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Todos los animales del zoológico le dan la espalda al mismo visitante

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Todos los animales del zoológico le dan la espalda al mismo visitante

A las once y veinte de la mañana, los chimpancés dejaron de mirar al público.

No fue algo que llamara la atención de inmediato.

El zoológico estaba lleno. Era sábado, hacía calor y frente al recinto de primates había familias, niños golpeando suavemente el vidrio y adultos levantando teléfonos para grabar. Los chimpancés solían acercarse cuando había tanta gente porque sabían reconocer el movimiento de las bolsas de comida, los colores de los juguetes y hasta los sonidos que los visitantes hacían para llamar su atención.

Mara estaba revisando un dispensador de agua cuando notó que los cuatro animales se habían desplazado hasta el fondo.

No parecían asustados.

Tampoco estaban escondidos.

Simplemente estaban sentados de espaldas al vidrio.

Los cuatro.

En la misma dirección.

Mara los observó unos segundos.

—Qué raro —dijo una niña cerca de ella—. No quieren mirarnos.

Su padre se rio.

—También se cansan de nosotros.

Mara habría pensado lo mismo si no hubiera visto a Nilo.

Era el macho más curioso del grupo. Si alguien permanecía demasiado cerca del cristal, Nilo normalmente terminaba acercándose para observarlo.

Aquella mañana ni siquiera giraba la cabeza.

Mara terminó con el dispensador y miró al público.

Entonces vio al hombre.

Estaba separado unos pasos del resto.

Tendría unos cincuenta años. Llevaba pantalón oscuro, camisa beige de manga corta y una gorra gris sin ninguna marca visible. Sostenía un mapa doblado del zoológico y observaba el recinto con la expresión tranquila de cualquier visitante.

No estaba haciendo nada extraño.

Ni siquiera llevaba el teléfono en la mano.

Mara volvió a mirar a los chimpancés.

Nilo giró apenas la cabeza.

Durante un instante pareció mirar hacia el hombre.

Inmediatamente volvió a colocarse de espaldas.

Los otros tres hicieron lo mismo casi al mismo tiempo.

El hombre consultó el mapa y se alejó.

Algo cambió.

Primero una hembra joven se movió hacia el vidrio.

Después Nilo se puso de pie.

En menos de medio minuto los cuatro chimpancés habían recuperado su comportamiento habitual.

Mara miró hacia donde se había marchado el visitante.

Ya no podía verlo entre la gente.

No pensó mucho más en aquello.

Trabajaba como cuidadora desde hacía seis años y había aprendido que los animales podían reaccionar a cosas que una persona ni siquiera percibía: un olor, una vibración, una prenda, el movimiento de una sombrilla o el sonido casi imperceptible de un vehículo.

Tal vez el hombre olía a algo que los incomodaba.

Quizás había estado en contacto con otro animal.

Era una explicación suficiente.

Hasta que ocurrió otra vez.

Cerca del mediodía, Mara estaba junto al recinto de los lobos de crin cuando escuchó a uno de los visitantes comentar:

—Mira, parece que están castigados.

Los dos animales estaban inmóviles junto a la valla interior.

De espaldas al sendero.

Mara se acercó.

Uno de ellos movió las orejas.

No hacia ella.

Hacia algún lugar detrás.

Mara siguió la dirección.

El hombre de la gorra gris caminaba por el sendero.

Llevaba el mismo mapa.

Se detuvo frente al recinto.

Los lobos bajaron ligeramente la cabeza.

Uno dio dos pasos hacia un costado sin girarse.

El otro lo imitó.

Mara sintió una incomodidad difícil de justificar.

El hombre parecía interesado en los animales.

Se acercó a uno de los carteles informativos, leyó unos segundos y continuó.

Cuando se alejó unos veinte metros, uno de los lobos giró.

Después el otro.

Ambos observaron el sendero por el que se había marchado.

