
El primer crujido llegó desde la silla más alejada de la recepción.
Elisa levantó la vista de la computadora.
La sala de espera estaba vacía.
Eran casi las once de la noche y la pequeña clínica ya había atendido al último paciente. Solo quedaban ella y el doctor Esteban, que terminaba unas notas en uno de los consultorios del fondo.
Frente al escritorio había siete sillas de plástico gris distribuidas junto a la pared.
Elisa las conocía demasiado bien.
Cada vez que alguien se sentaba, el respaldo cedía un poco y el plástico producía un sonido seco, reconocible incluso desde recepción.
Había escuchado exactamente eso.
La última silla de la fila parecía normal.
Elisa esperó unos segundos.
No ocurrió nada.
Volvió a la pantalla.
Entonces la silla crujió otra vez.
Esta vez la vio moverse.
El asiento descendió apenas.
No mucho.
Lo suficiente para que las patas delanteras se abrieran unos milímetros bajo el peso de algo que no estaba allí.
Elisa dejó de escribir.
La silla permaneció hundida.
Parecía ocupada.
No había ninguna bolsa encima.
Ningún abrigo.
Nadie escondido detrás.
Solo el plástico soportando un peso invisible.
—Doctor.
No gritó.
Ni siquiera supo por qué habló en voz tan baja.
Desde el pasillo respondió Esteban.
—¿Sí?
Elisa seguía mirando la silla.
—¿Puede venir un momento?
—Dame un minuto.
La silla recuperó lentamente su forma.
El plástico produjo otro pequeño crujido al subir.
Elisa sintió que se le erizaban los brazos.
Antes de que pudiera levantarse, la silla siguiente cedió.
El mismo sonido.
La misma presión.
La primera estaba vacía otra vez.
La segunda parecía tener a alguien sentado.
Elisa retrocedió dentro de su propia silla.
No fue un golpe.
No fue un movimiento brusco.
Aquello resultaba peor precisamente porque era lento.
Normal.
Como una persona que se hubiera levantado de un asiento para ocupar el siguiente.
—Doctor.
Esta vez habló más fuerte.
Esteban apareció desde el corredor con una carpeta en la mano.
—¿Qué pasa?
Elisa señaló.
—Mire las sillas.
Esteban miró hacia la sala.
La segunda seguía ligeramente hundida.
—¿Qué tienen?
—Esa.
—¿Cuál?
—La segunda.
Esteban se acercó.
A medida que avanzaba, la silla recuperó su forma.
Él se detuvo.
—¿Eso era?
—Estaba hundida.
—Puede estar floja.
—La de al lado también.
Esteban movió la primera con una mano.
Después la segunda.
Ambas estaban firmes.
—Son sillas baratas, Elisa.
—No fue eso.
El médico la miró.
—¿Qué viste?
Elisa dudó antes de responder.
Decirlo en voz alta lo volvía mucho más absurdo.
—Parecía que alguien se había sentado.
Esteban miró nuevamente la fila.
—¿Alguien?
—No había nadie.
Él sonrió ligeramente.
No para burlarse. Más bien con la incomodidad de quien intenta quitarle importancia a algo que no comprende.
—Has estado aquí desde las dos de la tarde.
—Estoy cansada, pero no tanto.
—No dije que imaginaras cosas.
—Lo está pensando.
Esteban levantó las manos.
—Voy a terminar rápido y nos vamos.
Regresó al consultorio.
Elisa lo vio alejarse.
Esperó hasta escuchar cerrarse la puerta del fondo.
La sala permaneció quieta.
Siete sillas.
Una mesa pequeña con revistas.
Una planta artificial.
La televisión apagada sobre la pared.
Todo normal.
Elisa dejó de mirar.
Entonces escuchó el crujido.
No provenía de la segunda silla.
Era la tercera.
Giró inmediatamente.
El asiento acababa de hundirse.
La silla anterior estaba libre.
Elisa sintió un escalofrío.
La fila comenzaba en el extremo más lejano de la recepción y terminaba cerca de su escritorio.
Aquello estaba avanzando.
Una silla cada vez.
