
No era un nombre extraño.
Quizá Nicolás lo había escuchado en una caricatura, en el colegio o en algún video.
No tenía sentido convertirlo en otra cosa.
Por eso no dijo nada.
Durante los siguientes días, Simón se volvió parte de la rutina.
Nicolás hablaba con él mientras desayunaba.
Le dejaba espacio junto a sus juguetes.
A veces se reía mirando hacia un rincón vacío.
Laura encontraba aquello divertido.
—Tiene compañía sin que tengamos que adoptar otro perro.
Fabián sonreía.
Intentaba hacerlo.
El problema era que Nicolás empezaba a decir cosas que Fabián recordaba.
Primero fue el juego de los autos.
Una tarde encontró a su hijo alineando seis carritos frente al sofá.
Cinco apuntaban hacia la ventana.
Uno estaba colocado al revés.
—Ese está mal —dijo Fabián.
Nicolás negó.
—No.
—Todos van hacia allá.
—Este tiene que mirar para atrás.
Fabián sintió algo en el estómago.
—¿Por qué?
Nicolás respondió sin apartar la vista de los juguetes.
—Porque ese vigila.
Fabián se quedó inmóvil.
Cuando tenía siete años, jugaba exactamente de esa manera.
Cinco autos avanzaban.
Uno miraba hacia atrás.
Simón había dicho que alguien debía vigilar el camino.
Fabián nunca se lo había contado a nadie.
Ni siquiera recordaba haber pensado en ello desde la infancia.
—¿Quién te enseñó eso?
Nicolás señaló el espacio junto a la mesa.
—Simón.
Fabián se acercó.
—¿Qué más te enseña?
El niño levantó un hombro.
—Juegos.
—¿Qué juegos?
—Los que tú ya sabes.
Fabián sintió que se le secaba la boca.
—¿Qué dijiste?
Nicolás lo miró.
—Nada.
—Dijiste que yo ya los sé.
—Eso dice él.
Laura entró desde el pasillo con una cesta de ropa.
—¿Qué pasa?
Fabián tardó un segundo en responder.
—Nada. Estamos jugando.
Aquella noche esperó a que Nicolás se durmiera.
Después se sentó en la cocina con Laura.
—Yo también tuve un amigo imaginario.
Ella sonrió.
—Eso explica muchas cosas.
Fabián no reaccionó.
—Se llamaba Simón.
Laura dejó de sonreír.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Se lo contaste alguna vez?
—No.
—Quizá tu mamá.
—Mi mamá murió antes de que Nicolás naciera.
Laura pensó unos segundos.
—Puede haberlo escuchado de ti sin que te dieras cuenta.
—No hablaba de Simón.
—Tal vez dormido.
Fabián la miró.
Laura suspiró.
—¿Qué quieres que te diga? Tiene seis años. Los niños inventan cosas.
—Está jugando igual que yo.
—Los niños también alinean carritos.
—No así.
Laura permaneció callada.
Fabián quiso contarle todo.
Que recordaba a Simón sentado detrás del sofá.
Que durante años había dejado un espacio vacío junto a su cama porque Simón decía que ese era su lugar.
Que había tenido conversaciones enteras con alguien a quien nunca podía ver completamente.
Pero mientras intentaba organizar aquellos recuerdos, algo le resultó extraño.
No podía recordar haber inventado a Simón.
Recordaba conocerlo.
Recordaba jugar con él.
Recordaba esperar a que apareciera.
Pero no recordaba la primera vez.
Era como si Simón ya hubiera estado allí cuando comenzaban sus recuerdos.
—Mañana hablo con Nicolás —dijo.
Laura apoyó una mano sobre la suya.
—No lo asustes.
Fabián asintió.
No quería asustar a su hijo.
Tampoco quería hacerle preguntas que convirtieran un juego en algo importante.
Así que esperó.
El sábado por la mañana encontró a Nicolás sentado dentro del clóset de su dormitorio.
La puerta estaba entreabierta.
Fabián iba a preguntarle qué hacía cuando escuchó al niño decir:
—No cabe.
Fabián se detuvo.
Nicolás guardó silencio unos segundos.