No parecían seguirlo.

Parecían asegurarse de que se hubiera ido.

Mara buscó a Bruno, uno de los cuidadores del área.

—¿Conoces a ese visitante?

—¿Cuál?

—El de la gorra gris.

Bruno miró alrededor.

—Hay como cien personas con gorra.

—Camisa beige. Está caminando hacia aves.

Bruno alcanzó a verlo.

—No. ¿Por qué?

—Nada. Los animales reaccionaron raro cuando pasó.

—¿Los lobos?

—Y los chimpancés.

Bruno sonrió.

—Quizás huele mal.

Mara también sonrió, aunque la explicación ya no le resultaba tan convincente.

—Puede ser.

Regresó a su recorrido.

Quince minutos después escuchó gritos junto al aviario.

No eran gritos de miedo.

Eran voces sorprendidas.

Varias personas señalaban hacia las ramas interiores.

Mara aceleró.

Las guacamayas estaban alineadas en distintos niveles de la estructura.

Todas orientadas hacia el fondo.

Había más de veinte.

Ninguna miraba al público.

Los loros de otro sector también habían girado.

Incluso las aves pequeñas de una zona cercana se habían desplazado hacia el lado opuesto de las mallas.

Mara miró entre los visitantes.

La gorra gris apareció casi inmediatamente.

El hombre estaba allí.

Quieto frente al aviario.

Una mujer junto a él intentaba fotografiar a las guacamayas.

—Nunca había visto eso —comentó—. Parece que se pusieron de acuerdo.

El hombre respondió con tranquilidad:

—Quizás están descansando.

Su voz era normal.

Mara esperaba sentir algo al escucharlo.

No sintió nada.

Ni escalofrío.

Ni rechazo.

Ni esa sensación inexplicable que algunas personas producen antes de hablar.

Era simplemente un hombre de visita en un zoológico.

Él notó que Mara lo miraba.

—Disculpe —dijo—. ¿Sabe a qué hora alimentan a los hipopótamos?

Mara tardó un segundo en responder.

—A la una y media.

—Gracias.

El hombre sonrió.

Después continuó por el sendero.

Las aves permanecieron de espaldas hasta que dobló la esquina.

Una guacamaya giró primero.

Las demás comenzaron a hacerlo después.

Bruno llegó desde atrás.

—¿Era el mismo?

Mara asintió.

Esta vez él no se rio.

—Los chimpancés, los lobos y ahora esto.

—Sí.

—¿Está molestándolos?

—No hace nada.

Bruno miró hacia el sendero.

—Tal vez lleva algo encima.

—¿Qué podría hacer que reaccionaran igual especies completamente distintas?

Bruno no respondió.

Mara miró a las aves.

Un loro todavía permanecía de espaldas.

El hombre ya no estaba a la vista.

Unos segundos después, el animal giró lentamente.

Durante el almuerzo Mara intentó dejar de pensar en él.

No lo consiguió.

El zoológico tenía más de doscientas especies y cientos de visitantes entraban cada día. Era posible que estuviera uniendo sucesos que no tenían relación.

Hasta que recibió una llamada por radio.

—Mara, ¿estás cerca de felinos?

Era Bruno.

—A cinco minutos.

—Ven.

No explicó más.

Cuando llegó, encontró a varias personas acumuladas frente al recinto de los jaguares.

El macho estaba junto a una roca.

La hembra, cerca del estanque.

Los dos daban la espalda al público.

No miraban hacia ningún lado en particular.

Simplemente evitaban orientar la cabeza hacia el sendero.

Mara no tuvo que buscar demasiado.

El hombre estaba apoyado en la baranda.

Una pareja conversaba junto a él.

Un niño comía helado.

Todo parecía normal.

Excepto los jaguares.

Mara se colocó unos metros detrás del visitante.

La hembra levantó la cabeza.

Sus ojos recorrieron el recinto hasta encontrar a Mara.