Elisa se puso de pie.
El peso permaneció sobre la tercera.
—Esto no tiene gracia.
Su voz sonó demasiado fuerte en la clínica vacía.
La silla no reaccionó.
Ella rodeó el escritorio.
No quería acercarse, pero tampoco soportaba observar desde lejos.
Se detuvo a unos tres metros.
—¿Hay alguien aquí?
Nada respondió.
La tercera silla recuperó su forma.
Elisa miró inmediatamente la cuarta.
No ocurrió nada.
Esperó.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Empezó a creer que se había detenido.
El plástico de la cuarta silla crujió.
Elisa retrocedió.
El asiento descendió.
Esta vez vio algo más.
El respaldo también se inclinó un poco hacia atrás.
No podía atribuirlo a una deformación.
Una silla defectuosa podía ceder.
Dos quizá.
Cuatro consecutivas, una después de otra, no.
Aquello estaba sentándose.
Y cada vez quedaba más cerca.
Elisa caminó rápidamente hacia el corredor.
—Esteban.
Él salió del consultorio.
—¿Otra vez?
—Venga.
—Elisa...
—Venga ahora.
Su tono hizo que el médico dejara la carpeta.
Regresaron juntos.
La cuarta silla seguía hundida.
Esteban la vio.
Esta vez no dijo nada.
Elisa señaló.
—¿La ve?
Él asintió lentamente.
—No la toque.
Esteban tampoco parecía tener intención de hacerlo.
Permanecieron a distancia.
El plástico crujió.
La silla se levantó.
Ambos miraron la siguiente.
Elisa sintió el pulso en el cuello.
Pasaron varios segundos.
La quinta silla cedió.
Esteban retrocedió.
—Eso no es normal.
—Se lo dije.
Él se acercó un poco.
—¿Hay alguien debajo?
—No hay nadie.
—Tiene que haber alguna explicación.
—Mírela.
La silla permanecía comprimida.
Esteban se agachó sin acercarse demasiado.
Desde ese ángulo podía ver debajo del asiento.
—No hay nada.
Elisa sintió que escuchar al médico confirmarlo empeoraba todo.
—Tenemos que irnos.
Esteban se enderezó.
—Sí.
No discutió.
Elisa volvió rápidamente al escritorio para tomar el bolso, el teléfono y las llaves.
La quinta silla recuperó su forma.
La sexta crujió.
Era la penúltima.
Elisa se quedó inmóvil.
Ahora solo quedaba una silla entre aquello y la recepción.
Esteban miró la fila.
—No esperemos.
Elisa agarró el bolso.
Para salir por la puerta principal tenían que cruzar la sala de espera.
La sexta silla estaba a pocos pasos de esa salida.
Elisa miró hacia el corredor.
Había una puerta trasera junto al área de personal.
—Vamos por atrás.
Esteban asintió.
Caminaron deprisa hacia el fondo.
Elisa no quería mirar otra vez.
Lo hizo antes de doblar el corredor.
La sexta silla acababa de levantarse.
Esperó el siguiente crujido.
No llegó.
La séptima permaneció intacta.
Elisa se quedó observando.
—¿Qué haces? —preguntó Esteban.
—No pasó a la última.
—Mejor.
Ella no sintió alivio.
Aquello había seguido una secuencia perfecta hasta entonces.
Primera.
Segunda.
Tercera.
Cuarta.
Quinta.
Sexta.
¿Por qué detenerse?
Elisa examinó la sala.
La última silla estaba más cerca del escritorio que las demás.
Pero no era el asiento más próximo a recepción.
Había otra silla.
Una pequeña silla tapizada frente al escritorio, destinada a pacientes que necesitaban llenar formularios o hablar con Elisa.
El crujido llegó desde allí.
Elisa sintió que el estómago se le endurecía.
La silla tapizada se hundió.
Esteban soltó una maldición en voz baja.
Aquello no estaba recorriendo una fila.
Estaba eligiendo lugares donde sentarse.
Y ahora estaba justo frente al lugar donde Elisa trabajaba.
—Vámonos —dijo Esteban.
