
El jueves que apareció la puerta, Irene y yo discutimos durante casi diez minutos sobre si aquella pared siempre había sido tan larga.
No discutíamos por la puerta.
Eso habría tenido sentido.
Discutíamos porque ninguno de los dos podía recordar con exactitud qué había habido en su lugar.
Estaba al final del pasillo, entre el baño y el pequeño armario donde guardábamos las toallas. Una puerta blanca, estrecha, con una manija de bronce que no combinaba con ninguna otra de la casa.
Yo estaba seguro de que la noche anterior allí solo había pared.
Irene también.
Aun así, cuando nos paramos frente a ella, la distribución del pasillo parecía perfectamente normal.
Como si hubiera sido construido alrededor de esa puerta.
—Tal vez siempre estuvo —dijo Irene.
La miré.
—Vivimos aquí desde hace seis años.
—Ya sé.
—Entonces, ¿cómo podríamos no recordar una habitación?
Irene acercó la mano a la manija.
—No dije que hubiera una habitación.
No sé por qué aquella frase me produjo tanto rechazo.
Quizá porque tenía razón.
Hasta ese momento solo sabíamos que había una puerta.
—Espera.
—¿Qué?
—No la abras todavía.
Irene sonrió.
—Héctor, estamos dentro de nuestra propia casa.
Fue suficiente para que ambos nos sintiéramos ridículos.
Abrió.
Había una habitación detrás.
Pequeña.
Una cama individual junto a la pared, una mesa de noche, un armario antiguo y una ventana cubierta por cortinas color crema.
Todo estaba limpio.
No había polvo.
No había cajas.
Nada indicaba que aquel cuarto llevara años cerrado.
Irene entró primero.
—¿Qué demonios es esto?
Yo permanecí en el pasillo.
La habitación no podía existir.
Nuestra casa era rectangular. Al otro lado de esa pared estaba el patio lateral, una franja estrecha entre la casa y el muro del vecino.
Si aquel cuarto medía unos tres metros de fondo, desde afuera debería sobresalir claramente.
Corrí hacia la cocina y salí al patio.
La pared exterior estaba intacta.
No había ventana.
No había ninguna extensión.
Toqué los ladrillos.
Sólidos.
Volví al pasillo.
Irene seguía dentro.
—Sal.
—Mira esto.
—Primero sal.
Algo en mi voz hizo que obedeciera.
Cerramos la puerta.
Salimos otra vez al patio.
Medimos la distancia desde la esquina de la casa hasta el baño.
Después medimos desde adentro.
No coincidía.
Entre ambas medidas aparecían casi tres metros que no existían desde afuera.
Irene dejó la cinta métrica sobre la mesa.
—No entiendo.
Yo tampoco.
Durante el resto de la mañana evitamos el pasillo.
Era absurdo porque la habitación no hacía nada.
No había ruidos.
No salía aire frío.
No aparecían sombras debajo de la puerta.
Simplemente estaba ahí.
A la hora del almuerzo, Irene quiso llamar a alguien.
—¿A quién?
—No sé. A un arquitecto.
—¿Y qué le decimos?
Ella se quedó pensando.
—Que nuestra casa tiene un cuarto que no cabe dentro de nuestra casa.
—Nos va a preguntar cuánto hemos bebido.
Irene no respondió.
Aquella noche dormimos con la puerta del dormitorio cerrada.
A la mañana siguiente, viernes, fui al baño y descubrí que la puerta había desaparecido.
No estaba abierta.
No estaba cerrada.
No estaba.
En su lugar había pared.
La misma pintura beige.
El mismo zócalo.
Ni siquiera una marca.
Llamé a Irene.
Se quedó observando el muro durante varios segundos.
—¿Sacaste fotos?
La pregunta me hizo sentir estúpido.
No habíamos tomado ninguna.
Pasamos el fin de semana intentando encontrar una explicación.
Una reforma antigua.
Un panel.
Una puerta falsa.
Algo.
Terminamos golpeando paredes y revisando planos de la casa que conservábamos desde la compra.
No había ninguna habitación.
El lunes volvimos al trabajo.
El martes dejamos de hablar del tema.
El miércoles casi logramos convencernos de que habíamos interpretado mal algo completamente ordinario.
