
El primer bloqueo ocurrió un domingo por la tarde, mientras Tomás veía televisión en el sofá.
Había estado recostado, con el brazo izquierdo sobre el respaldo y las piernas estiradas sobre la mesa de centro. La película era larga, aburrida, y Tomás se quedó quieto demasiado tiempo. Cuando decidió levantarse para ir a la cocina por un vaso de agua, no pudo.
No fue que no quisiera. Fue que sus músculos no respondieron. Intentó incorporar el torso y sintió una resistencia rígida, como si sus tendones se hubieran convertido en cables de acero. Empujó con más fuerza. Un dolor agudo le atravesó la espalda baja, como si alguien le estuviera desgarrando los músculos desde adentro.
Tomás jadeó, con el sudor corriéndole por la frente. Intentó mover solo el brazo izquierdo. No se movió. Intentó doblar las rodillas. No se doblaron. Su cuerpo estaba completamente rígido, congelado en la postura exacta en la que había estado durante los últimos minutos.
Entró en pánico. Forzó el movimiento con todo lo que tenía. El dolor fue insoportable, como si cada fibra muscular se estuviera rompiendo. Gritó. Lágrimas le corrieron por las mejillas.
Y entonces, con un crujido seco, algo cedió.
Tomás se incorporó de golpe, cayendo al suelo del sofá. Se quedó de rodillas, respirando agitadamente, con el cuerpo temblando. Le dolía todo. La espalda, los hombros, las piernas. Como si hubiera corrido un maratón.
Se quedó ahí, en el suelo, mirando el sofá. No entendía qué había pasado. No era un calambre. No era una contractura. Era como si su cuerpo se hubiera bloqueado completamente, y solo la fuerza bruta lo hubiera liberado.
Se levantó con cuidado. Se movió lentamente, probando cada músculo. Todo funcionaba. Todo respondía. Pero le dolía.
Tomás fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo bebió de pie, sin sentarse. No quería volver a quedarse quieto.
Se dijo que había sido un espasmo muscular, una reacción extraña del cuerpo. Algo temporal. Algo que no volvería a pasar.
Se equivocaba.
La segunda vez ocurrió esa misma noche, mientras se cepillaba los dientes frente al espejo del baño.
Estaba de pie, con el cepillo en la mano, mirando su reflejo. Llevaba apenas dos minutos quieto. Intentó enjuagarse la boca con agua del grifo.
No pudo.
Su brazo se quedó congelado a medio camino. El vaso de agua en la otra mano no se movió. Su cuerpo estaba rígido otra vez, bloqueado en la postura exacta.
Tomás sintió el pánico subirle por la garganta. Forzó el movimiento. El dolor fue inmediato, agudo, como agujas clavándose en cada músculo.
Contó en voz alta mientras forcejeaba. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Al quinto segundo, algo cedió. Su brazo se movió. El agua cayó al lavabo.
Tomás se apoyó en el borde del lavabo, respirando con dificultad. Le dolía todo otra vez. Pero esta vez había sido más rápido. No habían pasado sesenta segundos. Habían pasado cinco.
Se quedó mirando el espejo. Su reflejo lo miraba de vuelta, pálido, con ojeras profundas. No era un espasmo muscular. No era algo temporal.
Su cuerpo se estaba bloqueando cada vez que se quedaba quieto. Y el tiempo que tardaba en ocurrir se estaba acortando.
Tomás salió del baño. Caminó por el apartamento, moviéndose constantemente. No podía quedarse quieto. No podía sentarse. No podía recostarse.
Caminó de la sala a la cocina. De la cocina al dormitorio. Del dormitorio al baño. Una y otra vez. Como un animal enjaulado.
Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora.
Tomás empezó a cansarse. Las piernas le dolían. La espalda le ardía. Necesitaba sentarse. Necesitaba descansar.
Pero si se sentaba, si se quedaba quieto, su cuerpo se bloquearía.
Intentó sentarse en el sofá, pero manteniéndose en movimiento, moviendo los brazos, las piernas, el cuello. Se quedó ahí, temblando, moviéndose constantemente, durante cinco minutos.
No pasó nada.
Tomás sonrió, aliviado. Si se mantenía en movimiento, no se bloquearía. Podía vivir así. Podía sobrevivir.
Se levantó del sofá y fue a la cocina. Necesitaba cenar. Tenía hambre.
Abrió el refrigerador. Sacó los ingredientes para hacer un sándwich. Puso el pan en la mesa. Sacó el jamón, el queso, la mostaza.
Y entonces se dio cuenta del problema.
Para hacer el sándwich, tenía que quedarse quieto. Tenía que sostener el cuchillo, cortar el pan, untar la mostaza. Cada acción requería un momento de inmovilidad.
Tomás intentó hacer el sándwich lo más rápido posible. Sus manos temblaban. El cuchillo resbaló. Se cortó el dedo. La sangre brotó, roja y brillante.
No importaba. Siguió haciendo el sándwich, moviéndose constantemente entre cada acción, sin quedarse quieto ni un segundo.
