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Mi voz en el contestador me advirtió que no entrara al baño

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi voz en el contestador me advirtió que no entrara al baño

El mensaje en el contestador automático decía que no olvidara comprar leche.

La voz era suave, cansada y tenía exactamente la misma cadencia pausada que Elena usaba cuando hablaba sola en casa.

Era su propia voz, sin ninguna duda posible.

Elena se quedó de pie junto al aparato, con el teléfono inalámbrico pegado a la oreja, escuchando por tercera vez. Vivía sola desde hacía cuatro años. Nadie más tenía acceso a ese número fijo. El buzón de voz estaba protegido por una clave que solo ella conocía.

Rebobinó el mensaje y lo reprodujo otra vez.

—No olvides comprar leche. Y cierra bien la ventana del dormitorio. Hace frío.

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

No porque la voz fuera idéntica a la suya, sino por el tono.

No sonaba como una grabación antigua ni como una imitación mal hecha. Sonaba como si alguien estuviera hablando en ese preciso instante, con la boca seca y los labios ligeramente separados, tal como ella lo hacía cuando estaba preocupada.

Miró el reloj de la cocina.

Las nueve y cuarenta de la noche.

Fuera llovía con fuerza contra los cristales del apartamento. El edificio era viejo, de paredes gruesas, y el silencio entre las ráfagas de lluvia hacía que cualquier pequeño ruido pareciera demasiado cercano.

Elena desconectó el contestador de la corriente.

Lo hizo con movimientos bruscos, como si temiera que el aparato pudiera escucharla incluso apagado. Dejó el cable sobre la mesa, se sentó en el sofá y se abrazó las rodillas.

Tal vez fuera un error técnico.

Una interferencia.

Alguien que había marcado su número por equivocación y había dejado un mensaje absurdo.

A las diez y media, el teléfono fijo sonó.

Elena lo miró paralizada.

El timbre rebotó en las paredes vacías del salón.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Lo descolgó con dedos temblorosos.

—¿Hola?

Al otro lado no hubo respuesta inmediata.

Solo escuchó una respiración lenta y profunda, seguida del sonido inconfundible de tela rozando tela, como si alguien se estuviera acomodando en una silla o en una cama.

—¿Quién es? —preguntó Elena, con la voz quebrada.

—Cerraste la ventana —dijo la voz.

Era ella misma.

Pero no la voz del contestador.

Esta sonaba más cercana. Más íntima. Como si la persona estuviera al otro lado de la línea y, al mismo tiempo, dentro del apartamento.

—Pero dejaste la puerta del armario abierta.

Elena soltó el auricular.

Cayó sobre la mesa auxiliar con un golpe seco.

Corrió hacia el dormitorio.

La ventana estaba cerrada, tal como la había dejado antes de cenar.

Pero la puerta del armario estaba entreabierta unos centímetros.

Justo lo suficiente para que desde la cama pudiera verse la oscuridad del interior.

Elena permaneció frente a ella durante varios segundos.

Sabía que debía cerrarla.

En cambio, estiró la mano y la abrió por completo.

Encendió la luz del dormitorio.

Dentro solo estaban su ropa, unas cajas y varias perchas vacías.

Nada más.

Elena revisó incluso detrás de las prendas.

No había nadie.

Cerró la puerta del armario con fuerza y regresó al salón.

Recogió el teléfono.

La línea estaba muerta.

No llamó a la policía.

¿Qué les diría?

Que su propia voz la estaba vigilando desde el teléfono. Que algo sabía qué ventanas había cerrado y qué puertas había dejado abiertas.

Pensarían que estaba confundida o que alguien le estaba gastando una broma cruel.

Se pasó el resto de la noche en el sofá, con todas las luces encendidas y el volumen del televisor al mínimo, solo para tener algún sonido que llenara los silencios.

No consiguió dormir.

Cada crujido del edificio la hacía incorporarse. Cada sombra proyectada por la lámpara de pie parecía permanecer demasiado quieta en algún rincón.

A las seis de la mañana, la luz gris del amanecer le trajo un alivio frágil.

Elena se levantó con el cuerpo rígido.