El jueves, la puerta volvió.
Exactamente en el mismo lugar.
Esta vez ninguno de los dos discutió.
Irene tomó el teléfono.
Fotografió el pasillo.
Fotografió la puerta.
Me grabó mientras la abría.
La habitación estaba detrás.
Pero no era exactamente la misma.
La cama seguía ahí.
La mesa también.
El armario permanecía contra la pared.
Había algo nuevo sobre la mesa de noche.
Una lámpara.
Irene entró.
—Esa es nuestra.
—No.
—Sí.
La lámpara tenía una base de cerámica verde con una pequeña grieta cerca del cable.
Teníamos una igual en la sala.
Fuimos a comprobarlo.
La nuestra seguía allí.
Las pusimos una junto a la otra.
Eran idénticas.
Incluso tenían la misma grieta.
Irene dejó de intentar encontrar explicaciones racionales.
—No quiero esa cosa dentro de la casa.
—¿Qué quieres que haga?
—Quitemos la puerta.
—¿Y si detrás sigue estando el cuarto?
—Por lo menos no tendremos que verlo.
No hicimos nada.
Nos daba miedo tocarla.
Antes de irnos al trabajo, cerramos la puerta con llave.
La cerradura aceptó una de las llaves viejas que guardábamos en un cajón.
Eso nos inquietó todavía más.
Aquella tarde, cuando regresamos, seguía cerrada.
A las ocho, Irene decidió volver a entrar.
Encontramos otra cosa.
Una fotografía.
Estaba dentro de un marco de madera sobre la mesa de noche.
En la imagen aparecíamos nosotros.
Sentados a la mesa de la cocina.
Irene tenía una taza roja entre las manos.
Yo estaba comiendo algo de un plato azul.
La fotografía había sido tomada desde la entrada de la cocina.
—¿Cuándo fue esto? —preguntó Irene.
—No sé.
—Yo no tengo esa taza.
Observamos la imagen durante mucho tiempo.
No recordábamos que nadie nos hubiera tomado esa foto.
Ni siquiera teníamos una taza roja.
Irene sacó el marco de la habitación.
Lo dejó boca abajo sobre la mesa del comedor.
A las nueve y media sonó el timbre de la casa.
Era su hermana.
Venía de visitar a unos amigos y había pasado para dejarle un regalo.
Una taza.
Roja.
Irene no quiso abrir la caja.
Su hermana se rio, creyendo que era una broma.
Se quedó a cenar.
Cerca de las once, Irene estaba sentada en la cocina con la taza roja entre las manos.
Yo terminé de servir la comida en un plato azul porque los otros estaban en el lavavajillas.
En algún momento miramos hacia la entrada de la cocina.
Nadie estaba allí.
Pero los dos recordamos la fotografía.
Nadie habló durante el resto de la cena.
El viernes, la habitación volvió a desaparecer.
La fotografía también.
El marco que habíamos sacado había desaparecido de la mesa.
El jueves siguiente no queríamos abrir la puerta.
Apareció poco después de las seis de la mañana.
Lo sé porque me despertó Irene.
Estaba parada junto a la cama.
—Volvió.
—No entres.
—No pienso hacerlo.
Pasamos junto a ella varias veces durante la mañana.
La puerta permaneció cerrada.
Antes de salir, Irene dejó una silla delante.
No porque pensara que alguien intentaría abrir desde dentro.
Según ella, solo quería saber si la puerta podía hacerlo sola.
Cuando regresamos por la tarde, la silla seguía en el mismo lugar.
Sin embargo, la puerta estaba abierta.
Había empujado la silla apenas unos centímetros.
Desde el pasillo podíamos ver parte de la habitación.
Habían aparecido más cosas.
Un espejo.
Una pequeña cómoda.
Tres fotografías sobre la pared.
—No —dijo Irene.
Quise cerrar la puerta.
Entonces reconocí una de las fotos.
—Espera.
La imagen mostraba nuestra sala.
Yo estaba sentado en el sofá.
Irene aparecía junto a la ventana.
La foto parecía reciente.
En la segunda estábamos frente a la casa.
En la tercera aparecíamos en aquel mismo pasillo.
Frente a la puerta.
Irene se acercó.
—Eso es hoy.