—Porque es grande.
Otra pausa.
—Antes sí.
Fabián abrió la puerta.
Nicolás lo miró sorprendido.
—Papá.
—¿Con quién hablas?
El niño miró hacia el fondo del clóset.
—Con Simón.
Fabián sintió frío en los brazos.
—¿Qué no cabe?
Nicolás señaló el espacio junto a él.
—Tú.
Fabián no dijo nada.
—Simón dice que antes te escondías aquí.
La habitación de Fabián cuando era niño había tenido un armario diferente.
No era aquel clóset.
No era aquella casa.
Sin embargo, recordaba perfectamente sentarse dentro con las rodillas contra el pecho.
Simón se quedaba afuera.
Fabián le preguntaba por qué nunca entraba.
Siempre recibía la misma respuesta.
Porque no cabemos los dos.
Había olvidado aquello por completo.
—Sal de ahí.
Nicolás obedeció.
Fabián cerró el clóset.
—No quiero que juegues más con Simón.
El niño frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Es mi amigo.
—Puedes jugar con tus compañeros del colegio.
—Simón dice que tú también eras su amigo.
Fabián sintió que la habitación parecía más pequeña.
—¿Qué más te dijo sobre mí?
Nicolás bajó la mirada.
—Que te fuiste.
—¿De dónde?
—De jugar.
Fabián se arrodilló frente a él.
—Escúchame. Simón no existe.
El niño levantó la cabeza.
No parecía asustado.
Parecía confundido.
—Sí existe.
—Es un amigo imaginario.
—Eso dices tú.
Fabián intentó mantener la calma.
—¿Y qué dice Simón?
Nicolás miró por encima de su hombro.
Durante un segundo, Fabián tuvo la absurda sensación de que alguien estaba allí.
—Dice que tú también decías eso cuando empezaste a olvidarlo.
Fabián se puso de pie.
—Se acabó.
Sacó del dormitorio los juguetes con los que Nicolás jugaba cuando hablaba con Simón.
No castigó al niño.
No quería convertir aquello en una pelea.
Simplemente intentó llenar sus tardes.
Parque.
Tareas.
Películas.
Visitas a sus primos.
Durante casi una semana funcionó.
Nicolás dejó de mencionar a Simón.
Fabián empezó a tranquilizarse.
Hasta que Laura lo despertó una madrugada.
—Fabián.
Él abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—Escucha.
Desde el pasillo llegaba la voz de Nicolás.
Hablaba en voz baja.
Fabián se levantó.
La puerta del dormitorio del niño estaba abierta.
Nicolás se encontraba sentado en el suelo, frente a la pared.
No había juguetes.
—No puedo —decía.
Fabián entró.
—¿Con quién hablas?
Nicolás se sobresaltó.
—Con nadie.
Fabián encendió la luz.
—Nicolás.
El niño empezó a llorar.
No era una rabieta.
Estaba asustado.
Fabián se sentó a su lado.
—¿Qué ocurre?
Nicolás miró hacia la puerta.
—Simón está molesto.
Laura entró detrás de ellos.
—¿Por qué?
El niño se secó la cara.
—Porque papá ya no se acuerda.
Fabián sintió que el miedo regresaba.
—¿De qué no me acuerdo?
Nicolás negó.
—No quiere que te diga.
—Dímelo tú.
El niño tardó varios segundos.
—De lo que prometiste.
Fabián dejó de respirar por un instante.
—¿Qué prometí?
Nicolás volvió a mirar hacia la puerta.
—Que cuando fueras grande ibas a volver con alguien que pudiera jugar.
Fabián sintió un vacío en el pecho.
Una imagen apareció en su memoria.
No completa.
Un fragmento.
Él mismo sentado en el piso de su antigua habitación.
Tendría ocho años.
Estaba llorando.
Su padre había anunciado que se mudarían.
Fabián recordaba las cajas.
Recordaba el armario vacío.
Recordaba decirle a alguien que no quería irse.
Después una frase.
Yo vuelvo.
Otra.
No voy a venir solo.
Fabián se levantó demasiado rápido.
Laura lo sujetó del brazo.
