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Mi hija no quiere que pongamos los pies debajo de la mesa

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi hija no quiere que pongamos los pies debajo de la mesa

La primera vez que Laura vio a su hija cenar con los pies sobre la silla, pensó que era una mala costumbre.

Martina tenía ocho años y llevaba las rodillas pegadas al pecho mientras comía. Apenas probaba la sopa. Cada pocos segundos miraba hacia el borde de la mesa.

—Baja los pies, por favor —dijo Laura.

La niña negó.

—Martina.

—No quiero.

Su padre, Andrés, dejó el tenedor.

—Te vas a caer.

—No.

—Entonces siéntate bien.

La niña apretó más las piernas contra el cuerpo.

Laura suspiró.

—¿Qué pasa?

Martina miró debajo de la mesa.

—Nada.

—Pues baja los pies.

La niña volvió a negar.

Andrés se inclinó y miró debajo.

—No hay nada.

Martina dejó la cuchara.

—Ahora no.

Andrés levantó la cabeza.

—¿Ahora no qué?

Martina bajó la voz.

—Ahora sabe que estás mirando.

Laura y Andrés se miraron.

—¿Quién? —preguntó Laura.

Martina volvió a concentrarse en el plato.

—Nadie.

Andrés sonrió.

—¿Hay un monstruo debajo de la mesa?

La niña levantó la cabeza de inmediato.

—No digas eso.

Su reacción fue tan seria que Andrés dejó de sonreír.

—Está bien.

Martina terminó la cena sin bajar los pies.

Aquella noche Laura encontró a su hija cepillándose los dientes con un pie apoyado sobre el borde de la bañera.

—¿También aquí?

Martina miró el suelo del baño.

—Aquí no.

Bajó el pie.

Laura se apoyó en la puerta.

—Entonces cuéntame qué pasa con la mesa.

—Nada.

—No me voy a reír.

Martina se enjuagó la boca.

—Papá sí.

—Papá tampoco.

La niña tardó en responder.

—Hay alguien abajo.

Laura sintió una pequeña incomodidad.

—¿Debajo de la mesa?

Martina asintió.

—¿Lo has visto?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que hay alguien?

La niña miró sus propios tobillos.

—Porque me toca.

Laura dejó de sonreír.

—¿Te toca cómo?

—Con los dedos.

—¿Cuándo?

—Cuando ustedes no están mirando.

Laura se agachó frente a ella.

—¿Desde cuándo?

Martina se encogió de hombros.

—No sé.

—¿Desde ayer?

Negó.

—¿Desde hace una semana?

Volvió a negar.

—¿Desde hace mucho?

La niña asintió.

Laura sintió que la respuesta le molestaba más de lo que esperaba.

—¿Y nunca nos dijiste?

Martina se quedó callada.

—Amor.

—Porque pensé que también los tocaba a ustedes.

Laura sintió frío en la espalda.

—No.

La niña la miró.

—Entonces solo me toca a mí.

Laura tardó un momento en responder.

—No vamos a dejar que eso pase.

Martina abrió la puerta del baño.

Antes de salir preguntó:

—¿Vas a mirar debajo?

—Sí.

La niña la agarró de la mano.

—No mires cuando estemos comiendo.

—¿Por qué?

Martina respondió muy seria:

—Porque se enoja.

Esa noche, cuando la niña ya dormía, Laura se lo contó a Andrés.

Él intentó quitarle importancia.

—Es imaginación.

—No parecía estar inventándolo.

—Tiene ocho años.

—Precisamente.

Andrés se levantó.

—Vamos.

Fueron al comedor.

La mesa era de madera, pesada, con cuatro sillas. Debajo no había nada salvo una alfombra y algunas migas.

Andrés levantó la alfombra.

—¿Ves?

Laura no respondió.

—Nada.

—Ya lo sé.

—Entonces no alimentemos la idea.

Laura miró la parte inferior de la mesa.

Había marcas.

Rasguños pequeños.

