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Todas las mañanas encuentro un plato servido para alguien que no vive aquí

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Todas las mañanas encuentro un plato servido para alguien que no vive aquí

La primera mañana pensé que había dejado la mesa preparada la noche anterior.

Un plato.

Un vaso.

Un tenedor.

Una servilleta doblada junto al borde.

Todo colocado frente a la silla que estaba al otro lado de la mesa.

No en mi sitio.

En el de enfrente.

Me quedé mirando unos segundos mientras esperaba que hirviera el agua para el café.

Vivía sola desde hacía casi tres años. No recibía visitas desde el fin de semana anterior y recordaba perfectamente haber cenado de pie junto a la encimera porque había llegado tarde del trabajo.

Aun así, no me alarmé.

Guardé el plato.

Metí el vaso en el mueble.

Empujé la silla hasta dejarla debajo de la mesa.

Después me fui.

Aquella noche llegué poco antes de las diez.

La mesa estaba vacía.

Eso confirmó lo que quería creer: probablemente había sido yo.

Estaba cansada.

Últimamente dormía mal.

Podía haber preparado algo medio dormida, arrepentirme y volver a acostarme sin recordarlo.

La explicación me pareció suficiente.

Hasta la mañana siguiente.

Esta vez había dos platos.

Uno en mi lugar habitual.

Otro enfrente.

Sobre ambos había tostadas.

Me detuve en la entrada de la cocina.

El pan estaba ligeramente dorado.

No frío.

Tibio.

Toqué una de las tostadas.

Todavía conservaba calor.

Miré la tostadora.

Desenchufada.

Yo siempre la desenchufaba antes de dormir.

Revisé la puerta principal.

Cerrada con llave.

La ventana de la cocina tenía el seguro puesto.

No faltaba nada.

Me acerqué a la mesa otra vez.

En mi plato había una tostada.

En el de enfrente, dos.

Al lado del segundo plato había una taza de café.

La superficie todavía soltaba un poco de vapor.

Sentí que el estómago se me tensaba.

No probé nada.

Tomé una fotografía con el teléfono y llamé a mi hermana, Lorena.

—¿Tú tienes copia de mis llaves?

—No.

—¿Mamá?

—Creo que tampoco. ¿Por qué?

Miré la taza.

—Por nada.

—Paula.

—Encontré la mesa servida.

—¿Y?

—Yo no la serví.

Lorena se quedó callada.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Anoche tomaste algo?

—No.

—¿Algún medicamento?

—No.

—Entonces revisa la cerradura.

Era exactamente lo que yo habría respondido.

No le conté lo del café caliente.

Antes de salir tiré las tostadas, vacié la taza y dejé todos los platos dentro del fregadero.

No ordené la mesa.

Quería saber cómo la encontraría al regresar.

Por la tarde seguía vacía.

La revisé varias veces durante la noche.

Nada.

Antes de acostarme puse las cuatro sillas boca abajo sobre la mesa, como hacían en algunos restaurantes al cerrar.

También tomé una fotografía.

Dormí con la puerta del dormitorio cerrada.

A las seis y veinte desperté.

No había escuchado ningún ruido.

Fui directamente a la cocina.

Las cuatro sillas estaban en el suelo.

Dos permanecían pegadas a la mesa.

Las otras dos estaban separadas.

Una frente a la otra.

Había dos platos servidos.

Huevos.

Pan.

Dos vasos con jugo.

Me quedé en el pasillo.

No entré.

Las sillas habían sido bajadas sin hacer suficiente ruido para despertarme.

Mi departamento no era grande.

Desde la cama podía escuchar cuando el refrigerador se encendía.

Alguien había preparado un desayuno completo a menos de diez metros de mí.

O yo lo había hecho.

Esa segunda posibilidad empezó a asustarme casi tanto como la primera.

Fui al dormitorio y revisé mis pies.

No sé exactamente qué esperaba encontrar.

Migas.

Aceite.

Alguna señal.

No había nada.

Volví con el teléfono.