Elisa siguió mirándola.
La tela del asiento permanecía comprimida en el centro.
El respaldo cedía bajo una presión invisible.
Desde su posición parecía exactamente lo que había visto cientos de veces cuando un paciente se sentaba a esperar un documento.
Solo faltaba la persona.
Elisa retrocedió por el pasillo.
La silla se levantó.
Ambos esperaron.
No hubo otro crujido.
Esteban abrió la puerta del área de personal.
—Ven.
Elisa dio un paso.
Entonces escuchó el sonido detrás de ella.
Mucho más cerca.
Giró.
Su propia silla giratoria, detrás del escritorio, acababa de descender.
El asiento estaba hundido.
El respaldo se inclinó ligeramente hacia atrás.
Como si alguien acabara de sentarse en el lugar que ella había dejado libre.
Elisa dejó caer las llaves.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Esteban la agarró del brazo.
—No las recojas.
—Mis llaves.
—Tengo las mías.
Elisa seguía mirando su silla.
Aquello había cruzado la recepción.
Ya no estaba frente a su escritorio.
Estaba detrás.
En su lugar.
—Vamos.
Salieron por la puerta trasera.
Esteban cerró con llave.
Afuera había un pequeño estacionamiento para empleados.
Elisa caminó hasta el automóvil del médico sin mirar hacia las ventanas de la clínica.
Solo cuando estuvo dentro se permitió respirar con normalidad.
Esteban encendió el motor.
—No vuelvas a entrar.
—Mis cosas están ahí.
—Mañana las recogemos.
Elisa miró hacia la puerta trasera.
—¿Qué fue eso?
—No sé.
—Lo viste.
—Sí.
—Viste mi silla.
Esteban apretó el volante.
—Sí.
Ninguno habló durante el camino.
Elisa durmió poco.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba la secuencia de crujidos.
No la silla moviéndose.
No una aparición.
Solo ese sonido cotidiano que había escuchado miles de veces.
El plástico soportando el peso de alguien.
La mañana siguiente llegó a la clínica acompañada de Esteban y Rosa, la administradora.
Rosa escuchó la explicación con una expresión que alternaba entre preocupación y desconcierto.
—¿Entró alguna persona después de cerrar?
—No —respondió Elisa.
—¿Algún paciente pudo quedarse adentro?
—Revisamos todo antes.
—¿La alarma?
—No se activó.
Rosa abrió la puerta principal.
Entraron.
La sala de espera estaba igual que siempre.
Las siete sillas junto a la pared.
La mesa con revistas.
La planta artificial.
La silla tapizada frente a recepción.
La silla de Elisa detrás del escritorio.
Todo en su sitio.
Rosa movió cada asiento.
Ninguno parecía roto.
Elisa no quiso participar.
Recogió sus llaves.
Después su bolso.
—Me voy.
Rosa la miró.
—¿No vas a trabajar?
—Hoy no.
Esteban intervino.
—Déjala.
Elisa estaba a punto de salir cuando escuchó un crujido.
Los tres se detuvieron.
La primera silla de la fila acababa de hundirse.
Rosa dejó de mover la que tenía entre las manos.
Elisa sintió que el miedo regresaba de inmediato.
—¿Lo vio?
Rosa no respondió.
La primera silla recuperó su forma.
La segunda cedió.
Rosa retrocedió.
—¿Qué diablos...?
La segunda se levantó.
La tercera crujió.
Elisa caminó hacia la puerta.
—No voy a esperar otra vez.
Esteban salió detrás de ella.
Rosa tardó apenas unos segundos en seguirlos.
Cerraron la clínica.
Durante aquella mañana cancelaron las primeras citas y llamaron a mantenimiento.
Elisa no quiso saber qué buscaban.
Tampoco quería que le explicaran que no habían encontrado nada.
Regresó dos días después porque necesitaba trabajar.
No podía abandonar el empleo por algo que no sabía nombrar.
Rosa había cambiado todas las sillas de la sala de espera.
—No porque crea que estaban embrujadas —aclaró—. Solo para que te sientas más tranquila.