Tenía razón.
Llevábamos exactamente la misma ropa.
La fotografía había sido tomada desde dentro de la habitación.
Nos mostraba observando hacia ella.
Yo tenía una mano sobre el marco de la puerta.
Irene estaba a mi lado.
—No nos movamos —dije.
Ella me miró.
—¿Qué?
—En la foto estoy tocando la puerta.
—Ya la estás tocando.
Retiré la mano inmediatamente.
Irene observó la imagen.
—Entonces ya ocurrió.
—¿Quién tomó la foto?
Ninguno respondió.
La habitación estaba vacía.
Revisé debajo de la cama.
Abrí el armario.
Nada.
Irene permaneció junto a la puerta.
—Héctor.
Su voz había cambiado.
—¿Qué?
Señaló la fotografía.
Tardé varios segundos en entender.
Había alguien más.
En el pasillo, detrás de nosotros.
Una figura.
No se distinguía el rostro.
Solo una forma oscura junto a la pared, casi confundida con la sombra.
Miré inmediatamente hacia atrás.
El pasillo estaba vacío.
Irene salió de la habitación.
—Cierra.
Lo hice.
Aquella noche dormimos en casa de su hermana.
El viernes regresamos.
La puerta había desaparecido.
Durante seis días intentamos decidir qué hacer.
Vender la casa parecía una solución.
También parecía ridículo.
¿Cómo explicábamos la razón?
Irene quería irse de todas formas.
—No necesito explicárselo a nadie.
—¿Y si aparece en otra casa?
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—No sé.
—Entonces prefiero averiguarlo en otro lugar.
El miércoles empacamos algunas cosas.
No era una mudanza todavía.
Solo pasaríamos unos días fuera.
Aquella noche, mientras guardaba ropa, noté que faltaba una camisa.
Era gris.
Una de las que usaba para trabajar.
Revisé el cesto.
Nada.
Después faltó un cinturón.
Luego una sudadera.
No le di importancia.
El jueves desperté antes que Irene.
La puerta estaba ahí.
No tuve que abrirla.
Ya estaba entreabierta.
Desde el pasillo pude ver mi camisa gris colgada dentro del armario.
Entré solo.
El cinturón estaba sobre la cama.
La sudadera, doblada encima de la cómoda.
Sentí miedo, pero también una especie de rabia.
Agarré la camisa.
En ese momento vi la fotografía.
Estaba apoyada contra el espejo.
Irene aparecía en nuestra sala.
Sola.
Había cajas de mudanza en el suelo.
La casa parecía medio vacía.
Sobre la mesa estaba nuestro álbum de bodas.
Yo no aparecía en la fotografía.
Eso no significaba nada.
No tenía por qué aparecer.
Aun así, algo en la imagen me produjo una certeza desagradable.
Revisé las demás.
Había cinco.
En una, Irene desayunaba sola.
En otra, hablaba por teléfono en el patio.
En otra, estaba acostada en el sofá.
Ninguna me incluía.
La última mostraba la pared del pasillo.
Ya no había puerta.
Irene estaba de pie frente a ella.
Tenía la mano apoyada sobre la pintura.
Parecía llorar.
Guardé la fotografía en el bolsillo.
Salí del cuarto.
Irene estaba despierta.
—¿Entraste?
—Solo para sacar mis cosas.
—Te dije que no entraras.
—Estaban ahí.
—¿Qué cosas?
Le mostré la camisa.
Irene frunció el ceño.
—Nunca había visto esa camisa.
Me reí.
Pensé que intentaba asustarme.
—La usé el lunes.
—No.
—Claro que sí.
—Héctor, no recuerdo esa camisa.
Algo en su expresión me hizo dejar de sonreír.
Saqué el teléfono.
Busqué fotografías.
Encontré una de hacía dos meses.
Yo estaba usando la camisa gris.
Se la mostré.
Irene observó la pantalla.
—Sí.
Suspiró.
—Sí, tienes razón. Perdón. Estoy demasiado nerviosa.
Quise creerle.
Salimos de casa.
Pasamos el día con su hermana.
Por la tarde ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que intenté ignorarlo.
Su hermana estaba preparando café cuando me preguntó:
—¿Cuánto tiempo llevan ustedes juntos?