Tomé fotografías.

Después revisé la comida.

Los huevos habían salido de mi refrigerador.

Faltaban cuatro.

La botella de jugo estaba más vacía.

La bolsa de pan permanecía abierta sobre la encimera.

Esa mañana pedí llegar tarde al trabajo.

Compré una pequeña cámara para interiores.

No necesitaba un sistema complicado. Solo quería saber si caminaba dormida.

La instalé en una repisa de la sala apuntando hacia la cocina.

Podía verse casi toda la mesa.

Esa noche cené fuera.

Cuando regresé, no llevé comida preparada.

Guardé las pocas cosas del refrigerador dentro de una bolsa y las dejé en el auto.

También vacié el pan, las frutas y las galletas de los muebles.

Si aparecía comida otra vez, al menos sabría que no había salido de mi cocina.

Antes de acostarme comprobé la cámara.

Funcionaba.

La luz pequeña estaba encendida.

A las seis y diez desperté.

Me quedé unos segundos en la cama.

No quería salir.

Finalmente abrí la puerta.

Desde el pasillo vi las dos sillas separadas.

Había dos platos.

Esta vez estaban vacíos.

Sentí un alivio extraño.

No había comida.

Solo los platos.

Me acerqué.

En cada uno había una cuchara.

Los vasos estaban llenos de agua.

Nada más.

Entonces vi las migas.

Pequeñas.

Oscuras.

Había varias alrededor del plato de enfrente.

Toqué una.

Pan.

No tenía pan en casa.

Miré debajo de la mesa.

También había migas en el suelo.

Como si alguien hubiera comido allí.

La cámara.

Corrí hacia la sala.

Seguía encendida.

Abrí la aplicación.

La grabación comenzaba a las once y cuarenta y siete, cuando me fui a dormir.

Adelanté.

Medianoche.

Una.

Dos.

Nada.

La cocina permanecía oscura.

A las tres y catorce ocurrió algo.

La imagen se congeló.

No se apagó.

Solo quedó inmóvil.

El reloj de la grabación siguió avanzando.

Tres y quince.

Tres y veinte.

Tres y cuarenta.

La imagen continuaba mostrando la cocina vacía.

Exactamente el mismo cuadro.

A las cuatro y seis hubo un salto.

Las sillas ya estaban separadas.

Los platos aparecieron sobre la mesa.

No existía ningún momento en que alguien los colocara.

Un cuadro mostraba la cocina vacía.

El siguiente mostraba la mesa servida.

Me acerqué a la pantalla.

Intenté avanzar cuadro por cuadro.

Nada.

Entonces noté algo más.

En el último fotograma antes del salto, la cocina estaba vacía.

En el primero después del salto, no.

Había alguien sentado.

Solo durante un instante.

Una forma oscura en la silla de enfrente.

Volví atrás.

La imagen era borrosa.

Cabello.

Un hombro.

Una mano apoyada junto al plato.

Después, en el siguiente cuadro, la silla estaba vacía.

Sentí que me faltaba aire.

Guardé la grabación y llamé a Lorena.

Esta vez le conté todo.

Llegó una hora después.

Revisamos el departamento juntas.

No encontró nada.

Miró la grabación varias veces.

—Puede ser un error de compresión.

—¿Y los platos?

—Eso no.

—¿Entonces?

Lorena observó la mesa.

—Quédate conmigo unos días.

Acepté.

No quería dormir otra noche allí.

Preparé una mochila.

Antes de irnos, Lorena se detuvo en la cocina.

—¿Ese plato es tuyo?

Señaló el de enfrente.

—Sí.

—¿Segura?

Me acerqué.

Era blanco, con una línea azul fina en el borde.

Mis platos eran completamente blancos.

No recordaba haber visto aquel.

Lo levanté.

En la parte inferior había una pequeña marca del fabricante.

No significaba nada para mí.

Lorena tomó el otro.

—Este sí es tuyo.

Miramos ambos.

Por primera vez entendí que tal vez la mesa no estaba siendo servida con mis cosas.

