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Mi mamá empezó a llamarme desde lugares donde no estaba

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi mamá empezó a llamarme desde lugares donde no estaba

La primera vez que escuché a mi mamá llamarme desde la cocina, ella estaba duchándose.

No fue un murmullo.

No fue un ruido que pudiera confundirse con la televisión.

Escuché su voz con claridad.

—Lucía.

Yo estaba en mi habitación, revisando mensajes en el teléfono.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

No respondió.

Esperé unos segundos.

—¿Mamá?

Nada.

Me puse de pie y salí al pasillo.

La puerta del baño estaba cerrada. Se escuchaba el agua de la ducha.

Caminé hasta la cocina.

Vacía.

Sobre la mesa había una taza, una bolsa de pan y las llaves de mi madre.

Nada más.

Pensé que quizá había terminado de ducharse y vuelto al baño por algo.

Entonces volvió a llamarme.

—Lucía.

Esta vez la voz salió detrás de mí.

Desde el pasillo.

Me giré.

Mi mamá abrió la puerta del baño al mismo tiempo.

Tenía una toalla alrededor del cabello.

—¿Qué haces?

—¿Me llamaste?

—No.

—Hace un momento.

—No.

Se quedó mirándome.

—¿Por qué?

No quise decirle.

Me pareció una tontería.

—Nada. Creí escucharte.

Ella volvió al baño.

Yo regresé a mi habitación.

Aquello habría quedado ahí si no hubiera ocurrido otra vez esa misma noche.

Mi mamá estaba en la sala viendo una serie.

Yo había ido a la cocina por agua.

Mientras abría el refrigerador escuché:

—Lucía, ven.

La voz venía de mi habitación.

Me quedé quieta.

Mi mamá seguía en la sala. Podía escuchar el televisor y también cómo movía una cuchara dentro de una taza.

—Lucía.

Otra vez.

Desde mi habitación.

No contesté.

Cerré el refrigerador.

La voz cambió ligeramente.

—Ven un momento.

Era exactamente la voz de mi mamá.

No parecida.

No similar.

La misma.

Retrocedí hasta la sala.

Mi madre seguía sentada en el sofá.

—¿Me llamaste?

—No.

Esta vez no pude ocultarlo.

—Acabo de escucharte desde mi cuarto.

Ella bajó el volumen del televisor.

—¿Cómo?

—Me dijiste que fuera.

Mi mamá miró hacia el pasillo.

—Habrá sido la tele.

—No.

—La casa de al lado.

—Era tu voz.

Ella sonrió un poco.

—Pues si yo estoy aquí, no era yo.

Intentó sonar tranquila.

No lo consiguió.

Mi mamá se llama Elena.

Vivíamos juntas desde que mi padre se había ido a trabajar a otra ciudad unos meses antes. Yo tenía veinte años y estudiaba por las mañanas, así que pasábamos bastante tiempo en casa las dos.

Conocía su voz perfectamente.

Sabía cómo pronunciaba mi nombre cuando estaba molesta.

Cómo lo decía cuando tenía prisa.

Cómo sonaba cuando quería pedirme un favor.

La voz que escuché aquella noche era la que utilizaba cuando quería que me acercara.

Suave.

Normal.

Eso era lo peor.

Durante dos días no volvió a pasar.

El tercero, mi mamá fue quien escuchó algo.

Yo estaba en la azotea colgando ropa.

Ella preparaba el almuerzo abajo.

Cuando regresé, estaba parada junto a la escalera.

—¿Estabas aquí hace un rato?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿No bajaste?

—No.

Su cara hizo que dejara la canasta en el suelo.

—¿Qué pasó?

Mi mamá miró hacia la cocina.

—Te escuché.

Sentí frío.

—¿Qué escuchaste?

—Me dijiste que fuera a tu cuarto.

No respondí.

—Sonabas enojada.

—Yo estaba arriba.

—Ya sé.

Por primera vez hablamos seriamente de lo ocurrido.

Nos sentamos en la mesa.

Le conté las dos veces que había escuchado su voz.

Ella contó la suya.

No había mucho más que analizar.

Tres voces.

Tres lugares vacíos.

Una sola casa.

Mi mamá terminó diciendo:

—Si vuelve a pasar, no respondas.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos qué es.

—Pero responder no hace nada.

—No lo sabemos.

No discutí.

Aquella noche acordamos algo simple.

Si una escuchaba a la otra llamándola desde otra habitación, primero debía verla antes de contestar.

Nada más.

No era una regla sobrenatural.

Era sentido común.

Al menos así lo veíamos.

Funcionó durante casi una semana.

Hasta el martes.

