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Cada noche alguien abre mi puerta para comprobar si sigo despierto

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Cada noche alguien abre mi puerta para comprobar si sigo despierto

La primera noche, Esteban creyó que la puerta se había abierto por una corriente de aire.

Despertó sin saber por qué.

No había escuchado ningún golpe.

No había tenido una pesadilla.

Simplemente abrió los ojos y vio que la puerta del dormitorio estaba moviéndose.

Muy despacio.

Desde la cama podía verla perfectamente.

La había dejado casi cerrada antes de dormir, como hacía siempre. Ahora avanzaba unos centímetros hacia el corredor.

Se detuvo.

Esteban permaneció inmóvil.

Del otro lado solo había oscuridad.

Esperó que apareciera alguien.

Nada.

La puerta quedó abierta durante unos segundos.

Después comenzó a cerrarse.

Lentamente.

Sin ruido.

Hasta quedar exactamente como estaba antes.

Esteban encendió la lámpara.

—¿Hola?

No obtuvo respuesta.

Se levantó.

Revisó el departamento.

Sala.

Cocina.

Baño.

El pequeño estudio.

Vacío.

La puerta principal tenía los dos seguros puestos.

Las ventanas estaban cerradas.

Regresó al dormitorio y abrió completamente la puerta.

Durmió con la luz encendida.

A la mañana siguiente el episodio le pareció menos extraño.

El edificio era antiguo.

Quizá una diferencia de presión.

Una ventana mal sellada.

El marco desnivelado.

Cualquier cosa.

La segunda noche volvió a ocurrir.

Esteban despertó.

La puerta se estaba abriendo.

Esta vez no pensó en corrientes de aire.

La observó.

La manija no se movía.

La madera simplemente avanzaba.

Cinco centímetros.

Diez.

Quince.

Se detuvo.

La abertura era lo bastante grande para mostrar parte del corredor.

No había nadie.

Esteban sintió una incomodidad creciente.

No miedo todavía.

Algo más básico.

La sensación de que estaba ocurriendo algo que no debía ocurrir mientras él permanecía acostado.

—¿Quién está ahí?

La puerta empezó a cerrarse.

—¡Espera!

Se cerró.

Esteban se levantó de inmediato.

Abrió de golpe.

El corredor estaba vacío.

Aquella vez revisó incluso debajo de los muebles.

Nada.

A la tercera noche decidió dejar la puerta abierta.

No ocurrió nada.

Durmió bien.

La siguiente también la dejó abierta.

Nada.

El jueves, sin pensarlo, volvió a cerrarla casi por completo.

Despertó a las tres y diecisiete.

La puerta se abría.

Esteban sintió miedo por primera vez.

No porque se moviera.

Porque comprendió que aquello solo ocurría cuando podía abrirse.

Como si alguien necesitara encontrarla cerrada.

La puerta avanzó hasta dejar una abertura de aproximadamente veinte centímetros.

Se detuvo.

Esteban miró el corredor.

Oscuridad.

Esperó.

Esta vez transcurrió mucho más tiempo.

Quizá treinta segundos.

Quizá un minuto.

Esteban tuvo la absurda impresión de que alguien estaba parado del otro lado.

No podía verlo.

Pero podía imaginar la postura.

Una persona quieta.

Con una mano todavía sobre la puerta.

Mirando hacia la cama.

—¿Qué quieres?

Nada.

Entonces la puerta se cerró.

Esteban no durmió más.

Al día siguiente se lo contó a su hermana.

Camila se rio al principio.

Después notó que él no estaba bromeando.

—Pon algo delante de la puerta.

—¿Para qué?

—Para saber si de verdad se mueve.

Esteban dejó una zapatilla apoyada contra la parte inferior.

Esa noche despertó a las tres y veinte.

La zapatilla raspaba el piso.

La puerta se estaba abriendo.

Esteban sintió un escalofrío.

La zapatilla fue empujada lentamente hacia atrás.

La puerta se detuvo.

Silencio.

Esteban miró la abertura.

No veía nada.

Pero algo cambió.

Había dejado encendida la luz del baño, al otro extremo del corredor.

Una línea amarilla atravesaba el suelo.

