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Mi puerta estaba cerrada por dentro

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi puerta estaba cerrada por dentro

La primera vez que encontré la cadena puesta desde dentro pensé que me había equivocado de departamento.

Metí la llave, giré la cerradura y empujé.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Después se detuvo con un golpe metálico.

La cadena de seguridad estaba puesta.

Me quedé inmóvil en el pasillo, todavía con la mano sobre la llave.

Vivía solo.

Había salido a las siete y veinte de la mañana para ir al trabajo. Recordaba perfectamente haber cerrado la puerta, pero no había puesto la cadena. Era imposible hacerlo desde afuera.

Empujé otra vez.

La cadena se tensó.

—¿Hola?

No esperaba respuesta.

La escuché de todos modos.

Algo se movió dentro.

No fueron pasos claros. Fue el sonido de una silla arrastrándose suavemente sobre el piso.

Retrocedí.

—¿Hay alguien ahí?

Silencio.

Saqué el teléfono y llamé a Raúl, el administrador del edificio.

Vivía en el primer piso.

—¿Sigues abajo? —le pregunté.

—Sí.

—Necesito que subas.

—¿Qué pasó?

Miré la pequeña abertura de la puerta.

Desde donde estaba solo podía ver una franja del recibidor y parte de la pared.

—Creo que hay alguien en mi departamento.

Raúl llegó pocos minutos después.

Tenía más de sesenta años y llevaba casi una década administrando el edificio. Antes de acercarse a la puerta me miró como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio.

—¿Te robaron?

—No sé.

Le mostré la cadena.

Raúl abrió un poco más.

—¿Dejaste a alguien adentro?

—No.

—¿Familia?

—No.

—¿Pareja?

—Vivo solo, Raúl.

Él se inclinó hacia la abertura.

—¿Hola?

Nada.

Entonces escuchamos agua.

Los dos levantamos la cabeza.

Era la ducha.

No había estado sonando cuando llegué.

El agua comenzó de repente y se mantuvo durante varios segundos.

Raúl cerró lentamente la puerta.

—Llama a la policía.

Lo hice.

Mientras esperábamos, permanecimos al otro lado del pasillo.

La ducha seguía abierta.

Después se detuvo.

Un minuto más tarde oímos algo en la cocina.

Un golpe pequeño.

Como un vaso colocado sobre una mesa.

Raúl me miró.

—¿Tienes otra salida?

—El balcón.

—¿Da a dónde?

—A la calle. Quinto piso.

Raúl no dijo nada.

Cuando llegaron dos agentes, intentaron comunicarse con quien estuviera dentro.

Nadie respondió.

Finalmente llamaron a un cerrajero que trabajaba cerca del edificio. Entre él y uno de los agentes consiguieron abrir sin destrozar la puerta.

Esperé afuera.

Los policías entraron.

Escuché puertas abriéndose.

Pasos.

Una voz desde el dormitorio.

Otra desde el baño.

Después uno de ellos regresó.

—No hay nadie.

No entendí.

—Tiene que haber.

—Revise usted.

Entré.

El departamento era pequeño.

Sala y comedor juntos.

Cocina abierta.

Un dormitorio.

Un baño.

No había suficientes lugares para esconderse.

La silla del comedor estaba separada de la mesa.

Yo siempre la dejaba metida.

Sobre la mesa había un vaso.

Vacío.

—Ese vaso estaba guardado —dije.

Uno de los policías miró alrededor.

—¿Falta algo?

—No sé.

Fui al baño.

El piso estaba húmedo.

Había gotas sobre la mampara de la ducha.

Toqué la llave.

Cerrada.

La toalla que había dejado seca por la mañana estaba húmeda en uno de los extremos.

Revisamos el balcón.

La puerta estaba asegurada desde dentro.

Las ventanas también.

Nada faltaba.

No había marcas en la cerradura.

No encontraron a nadie.

Uno de los policías sugirió que quizá la cadena había quedado mal colocada y se había enganchado sola al cerrar.

Raúl negó.

—Eso no pasa con este modelo.

El agente levantó los hombros.

No tenía otra explicación.

Yo tampoco.

Esa noche dormí en casa de mi hermana.

Al día siguiente regresé con Raúl.

Había dormido poco y me sentía ridículo por estar nervioso a plena luz del día.

Todo parecía normal.

El vaso seguía donde lo había dejado.

La silla también.

La puerta abría y cerraba sin problemas.

Raúl revisó la cadena.

—Está bien.

—¿Puede ponerse sola?

—No.

—¿Seguro?

La levantó con dos dedos.

—Tienes que meterla aquí y deslizarla. Alguien la puso.

No respondió cuando le pregunté quién.

Ese mismo día cambié la cerradura.

No porque creyera realmente que alguien tenía una copia de mi llave.

Necesitaba hacer algo.

Las siguientes tres noches no ocurrió nada.

Empecé a pensar que debía existir una explicación sencilla que todavía no había encontrado.

El cuarto día llegué tarde.

Abrí la puerta.

La cadena no estaba puesta.