Tardó quince minutos en hacer un sándwich que normalmente le habría tomado dos.
Se lo comió de pie, caminando por la cocina, masticando rápido, sin sentarse, sin descansar.
Cuando terminó, miró el reloj. Eran las diez de la noche.
Llevaba seis horas sin sentarse. Sin descansar. Sin quedarse quieto.
Tomás fue al sofá. Se sentó. Inmediatamente empezó a moverse, moviendo los brazos, las piernas, el cuello.
Se quedó ahí, moviéndose, durante diez minutos.
No pasó nada.
Tomás sonrió. Podía sentarse, siempre y cuando se mantuviera en movimiento.
Pero entonces, al minuto once, sintió la rigidez.
No en todo el cuerpo. Solo en las piernas. Sus muslos se tensaron, se endurecieron, se bloquearon.
Tomás forcejeó. El dolor fue inmediato. Contó. Uno, dos, tres. Al tercer segundo, algo cedió. Sus piernas se movieron.
Se quedó sentado en el sofá, respirando agitadamente. El tiempo se había acortado otra vez. Ya no eran sesenta segundos. Ya no eran cinco. Eran tres.
Y solo se había bloqueado una parte del cuerpo. No todo.
Tomás entendió la regla con un terror que le heló la sangre. Cada vez que se quedaba quieto, su cuerpo se bloqueaba. Cada vez, el tiempo se acortaba. Cada vez, el bloqueo era más rápido, más fuerte, más doloroso de romper.
Y eventualmente, no podría romperlo.
Tomás se levantó del sofá. Caminó por el apartamento, moviéndose constantemente. No podía sentarse. No podía descansar. No podía quedarse quieto ni un segundo.
Pasaron las horas. Tomás caminó, caminó, caminó. Las piernas le ardían. La espalda le dolía. Los pies le dolían.
Necesitaba dormir.
El pensamiento lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Necesitaba dormir. Y si se dormía, se quedaría quieto. Y si se quedaba quieto, su cuerpo se bloquearía.
Tomás intentó mantenerse despierto. Bebió café. Se lavó la cara con agua fría. Se pellizcó los brazos.
Pero el cansancio era ineludible. Sus párpados pesaban. Su mente se volvía borrosa.
A las cuatro de la mañana, no pudo más. Se quedó dormido de pie, en el medio de la sala, con los ojos cerrados, el cuerpo relajado.
Despertó seis horas después.
Estaba de pie, en el mismo lugar, con el cuerpo completamente rígido. No podía mover ni un músculo. No podía girar la cabeza. No podía doblar los codos. No podía flexionar las rodillas.
Tomás forcejeó con todo lo que tenía. El dolor fue insoportable, como si cada músculo se estuviera desgarrando. Gritó. Lloró. Sangró por la nariz.
Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora.
Y entonces, con un crujido horrible, algo cedió.
Tomás cayó al suelo, temblando, con el cuerpo cubierto de sudor frío. Le dolía todo. Cada músculo, cada tendón, cada articulación. Como si lo hubieran golpeado con un mazo.
Se quedó en el suelo, respirando con dificultad. Había pasado toda la noche bloqueado. Doce horas. Y el dolor era tan intenso que apenas podía moverse.
Pero se movió. Se arrastró hasta la cocina. Bebió agua. Comió algo. Se mantuvo en movimiento.
El tiempo se había acortado otra vez. Ya no eran tres segundos. Era menos. Mucho menos.
Tomás pasó el día moviéndose constantemente. Caminaba, bailaba, hacía ejercicio, se movía. No podía quedarse quieto ni un segundo.
Pero el cuerpo humano no puede moverse eternamente.
A las ocho de la noche, Tomás estaba exhausto. Las piernas no le respondían. El corazón le latía con fuerza. La visión se le nublaba.
Se sentó en el suelo de la sala, moviéndose constantemente, moviendo los brazos, las piernas, el cuello.
Pero al minuto, sintió la rigidez.
No en todo el cuerpo. Solo en los brazos. Se bloquearon, rígidos, inmóviles.
Tomás forcejeó. El dolor fue inmediato. Contó. Uno. Al primer segundo, algo cedió. Sus brazos se movieron.
Se quedó sentado en el suelo, respirando agitadamente. El tiempo se había acortado a un segundo.
Y solo se había bloqueado una parte del cuerpo.
Tomás entendió que no había salida. No podía mantenerse en movimiento eternamente. No podía evitar dormir eternamente. Cada vez que se quedaba quieto, aunque fuera por un segundo, su cuerpo se bloqueaba. Y cada vez, el tiempo se acortaba.
Intentó llamar a su hermana. Sacó el teléfono con manos temblorosas. Marcó.
—¿Hola? —dijo la voz de su hermana.
—Sofía —dijo Tomás, con la voz quebrada—. Necesito ayuda.
—¿Tomás? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—No. No puedo moverme. Mi cuerpo se bloquea cuando me quedo quieto.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—No puedo explicarlo. Solo ven. Por favor. Ven ahora.
—Estoy en camino. Diez minutos.
