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Los maniquíes dejaron de mirar la vitrina cuando cerré la tienda

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Los maniquíes dejaron de mirar la vitrina cuando cerré la tienda

Camilo notó que los maniquíes habían cambiado de posición cuando ya había bajado la cortina metálica de la tienda.

Eran seis.

Tres hombres y tres mujeres.

Durante el día permanecían distribuidos frente a la vitrina, vestidos con las prendas de temporada y orientados hacia el pasillo del centro comercial.

Aquella noche ninguno miraba hacia afuera.

Los seis estaban de espaldas a la vitrina.

Miraban hacia el fondo de la tienda.

Hacia la puerta del almacén.

Camilo se quedó junto a la caja con las llaves todavía en la mano.

—Qué raro.

Había trabajado allí casi dos años.

Sabía que los maniquíes se movían constantemente porque los encargados cambiaban combinaciones, ajustaban ropa o limpiaban la plataforma.

Pero él había cerrado con Martina aquella tarde.

Recordaba perfectamente haber visto a dos de ellos mirando hacia el corredor mientras bajaban la cortina.

Martina se había marchado hacía quince minutos.

Camilo sacó el teléfono.

Estuvo a punto de escribirle.

No lo hizo.

Seguramente ella los había girado antes de irse y él no se había dado cuenta.

Caminó hasta la vitrina.

El primero era un maniquí masculino con camisa oscura y abrigo gris.

Camilo lo agarró por los hombros y lo giró hacia el cristal.

Después hizo lo mismo con los otros cinco.

No pesaban demasiado, pero sus bases metálicas raspaban ligeramente el piso.

Cuando terminó, volvió hacia la caja.

Miró atrás.

Seis espaldas blancas.

Mucho mejor.

Apagó las luces principales.

Solo quedaron encendidas las luces de emergencia y algunas lámparas decorativas sobre los estantes.

Camilo entró al almacén para terminar el inventario.

Tardó quizá diez minutos.

Cuando salió, tres de los maniquíes estaban mirando hacia él.

Camilo se detuvo en la puerta.

No todos.

Solo tres.

Los que ocupaban el centro de la vitrina.

Sus cuerpos permanecían orientados hacia el cristal.

Pero las cabezas estaban giradas.

Directamente hacia la puerta del almacén.

Camilo sintió una incomodidad inmediata.

La articulación del cuello de aquellos modelos permitía mover la cabeza.

Lo sabía.

También sabía que nadie estaba dentro.

—Martina.

Dijo el nombre en voz alta, esperando escuchar una risa desde algún rincón.

No ocurrió.

Camilo caminó por la tienda.

Revisó detrás de los probadores.

Nada.

Miró debajo de los percheros.

No había nadie.

El baño de empleados estaba vacío.

La puerta principal permanecía cerrada.

El centro comercial también estaba casi desierto a esa hora.

Camilo regresó a la vitrina.

Enderezó las tres cabezas.

Esta vez comprobó cada una.

Incluso presionó ligeramente para asegurarse de que las articulaciones no estuvieran flojas.

Volvió hacia el almacén.

Antes de entrar se giró.

Los seis maniquíes seguían mirando hacia afuera.

Camilo dejó la puerta abierta.

No necesitaba cerrarla.

Terminó dos cajas del inventario.

Miró hacia la tienda.

Desde allí alcanzaba a ver parte de la vitrina.

Nada se había movido.

Continuó.

Un minuto después escuchó un golpe.

Plástico contra metal.

Camilo levantó la cabeza.

Esperó.

No se repitió.

Salió del almacén.

Cinco maniquíes estaban frente a la vitrina.

Camilo los contó otra vez.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Faltaba el hombre del abrigo gris.

Sintió un escalofrío.

Miró alrededor.

El maniquí no estaba entre los percheros.

Tampoco junto a los probadores.

Camilo encendió todas las luces.

La tienda quedó completamente iluminada.

—Esto no tiene gracia.

Nadie respondió.

Caminó hacia la vitrina.

La base metálica del maniquí faltante ya no estaba en su sitio.

No se había caído.

Había desaparecido junto con él.

Camilo comenzó a sentirse realmente nervioso.

Sacó el teléfono y llamó a Martina.

Ella contestó casi enseguida.