Necesitaba salir.

Necesitaba aire, gente y ruido real.

Se vistió rápidamente, tomó sus llaves y salió del apartamento sin mirar atrás.

Pasó el día en una cafetería llena de gente, leyendo un libro que no entendía y bebiendo café que terminaba enfriándose antes de que pudiera acabarlo.

A las cinco de la tarde, cuando la ansiedad comenzó a ceder, decidió regresar.

Tal vez todo había sido producto del agotamiento y del estrés acumulado durante meses de trabajo excesivo y soledad.

Abrió la puerta de su apartamento con cautela.

Todo estaba en orden.

Las luces estaban apagadas, tal como las había dejado.

El silencio parecía normal.

Familiar.

Fue directamente al dormitorio.

Comprobó la ventana.

Seguía cerrada.

Después miró el armario.

La puerta permanecía completamente cerrada.

Elena soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.

Entonces escuchó un pitido desde el salón.

El contestador automático indicaba un nuevo mensaje.

Elena se quedó inmóvil.

Había desconectado el aparato de la corriente la noche anterior.

No lo había apagado con un botón.

Había sacado físicamente el enchufe.

Regresó al salón.

El cable estaba conectado otra vez.

El pequeño indicador rojo parpadeaba con un ritmo constante.

Tres mensajes nuevos.

Elena se acercó.

No recordaba haber levantado la mano, pero de pronto tenía el dedo sobre el botón de reproducción.

Lo presionó.

El primer mensaje era suyo.

Otra vez.

—No abras la puerta del baño —dijo la voz, con un tono de advertencia desesperada—. Por favor, no entres ahí.

Elena miró hacia el pasillo.

La puerta del baño no podía verse desde donde estaba.

El segundo mensaje comenzó.

También era su voz, pero esta vez temblaba.

Se escuchaban respiraciones entrecortadas al fondo.

—Está dentro. Está dentro y no puedo salir.

Elena dio un paso atrás.

El tercer mensaje empezó inmediatamente.

Su voz había cambiado.

Ahora era plana, monótona y extrañamente tranquila.

—Ya abriste la puerta del armario. Ahora abre la del baño. Te estoy esperando.

Elena sintió que las piernas perdían fuerza.

La frase volvió a sonar en su cabeza.

Ya abriste la puerta del armario.

Recordó la noche anterior.

La llamada.

La puerta entreabierta.

Y su propia mano terminando de abrirla para comprobar que no había nadie.

No había pensado en aquello como obedecer una instrucción.

Hasta ahora.

Miró hacia el pasillo oscuro.

La puerta del baño estaba cerrada.

Bajo la rendija inferior se filtraba una luz amarillenta y cálida.

Elena estaba segura de haber apagado todas las luces antes de salir.

Entonces escuchó algo detrás de la puerta.

Su propia voz.

Canturreaba suavemente una melodía que Elena acostumbraba tararear mientras se duchaba.

Una canción infantil que recordaba desde pequeña y que nunca cantaba delante de otras personas.

Elena retrocedió.

La melodía continuó durante unos segundos.

Después se detuvo.

El apartamento quedó completamente quieto.

El pomo de la puerta del baño empezó a girar.

Muy despacio.

Elena no corrió.

Ni siquiera pudo gritar.

Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las manos apretadas contra los oídos.

La puerta comenzó a abrirse.

Pero detrás no estaba el baño que conocía.

No vio el lavamanos.

Ni el espejo.

Ni la cortina de la ducha.

Solo había una oscuridad densa y húmeda que parecía extenderse mucho más allá de las dimensiones del apartamento.

Desde allí llegaba un olor a tierra mojada.

Elena permaneció inmóvil.

Su propia voz volvió a hablar.

Esta vez no salió del contestador.

Tampoco del teléfono.

Pareció surgir de las paredes, del techo y del suelo, como si el apartamento entero hubiera aprendido a utilizar su garganta.

—Bienvenida a casa.

La voz hizo una pequeña pausa.

Cuando volvió a hablar, sonó casi cariñosa.

—Llevo mucho tiempo practicando para sonar como tú.

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