Tomás colgó. Se quedó sentado en el suelo, moviéndose constantemente.
Pero entonces, al mover el brazo, sintió la rigidez.
No en el brazo. En las piernas. Se bloquearon, rígidas, inmóviles.
Tomás forcejeó. El dolor fue inmediato. Contó. Uno. Al primer segundo, algo cedió. Sus piernas se movieron.
Se quedó sentado en el suelo, respirando agitadamente. El tiempo se había acortado a menos de un segundo.
Y solo se había bloqueado una parte del cuerpo.
Tomás entendió que no podía esperar a su hermana. No podía quedarse quieto ni un segundo más.
Se levantó. Caminó hacia la puerta. Abrió. Salió al pasillo.
Caminó hacia las escaleras. Bajó los cuatro pisos, moviéndose constantemente, sin quedarse quieto ni un segundo.
Llegó al vestíbulo. Empujó la puerta de la calle. Salió a la acera.
El aire frío de la noche le golpeó la cara. Caminó hacia la esquina, hacia la farmacia, hacia cualquier lugar donde pudiera pedir ayuda.
Pero al dar el tercer paso, sintió la rigidez.
No en las piernas. En el torso. Su pecho se tensó, se endureció, se bloqueó.
Tomás no pudo respirar. Sus pulmones no podían expandirse. El aire no entraba.
Forcejeó. El dolor fue insoportable. Pero no podía contar. No podía respirar para contar.
Se quedó de pie en la acera, con el torso bloqueado, sin poder respirar, sin poder moverse.
La visión se le oscureció en los bordes. Los puntos negros empezaron a aparecer.
Forcejeó con todo lo que tenía. Empujó contra la rigidez. Sintió algo ceder, lentamente, dolorosamente.
Y entonces, con un crujido horrible, su pecho se movió.
Tomás inhaló profundamente, con los pulmones ardiendo. Cayó de rodillas en la acera, tosiendo, llorando.
Se quedó ahí, de rodillas, respirando con dificultad. Le dolía todo. Cada músculo, cada tendón, cada articulación.
Escuchó pasos. Sofía corría hacia él.
—¡Tomás! ¡¿Estás bien?!
Tomás intentó responder. Intentó hablar.
Pero al abrir la boca, sintió la rigidez.
No en el torso. En la mandíbula. Se bloqueó, rígida, inmóvil.
Tomás forcejeó. El dolor fue inmediato. Pero no podía contar. No podía mover la mandíbula para contar.
Se quedó de rodillas en la acera, con la mandíbula bloqueada, sin poder hablar, sin poder moverse.
Sofía se arrodilló junto a él.
—¡Tomás! ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Puedes oírme?!
Tomás intentó asentir. Intentó mover la cabeza.
Pero al intentar moverla, sintió la rigidez.
No en la mandíbula. En el cuello. Se bloqueó, rígido, inmóvil.
Tomás forcejeó. El dolor fue insoportable. Pero no podía contar. No podía mover el cuello para contar.
Se quedó de rodillas en la acera, con el cuello bloqueado, sin poder mover la cabeza, sin poder hablar.
Sofía lo agarró de los hombros.
—¡Tomás! ¡¿Qué te pasó?! ¡Voy a llamar a una ambulancia!
Tomás intentó agarrarla de la mano. Intentó decirle que no llamara a una ambulancia. Que no había nada que pudieran hacer.
Pero al intentar mover el brazo, sintió la rigidez.
No en el cuello. En los brazos. Se bloquearon, rígidos, inmóviles.
Tomás forcejeó. El dolor fue insoportable. Pero no podía contar. No podía mover los brazos para contar.
Se quedó de rodillas en la acera, con los brazos bloqueados, sin poder moverse, sin poder hablar.
Y entonces, sintió la rigidez otra vez.
No en los brazos. En las piernas. Se bloquearon, rígidas, inmóviles.
Tomás forcejeó. El dolor fue insoportable. Pero no podía contar. No podía mover las piernas para contar.
Se quedó de rodillas en la acera, con todo el cuerpo bloqueado, sin poder moverse, sin poder hablar, sin poder respirar bien.
Sofía gritaba. Llamaba a una ambulancia. La gente se acercaba.
Pero Tomás no podía moverse. No podía hablar. No podía respirar.
Su cuerpo estaba completamente bloqueado. Rígido. Inmóvil.
Y entonces, sintió la rigidez otra vez.
No en el cuerpo. En los párpados. Se bloquearon, rígidos, abiertos, inmóviles.
Tomás no podía parpadear. No podía cerrar los ojos.
Se quedó de rodillas en la acera, con los ojos abiertos, mirando el cielo nocturno, sin poder moverse, sin poder hablar, sin poder parpadear.
Y cuando la ambulancia llegó, cuando los paramédicos lo levantaron, cuando lo subieron a la camilla, Tomás seguía ahí.
Rígido. Inmóvil. Consciente.
Con los ojos abiertos, mirando el cielo, sin poder moverse, sin poder hablar, sin poder parpadear.
Para siempre.
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