Yo estaba lavándome los dientes cuando escuché a mi mamá desde la sala.

—Lucía.

Me miré en el espejo.

No contesté.

—Lucía, rápido.

Me enjuagué.

Salí.

La sala estaba vacía.

La puerta principal estaba abierta.

Mi mamá apareció desde afuera cargando dos bolsas.

—Ayúdame.

Me acerqué.

—¿Acabas de llamarme?

—No.

Tomé una de las bolsas.

Ella me miró.

—¿Otra vez?

Asentí.

No dijimos nada más.

Aquella noche cerramos todas las ventanas.

No porque creyéramos que alguien estuviera entrando.

Solo necesitábamos hacer algo.

Dos días después, la voz dejó de limitarse a nuestros nombres.

Mi mamá estaba en el patio.

Yo estudiaba en la mesa de la cocina.

Escuché su voz desde el dormitorio.

—Lucía, ¿dónde dejaste mi cargador?

Me quedé inmóvil.

Eso ya no era una llamada.

Era una pregunta.

Miré hacia el patio.

Mi mamá estaba regando las plantas.

La voz insistió:

—¿Lucía?

No respondí.

—¿El cargador?

Me levanté y fui hacia el patio.

Antes de llegar, escuché otra cosa.

Mi propia voz.

Desde mi habitación.

—Está en la mesa.

Me detuve.

Mi mamá seguía afuera.

Yo estaba en el pasillo.

Ninguna de nosotras había hablado.

La voz de mi madre respondió:

—Gracias.

No sé cuánto tiempo permanecí quieta.

Mi mamá entró y me encontró mirando hacia el dormitorio.

—¿Qué pasa?

Tardé en explicarlo.

Cuando terminé, dejó la regadera sobre el suelo.

—No quiero que duermas sola hoy.

Esa noche llevamos un colchón a su habitación.

Dormimos juntas.

A las dos de la madrugada desperté porque mi mamá estaba sentada en la cama.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Miraba hacia la puerta.

—Mamá.

Me puso un dedo frente a los labios.

Entonces escuché mi voz desde el pasillo.

—Mamá.

Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

—Mamá, abre.

Mi madre me agarró la mano.

Yo estaba acostada junto a ella.

La voz volvió.

—Me da miedo.

Mi mamá comenzó a llorar.

Muy poco.

Sin ruido.

—Mamá, por favor.

La puerta estaba cerrada con llave.

No intentaron abrirla.

Solo mi voz siguió hablando desde afuera.

—No me dejes aquí.

Cerré los ojos.

Mi mamá apretó mi mano con más fuerza.

—Mamá.

Pausa.

—Estoy sola.

Después silencio.

No dormimos.

A la mañana siguiente, mi madre llamó a mi padre.

No le contó todo.

Solo dijo que yo estaba pasando unas noches difíciles y que tal vez iríamos a quedarnos con una tía.

Yo la escuché hablar desde la cocina.

Mientras hablaba, mi celular vibró.

Un mensaje de mi mamá.

ESTOY EN LA SALA. NO VAYAS A LA COCINA.

Miré la pantalla.

Después miré hacia la cocina.

Mi mamá estaba allí.

De espaldas.

Hablando por teléfono.

Sentí un vacío en el estómago.

Otro mensaje.

NO HAGAS RUIDO.

Retrocedí.

La mujer de la cocina seguía hablando con la voz de mi madre.

—Sí, quizá vayamos donde Silvia un par de días.

Exactamente lo que acababa de escuchar.

Caminé hacia la sala.

Mi mamá estaba allí.

Sentada en el sofá.

Tenía su teléfono en la mano.

Su cara estaba completamente pálida.

La voz continuaba desde la cocina.

—No, no pasa nada grave.

Mi mamá me hizo una señal para que me acercara.

Fui despacio.

—¿Desde cuándo está ahí? —susurré.

—No sé.

—¿La viste?

Negó.

—Escuché mi voz en la cocina. Vine a buscarte.

La voz seguía hablando.

Ahora reía.

Era la risa de mi mamá.

Nos quedamos en la sala sin movernos.

Después escuchamos pasos.

Desde la cocina.

Lentos.

Acercándose.

Mi madre me agarró del brazo.

Los pasos llegaron al pasillo.

Se detuvieron.

Esperamos.

Nada apareció.

Entonces la voz de mi mamá habló desde la pared del otro lado.

Muy cerca.

—Lucía, tu papá quiere saludarte.

Mi mamá cerró los ojos.

No respondí.

La voz esperó.

Después añadió:

—Dice que te extraña.

Mi padre siempre decía exactamente eso.