—¿Qué pasa?
Él no respondió.
Nicolás lo observaba.
—¿Te acordaste?
Fabián salió de la habitación.
Fue hasta la sala.
Necesitaba aire.
Laura lo siguió.
—Fabián, háblame.
—Yo dije eso.
—¿Qué cosa?
—Cuando era niño.
Laura guardó silencio.
—No puede saberlo.
—Tal vez lo soñaste.
—No.
—Fabián...
—No se lo conté a nadie.
Desde el dormitorio, Nicolás dijo algo.
Los dos dejaron de hablar.
—Papá.
Fabián regresó.
El niño seguía sentado en el mismo lugar.
—¿Qué?
—Simón pregunta si todavía vale.
Fabián sintió rabia.
No sabía contra quién.
—Dile que no.
Nicolás miró hacia la puerta.
—Dice que tú tienes que decirlo.
Fabián se quedó observando el espacio vacío.
Se sintió ridículo.
Y aun así habló.
—No.
Nada ocurrió.
—No voy a jugar contigo.
Nicolás tragó saliva.
Fabián continuó.
—Y Nicolás tampoco.
El niño giró la cabeza lentamente hacia la esquina de la habitación.
Su expresión cambió.
—Papá...
—¿Qué?
—Ahora está sonriendo.
Fabián se acercó y cargó a su hijo.
Aquella noche Nicolás durmió con ellos.
A la mañana siguiente, Fabián quitó todos los juguetes del dormitorio y los llevó a la sala.
Laura quería pedir una cita con un psicólogo infantil.
Fabián aceptó.
No porque creyera que Nicolás estuviera inventando todo.
Precisamente porque ya no estaba seguro.
Pasaron tres días sin que mencionara a Simón.
El cuarto día, Nicolás regresó del colegio de buen humor.
Comió.
Hizo la tarea.
Jugó con Laura.
Todo parecía normal.
Fabián empezó a creer que la situación estaba perdiendo fuerza.
Esa noche acostó a su hijo.
—¿Todo bien?
Nicolás asintió.
—Sí.
—¿Simón volvió?
El niño negó.
Fabián sintió alivio.
Le dio un beso en la frente.
Cuando iba a salir, Nicolás preguntó:
—Papá.
—¿Qué?
—¿Por qué Simón te llamaba Fabi?
Fabián se detuvo.
Nadie lo llamaba así.
Nadie desde que tenía nueve años.
Su padre había usado ese apodo.
Después de crecer, Fabián había pedido que dejaran de hacerlo.
—¿Quién te dijo eso?
Nicolás lo miró con preocupación.
—Simón.
—Dijiste que no volvió.
—No volvió.
Fabián no entendió.
—Entonces, ¿cómo te lo dijo?
Nicolás señaló hacia el pasillo.
—Está contigo.
Fabián giró.
No había nadie.
Laura estaba en la cocina.
El pasillo estaba vacío.
—No hay nadie.
Nicolás se cubrió hasta la barbilla.
—Él dice que tú tampoco lo veías cuando eras grande.
Fabián salió del dormitorio.
Cerró la puerta.
Permaneció en el pasillo.
No escuchó pasos.
No sintió nada.
Se repitió que Nicolás estaba confundido.
Aquella noche durmió poco.
A la mañana siguiente encontró algo sobre la mesa de la cocina.
Seis carritos.
Nicolás todavía dormía.
Laura también.
Cinco apuntaban hacia la ventana.
Uno estaba colocado al revés.
Fabián se acercó.
Reconoció los juguetes.
Los había guardado en una caja alta dentro del armario del estudio.
Tomó el auto que miraba hacia atrás.
Debajo había un papel doblado.
Fabián no quiso abrirlo.
Lo hizo.
Era una hoja arrancada del cuaderno escolar de Nicolás.
Había un dibujo hecho con lápiz.
Dos niños estaban sentados en el suelo.
Uno era pequeño.
El otro también.
Entre ambos había seis autos.
Al fondo aparecía una figura mucho más grande.
Fabián.
No necesitó leer los nombres.
Nicolás los había escrito encima de cada personaje.