—Doce años.
Irene respondió desde la sala:
—Once.
La miré.
—Doce.
Ella dudó.
—Sí. Doce.
Su hermana se rio.
—Ya empiezan a perder la cuenta.
Nadie volvió a mencionarlo.
Esa noche regresamos solo para buscar algunas cosas.
La puerta seguía allí.
No entramos.
El viernes había desaparecido.
Nos instalamos temporalmente en casa de la hermana de Irene.
Pensé que eso terminaría con todo.
La semana siguiente, el jueves por la mañana, Irene recibió una llamada de la vecina.
—Hay una puerta abierta en tu casa —dijo.
Regresamos.
La puerta había aparecido.
Aunque nosotros no habíamos dormido allí.
Eso fue peor.
Irene se quedó en la sala.
Yo fui hasta el pasillo.
No tenía intención de entrar.
Entonces vi mi reloj sobre la cama.
Era el reloj que mi padre me había regalado al terminar la universidad.
Me toqué la muñeca.
Vacía.
Había estado seguro de llevarlo al salir de casa de la hermana de Irene.
Entré.
El cuarto estaba lleno de mis cosas.
Camisas.
Zapatos.
Libros.
Documentos.
La caja donde guardaba cartas antiguas.
Incluso una fotografía de mis padres que normalmente estaba sobre mi escritorio.
No eran copias.
Lo supe porque algunas cosas ya no estaban en el resto de la casa.
Mi escritorio estaba casi vacío.
El cajón donde guardaba documentos también.
La habitación estaba llevándose mis cosas.
—Irene.
Ella no respondió.
Salí.
Estaba en la cocina, mirando una fotografía que había sacado de una caja.
—¿Qué pasa?
Irene levantó la vista.
—¿Quién es esta señora?
Me acerqué.
Era mi madre.
—Mi mamá.
Irene tardó demasiado en contestar.
—Claro.
—¿Qué quieres decir con “claro”?
—Nada.
—La conoces desde hace doce años.
—Héctor, estoy cansada.
—Dime cómo se llama.
Su expresión cambió.
—No hagas esto.
—Dime su nombre.
Irene abrió la boca.
No dijo nada.
Vi miedo en sus ojos.
Pero no estaba segura de qué le daba miedo.
La habitación.
O yo.
Me acerqué.
Ella retrocedió.
—¿Por qué te apartas?
—No sé.
—Soy yo.
—Ya sé.
—Entonces mírame.
Irene lo hizo.
Durante varios segundos pareció buscar algo en mi cara.
—Sé quién eres —dijo finalmente.
No sonó convencida.
Esa noche no nos quedamos.
Dormimos separados en casa de su hermana.
A las dos de la madrugada desperté y escuché voces en la cocina.
Irene hablaba muy bajo.
No quería escuchar.
Escuché de todos modos.
—Claro que sé quién es.
Pausa.
—Es Héctor.
Otra pausa.
—No sé.
Me incorporé.
La voz de su hermana llegó apenas hasta el pasillo.
No entendí las palabras.
Después Irene dijo:
—Solo tengo que verlo para acordarme.
No dormí.
A la mañana siguiente era viernes.
La puerta habría desaparecido.
Yo también quería desaparecer de esa casa.
Pero antes necesitaba recuperar mis documentos, mis fotografías y el reloj.
Regresé solo.
El pasillo estaba normal.
No había puerta.
Mis cosas tampoco estaban.
Abrí cajones.
Revisé armarios.
Nada.
Todo lo que había visto dentro del cuarto el jueves había desaparecido con él.
Llamé a Irene.
—Mis documentos no están.
Silencio.
—¿Qué documentos?
—Los míos.
—Héctor...
—Mi pasaporte. Mis papeles. La escritura de la casa. Todo.
—La escritura está aquí.
—¿Dónde?
—La tiene mi hermana.
—Mírala.
Escuché papeles.
Después silencio.
—¿Qué dice?
Irene tardó en responder.
—Mi nombre.
—¿Y?
—Solo mi nombre.
Me senté en el suelo del pasillo.
La casa estaba a nombre de los dos.
O lo había estado.
—Busca nuestras fotos de boda.
—No quiero seguir haciendo esto.
—Hazlo.