Después parecieron desplazarse ligeramente hacia la derecha.

Hacia el hombre.

La jaguar giró de inmediato y volvió a mostrarle la espalda.

Mara sintió un nudo en el estómago.

Hasta entonces había supuesto que los animales no querían verlo.

Aquella reacción parecía diferente.

Era como si hubieran comprobado que todavía estaba allí.

El hombre permaneció varios minutos.

Después miró su mapa.

Mara decidió seguirlo.

No demasiado cerca.

Lo vio detenerse frente a los tapires.

Los animales se giraron.

Se acercó al recinto de las nutrias.

Las tres abandonaron la parte frontal y se colocaron orientadas hacia el muro.

Pasó junto a una exhibición de tortugas.

Incluso ellas comenzaron a cambiar lentamente de posición.

Mara llamó a Bruno.

—Está pasando con todos.

—¿Qué hacemos?

—Todavía no sé.

No podían expulsar a una persona porque los animales le dieran la espalda.

El hombre no había infringido ninguna norma.

No tocaba las vallas.

No alimentaba a los animales.

No gritaba.

No utilizaba flash.

Ni siquiera parecía notar que algo ocurría.

Mara decidió acercarse.

Lo alcanzó frente al recinto de los elefantes.

Los tres animales adultos se habían colocado de espaldas.

Uno de ellos mantenía la trompa pegada al suelo.

—Señor.

El hombre se giró.

—¿Sí?

—Disculpe. ¿Todo bien durante su visita?

Pareció confundido.

—Sí. Muy bien.

—¿Ha tenido algún problema con algún animal?

El hombre miró hacia los elefantes.

—No.

—¿Ha visitado otros zoológicos recientemente?

—No que recuerde.

Mara sabía que la pregunta sonaba extraña.

—¿Tiene mascotas?

El hombre sonrió.

—Un gato.

—¿Ha estado en contacto con algún animal hoy antes de venir?

—No.

—¿Utiliza algún perfume fuerte o repelente?

Ahora la expresión del hombre cambió.

No a miedo.

A desconcierto.

—¿Pasa algo?

Mara miró a los elefantes.

Seguían dándole la espalda.

—Estamos revisando una reacción de algunos animales.

El hombre observó nuevamente.

—¿Por mí?

Mara no contestó inmediatamente.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Les caigo mal?

—No sabemos qué ocurre.

El hombre se miró la camisa y las manos.

—No llevo nada raro.

—Lo sé.

Mara deseó no haber dicho esas palabras.

El hombre la observó.

—Entonces sí me estaba vigilando.

—Solo quiero comprobar algo.

—¿Qué?

Mara señaló el sendero.

—¿Puede caminar conmigo unos metros?

Él dudó, pero aceptó.

Avanzaron.

Los elefantes permanecieron de espaldas.

Mara contó los pasos.

Diez.

Quince.

Veinte.

Uno de los elefantes giró parcialmente la cabeza.

Mara pidió:

—Deténgase aquí.

El hombre obedeció.

El elefante volvió a colocarse de espaldas.

Mara sintió que el pulso se le aceleraba.

—Ahora retroceda un poco.

—Esto es bastante raro.

—Lo sé.

Regresaron cinco metros.

Los elefantes se mantuvieron igual.

Mara dio varios pasos sola hacia el recinto.

Nada cambió.

—Definitivamente soy yo —dijo el hombre.

Su tono todavía parecía más curioso que preocupado.

Mara lo miró.

—¿No había notado nada antes?

—¿Que los animales me daban la espalda?

—Sí.

Él pensó.

—Creí que era casualidad.

—¿En todos los recintos?

El hombre dejó de sonreír.

—No había pensado que fueran todos.

Mara sintió que algo en aquella respuesta no encajaba.

—¿Desde cuándo lo notó?

Él abrió el mapa.

Había marcado con bolígrafo algunos recintos.