No eran profundos.

Parecían hechos con algo duro.

—¿Eso estaba?

Andrés miró.

—Debe ser viejo.

Laura pasó los dedos.

Algunos rasguños formaban líneas curvas.

Otros estaban agrupados.

No parecían letras.

Andrés se incorporó.

—Mañana lijamos esto y listo.

Laura apagó la luz.

Mientras salían del comedor, escuchó un pequeño golpe bajo la mesa.

Se detuvo.

Andrés también.

—¿Escuchaste?

Él miró hacia atrás.

—La madera.

Otro golpe.

Más suave.

Como una uña tocando desde abajo.

Laura encendió la luz.

Nada.

Andrés revisó otra vez.

Vacío.

La noche terminó sin más.

Al día siguiente Martina volvió a sentarse con las piernas sobre la silla.

Andrés no dijo nada.

Laura tampoco.

Cenaron intentando actuar con normalidad.

A mitad de la comida, Martina dejó de masticar.

Su mirada bajó lentamente hacia el borde de la mesa.

Laura lo notó.

—¿Qué pasa?

La niña negó.

—Nada.

—Martina.

—Está aquí.

Andrés dejó el vaso.

—¿Dónde?

La niña no respondió.

Entonces Laura sintió algo en el tobillo.

Un roce.

Tan leve que pensó que había sido el mantel.

Miró hacia abajo.

Sus pies estaban lejos de la tela.

Sintió otro roce.

Esta vez detrás del talón.

Laura retiró las piernas de inmediato.

La silla raspó el piso.

Andrés la miró.

—¿Qué pasó?

Laura tardó un segundo.

—Nada.

Martina la observaba.

No parecía sorprendida.

Parecía aliviada.

—Te tocó —dijo.

Andrés miró a Laura.

—¿Qué?

Ella no quiso responder delante de la niña.

Pero Martina insistió.

—Ahora ya sabes.

Laura sintió un escalofrío.

—Sí.

Andrés se agachó.

Martina gritó:

—No.

Él se detuvo.

La niña tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No mires.

—Martina, no hay nadie.

—No mires cuando está tocando.

Andrés volvió a sentarse.

—Está bien.

Durante el resto de la cena, nadie dejó los pies en el suelo.

Después de acostar a Martina, Andrés volvió al comedor solo.

Laura lo encontró levantando la mesa por un extremo.

—¿Qué haces?

—Voy a terminar con esto.

—¿Cómo?

—Quiero ver si hay algo escondido.

—Ya miraste.

—Entonces no habrá nada.

Movió la mesa.

Laura lo ayudó.

Debajo encontraron la alfombra.

Nada más.

Andrés la enrolló.

El piso estaba limpio.

—Listo.

Laura señaló la parte inferior de la mesa.

Los rasguños habían aumentado.

Andrés se quedó quieto.

Había muchas más marcas.

Algunas parecían recientes.

Una línea larga recorría casi todo el borde.

En el centro había cuatro grupos.

Uno frente a cada asiento.

Laura acercó la cara.

En el lugar donde se sentaba Martina, los rasguños eran mucho más profundos.

Andrés retrocedió.

—No estaba así.

Laura no respondió.

Durante varios segundos ninguno quiso tocar la mesa.

Después Andrés dijo:

—Comemos en la cocina.

A la mañana siguiente, movieron la mesa contra una pared.

Martina pareció aliviada.

Durante dos días comieron en la cocina.

No ocurrió nada.

La tercera noche, Laura estaba lavando platos cuando escuchó a Martina gritar desde el pasillo.

Corrió.

La niña estaba de pie frente al comedor.

No quería entrar.

—¿Qué pasó?

Martina señaló la mesa.

Seguía junto a la pared.

Una de las sillas estaba en el centro de la habitación.

—Yo no hice eso.

Laura miró.

Andrés apareció detrás.

—¿Qué pasa?

La silla se movió.

Solo unos centímetros.

Los tres lo vieron.