Entré.

Encendí la luz.

La silla estaba otra vez separada de la mesa.

Me quedé junto a la entrada.

No había ningún vaso esta vez.

Fui al dormitorio.

Vacío.

Baño.

Vacío.

Cocina.

Nada.

Regresé a la silla.

La empujé debajo de la mesa.

Esa noche marqué una línea muy pequeña con lápiz en una pata y otra en el piso.

Me dio vergüenza hacerlo.

A la mañana siguiente seguían alineadas.

Me fui a trabajar.

Cuando regresé, la silla estaba separada unos veinte centímetros.

Las marcas ya no coincidían.

No llamé a nadie.

Me senté frente a ella.

No sé cuánto tiempo estuve mirándola.

Después recorrí el departamento otra vez.

Todo estaba cerrado.

Todo estaba vacío.

Me acerqué a la puerta principal.

La cadena colgaba en su sitio.

La levanté.

La deslicé.

La saqué.

Lo hice varias veces.

Solo podía cerrarse desde dentro.

Aquella noche decidí quedarme despierto.

No se lo conté a mi hermana porque sabía lo que me diría: que me fuera de allí.

Yo también sabía que debía hacerlo.

Pero había algo peor que el miedo.

No entender si realmente estaba ocurriendo algo o si yo estaba convirtiendo movimientos insignificantes en señales porque la primera noche me había impresionado demasiado.

Preparé café.

Dejé encendidas las luces de la sala y del corredor.

Me senté en el sofá con la televisión a volumen bajo.

A la una de la madrugada seguía despierto.

A las dos también.

A las dos y media estaba empezando a sentirme estúpido.

Entonces escuché el metal.

Un sonido corto.

Muy leve.

Miré hacia la puerta.

La cadena se estaba moviendo.

No mucho.

Balanceándose.

Pensé que podía ser una corriente de aire.

Las ventanas estaban cerradas.

El movimiento se detuvo.

Me levanté.

No me acerqué.

La cadena volvió a moverse.

Esta vez no se balanceó.

Se levantó.

Despacio.

Como si alguien invisible la hubiera tomado por el extremo.

Me quedé completamente quieto.

La cadena subió hasta la pieza metálica fijada al marco.

El extremo entró en la ranura.

Después se deslizó.

Clic.

Quedó puesta.

No respiré durante varios segundos.

La puerta acababa de cerrarse con la cadena mientras yo estaba dentro.

Di un paso hacia atrás.

Y entonces alguien metió una llave desde el pasillo.

Escuché el metal entrar en la cerradura.

Una vez.

Lentamente.

La llave giró.

El cerrojo se abrió.

No pude moverme.

La manija bajó.

La puerta avanzó hasta que la cadena se tensó.

Quedó abierta unos pocos centímetros.

No veía a nadie.

Solo el pasillo iluminado.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

La puerta retrocedió.

Pensé que se había ido.

Volvió a empujar.

La cadena vibró.

El espacio se abrió de nuevo.

Por la rendija podía ver la pared de enfrente.

Nada más.

—¿Quién eres?

La puerta se cerró.

Escuché la llave girar otra vez.

Después pasos.

Se alejaron por el corredor exterior.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta desaparecer.

Esperé varios minutos antes de acercarme.

Miré por la mirilla.

No había nadie.

No abrí.

No quería estar en el pasillo si aquella persona todavía estaba cerca.

Volví al sofá.

Intenté llamar a Raúl.

Mi mano temblaba tanto que marqué mal dos veces.

Cuando finalmente encontré su número, escuché algo en la entrada.

La llave regresó.

Esta vez no giró inmediatamente.

Entró.

Se quedó dentro.

Raúl contestó.

—¿Julián?

Hablé muy bajo.

—Hay alguien intentando entrar.

—¿Llamaste a la policía?

La llave comenzó a girar.

—Hazlo tú.

—¿Qué está pasando?

La cerradura se abrió.

La manija bajó.

La puerta chocó contra la cadena.

Raúl seguía hablando.

Yo no respondí.

La puerta permaneció abierta.

Del otro lado no se veía a nadie.

Después la cadena empezó a moverse.

El extremo se deslizó lentamente dentro de la guía.

Hacia la abertura.

Como si alguien estuviera quitándola desde mi lado.

Yo estaba a tres metros.

—Julián —decía Raúl por teléfono—. ¿Julián?

La cadena avanzó.

Un centímetro.

Luego otro.

Cuando llegó al extremo cayó libre.

La puerta se abrió.

No entró nadie.

Permaneció abierta hacia el pasillo.

Vacía.

Yo seguía escuchando a Raúl.

—Estoy subiendo.

No quería que subiera.

No sabía por qué.

—No.

—¿Qué?

—Quédate abajo.

En ese momento la puerta se cerró sola.

Suavemente.

La cerradura giró desde dentro.

Después escuché unas llaves caer sobre la pequeña bandeja que tenía junto a la entrada.

Ese era el lugar donde yo dejaba las mías todos los días.

Miré la bandeja.