Sentí unas ganas horribles de contestar.

No porque creyera que fuera él.

Porque la frase era demasiado familiar.

Demasiado normal.

Mi mamá me apretó el brazo.

—No.

La voz dejó de hablar.

Poco después escuchamos la puerta de la cocina cerrarse.

Cuando revisamos, no había nadie.

Ese mismo día nos fuimos.

Nos quedamos en casa de mi tía Silvia.

Pensamos que así terminaría.

Durante los primeros tres días no ocurrió nada.

Mi mamá empezó a convencerse de que el problema estaba en la casa.

Yo quería creer lo mismo.

La cuarta noche, mi tía entró a la habitación donde yo dormía.

—Tu mamá te está llamando.

Sentí que la sangre se me iba de la cara.

—¿Dónde?

—En el baño.

—Mi mamá salió.

Silvia frunció el ceño.

—Está en el baño.

—No.

Mi tía empezó a reír.

—Lucía, acabo de hablar con ella.

Me levanté.

—¿Qué te dijo?

—Que te llamara.

La puerta del baño estaba al final del pasillo.

Cerrada.

Desde dentro se escuchó la voz de mi mamá.

—Lucía.

Mi tía señaló.

—¿Ves?

Agarré el teléfono.

Llamé a mi madre.

Respondió casi inmediatamente.

Había ruido de calle.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—En la farmacia.

Mi tía dejó de sonreír.

La voz del baño volvió a escucharse.

—Lucía.

Mi mamá también la oyó a través del teléfono.

—¿Quién está ahí?

No respondí.

Desde el baño dijeron:

—Dile que ya llegué.

Mi madre colgó.

Diez minutos después estaba en casa.

La puerta del baño seguía cerrada.

Nadie había salido.

Mi tía quería abrir.

No la dejamos.

Esperamos.

Durante casi una hora no ocurrió nada.

Después mi tía dijo:

—Esto es absurdo.

Antes de que pudiéramos detenerla, abrió.

El baño estaba vacío.

La ventana era pequeña y tenía rejas.

No había manera de que alguien hubiera salido.

Silvia dejó de decir que era absurdo.

Regresamos a nuestra casa al día siguiente.

Si aquello podía seguirnos, no tenía sentido estar asustando a más gente.

A partir de entonces las voces cambiaron.

Ya no intentaban engañarnos constantemente.

A veces solo hablaban.

Una tarde escuchamos una conversación completa dentro del armario del pasillo.

Mi voz decía:

—¿Crees que ya se dieron cuenta?

La de mi mamá respondió:

—Todavía no.

Yo estaba sentada con ella en la sala.

Nos miramos.

La conversación continuó.

—Lucía es más difícil.

—Sí.

—Elena no.

Mi mamá dejó de respirar por un instante.

Las voces callaron.

No quisimos abrir el armario.

Esa noche mi madre hizo algo que no habíamos hecho hasta entonces.

Me preguntó:

—¿Y si no están intentando que vayamos a algún lugar?

—¿Qué quieres decir?

—Quizá están aprendiendo.

La idea me acompañó durante días.

Cada vez que una voz hablaba, parecía saber más.

Ya no repetía frases al azar.

Conocía detalles.

Sabía nombres.

Recordaba cosas que nosotras habíamos dicho.

A veces utilizaba conversaciones de hacía años.

Una mañana escuché a mi mamá desde la sala:

—Todavía guardas el dibujo del pez.

Me quedé quieta.

Eso era algo que solo ella sabía.

Cuando tenía siete años dibujé un pez horrible para una tarea de la escuela. Mi mamá lo guardó dentro de un libro y siempre se burlaba de mí porque yo quería tirarlo.

Fui hasta la cocina.

Mi madre estaba preparando café.

—¿Acabas de mencionar el dibujo del pez?

La taza se le resbaló un poco entre las manos.

—No.

Desde la sala, su voz volvió a hablar.

—Está en el libro azul.

Mi mamá lloró.

Yo también.

No por el dibujo.

Porque la cosa que utilizaba su voz estaba entrando en recuerdos que no habíamos contado en aquella casa.

Aquella tarde sacamos algunos documentos y ropa.

Mi mamá quería irse definitivamente.

No sabíamos a dónde.

Pero quedarnos ya no parecía una opción.

Mientras empacábamos, ocurrió algo distinto.

Escuché a mi mamá desde el piso de arriba.

—Lucía, sube.

Mi mamá estaba a mi lado.

Las dos nos quedamos quietas.

—No vamos a responder —dijo.

La voz de arriba repitió:

—Lucía.

Después escuchamos mi voz.