La puerta abierta cortaba esa línea.

Y sobre ella había una sombra.

Dos piernas.

Una persona estaba de pie al otro lado.

Esteban dejó de respirar.

La sombra no se movía.

—¿Quién eres?

Nada.

Las piernas permanecieron allí.

Esteban tomó el teléfono.

Marcó a Camila.

Ella respondió después de varios tonos.

—¿Qué pasó?

Esteban no apartaba la vista de la sombra.

—Está aquí.

Su hermana guardó silencio.

—¿Quién?

—No sé.

—¿Lo ves?

—No.

—Entonces sal del departamento.

—Está frente a mi puerta.

La sombra se movió.

Esteban apretó el teléfono.

—¡Camila!

—¿Qué?

—Se movió.

Las piernas desaparecieron de la luz.

Algo dio un paso hacia el dormitorio.

La puerta se abrió otros centímetros.

Esteban retrocedió hasta tocar la cabecera.

—¡Hay alguien ahí!

Su voz se quebró.

La puerta se detuvo.

Después empezó a cerrarse.

Muy despacio.

—Esteban, llama a la policía.

La puerta quedó casi cerrada.

La sombra desapareció.

Esteban corrió.

Abrió.

El corredor estaba vacío.

La luz del baño seguía encendida.

En el suelo había marcas.

No huellas.

Solo dos pequeñas zonas limpias sobre el polvo junto al marco.

Como si algo hubiera permanecido allí durante bastante tiempo.

Camila llegó cuarenta minutos después.

No encontraron nada.

—Ven a dormir a mi casa.

Esteban aceptó.

Durmió allí dos noches.

No ocurrió nada.

El domingo volvió.

Durante el día, el departamento parecía ridículamente normal.

Preparó comida.

Lavó ropa.

Vio televisión.

Se obligó a entrar varias veces al dormitorio.

Nada.

A las once se acostó.

Dejó la puerta completamente abierta.

Durmió hasta la mañana.

El lunes hizo lo mismo.

El martes también.

Empezó a pensar que ya sabía cómo evitarlo.

No cerrarla.

Era absurdo.

Pero funcionaba.

Hasta el viernes.

Esteban despertó poco antes de las cuatro.

La puerta estaba abierta.

Como la había dejado.

Al principio no entendió por qué estaba despierto.

Entonces vio algo en el corredor.

No una persona.

Una mano.

Estaba apoyada sobre el borde exterior del marco.

Solo los dedos.

Inmóviles.

Esteban se quedó mirando.

La mano desapareció.

La puerta comenzó a cerrarse desde afuera.

Muy lentamente.

Esteban sintió que el cuerpo entero se le tensaba.

—No.

La puerta siguió cerrándose.

—¡No!

Saltó de la cama.

Llegó antes de que terminara.

Agarró la manija.

Del otro lado alguien sostenía la puerta.

Esteban tiró.

La puerta no cedió.

—¡Suéltala!

Algo respondió con un tirón.

Más fuerte.

Esteban perdió el equilibrio.

La puerta se cerró.

El pestillo encajó.

Él quedó dentro.

Escuchó pasos alejándose por el corredor.

No lentos.

Rápidos.

Como si quien estaba afuera acabara de conseguir lo que quería.

Esteban abrió.

No había nadie.

Aquella noche no volvió a entrar al dormitorio.

Se sentó en la sala hasta el amanecer.

El sábado compró una cerradura con seguro interior.

La instaló él mismo.

También colocó un pequeño tope de goma para mantener la puerta abierta.

Esa noche decidió no dormir.

Preparó café.

Se sentó en la cama.

La puerta quedó abierta.

La luz del corredor encendida.

A la una no pasó nada.

A las dos tampoco.

A las tres, Esteban comenzó a sentir sueño.

Se lavó la cara.

Regresó.

Tres y veinte.

Nada.

Tres y cuarenta.

La luz del corredor parpadeó.

Esteban levantó la cabeza.

Un segundo después se apagó.

—No.

La lámpara del dormitorio seguía encendida.

Desde la cama podía ver la oscuridad exterior.

Escuchó algo rozar el piso.