NICO.
SIMÓN.
PAPÁ.
Fabián observó el dibujo durante varios segundos.
Algo no encajaba.
El personaje etiquetado como PAPÁ tenía el mismo tamaño que los niños.
Fabián despertó a Nicolás.
—¿Tú dibujaste esto?
El niño miró la hoja.
—Ayer.
—¿Por qué me hiciste así?
Nicolás no respondió.
—¿Por qué soy un niño?
Nicolás empezó a llorar.
—Yo no quería.
Fabián se agachó.
—¿Qué no querías?
—Dibujarte así.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Simón dice que así te recuerda.
Fabián cerró los ojos.
Intentó controlar la respiración.
—¿Qué quiere de mí?
Nicolás se limpió la nariz con la manga.
—Que cumplas.
—Ya le dije que no.
—Dice que no importa.
—¿Por qué?
El niño miró hacia el pasillo.
—Porque ya volviste.
Fabián sintió que aquellas palabras se le quedaban clavadas.
No porque entendiera qué significaban.
Porque una parte de él sí lo entendía.
Durante los siguientes días comenzó a recordar cosas que había olvidado.
No recuerdos nuevos.
Recuerdos antiguos regresando con demasiada claridad.
El color exacto de la alfombra de su infancia.
La grieta junto a la ventana.
El olor de un cajón donde guardaba canicas.
La sensación de esconderse detrás del sofá mientras su madre lo llamaba para cenar.
Y Simón.
Cada vez más Simón.
Recordó conversaciones completas.
Juegos.
Frases.
Una tarde incluso recordó su voz.
No era una voz extraña.
Era la voz de un niño.
La misma edad que él.
Fabián no le contó aquello a Laura.
No quería pronunciar el nombre más de lo necesario.
También empezó a evitar a Nicolás cuando jugaba solo.
No por rechazo.
Por miedo a escuchar algo que reconociera.
Una tarde regresó temprano del trabajo.
La casa estaba tranquila.
Laura había salido a comprar.
Nicolás estaba en su dormitorio.
Fabián escuchó su voz desde el pasillo.
—No quiere.
Pausa.
—Ya sé.
Otra pausa.
—Pero ahora sí se acuerda.
Fabián se acercó.
La puerta estaba abierta.
Nicolás se encontraba sentado en el piso.
Frente a él había dos vasos de plástico con jugo.
Uno para Nicolás.
Otro en el suelo, frente al espacio vacío.
Fabián sintió rabia.
—Te dije que no jugaras con él.
Nicolás levantó la cabeza.
—No estamos jugando.
—¿Entonces qué hacen?
El niño señaló el segundo vaso.
—Está esperando.
—¿Qué espera?
Nicolás miró el espacio frente a él.
Después miró a su padre.
—Que te sientes.
Fabián no se movió.
—No.
Nicolás frunció el ceño.
—Dice que antes siempre te sentabas.
—Antes tenía tu edad.
El niño escuchó algo.
—Dice que eso no importa.
Fabián entró.
Tomó el segundo vaso y vació el jugo en el lavabo del baño.
Regresó.
Nicolás estaba de pie.
—Se enojó.
—Me da igual.
—Dice que no deberías.
Fabián sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
El niño miró detrás de él.
Fabián se giró.
No había nadie.
—Porque él recuerda cosas de ti que tú todavía no.
Esa noche Fabián tomó una decisión.
No iban a hablar más de Simón.
Nadie.
Ni él.
Ni Laura.
Ni Nicolás.
No habría preguntas.
No habría juegos.
No habría discusiones sobre si existía o no.
Simplemente dejarían de darle un lugar.
Durante casi dos semanas funcionó.
Nicolás dejó de hablar solo.
Los juguetes permanecieron donde los dejaban.
No aparecieron dibujos.
Fabián empezó a dormir mejor.
Incluso los recuerdos de su infancia dejaron de regresar.
La casa volvió a sentirse normal.
Hasta el domingo.
Fabián estaba preparando café cuando Nicolás entró a la cocina.
Tenía el rostro pálido.
—Papá.
—¿Qué pasa?
El niño cerró la puerta detrás de él.