Chimpancés.

Lobos.

Aves.

Jaguares.

Tapires.

Elefantes.

Mara observó las marcas.

—¿Por qué los señaló?

—Porque quería recordar dónde ocurrió.

—Entonces sí se dio cuenta.

—Después de la tercera vez.

El hombre la miró.

—Pensé que ustedes tendrían una explicación.

Mara no la tenía.

Bruno llegó acompañado por Elisa, la veterinaria principal.

Repitieron algunas pruebas sencillas.

El hombre dejó su gorra sobre una banca y caminó hacia un recinto.

Los animales se giraron.

Dejó el mapa.

Ocurrió lo mismo.

Se quitó la camisa beige y quedó con una camiseta blanca que llevaba debajo.

Nada cambió.

Lavó sus manos.

Los animales continuaron dándole la espalda.

No era la ropa.

No era el mapa.

No parecía ser un olor evidente.

Elisa se aproximó lentamente a un grupo de antílopes mientras el visitante permanecía a distancia.

Los animales estaban tranquilos.

El hombre avanzó.

Todos giraron.

Elisa se quedó observando.

—No parecen asustados —dijo.

Mara había pensado exactamente lo mismo.

—Entonces, ¿qué hacen?

Elisa tardó en responder.

—Evitan verlo.

El hombre escuchó.

—Eso no suena mejor.

Elisa corrigió:

—No sé si lo están evitando a usted.

Mara la miró.

—¿Qué quieres decir?

La veterinaria señaló a uno de los antílopes.

—Mira la cabeza.

El animal estaba de espaldas al hombre.

Pero sus orejas apuntaban hacia atrás.

Atentas.

—Lo está escuchando —dijo Bruno.

—Puede ser.

—Entonces sabe que está ahí.

Elisa asintió.

—Claro que sabe.

Mara observó al animal.

—Si quisiera alejarse, podría hacerlo.

El recinto tenía espacio de sobra.

Sin embargo, los antílopes no corrían.

No se escondían.

Solo mantenían la cara en dirección contraria.

Como si hubiera algo que no debían mirar.

La idea se quedó en la cabeza de Mara.

A las tres de la tarde decidieron acompañar al hombre hasta una zona de descanso mientras evaluaban qué hacer.

Él aceptó.

Se llamaba Julián.

Había ido solo porque estaba de paso por la ciudad y tenía varias horas libres antes de tomar un autobús.

No conocía a nadie que trabajara allí.

Nunca había visitado ese zoológico.

Mara comenzó a creerle.

Julián bebió agua sentado bajo una sombrilla.

—Mi gato hace algo parecido —comentó.

Mara levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

—A veces me da la espalda.

—Los gatos hacen eso.

—Ya sé.

Julián movió la botella entre las manos.

—Pero desde hace unas semanas lo hace cuando entro a una habitación.

Mara sintió una presión en el pecho.

—¿Siempre?

—No.

—¿Cuándo?

Julián pensó.

—No sé.

—Intente recordarlo.

—Por la noche algunas veces. También en la cocina.

—¿Lo mira antes de girarse?

Julián dejó de mover la botella.

—Sí.

Mara no dijo nada.

—¿Qué significa eso?

—Todavía no sabemos.

Julián miró hacia el área de elefantes.

—Pensaba que estaba molesto conmigo.

Bruno llegó corriendo desde el sendero.

—Mara.

Ella reconoció inmediatamente su expresión.

—¿Qué pasó?

—Los animales.

—Julián está aquí.

—Precisamente.

Mara se levantó.

—Explícate.

Bruno señaló en dirección contraria al área de descanso.

—Están girando otra vez.

Mara miró a Julián.

Él seguía sentado.

—¿Dónde?

—En los recintos que están al norte.

Mara sintió un escalofrío.

El zoológico ocupaba varias hectáreas.

Los animales del norte estaban demasiado lejos para ver a Julián.