Martina se escondió detrás de su madre.

La silla volvió a moverse.

Esta vez hacia la mesa.

Andrés avanzó.

—No.

Laura lo sujetó.

—Déjala.

La silla recorrió lentamente el piso.

Raspó la madera.

Se detuvo frente al lugar donde solía sentarse Martina.

Nadie habló.

Después algo golpeó desde debajo de la mesa.

Tres golpes suaves.

Martina empezó a llorar.

—Quiere que nos sentemos.

Laura la abrazó.

—No vamos a sentarnos.

Otro golpe.

Luego otro.

Andrés tomó a Martina en brazos.

—Nos vamos al dormitorio.

Pasaron la noche con la puerta cerrada.

A las dos de la madrugada, Laura despertó.

Escuchó algo en el comedor.

Madera arrastrándose.

Después una silla.

Otra.

Otra.

Andrés abrió los ojos.

—¿Qué fue eso?

Laura se incorporó.

Los sonidos continuaron.

Las cuatro sillas se estaban moviendo.

Una por una.

Nadie salió.

Después se escuchó un ruido distinto.

Cubiertos.

Un plato.

Un vaso.

Como si alguien estuviera preparando la mesa.

Martina despertó.

No preguntó qué pasaba.

Solo dijo:

—No bajen los pies.

Laura miró a su hija.

—Estamos en la cama.

Martina señaló hacia abajo.

Los tres tenían los pies bajo las sábanas.

La niña los retiró inmediatamente y los pegó contra el cuerpo.

—No los dejen colgando.

Andrés encendió la lámpara.

—Martina, aquí no está la mesa.

La niña respondió:

—No necesita la mesa.

Un roce sonó debajo de la cama.

Laura sintió que el pecho se le cerraba.

Andrés permaneció inmóvil.

Otro roce.

Esta vez más largo.

Como algo arrastrándose por el suelo.

Martina empezó a llorar.

—Suban los pies.

Laura recogió las piernas.

Andrés hizo lo mismo.

Debajo del colchón, algo golpeó una vez.

Después dos.

Finalmente tres.

La niña se tapó los oídos.

—No contesten.

Laura apenas podía hablar.

—¿Qué significa eso?

Martina negó.

—No sé.

El roce continuó hasta la puerta.

Después desapareció.

Nadie durmió más.

A la mañana siguiente, Andrés quiso sacar la mesa de la casa.

—La tiramos.

Laura estuvo de acuerdo.

La llevaron hasta el corredor.

Martina permaneció lejos.

Cuando Andrés intentó inclinarla para pasar por la puerta, algo golpeó desde la parte inferior.

No madera contra pared.

Algo desde dentro.

Andrés soltó una esquina.

—¿Qué demonios?

Laura retrocedió.

La mesa volvió a golpear.

Una vez.

Luego otra.

Martina gritó desde la sala:

—No la saquen.

Laura la miró.

—¿Por qué?

La niña estaba llorando.

—Porque se va a quedar aquí sin mesa.

Andrés dejó de moverse.

—¿Qué quiere decir eso?

Martina negó.

—No sé.

Laura se acercó.

—Sofi...

—Martina —corrigió la niña, asustada.

Laura se quedó quieta.

No sabía por qué había dicho otro nombre.

—Perdón.

Martina no apartaba la vista de la mesa.

—Antes se quedaba abajo.

—¿Antes?

La niña asintió.

—Cuando estaba la mesa.

Andrés soltó completamente el mueble.

—Entonces se va.

Lo empujó hacia afuera.

Logró sacarlo.

La dejaron en el corredor y llamaron a un servicio de recojo.

Durante el resto del día no ocurrió nada.

Esa noche cenaron en la cocina.

Martina bajó los pies.

Por primera vez en semanas.

Laura sintió alivio.

—¿Mejor?

La niña asintió.

Andrés sonrió.

—¿Ves?

Martina miró debajo de la mesa pequeña de la cocina.

No había nada.

Comieron.