Mis llaves ya estaban allí.

Ahora había escuchado caer otras.

No veía nada nuevo.

Entonces una silla se movió detrás de mí.

La misma del comedor.

Se arrastró lentamente hacia atrás.

No me giré de inmediato.

Raúl seguía preguntando qué ocurría.

La silla volvió a moverse.

Me di vuelta.

Estaba separada de la mesa.

Exactamente igual que las otras veces.

Algo cruzó el corredor hacia el baño.

No lo vi.

Lo escuché.

Dos pasos.

Después tres.

La puerta del baño se cerró.

El agua de la ducha comenzó a correr.

Sentí un frío profundo.

Era la misma rutina de aquella primera noche.

La puerta cerrada.

Las llaves.

La silla.

La ducha.

No era alguien entrando a robar.

Aquello llegaba a casa.

Yo estaba dentro de su camino.

Apagué la llamada.

No quería que el sonido del teléfono indicara dónde estaba.

Me fui al dormitorio.

Cerré la puerta.

No puse seguro.

No tenía.

Me senté en el borde de la cama.

La ducha continuó durante casi cinco minutos.

Después se apagó.

Escuché la mampara abrirse.

Una toalla moviéndose.

La puerta del baño.

Pasos por el corredor.

Se detuvieron frente a mi dormitorio.

No había ningún sonido durante varios segundos.

Después la manija bajó.

Muy despacio.

Me levanté.

La puerta no se abrió.

La manija volvió a su posición.

Esperé.

Otra vez.

Bajó.

Esta vez escuché una presión ligera contra la puerta.

No era un golpe.

Era como si alguien estuviera comprobando si estaba cerrada.

—Vete —dije.

No sé por qué hablé.

La presión desapareció.

Silencio.

Me arrepentí inmediatamente.

Los pasos se alejaron.

Escuché la silla del comedor.

Después un vaso colocado sobre la mesa.

Luego nada.

Pasaron varios minutos.

No sabía si seguir escondido o intentar salir.

Entonces escuché algo que todavía hoy puedo recordar con absoluta claridad.

La cadena de seguridad de la puerta principal.

Clic.

Alguien acababa de ponerla.

Desde dentro.

La misma forma en que la encontré aquella primera noche.

Y en ese instante comprendí algo que me dio más miedo que cualquier ruido.

La primera vez que llegué y encontré mi puerta cerrada con la cadena, aquello no había intentado impedirme entrar.

Se había encerrado conmigo afuera.

Ahora yo era quien estaba dentro.

No salí del dormitorio hasta que amaneció.

La puerta estaba entreabierta.

No recordaba haberla dejado así.

El departamento parecía normal.

La silla estaba separada.

Había un vaso vacío sobre la mesa.

El baño estaba húmedo.

Las llaves seguían en la bandeja.

Solo había un juego.

El mío.

La puerta principal estaba cerrada con la cadena.

La retiré.

Salí.

No regresé solo.

Ese mismo día fui con mi hermana y Raúl a recoger lo necesario.

No les conté todo.

Solo dije que había escuchado a alguien dentro y que no pensaba pasar otra noche allí.

Mientras guardábamos ropa, mi hermana encontró algo extraño.

—¿Esto es tuyo?

Tenía una taza blanca en la mano.

—Sí.

—Hay dos.

Miré la cocina.

Dos tazas idénticas.

No recordaba haber comprado la segunda.

No quise revisarlas.

—Déjalas.

Mi hermana me miró.

—¿Qué pasó aquí?

—Nada que quiera comprobar otra vez.

Nos llevamos casi todo ese mismo día.

El resto lo recogí el sábado con ayuda de dos amigos.

El departamento quedó vacío.

Sin cama.

Sin mesa.

Sin silla.

Sin vasos.

Sin nada mío.

Raúl entró después de nosotros y recorrió cada habitación.

—Listo.

Me entregó el depósito y las llaves.

Yo me quedé mirando el comedor vacío.

—¿Alguna vez pasó algo parecido aquí?

Raúl no respondió enseguida.

—No que yo sepa.

No le creí.

—¿Quién vivía antes?

—Una señora.

—¿Se fue?

Raúl miró hacia la puerta.

—Eso supongo.

No pregunté más.

Salimos al corredor.

Raúl cerró con llave.

Probó la manija.

—Ya está.

Caminamos hacia el ascensor.

Las puertas se abrieron.

Entramos.

Antes de que se cerraran miré por última vez hacia el departamento.

La puerta estaba completamente cerrada.

No había nadie adentro.

Habíamos revisado.

Estaba vacío.

Las puertas del ascensor comenzaron a juntarse.

Entonces escuché un sonido metálico detrás de nosotros.

Pequeño.

Inconfundible.

La cadena de seguridad deslizándose en su guía.

Clic.

Raúl también lo escuchó.

Lo supe porque levantó la cabeza.

Ninguno dijo nada.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Y mientras empezábamos a bajar, desde el departamento vacío llegó el ruido de una silla arrastrándose sobre el piso.

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