Parte de ella estaba apareciendo de otro sitio.

Me llevé el plato azul.

No sé por qué.

Quizá quería una prueba.

Dormí tres noches en casa de Lorena.

No ocurrió nada.

El plato permaneció dentro de una bolsa en mi mochila.

La cuarta mañana mi hermana estaba preparando café cuando lo sacó.

—Este plato me suena.

—¿De dónde?

Lo miró durante unos segundos.

—Mamá tenía unos parecidos.

—Mamá nunca tuvo platos con línea azul.

—Cuando éramos niñas, creo que sí.

Negué.

—Yo no recuerdo eso.

Lorena pasó un dedo por el borde.

—Había uno roto.

La miré.

—¿Qué?

—No sé por qué me acuerdo ahora.

Dejó el plato sobre la encimera.

—Creo que papá rompió uno.

La conversación me incomodó.

Nuestro padre había muerto hacía nueve años.

No porque hablar de él fuera difícil, sino porque yo tampoco recordaba aquellos platos.

Llamé a mi madre.

Le envié una fotografía.

Respondió casi inmediatamente.

“¿Dónde encontraste eso?”

La llamé.

—¿Lo reconoces?

—Claro.

—Lorena dice que teníamos unos iguales.

Mi madre tardó en contestar.

—Antes de que naciera Lorena.

—Entonces ella no puede recordarlos.

—Probablemente vio fotografías.

—¿De quién eran?

Mi madre suspiró.

—De tu abuela.

Eso tampoco me decía nada.

—¿Por qué te sorprende que tenga uno?

—Porque los tiramos.

—¿Todos?

—Sí.

—¿Por qué?

Mi madre guardó silencio demasiado tiempo.

—Estaban viejos.

No le creí.

—Mamá.

—Paula, no sé qué quieres que te diga.

—La verdad.

Escuché cómo respiraba.

—Tu abuela acostumbraba poner un plato adicional en la mesa.

Sentí frío.

—¿Para quién?

—No sé.

—Claro que sabes.

—Nunca hablaba de eso.

—¿Todas las comidas?

—Solo algunas mañanas.

Me senté.

—¿Qué ponía?

—Desayuno.

Apreté el teléfono.

—¿Y alguien comía?

Mi madre no respondió de inmediato.

—A veces el plato amanecía usado.

Se me erizó la piel de los brazos.

—¿Por qué nunca me contaste?

—Porque tu abuela hacía muchas cosas extrañas cuando envejeció.

—¿Qué pasó con ella?

—Murió.

—Eso ya lo sé.

—Entonces deja eso ahí.

—Mamá.

Su voz cambió.

—No pongas el plato en tu mesa.

Miré hacia la cocina de Lorena.

El plato azul estaba sobre la encimera.

—¿Por qué?

—Porque ella decía que mientras hubiera un sitio preparado, esa cosa sabía dónde sentarse.

Mi hermana había dejado de hacer café.

Me estaba mirando.

—¿Qué cosa?

Mi madre habló más bajo.

—Nunca lo supimos.

Después añadió:

—Pero cuando quitamos el plato, empezó a buscar otro lugar.

No pregunté qué significaba.

No quería escuchar más.

Regresé a mi departamento esa misma tarde.

No porque quisiera.

Necesitaba comprobar algo.

Lorena vino conmigo.

La mesa estaba exactamente como la habíamos dejado.

Vacía.

Abrí los muebles.

Conté los platos.

Todo normal.

El plato azul seguía con nosotras.

Lo dejamos dentro de una caja.

Después revisamos la casa.

No encontramos nada.

—Quizá se acabó —dijo Lorena.

No respondí.

Aquella noche no me quedé.

Dormí otra vez en su departamento.

A las seis y media de la mañana mi teléfono recibió una notificación.

Movimiento detectado.

La cámara de mi casa.

Abrí la aplicación.

La cocina estaba vacía.

La mesa también.

Esperé.

Nada.

Entonces la cámara detectó movimiento otra vez.