Irene empezó a llorar.
—No encuentro ninguna donde estés tú.
No respondí.
—Héctor, ¿qué está pasando?
Yo tampoco lo sabía.
El resto de la semana fue peor.
Las cosas dejaron de desaparecer porque casi no me quedaban cosas en la casa.
Pero desaparecí de otros lugares.
Mi nombre ya no figuraba en algunos documentos.
Mi fotografía faltaba en álbumes.
Mi contacto desapareció del teléfono de Irene.
Su hermana dejó de reconocer mi número cuando llamaba.
El miércoles por la noche, Irene aceptó verme.
Nos encontramos en una cafetería.
Se sentó frente a mí con las manos alrededor de una taza.
—Te recuerdo.
—Bien.
—Pero tengo que esforzarme.
La frase dolió más de lo que esperaba.
—¿Qué recuerdas?
—Nuestra casa.
—Eso no es sobre mí.
—Ibas conmigo.
—¿Dónde nos conocimos?
Irene cerró los ojos.
No respondió.
—¿Dónde nos casamos?
—No sé.
—¿Cómo se llamaba mi papá?
—Héctor, basta.
—¿Qué comida odio?
Golpeó la mesa con la palma.
Varias personas nos miraron.
—¡Basta!
Nos quedamos en silencio.
Irene respiró hondo.
—Mañana no vayas a la casa.
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Ahí está todo lo que demuestra que existí contigo.
Me miró con una tristeza extraña.
—Precisamente por eso.
El jueves llegué antes de que amaneciera.
La puerta ya estaba allí.
No necesitaba luz para reconocerla.
Entré.
La habitación estaba distinta.
Ya no parecía un dormitorio de invitados.
Parecía un almacén.
Mi vida estaba dentro.
Toda.
Ropa.
Fotografías.
Libros.
Recuerdos.
Mi título universitario.
Las llaves del primer departamento donde Irene y yo habíamos vivido.
Una entrada de cine que ella había guardado durante años.
Nuestro álbum de boda.
El traje que usé aquel día.
La habitación no estaba copiando mis cosas.
Las estaba retirando.
Una por una.
Como si alguien estuviera borrando una casa antes de entregarla a otra persona.
Abrí el álbum.
Irene aparecía en las fotografías.
Yo también.
Por primera vez en varios días sentí alivio.
Pasé las páginas rápidamente.
Nuestra boda.
Un viaje.
Cumpleaños.
Navidades.
La casa recién comprada.
Entonces llegué a la última página.
Había una fotografía nueva.
Mostraba el pasillo.
Irene estaba frente a la puerta.
Yo aparecía dentro de la habitación.
Ella sujetaba la manija.
La imagen había sido tomada desde detrás de mí.
Sentí que la piel de los brazos se me erizaba.
Alguien respiró a mi espalda.
Me giré.
No había nadie.
Salí inmediatamente al pasillo.
Irene estaba entrando por la puerta principal.
—Te dije que no vinieras.
—Mira esto.
Le mostré el álbum.
Irene se quedó inmóvil.
—¿Qué es?
—Nuestro álbum de bodas.
No lo tocó.
—No estoy casada.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—No estoy casada.
—Irene.
Retrocedió.
—¿Cómo sabes mi nombre?
La casa quedó completamente silenciosa.
—Soy Héctor.
Nada en su rostro cambió.
—Héctor quién.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Saqué el teléfono.
Busqué fotografías.
Casi todas habían desaparecido.
Encontré una.
Irene y yo frente al mar.
Se la mostré.
Miró la pantalla.
—Esa soy yo.
—Y ese soy yo.
—No sé quién eres.
Entonces miró hacia la habitación.
Su expresión se transformó.
—¿Qué es eso?
La puerta seguía abierta.
—No entres.
Irene se acercó.
—Esa habitación no existe.
La frase me hizo sentir un terror distinto.
No porque tuviera razón.
Porque era exactamente lo que nosotros habíamos dicho semanas atrás.
Ella miró hacia dentro.
Vio mis cosas.
—¿Todo eso es tuyo?
Asentí.
Irene volvió a observarme.
Ahora sí parecía asustada.
—¿Por qué tienes fotografías mías?
No supe qué responder.
Sacó el teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
—Espera.