Después vieron una película.

A las diez, Martina se fue a dormir.

Laura y Andrés se quedaron en la sala.

Cerca de las once, la luz se apagó.

Todo el departamento quedó oscuro.

Andrés buscó el teléfono.

—Debe haberse ido la electricidad.

Desde el dormitorio, Martina gritó.

Laura se levantó.

—Voy.

La niña respondió con miedo:

—No camines.

Laura se detuvo.

—¿Qué pasa?

—No bajes los pies.

Laura sintió que la espalda se le helaba.

Estaba de pie.

No entendía.

Entonces escuchó un roce junto a sus tobillos.

Algo pasó entre sus piernas.

No la tocó.

Pero sintió el aire.

Andrés encendió la linterna del teléfono.

El haz iluminó el piso.

Nada.

Martina volvió a gritar:

—No lo alumbres.

La luz se apagó de golpe.

Andrés no había tocado el teléfono.

La oscuridad regresó.

Algo se arrastró por la sala.

Lento.

Bajo.

Pasó entre una silla y el sofá.

Laura escuchó cómo algo rozaba el suelo.

Después tocó su tobillo.

Un dedo.

Frío.

Se retiró.

Laura sintió otro toque en la pierna de Andrés.

Él retrocedió.

—Laura.

Ella respondió en voz baja:

—No te muevas.

Desde el dormitorio, Martina lloraba.

—No levanten los pies.

Andrés preguntó:

—¿Por qué?

La niña respondió:

—Así sabe quién sigue sentado.

Laura sintió verdadero terror.

—Martina, nosotros estamos de pie.

La niña dejó de llorar.

Durante varios segundos no respondió.

Cuando volvió a hablar, lo hizo muy bajo.

—Entonces no es el mismo.

Algo agarró el tobillo de Andrés.

Él gritó y cayó.

Laura intentó ayudarlo.

La mano invisible lo soltó.

Andrés retrocedió arrastrándose.

—Nos vamos.

Llegaron al dormitorio de Martina.

La niña estaba de pie sobre la cama.

No quería tocar el suelo.

Laura la tomó en brazos.

Andrés abrió la ventana.

Vivían en un primer piso.

Podían salir al patio.

Entonces escucharon un sonido detrás.

Una silla.

Arrastrándose por el pasillo.

No tenían ninguna silla allí.

Otra se unió.

Luego otra.

Cuatro sillas parecían avanzar hacia el dormitorio.

Martina cerró los ojos.

—Ya puso la mesa.

Laura no quiso preguntar.

Andrés salió primero por la ventana.

Laura le entregó a la niña.

Después salió ella.

Pasaron la noche en casa de la madre de Laura.

A la mañana siguiente regresaron acompañados por el hermano de Andrés.

La electricidad funcionaba.

No había muebles movidos.

No encontraron marcas.

Solo una cosa.

La mesa del comedor estaba otra vez en su lugar.

Las cuatro sillas alrededor.

Laura sintió náuseas.

—Nosotros la sacamos.

Andrés no respondió.

Su hermano miró la mesa.

—¿Seguro?

Andrés señaló la puerta.

—La dejé afuera.

La mesa parecía exactamente la misma.

Excepto por algo.

Había cuatro platos servidos.

Vacíos.

Uno frente a cada silla.

Y debajo de la mesa había un quinto plato.

Laura retrocedió.

No volvieron a dormir allí.

Alquilaron otro departamento.

Era más pequeño.

No llevaron la mesa.

Tampoco las sillas.

Compraron muebles nuevos.

Durante meses, Martina dejó de hablar del asunto.

Volvió a sentarse normalmente.

Laura empezó a creer que habían dejado aquello atrás.

Hasta una noche.

Cenaban los tres.

La mesa nueva era redonda.

Pequeña.

Martina estaba contando algo de la escuela cuando dejó de hablar.

Miró hacia abajo.

Laura sintió el cambio de inmediato.

—¿Qué pasa?

Martina no respondió.