La puerta comenzó a cerrarse.

El tope de goma frenó la madera.

La puerta presionó.

Se detuvo.

Volvió a empujar.

El tope resistió.

Esteban se puso de pie.

La puerta tembló.

Otra presión.

Más fuerte.

El tope salió disparado dentro del dormitorio.

La puerta siguió cerrándose.

Esteban corrió.

La agarró.

—¡No!

Durante unos segundos hubo fuerza desde ambos lados.

Esteban sintió claramente que algo empujaba.

No era el peso de la puerta.

No era una corriente de aire.

Alguien quería cerrarla.

Esteban tiró con ambas manos.

La puerta se abrió unos centímetros.

En la abertura apareció oscuridad.

Después un ojo.

Esteban gritó y soltó.

La puerta se cerró.

El pestillo encajó.

El ojo desapareció.

Esteban retrocedió.

No sabía describirlo.

Había sido humano.

Eso era lo peor.

Un ojo normal.

Oscuro.

Abierto demasiado cerca de la rendija.

Como alguien inclinándose para comprobar qué estaba haciendo dentro.

Esteban activó el seguro.

Esperó.

Del otro lado no hubo pasos.

No hubo respiración.

Nada.

Pasaron varios minutos.

Esteban se sentó en el suelo.

El teléfono estaba sobre la mesa de noche.

Llamó a Camila.

—Ven por mí.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Está afuera?

Esteban miró la puerta.

—No sé.

—Sal.

—No.

—Esteban...

—Está esperando.

Camila tardó.

—¿Cómo sabes?

Él no sabía.

Simplemente lo sentía.

—No abras —dijo ella—. Voy para allá.

Esteban se quedó sentado junto a la cama.

La puerta permanecía cerrada.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Entonces escuchó un ruido.

No venía del corredor.

Venía de debajo de la cama.

Esteban levantó la cabeza.

Algo respiró.

Muy despacio.

El miedo le recorrió todo el cuerpo.

No se movió.

La respiración volvió.

Debajo de él.

Esteban miró la puerta cerrada.

Por primera vez comprendió que tal vez había estado interpretando todo al revés.

Aquello que abría la puerta podía no estar intentando entrar.

Podía estar mirando hacia dentro.

Comprobando.

Esperando.

Vigilando algo.

La respiración debajo de la cama continuó.

Esteban apoyó la espalda contra la pared.

No quería mirar.

Una voz salió de la oscuridad bajo el colchón.

Muy baja.

—No hagas ruido.

Esteban sintió que se le paralizaban las manos.

La voz era masculina.

No la reconocía.

—Todavía está mirando.

Esteban miró la puerta.

Debajo había una delgada línea de luz del corredor.

La electricidad había vuelto.

Sobre esa línea apareció una sombra.

Dos pies.

Alguien estaba del otro lado.

Quieto.

Esteban no sabía qué le daba más miedo.

La figura detrás de la puerta.

O la voz debajo de su cama.

La sombra permaneció allí.

Un minuto.

Después dos.

Esteban escuchó que algo bajo el colchón se movía.

—No mires abajo —susurró la voz.

Esteban comenzó a llorar en silencio.

La sombra seguía frente a la puerta.

Entonces la manija bajó.

El seguro resistió.

Volvió a subir.

La voz bajo la cama susurró:

—Cierra los ojos.

Esteban no obedeció.

La manija volvió a bajar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Luego alguien golpeó la puerta.

Un solo golpe.

Esteban se estremeció.

Otro.

Más fuerte.

La voz debajo de la cama dijo:

—Ya sabe que estás despierto.

La puerta tembló.

Esteban agarró el teléfono.

Camila seguía en línea.

Había olvidado que la llamada continuaba.

—¿Esteban?

Él habló casi sin voz.

—Está aquí.

—Estoy llegando.

Golpe.

La puerta vibró.

—¡Esteban!

—No puedo salir.

—¿Por qué?

Él miró debajo de la cama sin bajar la cabeza.

No veía nada.

—Porque hay algo aquí conmigo.

Silencio al otro lado del teléfono.

Camila susurró:

—¿Qué?

La voz debajo de la cama respondió antes que él.