—Vamos.

Julián quiso acompañarlos.

Mara se negó.

—Quédese aquí.

Ella y Bruno caminaron rápidamente.

El primer recinto era el de cebras.

Todas estaban de espaldas.

Pero no hacia Julián.

Mara se detuvo.

Eso era diferente.

—¿Hacia dónde están mirando?

Bruno señaló.

Las cabezas apuntaban al este.

El siguiente recinto mostraba lo mismo.

Los venados estaban orientados hacia el este.

Los monos de una pequeña isla miraban hacia el este.

Hasta las aves mantenían la cabeza en esa dirección.

Mara sintió que la idea comenzaba a formarse antes de que quisiera aceptarla.

Regresó la mirada hacia la zona donde habían dejado a Julián.

Quedaba al oeste.

Los animales ya no le daban la espalda a él.

Estaban dándole la espalda a otra cosa.

Mara y Bruno continuaron avanzando.

En cada recinto sucedía lo mismo.

Los animales estaban orientados hacia el este.

Eso significaba que lo que evitaban mirar estaba al oeste.

Mara se detuvo.

—Julián.

Bruno la miró.

—Está al oeste.

Corrieron de regreso.

Julián continuaba sentado bajo la sombrilla.

Parecía aliviado al verlos.

—¿Qué encontraron?

Mara no respondió.

Miró los árboles detrás de él.

Después las bancas.

Las papeleras.

El sendero.

No había nadie.

—Levántese —dijo.

Julián obedeció.

—¿Qué ocurre?

—Camine hacia mí.

Él dio un paso.

Mara miró hacia un pequeño estanque cercano donde varias aves permanecían orientadas hacia el este.

Julián caminó.

Las aves no cambiaron.

Mara sintió que se le helaban las manos.

Antes, cuando Julián se desplazaba, los animales corregían inmediatamente su posición.

Ahora no.

—Siga.

Julián avanzó hasta quedar junto a ella.

Las aves continuaron orientadas hacia el mismo punto.

La silla donde Julián había estado sentado.

Mara miró la silla vacía.

—No era usted.

Julián dejó de respirar durante un instante.

—¿Qué?

Mara dio un paso hacia la banca.

Las aves permanecieron igual.

Bruno la sujetó suavemente por el brazo.

—No te acerques.

La silla estaba vacía.

Sobre la mesa seguía la botella de agua.

Nada más.

Julián miraba el lugar donde había estado sentado.

—Entonces, ¿por qué ocurría cuando yo caminaba?

Mara no quería responder.

Fue Elisa quien lo hizo al llegar unos minutos después.

—Porque quizás estaba cerca de usted.

Nadie habló.

Julián palideció.

—¿Cerca cómo?

Elisa negó.

—No lo sabemos.

Los animales permanecieron de espaldas al mismo lugar durante casi diez minutos.

Después comenzaron a relajarse.

Primero las aves.

Luego los mamíferos cercanos.

Mara recibió mensajes por radio desde varios sectores.

Todo estaba volviendo a la normalidad.

Nadie vio nada abandonar la zona de descanso.

Julián quería marcharse.

Mara no encontró ninguna razón para impedírselo.

Lo acompañaron hasta la salida.

El trayecto fue extraño por una razón distinta.

Ningún animal reaccionó a su paso.

Los chimpancés se acercaron al vidrio.

Los lobos continuaron caminando.

Las aves permanecieron orientadas en todas direcciones.

Julián se detuvo frente al recinto de jaguares.

La hembra lo miró directamente.

Él retrocedió.

Mara comprendió su reacción.

Durante horas había querido que algún animal volviera a mirarlo.

Ahora no parecía soportarlo.

—Ya está —dijo Mara.

Julián no respondió.

Llegaron a la salida.

Antes de marcharse, él preguntó:

—¿Qué les digo si vuelve a pasar con mi gato?