La imagen seguía aparentemente igual.

Amplifiqué.

Una silla se había separado unos centímetros.

Llamé a Lorena.

Miramos juntas.

La siguiente notificación llegó seis minutos después.

La silla estaba más lejos.

Luego otra.

Más lejos.

No vimos cómo se movía.

Cada alerta mostraba una posición distinta.

Como si algo la arrastrara durante los espacios entre grabaciones.

A las siete y doce apareció un plato.

No el azul.

Uno de los míos.

A las siete y veinte apareció otro enfrente.

A las siete y treinta había dos vasos.

A las siete y cuarenta y tres, una taza.

No había comida.

Solo la mesa preparada.

Después llegó otra alerta.

Esta vez había algo sobre mi silla.

Una prenda.

Ampliamos.

Era mi bata.

La que había dejado colgada detrás de la puerta del dormitorio.

Lorena me miró.

—No vuelvas.

No volví ese día.

Ni el siguiente.

Contraté a un cerrajero y cambié la cerradura sin quedarme dentro más de lo necesario.

Guardé algunas cosas en cajas.

Empecé a buscar otro departamento.

Pero las mañanas continuaron.

Siempre podía verlo desde la cámara.

La mesa aparecía preparada.

Dos lugares.

Después tres.

La tercera silla apareció separada un lunes.

No entendí.

Yo vivía sola.

¿Para quién era el tercer sitio?

Al día siguiente solo había dos otra vez.

Luego uno.

Eso fue peor.

Un solo plato.

En mi lugar.

La silla de enfrente estaba guardada debajo de la mesa.

Mi sitio tenía desayuno.

Huevos.

Pan.

Café.

Todo caliente cuando llegué una hora después.

No toqué nada.

A partir de entonces el patrón cambió.

Ya no preparaban dos lugares todas las mañanas.

Algunas veces solo preparaban el mío.

Otras, únicamente el de enfrente.

Parecía que la mesa estuviera decidiendo quién iba a comer.

Una mañana encontré mi silla al otro lado.

Mi lugar habitual había cambiado.

La siguiente, los cubiertos aparecieron intercambiados.

Después mi taza favorita apareció frente a la silla desconocida.

Mi vaso quedó en el otro sitio.

Pequeñas modificaciones.

Insignificantes.

Pero empecé a sentir que alguien estaba reorganizando nuestros lugares.

Una noche recibí una llamada de mi madre.

—Tu abuela hacía eso.

—¿Qué?

—Cambiar de sitio.

Me senté en la cama de Lorena.

—¿Ella?

—Al principio se sentaba siempre en el mismo lugar.

Mi madre hablaba como si estuviera recordando algo que había intentado olvidar.

—Después empezó a sentarse enfrente.

—¿Por qué?

—Decía que su silla ya estaba ocupada.

No respondí.

—¿Por quién?

—Nunca quiso decirlo.

Mi madre continuó:

—Las últimas semanas comía de pie.

—¿Y después?

Hubo una respiración larga.

—Una mañana encontramos la mesa preparada para una sola persona.

—¿Ella?

—No.

La voz de mi madre tembló.

—El plato estaba en su sitio. Pero ella estaba sentada enfrente.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hizo?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nos miraba.

Mi madre empezó a llorar.

—Tu abuela estaba sentada frente a su propio desayuno y decía que no podía levantarse porque alguien estaba comiendo.

No pregunté más.

Dos días después decidí terminar con aquello.

Saqué la mesa del departamento.

Lorena me ayudó.

También retiramos las cuatro sillas.

Las dejamos en un almacén.

La cocina quedó casi vacía.

No había dónde servir nada.

Por primera vez en semanas dormí en mi propia casa.

Dejé todas las luces encendidas.

La cámara apuntaba hacia la cocina.

A las dos revisé.

Nada.

A las tres.

Nada.

A las cuatro seguía vacía.

Me quedé dormida en el sofá.

Cuando desperté estaba amaneciendo.

Durante unos segundos no recordé por qué había dormido allí.