Las nuevas eran de metal y tela azul.
No crujían tanto.
Eso ayudó.
Durante tres noches no ocurrió nada.
La cuarta, Elisa volvió a cerrar con Esteban.
A las diez y media atendieron al último paciente.
A las once, la clínica quedó vacía.
Elisa sintió miedo desde el momento en que escuchó cerrarse la puerta principal.
Intentó ignorarlo.
Terminó unos correos.
Ordenó documentos.
No miró las sillas.
A las once y doce escuchó un pequeño gemido metálico.
Cerró los ojos.
La primera silla azul estaba hundida.
No era el mismo modelo.
No era el mismo plástico.
No importaba.
Había alguien sentado.
Elisa se levantó inmediatamente.
—Esteban.
Él apareció en el corredor.
Vio la silla.
—Nos vamos.
No intentaron comprobar nada.
Caminaron hacia la salida trasera.
Entonces la primera silla se levantó.
La segunda recibió el peso.
Elisa aceleró.
Antes de llegar al corredor escuchó la tercera.
Después la cuarta.
Aquello avanzaba mucho más rápido.
Una silla.
Otra.
Otra.
Ya no esperaba un minuto entre ellas.
El sonido viajaba por la sala detrás de Elisa.
Cric.
Unos pasos.
Otro crujido.
Después otro.
Ella no quiso mirar.
—Sigue caminando —dijo Esteban.
Llegaron al área de personal.
Allí había una silla de plástico junto a los casilleros.
Elisa la vio.
Y supo lo que iba a ocurrir.
—Quítala.
Esteban la agarró y la levantó.
—¿Dónde?
—Donde sea.
La dejó acostada sobre una mesa.
Durante un segundo no pasó nada.
Entonces la silla crujió de todos modos.
Acostada.
El asiento se hundió lateralmente como si un peso imposible estuviera intentando sentarse en ella aunque ya no estuviera apoyada sobre sus patas.
Esteban la soltó.
La silla cayó al suelo.
Elisa gritó.
Corrieron hacia la puerta trasera.
Esteban abrió.
Elisa cruzó primero.
Él salió detrás.
Cerraron.
A través de la pequeña ventana de la puerta podían ver parte del área de personal.
La silla permanecía caída.
No se movía.
Elisa respiró profundamente.
—Se acabó.
Esteban no respondió.
Miraba a través del vidrio.
—¿Qué?
Él señaló.
Elisa no quería acercarse.
Terminó haciéndolo.
Al fondo del área de personal había otra silla.
La que utilizaban cuando alguien comía durante el descanso.
Estaba vacía.
El asiento descendió.
Elisa retrocedió.
—No.
La silla se levantó.
Luego escucharon algo desde el interior.
Un crujido diferente.
Más profundo.
No podían verlo desde aquella ventana.
Elisa supo de inmediato qué asiento era.
La silla de recepción.
Su silla.
El mismo respaldo acolchado.
El mismo mecanismo que se quejaba cada vez que ella se inclinaba hacia atrás.
Esteban intentó mirar desde otro ángulo.
—No entres.
—No voy a entrar.
Otro crujido.
La silla seguía ocupada.
Pasaron unos segundos.
Después escucharon el ruido de sus ruedas desplazándose un poco sobre el suelo.
Elisa sintió que le faltaba aire.
Su silla tenía ruedas.
Todas las anteriores permanecían donde alguien se sentaba.
Aquella podía moverse.
Un pequeño roce.
Después otro.
Esteban también lo entendió.
Ambos retrocedieron de la puerta.
El sonido avanzó desde recepción hacia el corredor.
Una rueda girando.
Otra trabándose ligeramente.
La silla se desplazaba.
Sin nadie visible.
Elisa corrió hacia el estacionamiento.
Esteban la siguió.
Ya no esperaron a escuchar más.
La clínica cerró durante una semana.
Rosa no volvió a cambiar las sillas.
Quitó casi todas.
Cuando reabrieron, en la sala de espera solo dejaron tres bancos largos sujetos a la pared.
No había sillas individuales.