—¿Qué pasó?

—¿Moviste los maniquíes?

—¿Cuándo?

—Antes de irte.

—No.

—¿Seguro?

—Sí. ¿Por qué?

Camilo miró los cinco restantes.

—Falta uno.

Martina soltó una pequeña risa.

—No puede faltar un maniquí.

—Pues falta.

—Busca en el almacén.

—Estuve ahí.

—Entonces estará en probadores.

—Ya revisé.

Martina dejó de reír.

—¿Está abierta la tienda?

—No.

—Llama a seguridad.

Camilo miró hacia la cortina metálica.

—Sí.

Colgó.

Antes de marcar, escuchó otro golpe.

Esta vez venía de la puerta del almacén.

Cloc.

Camilo se quedó inmóvil.

El sonido era inconfundible.

Plástico duro contra madera.

Otro golpe.

Cloc.

Camilo miró hacia la puerta.

Seguía abierta.

No podía ver el interior completo desde donde estaba.

Caminó dos pasos.

Se detuvo.

El almacén estaba oscuro porque había apagado la luz al salir.

Camilo recordó algo.

Cuando salió después de escuchar el primer golpe, la puerta estaba completamente abierta.

Ahora estaba casi cerrada.

Solo quedaba una rendija negra.

No quería acercarse.

El golpe volvió a sonar.

Cloc.

La puerta se movió unos centímetros.

Hacia afuera.

Camilo retrocedió.

No había viento.

—¿Quién está ahí?

Nada respondió.

La puerta quedó quieta.

Camilo agarró el teléfono.

Marcó seguridad.

—Tienda 214. Necesito que venga alguien.

—¿Algún problema?

—Creo que entró alguien.

—¿La cortina está cerrada?

—Sí.

—Voy para allá.

Camilo colgó.

No apartó la vista de la puerta del almacén.

Pasaron quizá veinte segundos.

Entonces algo apareció en la rendija.

Blanco.

Liso.

Sin movimiento.

Camilo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Era una mano.

La mano rígida de un maniquí.

Estaba alrededor del borde de la puerta.

No la vio llegar.

Un instante antes no había nada.

Ahora los dedos blancos rodeaban la madera desde el interior.

Camilo retrocedió.

La puerta empezó a abrirse.

No lentamente.

Solo unos centímetros.

Después se detuvo.

Camilo vio parte del brazo blanco.

La manga gris del abrigo.

No esperó más.

Corrió hacia la cortina metálica.

Tenía que levantarla con el interruptor lateral para salir al pasillo.

Llegó al control.

Pulsó.

Nada.

Camilo recordó que el sistema tardaba unos segundos después del cierre completo en volver a responder.

Presionó otra vez.

El motor finalmente arrancó.

La cortina comenzó a subir.

Detrás de él escuchó un golpe.

No quiso mirar.

La cortina apenas había subido veinte centímetros.

Demasiado poco.

Otro golpe.

Más cerca.

Camilo miró.

La puerta del almacén estaba completamente abierta.

El maniquí del abrigo gris estaba afuera.

De pie.

A varios metros de él.

Camilo sabía que no había escuchado suficientes golpes para explicar aquella distancia.

Además, el maniquí no estaba orientado hacia la salida.

Estaba orientado hacia él.

Los otros cinco seguían junto a la vitrina.

Camilo miró la cortina.

Treinta centímetros.

Cuarenta.

Todavía no podía pasar cómodamente.

Volvió a mirar el maniquí.

Seguía inmóvil.

Camilo comprendió una cosa.

Nunca lo había visto moverse.

Solo cambiaba cuando él dejaba de mirarlo.

La cortina continuaba subiendo.

Camilo mantuvo los ojos sobre el maniquí.

Retrocedió hasta sentir el metal frío detrás de las piernas.

—No te voy a quitar la vista.

Se sintió absurdo apenas lo dijo.

El maniquí no reaccionó.

La cortina subió un poco más.

Camilo se agachó.

Podría pasar.

Pero tendría que mirar hacia el suelo durante un instante.

Dudó.

Desde el pasillo exterior alguien llamó:

—¿Camilo?

Era el guardia.

—¡Aquí!

—¿Qué pasa?

—No entres.

—¿Por qué?