Andrés también la observó.

La niña levantó lentamente los pies y los colocó sobre la silla.

Laura sintió miedo.

—Martina.

La niña empezó a llorar.

—Volvió.

Andrés miró debajo de la mesa.

No había nada.

—No.

Martina cerró los ojos.

—No mires.

Demasiado tarde.

Andrés levantó la cabeza.

—No hay nadie.

Algo tocó el tobillo de Laura.

Ella retiró las piernas.

Después tocó el de Andrés.

Él se levantó.

Martina no se movió.

—No se paren.

Andrés agarró la mano de su hija.

—Nos vamos.

Martina negó con desesperación.

—No.

—Sí.

—Si nos levantamos, viene con nosotros.

Laura sintió que la respiración se le aceleraba.

—¿Cómo sabes?

Martina miró debajo de la mesa.

—Porque ya no está abajo.

Laura no entendió.

Entonces sintió algo apoyarse sobre el respaldo de su silla.

Como una mano.

No detrás de ella.

Encima.

Después escuchó una respiración junto a su oído.

Martina comenzó a llorar.

—No te muevas, mamá.

Laura permaneció inmóvil.

La respiración siguió.

Andrés tenía los ojos fijos en algo detrás de ella.

—Laura.

—No me digas.

—No mires.

—No voy a mirar.

La respiración desapareció.

Durante varios segundos nadie habló.

Entonces la silla vacía frente a Martina se movió.

Se alejó un poco de la mesa.

Como si alguien acabara de levantarse.

Martina observó el espacio vacío.

—Se fue.

Laura sintió alivio.

Solo durante un segundo.

La puerta del dormitorio de la niña se abrió al fondo del corredor.

Martina palideció.

—No.

Algo comenzó a caminar dentro de su habitación.

No sobre el suelo.

Debajo de la cama.

Laura tomó la mano de su hija.

—Nos vamos.

Martina no reaccionó.

—Amor.

La niña miró a sus padres.

—¿Dónde?

Laura no supo qué responder.

La casa había cambiado.

Ya no era suficiente alejarse de una mesa.

Aquello había aprendido la forma de cada lugar donde podían sentarse.

La cama.

El sofá.

Las sillas.

El suelo.

Esa noche durmieron en un hotel.

Martina no quiso acostarse.

Permaneció sentada sobre el escritorio, con los pies recogidos.

Laura se sentó junto a ella.

Andrés caminaba de un lado a otro.

Cerca de las tres de la madrugada, Martina levantó la cabeza.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—Escúchalo.

Los tres permanecieron quietos.

Al principio no oyeron nada.

Luego llegó un sonido desde debajo de la cama del hotel.

Una silla arrastrándose.

Después otra.

Luego una tercera.

Finalmente una cuarta.

Andrés retrocedió.

Laura abrazó a Martina.

Debajo de la cama, alguien acomodó algo con cuidado.

Un vaso.

Un plato.

Cubiertos.

Después, una voz que ninguno reconoció habló desde muy abajo.

—Falta uno.

Martina empezó a llorar.

Laura le cubrió los oídos.

La voz repitió:

—Falta uno.

Andrés miró hacia la puerta.

—Nos vamos.

Antes de que pudiera avanzar, una mano apareció debajo de la cama.

No salió por completo.

Solo los dedos.

Se apoyaron sobre la alfombra.

Después otra mano apareció junto a la primera.

Y otra.

Y otra.

Laura dejó de respirar.

No eran manos de una sola persona.

Eran demasiadas.

Todas esperaban.

La voz volvió a hablar.

Esta vez sonaba más cerca.

—Ahora sí.

Martina miró a su madre.

—No bajes los pies.

Laura asintió.

Entonces sintió algo bajo el escritorio.

Un dedo frío rodeó lentamente su tobillo.

Martina no dejó de mirarla.

—Mamá.

Laura no pudo responder.

La niña señaló hacia abajo.

—Ya sabe dónde estás sentada.

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