En recepción cambiaron la silla de Elisa por un banco fijo.
En el área de personal retiraron los asientos que no eran indispensables.
Elisa sabía que aquello era absurdo.
También sabía que Rosa había visto suficiente como para aceptar hacerlo.
Durante casi dos meses no volvió a pasar nada.
Elisa empezó a recuperar cierta normalidad.
Todavía odiaba quedarse hasta tarde.
Todavía se tensaba cuando un paciente se sentaba y escuchaba crujir un asiento.
Pero podía trabajar.
Eso era suficiente.
Una tarde llegó una mujer mayor acompañada de su hijo.
La sala estaba llena.
Los tres bancos estaban ocupados.
El hijo preguntó:
—¿No tendrán una silla para mi mamá?
Elisa miró hacia el área de personal.
Había una plegable guardada en un armario.
Dudó.
La mujer parecía cansada.
—Un momento.
Sacó la silla.
La abrió cerca de recepción.
—Puede sentarse aquí.
La señora agradeció.
Esperó unos veinte minutos.
Después entró al consultorio con su hijo.
Elisa quedó sola en recepción.
La silla plegable permaneció abierta frente al escritorio.
Pensó en guardarla.
No lo hizo inmediatamente.
Tenía una llamada.
Después llegó un correo.
Pasaron quizá cinco minutos.
Entonces escuchó el crujido.
La silla plegable descendió.
Elisa dejó el teléfono.
No había nadie en ella.
Durante dos meses había logrado convencerse de que aquello necesitaba una fila.
Un recorrido.
Varias sillas.
Algo que le permitiera avanzar desde lejos.
Estaba equivocada.
Ya no necesitaba ninguna de esas cosas.
Solo una silla vacía.
Elisa se puso de pie muy despacio.
El asiento permanecía hundido.
Frente a ella.
A menos de un metro.
No llamó al médico.
No intentó entender.
Agarró su bolso.
La silla se levantó.
Elisa retrocedió.
Esperó el siguiente sonido.
No llegó desde la sala de espera.
Tampoco desde el área de personal.
Llegó detrás del escritorio.
El banco fijo que habían instalado para ella no podía girar.
No tenía ruedas.
Ni mecanismo.
Era una estructura de metal atornillada al suelo con un pequeño asiento acolchado.
Aun así, el cojín se hundió.
Elisa lo miró.
La superficie se comprimía lentamente, como si alguien acabara de sentarse exactamente donde ella trabajaba.
Entonces ocurrió algo que nunca había pasado.
El asiento no volvió a subir.
El peso permaneció allí.
Elisa salió de recepción.
Cruzó la sala.
Abrió la puerta principal.
Antes de marcharse miró una última vez.
La silla plegable estaba vacía.
Los bancos estaban vacíos.
Toda la clínica parecía normal.
Excepto su asiento.
Seguía hundido.
Como si alguien se hubiera quedado esperándola.
Elisa renunció esa misma semana.
Nunca supo qué ocurrió después.
Rosa dejó de hablar del tema y Esteban solo le dijo que la clínica ya no cerraba con una sola persona dentro.
Elisa tampoco volvió a preguntar.
No quería saber si los crujidos continuaban.
No quería saber si aquella cosa seguía recorriendo los asientos cuando caía la noche.
Durante mucho tiempo creyó que lo peor había sido verla acercarse una silla a la vez.
Ahora sabe que no.
Lo peor fue entender que nunca estuvo acercándose para hacerle daño.
Estaba buscando dónde sentarse.
Y durante semanas, cada vez que llegaba hasta recepción, encontraba ocupado el único lugar que quería.
Por eso Elisa tiene una costumbre que nadie entiende.
Cuando entra a una sala de espera, a una oficina o a cualquier lugar con sillas vacías, nunca elige la más apartada.
Tampoco se sienta junto a la salida.
Primero mira todos los asientos.
Después escucha.
Porque todavía teme encontrar una silla que cruje antes de que alguien se siente.
Y saber que esta vez el lugar que aquello estaba buscando quizá no era el suyo.
Era el asiento vacío a su lado.
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