Camilo seguía mirando al maniquí.

—Solo ayúdame a levantar la cortina.

El guardia agarró el borde desde afuera y ayudó al motor.

Camilo se agachó.

Mantuvo el rostro dirigido hacia la tienda mientras retrocedía bajo la cortina.

El maniquí seguía donde estaba.

A mitad de camino, las luces de la tienda parpadearon.

Solo una vez.

Menos de un segundo.

Oscuridad.

Luz.

Camilo gritó.

El maniquí estaba ahora a menos de dos metros.

No había escuchado nada.

Ni pasos.

Ni roce de la base.

Nada.

El guardia tiró de Camilo por el brazo.

—¡Sal!

Camilo cayó de espaldas en el pasillo.

La cortina siguió subiendo.

El guardia miró dentro.

—¿Qué demonios haces?

Camilo señaló.

—Ese.

El maniquí permanecía inmóvil.

—¿Qué pasa con él?

—Estaba en el almacén.

El guardia lo miró.

—¿Un maniquí?

Camilo se levantó.

No quería entrar otra vez.

—Ciérrala.

—Pero—

—Ciérrala.

El guardia vio su expresión y dejó de preguntar.

Bajaron la cortina.

Camilo permaneció mirando hacia el interior mientras el metal descendía.

El maniquí del abrigo gris no se movió.

Los otros cinco seguían junto a la vitrina.

Cuando la abertura quedó reducida a unos veinte centímetros, Camilo alcanzó a ver únicamente las bases.

Seis pares de pies blancos.

La cortina tocó el suelo.

Camilo sintió alivio.

Duró pocos segundos.

—¿No dijiste que faltaba uno? —preguntó el guardia.

Camilo lo miró.

—Sí.

—Entonces ¿por qué hay seis?

Camilo volvió la vista hacia la cortina cerrada.

No respondió.

A la mañana siguiente Martina abrió la tienda acompañada del gerente.

Camilo se negó a ir.

Dijo que estaba enfermo.

Martina le escribió cerca de las nueve.

Encontramos los seis.

Camilo leyó el mensaje sin responder.

Llegó otro.

Están en la vitrina.

Después una fotografía.

Camilo tardó en abrirla.

Los seis maniquíes estaban correctamente colocados frente al cristal.

El hombre del abrigo gris había vuelto a su posición habitual.

Nada parecía fuera de lugar.

Camilo amplió la foto.

Miró primero los pies.

Después las manos.

Después los rostros blancos sin rasgos.

Estuvo a punto de cerrar la imagen cuando vio algo alrededor del cuello del maniquí del abrigo.

Una cinta negra.

Su credencial de empleado.

Camilo se tocó el pecho por reflejo.

No estaba.

Recordó haberla llevado puesta durante el cierre.

No recordaba haberla perdido.

Llamó a Martina.

—No le quites eso.

—¿La credencial?

—No.

—¿Por qué está ahí?

Camilo miró otra vez la fotografía.

El maniquí tenía su nombre colgando sobre el pecho.

CAMILO.

—No sé.

Martina guardó silencio.

Después dijo:

—Hay algo más.

Camilo cerró los ojos.

—¿Qué?

—Anoche dejaste cinco mirando hacia la vitrina, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y el otro estaba cerca de la cortina?

—Sí.

Martina tardó unos segundos en hablar.

—Entonces alguien tuvo que moverlos después de que saliste.

Camilo no respondió.

—Porque cuando abrimos —continuó ella— no estaban mirando hacia la vitrina.

Camilo sintió frío.

—¿Hacia dónde estaban mirando?

Martina bajó la voz.

—Hacia afuera.

—Eso es normal.

—No.

Camilo esperó.

—La cortina todavía estaba cerrada.

Martina respiró antes de terminar.

—Los seis estaban mirando exactamente hacia el lugar del pasillo donde dijiste que te quedaste anoche.

Camilo nunca volvió a trabajar allí.

Y desde entonces evita mirar los escaparates después del cierre.

No porque tema ver un maniquí moviéndose.

Eso sería más fácil.

Lo que teme es encontrar uno completamente inmóvil, orientado hacia él.

Y darse cuenta de que no recuerda haberlo visto mirando en esa dirección unos segundos antes.

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