—Ya voy.

No era yo.

Mi mamá me miró.

Arriba comenzaron a oírse pasos.

Dos personas caminando.

Una voz era la suya.

La otra era la mía.

Conversaban.

No distinguíamos las palabras.

Luego dejaron de hablar.

Escuchamos la puerta de mi habitación abrirse.

Después cerrarse.

Mi mamá susurró:

—Nos vamos ahora.

No terminamos de empacar.

Tomamos las mochilas y salimos.

Al llegar a la puerta principal escuchamos algo detrás de nosotras.

—Mamá.

Mi propia voz.

Esta vez no venía de arriba.

Venía de la cocina.

Nos detuvimos.

—No voltees —dijo mi mamá.

No lo hice.

La voz continuó:

—Se te olvidaron las llaves.

Mi mamá metió la mano en el bolsillo.

Tenía las llaves.

Abrió la puerta.

Entonces escuchamos su voz desde la sala.

—Lucía.

Otra desde el piso de arriba.

—Lucía.

Y otra desde el baño.

—Lucía.

Mi mamá abrió la puerta.

Salimos.

Cerró.

Nos quedamos en el auto sin saber qué hacer.

Durante varios minutos ninguna habló.

Después mi mamá empezó a reír.

Muy bajito.

La miré.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Siguió riendo.

Se me heló el cuerpo.

—Mamá.

Dejó de reír.

—¿Qué?

—¿Por qué haces eso?

—¿Hacer qué?

—Reírte.

Su expresión cambió.

—Yo no me estaba riendo.

La risa volvió a escucharse.

Pero no salía de ella.

Venía del asiento trasero.

Ninguna se giró.

Mi mamá encendió el auto.

Condujo.

La risa continuó durante casi una cuadra.

Después desapareció.

Nos quedamos en un hotel.

Una habitación con dos camas.

Sin familia.

Sin conocidos.

Sin lugares donde las voces pudieran esconderse fácilmente.

La primera noche fue tranquila.

La segunda también.

En la tercera, a las tres de la madrugada, desperté porque mi mamá estaba de pie frente a mi cama.

—Lucía.

Abrí los ojos.

—¿Qué pasa?

—Escuché algo.

Me incorporé.

La habitación estaba oscura.

—¿Qué?

Mi madre señaló hacia el baño.

—Tu voz.

Me levanté.

Entonces escuchamos:

—Mamá.

Venía del baño.

Mi mamá retrocedió.

—Lucía.

Otra vez.

—Mamá, ven.

Nos quedamos inmóviles.

La voz añadió:

—Encontré algo.

Mi mamá me miró.

No nos movimos.

Desde el baño se escuchó la voz de mi madre.

—¿Qué encontraste?

Las dos dejamos de respirar.

Mi mamá estaba a mi lado.

La voz del baño había respondido a mi voz.

Hubo una pausa.

Entonces mi voz dijo:

—A nosotras.

Mi madre agarró mi mano.

El baño quedó en silencio.

Después escuchamos dos voces más.

También desde dentro.

Una era la mía.

La otra era la de mi mamá.

Hablaban al mismo tiempo.

No decían lo mismo.

No podía entenderlas.

Cada vez sonaban más cerca de la puerta.

Mi mamá retrocedió.

—Nos vamos.

Agarramos nuestras cosas.

La puerta del baño permaneció cerrada.

Salimos de la habitación.

Bajamos por las escaleras.

No usamos el ascensor.

Cuando llegamos al vestíbulo, el recepcionista nos miró sorprendido.

—¿Todo bien?

Mi mamá respondió:

—Sí.

Entonces escuché mi voz detrás de mí.

—No.

Me giré.

No había nadie.

El recepcionista frunció el ceño.

—¿Quién dijo eso?

Mi mamá me agarró.

Salimos.

No volvimos al hotel.

Después de aquello dejamos de intentar escapar.

Regresamos a casa.

Fue la peor decisión.

O tal vez ya no había decisiones buenas.

Durante algunos días las voces disminuyeron.

Creímos que quizá se cansaban si no respondíamos.

Entonces empezaron a hacerlo entre ellas.

Esa parte era nueva.

Yo podía estar en mi habitación y escuchar a mi mamá en la cocina hablando conmigo.

Mi mamá podía estar conmigo y escuchar otra conversación idéntica en la sala.

Al principio eran frases simples.

Después conversaciones completas.

Un martes escuchamos esto desde el piso de arriba:

—¿Está dormida?

Era mi voz.

—Sí.

La de mi mamá.

—¿Segura?

—Sí.

Pausa.

—Entonces entra.

Mi madre apagó el televisor.

