
Gael diseñaba la iluminación de maquetas arquitectónicas. Su apartamento también era su estudio: paredes grises, estantes con edificios en miniatura y un escritorio rodeado de lámparas halógenas. Pasaba las noches ajustando ángulos y midiendo cómo caía la luz sobre fachadas diminutas.
Le gustaba trabajar de madrugada. A esa hora, sin llamadas ni mensajes, podía concentrarse en los detalles. Un desplazamiento de pocos milímetros cambiaba la sombra de una torre. Un foco demasiado alto hacía que una plaza pareciera vacía. La luz no solo mostraba las cosas; decidía cómo se veían.
La primera anomalía ocurrió un martes, cerca de las dos.
Gael estaba inclinado sobre la maqueta de un museo. Movió el brazo para ajustar el cuello de cisne de una lámpara. En la pared blanca frente a él, su sombra no se movió.
Gael se quedó con la mano extendida.
Contó en silencio.
Uno. Dos. Tres.
La sombra levantó el brazo y ajustó una lámpara que no estaba allí.
Gael parpadeó. Bajó la mano. Tres segundos después, la silueta hizo lo mismo.
Se frotó los ojos. Llevaba demasiadas horas trabajando. Apagó el flexo, dejó el proyecto sobre el escritorio y se fue a dormir.
A la noche siguiente, volvió a probar.
Levantó una taza. La sombra se quedó inmóvil. Gael contó hasta cinco. Entonces la silueta alzó la taza.
No era un retraso de sus ojos. Gael había pasado años mirando cómo una forma cambiaba cuando una luz se desplazaba. Sabía distinguir una sombra borrosa de una imagen persistente, un reflejo de una proyección. Aquello no era ninguna de esas cosas.
Durante varios días evitó las lámparas directas. Trabajaba con la luz difusa del techo, que apenas proyectaba una mancha bajo sus pies. Pero necesitaba terminar la maqueta del museo y no podía dejar de pensar en la pared.
El viernes, volvió a encender el flexo.
Se paró frente a la pared, a dos metros de la lámpara, y levantó la mano derecha. Esta vez no esperó a que la sombra copiara el movimiento. Decidió aplaudir.
La sombra levantó la mano primero.
Gael aún no había movido la suya.
La silueta juntó las palmas.
Un segundo después, los brazos de Gael se alzaron contra su voluntad. Sus manos chocaron con un aplauso seco que llenó el estudio.
Retrocedió y chocó con el escritorio. Un lápiz rodó al suelo.
La sombra no se estaba retrasando.
Se estaba adelantando.
Gael apagó el flexo. Durante unos segundos permaneció en la oscuridad, con las manos apretadas contra el pecho. Cuando encendió la luz del techo, su sombra apareció debajo de él, pequeña y deformada.
No se movió.
Esa noche durmió con la lámpara del pasillo encendida.
Al día siguiente probó varias fuentes de luz. Con dos lámparas dirigidas desde ángulos opuestos, aparecían dos sombras. Una seguía sus movimientos; la otra se adelantaba. Si encendía la luz difusa del techo, la sombra adelantada se volvía tenue, pero no desaparecía por completo.
Gael fotografió la pared. En las imágenes, las siluetas parecían normales. En una, su brazo estaba levantado. En otra, no. Ninguna captura mostraba el instante en que la sombra empezaba a moverse antes que él.
Aun así, mantuvo las fotografías. Necesitaba convencerse de que podía estudiar el fenómeno como cualquier otro problema de iluminación.
El sábado por la noche se sentó frente a la pared y dejó las manos sobre las rodillas.
La sombra se levantó.
Gael apretó los talones contra el piso. La silueta caminó hacia la izquierda y se agachó, como si recogiera algo del suelo.
Tres segundos después, la pierna de Gael se tensó. Su torso se inclinó. Sintió que sus músculos respondían a una orden que no había dado. Se levantó, caminó hacia la izquierda y recogió un bolígrafo caído.
Lo tenía en la mano cuando volvió a sentir que su cuerpo le pertenecía.
La sombra se quedó en cuclillas.
Gael soltó el bolígrafo.
Aquella noche no volvió a sentarse frente a la pared. Durmió en el sofá, bajo la luz del pasillo, con la puerta del estudio cerrada.
A la mañana siguiente encontró el bolígrafo en el lugar donde la sombra lo había recogido: junto a la pata izquierda del escritorio.
Empezó a evitar la pared. Cubrió la zona con una tela oscura y dejó encendidas varias luces pequeñas para reducir las sombras. A ratos funcionaba. Podía cruzar la sala sin notar que su cuerpo respondiera a otra cosa.
Pero no siempre.
Una noche, mientras cenaba, la sombra de su brazo empezó a llevarse un tenedor a la boca. Gael soltó el cubierto. Su mano se elevó de todos modos. Tuvo que apoyar la otra contra la mesa para impedir que el brazo completara el movimiento.
El tirón duró unos segundos. Luego cesó.
Al día siguiente llamó a su hermana y le dijo que estaba enfermo. No le contó lo de la sombra. Solo le pidió que recogiera a su hija de la escuela y la tuviera consigo un par de noches.