—Simón dice que se va.
Fabián se quedó inmóvil.
—Está bien.
—Pero quiere despedirse.
—No.
—Solo de ti.
—No.
Nicolás empezó a llorar.
—Dice que si no vas, va a esperar otra vez.
Fabián dejó la taza sobre la mesa.
—Que espere.
El niño negó.
—Dice que ya esperó bastante.
Fabián sintió que el miedo volvía con una fuerza distinta.
—¿Dónde está?
Nicolás señaló hacia su dormitorio.
Fabián no quería ir.
Lo supo con una claridad absoluta.
Todo su cuerpo le pedía quedarse en la cocina.
Pero también sabía que, si no entraba, pasaría el resto de su vida preguntándose qué habría ocurrido.
Caminó hasta el dormitorio.
La puerta estaba abierta.
No había nadie.
La cama.
Los juguetes.
El clóset.
Nada más.
Nicolás se quedó detrás de él.
—Está ahí.
Señaló el suelo junto a la cama.
Fabián miró.
Por supuesto, no vio nada.
—Simón.
Su propia voz le resultó absurda.
Nicolás permaneció en silencio.
Fabián respiró.
—No voy a jugar.
Nada ocurrió.
—No voy a cumplir ninguna promesa.
El dormitorio permaneció igual.
Fabián sintió una pequeña victoria.
Después Nicolás habló.
—Dice que ya la cumpliste.
Fabián miró a su hijo.
—No.
—Sí.
—No traje a nadie para él.
Nicolás lo observó con una expresión extraña.
No era miedo.
Era pena.
—Papá.
—¿Qué?
—Yo no era la persona que ibas a traer.
Fabián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué quieres decir?
Nicolás miró hacia el espacio junto a la cama.
Escuchó.
Después dijo:
—Eras tú.
Fabián no respondió.
El niño continuó.
—Simón dice que cuando eras pequeño prometiste que ibas a volver cuando fueras grande.
Fabián sintió un dolor sordo en la cabeza.
Un recuerdo apareció.
Él mismo.
Ocho años.
Sentado dentro del armario.
Llorando porque iban a mudarse.
Una voz infantil detrás de la puerta.
¿Vas a volver?
Sí.
¿Cuando seas grande?
Sí.
¿Seguro?
Seguro.
Fabián apoyó una mano contra la pared.
Nicolás lo miraba.
—Dice que cumpliste.
Entonces recordó la última frase.
La que había borrado durante años.
Cuando vuelvas, no voy a tener que imaginarte.
Fabián abrió los ojos.
—Nicolás, sal del cuarto.
El niño obedeció.
Fabián permaneció allí solo.
No veía nada.
No escuchaba nada.
Sin embargo, por primera vez desde que todo había empezado, entendió que quizá había interpretado mal la historia durante toda su vida.
Tal vez Simón nunca había sido su amigo imaginario.
Tal vez él había sido el amigo imaginario de Simón.
Fabián salió del dormitorio y cerró la puerta.
Nunca volvió a abrirla solo.
Nicolás dejó de mencionar a Simón esa misma semana.
No hubo despedida.
No hubo explicación.
Simplemente dejó de hablar de él.
Fabián quiso creer que aquello significaba que había terminado.
Meses después, mientras ordenaban juguetes para donar, encontró uno de los autos debajo de la cama.
Era el que siempre miraba hacia atrás.
Fabián lo levantó.
Nicolás lo vio desde la puerta.
—Ese no.
—¿Por qué?
El niño dudó.
—Porque todavía está vigilando.
Fabián sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Nicolás miró hacia el pasillo.
—A ti.
Fabián no volvió a preguntar.
Desde entonces, de vez en cuando, encuentra uno de los juguetes de Nicolás colocado al revés.
Nunca ocurre cuando el niño está jugando.
Nunca ocurre frente a ellos.
Y Nicolás insiste en que ya no ve a Simón.
Fabián le cree.
Eso es precisamente lo que más le preocupa.
Porque durante toda su infancia, él tampoco recordaba haber visto realmente a Simón.
Solo recordaba saber que estaba allí.
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