Ninguna quiso mirar hacia la escalera.

Minutos después escuchamos pasos sobre nuestras cabezas.

Alguien caminó hasta mi habitación.

La puerta se cerró.

Nosotras seguíamos juntas.

A la mañana siguiente mi cama estaba deshecha.

Aquella tarde mi mamá instaló una cámara en mi dormitorio.

No porque esperara ver algo.

Solo quería comprobar si alguien entraba.

La primera noche no ocurrió nada.

La segunda tampoco.

En la tercera, la cámara dejó de grabar a las dos y diecisiete.

Cuando revisamos el archivo, vimos mi habitación vacía.

La puerta cerrada.

Nada se movía.

En el último segundo antes de que el video terminara, escuchamos mi voz.

Muy cerca del micrófono.

—Ahora yo.

No había nadie en la imagen.

Mi mamá apagó la cámara.

Nunca volvimos a encenderla.

A partir de entonces dejamos de separarnos dentro de la casa.

Si yo iba a la cocina, ella venía.

Si ella subía, yo subía.

Parecía infantil.

Nos daba igual.

El problema ocurrió dos semanas después.

Mi mamá llegó tarde del trabajo.

Yo estaba en la sala.

Escuché la puerta principal.

Las llaves.

Sus pasos.

—Lucía.

Me levanté.

—Aquí.

Mi mamá entró.

Dejó el bolso sobre una silla.

—Estoy agotada.

—Te preparo algo.

—No quiero comer.

Se sentó.

Parecía normal.

Hablamos varios minutos.

Me contó que una compañera había faltado.

Que el tráfico había sido horrible.

Que quería dormir.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi mamá.

Miré la pantalla.

Después miré a la mujer sentada frente a mí.

El teléfono siguió sonando.

Ella también lo miró.

Su expresión no cambió.

Respondí.

—¿Mamá?

Escuché su voz.

Había ruido de autos.

—Lucía, se me hizo tardísimo. Ya voy para la casa.

No pude hablar.

La mujer frente a mí se puso de pie.

—¿Quién es?

Mi madre preguntó desde el teléfono:

—¿Qué pasa?

La mujer dio un paso hacia mí.

—Lucía.

Era la voz correcta.

La cara correcta.

La ropa correcta.

Todo correcto.

Retrocedí.

Mi madre dijo por el teléfono:

—Lucía, contesta.

La mujer de la sala también dijo:

—Lucía, contesta.

Al mismo tiempo.

Exactamente igual.

Corrí.

Salí por la puerta trasera.

La mujer no me siguió.

Esperé en la casa de una vecina hasta que mi mamá llegó.

No quise entrar.

Mi madre tampoco.

La policía revisó la casa.

No encontraron a nadie.

Les dijimos que había entrado una desconocida.

No mencionamos que tenía la cara de mi mamá.

Aquella noche dormimos en casa de la vecina.

Mi mamá no dejó de mirarme.

Yo tampoco dejé de mirarla.

En algún momento me preguntó:

—¿Cómo sabes que ahora sí soy yo?

No supe responder.

A partir de ese momento empezamos a hacernos preguntas.

Cosas que solo nosotras conocíamos.

El nombre del pez que tuve de niña.

La comida que mi mamá odiaba.

La canción que mi padre cantaba mal.

Pequeños recuerdos.

Funcionó unos días.

Después dejó de funcionar.

Una noche escuchamos dos voces desde la cocina.

Mi voz preguntó:

—¿Cómo se llamaba el pez?

La voz de mi madre respondió correctamente.

Nos miramos.

Otra pregunta.

Otra respuesta correcta.

Todo correcto.

La casa sabía.

Eso fue peor que cualquier imitación.

Desde entonces dejamos de hacer preguntas.

Hoy vivimos nuevamente juntas.

No hemos encontrado una manera de detenerlo.

Las voces aparecen menos.

Pero cuando aparecen, saben demasiado.

Hace tres noches ocurrió algo que no le he contado a mi mamá.

Estábamos acostadas en la misma habitación.

Ella dormía a mi lado.

Yo seguía despierta.

Escuché mi voz desde el pasillo.

—Mamá.

No reaccioné.

Después la voz de mi mamá respondió desde la cocina.

—¿Qué pasa?

Pensé que empezarían otra de sus conversaciones.

No fue así.

Mi voz preguntó:

—¿Cuál de las dos duerme contigo?

La casa quedó en silencio.

Miré a mi mamá.

Seguía dormida.

Entonces, muy cerca de mi oído, escuché su voz.

La voz de la mujer acostada a mi lado.

—Todavía no lo sé.

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