La niña, Clara, tenía seis años y dormía en el dormitorio del fondo cuando se quedaba con él. Gael no quería que estuviera en el apartamento hasta entender qué pasaba. Su hermana aceptó cuidarla durante el fin de semana.
Eso le dio dos días.
El domingo por la noche, Gael apagó el flexo y se sentó en el estudio con la luz del techo encendida. Había cubierto la pared con una sábana gruesa y colocado tres lámparas pequeñas apuntando en direcciones distintas. Las sombras eran cortas, superpuestas, difíciles de distinguir.
Se sintió ridículo por tener miedo de una proyección.
Se levantó para ir a la cocina. Al pasar frente a la tela, su pie derecho se detuvo.
No porque él quisiera detenerse.
La sombra que se filtraba bajo la sábana había levantado un brazo. Gael sintió cómo el suyo empezaba a subir. Lo sujetó con la mano izquierda.
La tensión le recorrió el hombro.
La silueta bajó el brazo.
Gael cayó de rodillas. El músculo se relajó de golpe y su mano golpeó el piso.
Esa noche durmió sentado en una silla de la cocina, con todas las luces encendidas.
El lunes, su hermana llamó. Clara quería volver a casa. Gael le dijo que sí, que pasara por ella después del trabajo. Colgó y miró hacia el estudio.
Tenía que acabar con aquello antes de que su hija regresara.
Retiró la sábana de la pared y orientó las lámparas hasta llenar el cuarto de luz. Las sombras se amontonaron detrás de los muebles. La del flexo, larga y definida, seguía proyectándose en la pared.
Gael la observó desde el centro del estudio.
La silueta se agachó.
Gael no tenía nada delante. No había nada en el piso. Sin embargo, sintió que sus rodillas se doblaban. Se agarró del escritorio, resistió y se quedó de pie.
La sombra se encogió, protegiéndose la cabeza.
Un miedo repentino le apretó el pecho. No era suyo. Era una descarga pura, sin imagen ni motivo. Le temblaron las manos. Sus ojos buscaron un lugar donde esconderse.
La sombra se había cubierto de algo.
Gael miró alrededor. La habitación estaba vacía.
Entonces la silueta se incorporó y giró de perfil, como si alguien hubiera entrado en el estudio.
Levantó los brazos.
Gael sintió un golpe en el estómago. El aire se le escapó de los pulmones. Cayó contra el escritorio y varios lápices rodaron al suelo.
En la pared, la sombra retrocedió, tambaleándose.
Gael trató de incorporarse. El cuerpo no le obedeció. Algo invisible parecía sujetarlo por el cuello. Sintió la presión de unos dedos en la garganta. No podía respirar.
La sombra se llevó las manos al cuello.
Gael hizo lo mismo. Sus uñas le rasparon la piel. Se debatió contra una fuerza que no podía ver, golpeó el escritorio con la espalda y terminó en el suelo, encogido, protegiéndose la cabeza.
La silueta también cayó.
El ataque cesó.
Gael aspiró con dificultad. Le dolían los músculos y tenía la garganta irritada. En la pared, la sombra permanecía inmóvil, agazapada.
Durante un rato no ocurrió nada.
Luego la silueta se puso de pie.
No miró hacia el lugar donde había estado el atacante invisible. Se giró hacia Gael.
Por primera vez, la sombra parecía estar mirando directamente a alguien.
Gael seguía en el suelo. A su espalda, el escritorio estaba a menos de un metro. Sobre la mesa había un compás de acero, de punta afilada, que usaba para marcar planos.
La sombra caminó hacia el escritorio. Se inclinó y tomó el compás.
La mano derecha de Gael se arrastró por el piso.
Él intentó apartarla con la izquierda. Su cuerpo se sacudió, pero el brazo siguió avanzando. Sus dedos alcanzaron la pata del escritorio, subieron hasta el borde y se cerraron alrededor del compás.
Gael trató de soltarlo.
No pudo.
La sombra giró hacia el pasillo.
En el dormitorio del fondo dormía Clara. Esa semana se había quedado con él porque su hermana tenía turno de noche. Gael había olvidado que su hija regresaría el lunes.
La luz de la habitación de Clara se filtraba por debajo de la puerta.
La sombra caminó hacia ella.
Gael se puso de pie.
Su brazo sostenía el compás, con la punta hacia delante.
Intentó gritar. Su garganta se cerró. Clavó los talones en el piso, pero sus piernas avanzaron igual, un paso detrás de la silueta.
El pasillo parecía más largo bajo la luz del estudio. La sombra iba pegada a la pared, alargándose por delante de él. Gael intentó apagar la lámpara con la mano libre. Sus dedos se encogieron, rígidos, sin alcanzar el interruptor.
La puerta de Clara estaba entreabierta.
La sombra entró primero.
Gael llegó al umbral. Desde allí pudo ver a su hija dormida de lado, con una mano bajo la mejilla. Una lamparita iluminaba la pared detrás de la cama.
La sombra de Gael se extendió sobre ella.
La silueta se acercó al colchón y levantó el compás.
Gael no pudo detener su brazo. La punta bajó despacio, hasta quedar suspendida sobre la sábana, junto al pecho de Clara.
La niña se movió bajo las cobijas.
Gael sintió que sus dedos apretaban el mango.
En la pared, la sombra hizo lo mismo.
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