Después miré hacia la cocina.

No había mesa.

No había sillas.

Sonreí.

Había terminado.

Me levanté.

Entonces vi el plato.

Estaba sobre el piso.

En mitad de la cocina.

Uno de mis platos blancos.

A su lado había una taza de café.

Enfrente, a poco más de un metro, había otro plato.

El azul.

El que seguía guardado en casa de Lorena.

Me quedé inmóvil.

Entre ambos platos había dos almohadas.

Una a cada lado.

Como lugares improvisados para sentarse en el suelo.

Retrocedí.

Mi teléfono estaba sobre el sofá.

Lo agarré.

Tenía seis llamadas perdidas de Lorena.

La llamé.

Respondió inmediatamente.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Paula, el plato desapareció.

Miré el azul.

—Ya sé.

—¿Cómo que ya sabes?

No respondí.

Algo me molestaba en la escena.

No eran los platos.

Eran las almohadas.

Una pertenecía al sofá.

La otra era la de mi cama.

Alguien había ido hasta mi dormitorio para traerla.

Salí del departamento sin acercarme.

No regresé durante cuatro días.

El propietario aceptó terminar el contrato antes de tiempo después de que le dije que tenía problemas familiares.

Contraté una empresa para empacar.

No les conté nada.

Cuando recogí las últimas cajas, la cocina estaba completamente vacía.

No había platos.

Ni almohadas.

Ni señales.

Me mudé a otro departamento al otro lado de la ciudad.

Compré muebles nuevos.

No llevé la mesa.

Durante un mes comí sobre la encimera.

Después compré una mesa pequeña para una sola persona.

Una mesa redonda.

Una silla.

Nada más.

Pensé que eso sería suficiente.

Durante tres meses no ocurrió nada.

Empecé a creer que la historia había terminado.

Hasta ayer.

Desperté temprano.

Fui a la cocina.

Mi silla estaba separada de la mesa.

Había un plato servido.

Café.

Pan.

Fruta.

Mi desayuno.

Nada enfrente.

No había segundo lugar.

Me quedé mirando.

Entonces sentí alivio.

Solo uno.

Por alguna razón, eso me tranquilizó.

Me senté.

La taza estaba caliente.

No bebí.

Miré alrededor.

Todo parecía normal.

Después observé mejor la posición del plato.

Estaba ligeramente alejado del borde.

Como si hubiera sido colocado para alguien sentado más atrás.

Empujé la silla.

No encajaba.

La mesa no estaba frente a mí.

Estaba frente a otro sitio.

Giré lentamente.

Detrás de mí, contra la pared, había una segunda silla.

No era nueva.

Era una de las que habíamos dejado en el almacén.

Estaba ocupada.

No vi una persona.

Solo una depresión profunda en el asiento.

Como si alguien invisible estuviera sentado allí.

Frente a esa silla, sobre una pequeña mesa auxiliar que yo no recordaba haber movido, había otro desayuno.

El mío.

Mi taza.

Mi plato.

Mi cuchara.

Miré el lugar donde estaba sentada.

La taza que tenía delante no era mía.

El plato tenía una línea azul alrededor del borde.

Entonces entendí por qué todo había estado cambiando de sitio durante semanas.

Aquello nunca estuvo aprendiendo dónde sentarse.

Estaba enseñándome dónde debía sentarme yo.

Me levanté.

O intenté hacerlo.

La silla crujió debajo de mí.

Algo pesado se acomodó detrás de mi espalda.

No lo vi.

Sentí dos manos apoyarse lentamente sobre mis hombros.

Frente a mí, la depresión de la otra silla desapareció.

El asiento volvió a levantarse.

Alguien acababa de ponerse de pie.

Desde entonces no he vuelto a desayunar en casa.

Pero cada mañana, antes de salir, encuentro la mesa preparada.

Mi plato siempre está en el mismo lugar.

El de la línea azul.

Y desde hace tres días, alguien deja la silla ligeramente separada para que me resulte más fácil sentarme.

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