Mara pensó en una respuesta.

No encontró ninguna buena.

—Observe hacia dónde mira cuando deje de darle la espalda.

Julián entendió.

Guardó el mapa en el bolsillo y salió.

Mara lo vio cruzar el estacionamiento hasta perderse entre los automóviles.

Durante el resto de la tarde no ocurrió nada.

Los animales comieron.

Los visitantes siguieron recorriendo los senderos.

El zoológico recuperó poco a poco su comportamiento habitual.

Mara terminó su turno poco antes del cierre.

Pasó una última vez por los chimpancés.

Nilo estaba cerca del vidrio.

La vio acercarse y golpeó suavemente una rama contra el suelo.

Mara sonrió.

—Hoy sí quieres mirar.

Nilo mantuvo los ojos en ella.

Después su atención se desplazó hacia algo situado a la izquierda.

Mara siguió su mirada.

Había un sendero vacío.

Nilo se puso de pie.

Los otros chimpancés también levantaron la cabeza.

Mara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Durante un segundo pensó que volverían a girarse.

No lo hicieron.

Los cuatro observaron fijamente el sendero.

Mara también.

Nada apareció.

Un trabajador pasó empujando un carro de limpieza.

Nilo ni siquiera lo miró.

Los animales continuaban concentrados en un punto vacío junto a una banca.

Entonces Mara comprendió por qué aquello le resultaba diferente.

Durante todo el día habían evitado mirar algo.

Ahora estaban mirando.

Los cuatro.

Sin moverse.

Sin apartar los ojos.

Mara retrocedió lentamente.

La radio que llevaba en el cinturón emitió la voz de Bruno.

—Mara, ¿estás cerca de primates?

Ella tomó el aparato.

—Sí.

Hubo unos segundos de interferencia.

—Ven a felinos cuando puedas.

Mara miró a Nilo.

—¿Por qué?

Bruno respondió:

—Los jaguares llevan varios minutos mirando el mismo lugar.

Mara apretó la radio.

—¿Qué lugar?

La respuesta tardó demasiado.

—Un sendero vacío.

Mara cerró los ojos un instante.

—¿Están de espaldas?

—No.

Bruno respiró al otro lado.

—Esta vez todos están mirando.

Mara volvió a observar a los chimpancés.

Ninguno parpadeaba.

El zoológico estaba casi vacío.

Las últimas familias caminaban hacia la salida mientras los altavoces anunciaban el cierre.

Uno a uno comenzaron a llegar nuevos avisos por radio.

Los lobos estaban mirando.

Las aves estaban mirando.

Los elefantes estaban mirando.

Animales separados por muros, árboles y cientos de metros mantenían la cabeza orientada hacia distintos puntos del zoológico.

Mara pidió a cada cuidador que indicara la dirección.

No necesitó un mapa para comprenderlo.

Todas convergían hacia el mismo lugar.

La zona de descanso donde Julián había permanecido sentado.

Mara no fue hasta allí.

Nadie fue.

Esperaron.

Cuando cerraron las puertas al público, los animales continuaban mirando.

A las seis y doce, Nilo fue el primero en apartar los ojos.

Los demás chimpancés lo imitaron.

Poco después llegaron mensajes similares desde los otros sectores.

Había terminado.

Mara esperó todavía media hora antes de abandonar el zoológico.

Nunca supo qué habían estado evitando los animales mientras Julián recorría los senderos.

Tampoco supo por qué aquello dejó de moverse con él cuando se sentó bajo la sombrilla.

Lo único que pudo comprender ocurrió al final del día.

Durante horas, todos habían pensado que los animales le daban la espalda a un visitante.

Estaban equivocados.

Julián simplemente había caminado delante de algo que ninguna persona del zoológico podía ver.

Y cuando finalmente se separaron, los animales dejaron de esconder la cara.

Porque aquello ya no necesitaba seguirlo.

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