—No le digas.

Camila también lo escuchó.

—Esteban...

—Sí.

—Hay alguien contigo.

Golpe.

La puerta casi saltó del marco.

—¡Sal por la ventana!

—Sexto piso.

—¡Entonces abre y corre!

La voz debajo de la cama cambió.

Por primera vez sonó asustada.

—No abras.

Esteban miró la puerta.

—¿Qué eres?

Nada respondió.

—¿Qué eres?

La sombra exterior desapareció.

Los golpes cesaron.

Esteban permaneció inmóvil.

Entonces escuchó pasos alejándose.

La voz bajo la cama soltó una respiración larga.

—Ya se fue.

Esteban no sintió alivio.

—Sal de ahí.

Silencio.

—¡Sal!

Nada.

Esteban se acercó lentamente al borde del colchón.

—Esteban —dijo Camila—. No mires.

Demasiado tarde.

Él se inclinó.

Debajo de la cama no había nadie.

Solo oscuridad.

Y en el polvo, una marca.

La forma de un cuerpo que había permanecido acostado allí.

Esteban retrocedió.

La puerta del edificio sonó a lo lejos.

Después pasos en el corredor.

Camila.

—¡Esteban!

Él corrió hasta la puerta.

Abrió.

Su hermana estaba allí.

La abrazó.

—Nos vamos.

No recogió nada.

Durmió en casa de Camila.

El departamento quedó vacío durante casi un mes.

Esteban decidió mudarse.

Contrató a dos hombres para recoger sus cosas.

Fue durante el día.

No quiso quedarse solo ni un minuto.

Mientras desmontaban la cama, uno de los trabajadores llamó.

—Señor.

Esteban entró al dormitorio.

El colchón estaba apoyado contra la pared.

Debajo de la cama había algo escrito en el piso.

No con pintura.

Con un dedo sobre el polvo.

NO DUERMAS CUANDO ABRA.

Esteban sintió náuseas.

El trabajador señaló otra frase cerca de la pared.

MÁS PEQUEÑA.

CASI BORRADA.

NO CONTESTES SI TE HABLA DESDE ABAJO.

Esteban se quedó mirando.

—¿Usted escribió eso?

—No.

El trabajador no parecía querer seguir allí.

Terminaron rápido.

Esteban se mudó.

Durante meses durmió con la puerta abierta y sin cama.

Colocó el colchón directamente sobre el piso.

Parecía absurdo.

No le importaba.

Poco a poco volvió a sentirse seguro.

Hasta una noche de agosto.

Despertó.

El dormitorio estaba oscuro.

La puerta permanecía abierta.

Esteban escuchó pasos en el corredor.

Se acercaron.

Se detuvieron frente al marco.

Él cerró los ojos.

No quería mirar.

Pasaron unos segundos.

Después oyó un pequeño sonido.

La puerta empezó a moverse.

No se abría.

Ya estaba abierta.

Se estaba cerrando.

Esteban sintió que el corazón le golpeaba con violencia.

La puerta avanzó lentamente.

Hasta quedar casi cerrada.

Se detuvo.

Alguien permanecía afuera.

Esteban mantuvo los ojos cerrados.

Uno.

Dos.

Tres minutos.

La puerta no volvió a moverse.

Entonces escuchó una voz junto a su oído.

Desde el otro lado de la almohada.

—Hazte el dormido.

Esteban abrió los ojos.

No vio a nadie.

La puerta continuaba entreabierta.

En la rendija apareció un rostro.

No entró.

No intentó abrir.

Solo miró.

Esteban cerró los ojos otra vez.

El rostro permaneció allí.

Lo supo porque podía sentir la mirada.

Pasó mucho tiempo.

Después la puerta empezó a cerrarse.

Muy lentamente.

Antes de que encajara, la voz junto a su oído susurró:

—Esta noche creyó que estabas solo.

La puerta se cerró.

Esteban permaneció inmóvil.

Entonces sintió cómo el colchón se hundía a su espalda.

Alguien acababa de acostarse junto a él.

Y por primera vez entendió por qué aquello que abría la puerta nunca entraba.

Ya había algo dentro.

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