—Iré afuera.
—Irene, por favor.
Retrocedió hacia la entrada.
La fotografía del álbum apareció en mi mente.
Ella frente a la puerta.
Yo dentro.
Su mano en la manija.
Miré hacia la habitación.
Luego hacia ella.
Comprendí demasiado tarde.
—No cierres esa puerta.
Irene se detuvo.
—¿Qué?
—No la cierres.
Quise caminar hacia ella.
Tropecé con una caja.
Solo fue un segundo.
Cuando levanté la vista, Irene ya estaba junto a la puerta del cuarto.
No sé por qué había llegado hasta allí.
Tal vez quiso comprobar que no hubiera otra salida.
Tal vez solo quería alejarme de ella.
Su mano estaba sobre la manija.
Exactamente como en la fotografía.
—No.
La puerta empezó a cerrarse.
Corrí.
—Irene.
Ella gritó.
—¡No te acerques!
La puerta se cerró.
Escuché el clic de la cerradura.
Agarré la manija.
No se movió.
Golpeé.
—Irene.
No respondió.
—Abre.
Silencio.
Golpeé más fuerte.
—Soy yo.
Nada.
Durante varios minutos intenté abrir.
Después escuché pasos en el pasillo.
Me quedé quieto.
—Irene.
Los pasos se acercaron.
Una voz masculina habló afuera.
—¿Hay alguien ahí?
No conocía esa voz.
—Sí.
—¿Quién?
—Héctor.
Silencio.
Después escuché a Irene.
—¿Quién está hablando?
El hombre respondió:
—No sé.
Golpeé la puerta.
—Irene, abre.
Ella soltó un pequeño grito.
El hombre dijo:
—Voy a llamar a la policía.
—No. Esperen.
Intenté explicar.
No sabía cómo.
No había palabras para decirle a una mujer que durante doce años había sido mi esposa cuando para ella yo ya era un desconocido encerrado detrás de una puerta imposible.
Los pasos se alejaron.
Miré la habitación.
Mis cosas continuaban allí.
Sobre la cómoda encontré la fotografía del pasillo.
Había cambiado.
Irene seguía frente a la puerta.
Yo ya no aparecía.
En mi lugar solo había oscuridad.
No sé cuánto tiempo pasó.
La luz que entraba por la ventana comenzó a apagarse.
Me senté en el suelo.
Esperé escuchar a la policía.
Esperé escuchar a Irene.
Esperé cualquier cosa.
No escuché nada.
En algún momento me quedé dormido.
Cuando desperté, la habitación estaba oscura.
Busqué el teléfono.
No tenía señal.
La puerta no abría.
La ventana tampoco.
No sé cuánto duró aquel viernes.
Ni el sábado.
Ni los días siguientes.
Dentro de la habitación nunca amanecía completamente.
Tampoco oscurecía del todo.
Comencé a perder la noción del tiempo.
Hasta que una mañana escuché algo.
Voces.
Muy cerca.
Me levanté.
La puerta tenía luz alrededor del marco.
Después de tantos días, aquella línea clara me pareció imposible.
Escuché a una mujer.
—¿Eso estaba ahí ayer?
Un hombre respondió:
—No.
Me acerqué.
La manija giró desde afuera.
Retrocedí.
La puerta se abrió.
Al otro lado no estaba mi pasillo.
Había otra casa.
Otro color de paredes.
Otros muebles.
Una pareja que yo nunca había visto me observaba desde el corredor.
El hombre se quedó inmóvil.
La mujer miró por encima de su hombro hacia el resto de la casa.
—Te juro que ayer aquí solo había pared.
Ninguno parecía verme.
El hombre dio un paso hacia la habitación.
Yo intenté hablar.
La voz apenas me salió.
—No entren.
Él no reaccionó.
Miró la cama.
El armario.
La cómoda.
Después tomó una fotografía que había aparecido sobre la mesa de noche.
La observó.
Su rostro perdió el color.
La mujer se acercó.
—¿Qué pasa?
Él le mostró la imagen.
No pude verla.
Pero entonces ambos levantaron lentamente la mirada hacia el fondo de la habitación.
Hacia mí.
La mujer susurró:
—¿Quién es ese hombre?
El hombre cerró la puerta.
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