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La habitación 214 nunca figura como ocupada

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La habitación 214 nunca figura como ocupada

A las dos y diecisiete de la madrugada, el teléfono de recepción sonó desde una habitación que estaba vacía.

Jimena miró la pantalla.

214.

Durante unos segundos no hizo nada.

El hotel estaba casi en silencio. Solo quedaban seis habitaciones ocupadas esa noche, todas en el tercer piso. La 214 llevaba cerrada desde hacía meses.

Volvió a sonar.

214.

Jimena descolgó.

—Recepción, buenas noches.

No hubo respuesta.

Escuchó estática.

Luego una respiración.

Muy suave.

—¿Hola?

Nada.

Jimena miró hacia el pasillo que conducía a los ascensores.

La puerta principal del hotel estaba cerrada.

El vigilante hacía su ronda afuera.

El recepcionista del turno anterior ya se había ido.

Estaba sola.

—¿Necesita algo?

La respiración continuó.

Después una voz masculina habló.

—No puedo dormir.

Jimena se quedó inmóvil.

La voz era baja.

Cansada.

Normal.

—Señor, ¿desde qué habitación llama?

Silencio.

Ella miró otra vez la pantalla.

214.

—¿Señor?

—Hay alguien en la pared.

Jimena sintió un escalofrío.

—¿Cómo dice?

—No deja de golpear.

En ese momento la llamada se cortó.

Jimena dejó el teléfono lentamente.

Abrió el sistema de reservas.

Habitación 214.

Fuera de servicio.

Sin huésped asignado.

Sin tarjeta activa.

Sin registro de entrada.

La habitación llevaba ciento cuarenta y tres días bloqueada por una filtración que ya había sido reparada, pero la gerencia todavía no la había devuelto al sistema.

Jimena llamó al vigilante.

—Óscar, ¿estás cerca del segundo piso?

—Estoy en el estacionamiento.

—Cuando termines, ¿puedes revisar la 214?

—¿Pasó algo?

Jimena dudó.

—Creo que alguien entró.

—¿Cómo?

—No sé.

—Voy.

Esperó detrás del mostrador.

Cinco minutos después, Óscar apareció en el monitor del pasillo del segundo piso.

Jimena lo vio caminar hasta la 214.

Probó la manija.

Cerrada.

Sacó la llave maestra.

Entró.

La imagen de la cámara no mostraba el interior.

Jimena esperó.

Un minuto.

Dos.

Óscar volvió a salir.

Llamó desde el teléfono del pasillo.

—Vacía.

—¿Seguro?

—Cama tendida. Ventana cerrada. Nada raro.

—¿El teléfono?

—Ahí está.

—¿Funciona?

Pausa.

—No.

Jimena frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—No tiene cable.

Ella se quedó mirando la pantalla.

—¿Estás seguro?

—Sí. Está sobre la mesa de noche, pero el cable está cortado. Parece viejo.

Jimena no respondió.

Óscar soltó una risa breve.

—Algún fallo del sistema.

—Sí.

—¿Algo más?

—No.

Colgó.

Durante casi una hora no ocurrió nada.

A las tres y ocho, bajó un huésped del tercer piso.

Era un hombre mayor, con bata y pantuflas.

—Disculpe.

—Dígame.

—¿Puede llamar a la habitación de al lado?

—¿Cuál?

—La 314.

Jimena revisó.

—Está vacía.

El hombre la miró molesto.

—Pues dígales que dejen de golpear.

—¿Golpear?

—La pared. Desde hace media hora.

Jimena sintió un nudo en el estómago.

—¿Está seguro de que viene de ahí?

—Claro.

—Voy a revisarlo.

—No hace falta que suba usted. Solo llame.

—No hay nadie registrado.

El hombre dejó de parecer molesto.

—Pues alguien hay.

Jimena llamó a Óscar otra vez.

Él subió.

La 314 estaba vacía.

La pared compartida con la habitación del huésped no tenía nada extraño.

El hombre volvió a su habitación.

Jimena intentó convencerse de que todo era coincidencia.

A las cuatro menos cuarto, una pareja bajó con dos maletas.

—Queremos irnos.

Jimena miró la hora.

—¿Ocurrió algo?

La mujer fue la primera en hablar.

—No podemos dormir.

—¿Ruido?

—Sí.

El hombre añadió:

—Alguien toca la puerta y luego no hay nadie.

Jimena tragó saliva.

—¿Qué habitación tienen?

—326.

Revisó.

La 325 estaba vacía.

La 327 también.

—¿Vieron a alguien?

—No.

La mujer se abrazó a sí misma.

—Pero alguien dijo mi nombre.

Jimena levantó la vista.

—¿Desde dónde?

—Desde el pasillo.

—¿Está segura?

—Sí.

El hombre negó con la cabeza.

—No fue desde el pasillo.

Su esposa lo miró.

—Claro que sí.

—No.

Él bajó la voz.

—Fue desde la pared.

La pareja abandonó el hotel a las cuatro y siete.

Jimena se quedó sola otra vez.

A las cuatro y veinte abrió el registro de incidencias.

No escribió nada.

No sabía qué poner.

“Habitación vacía llama a recepción.”

“Voces en paredes.”

“Golpes sin origen.”

Cerró la ventana.

A las cuatro y treinta y uno, el teléfono volvió a sonar.

214.

Jimena no contestó.

Sonó una vez.

Dos.

Tres.

Dejó de sonar.

A los diez segundos, volvió.

214.

Jimena apartó la silla.

El teléfono siguió.

Finalmente descolgó.

No habló.

Escuchó.

Respiración.

La misma.

Luego la voz.

—No vino.

Jimena apretó el auricular.

—¿Quién habla?

—La señorita no vino.

—¿Qué señorita?

—La de recepción.

Jimena sintió que el corazón le golpeaba más fuerte.

—Estoy en recepción.

Silencio.

Después:

—No.

Jimena miró alrededor.

Mostrador.

Computadora.

Lámpara.

Lobby vacío.

—Sí.

La voz respiró.

—Usted todavía no.

La llamada se cortó.

Jimena soltó el teléfono.

No volvió a tocarlo.

A las seis llegó el relevo.

Se llamaba Mariela.

Jimena le contó parte de lo ocurrido.

No todo.

—Debe ser la central —dijo Mariela—. A veces cruza extensiones.

—La 214 no tiene cable.

Mariela dejó de escribir.

—¿Cómo?

—Óscar revisó.

—Entonces habrá algún desvío viejo.

—Tal vez.

Jimena se fue a casa.

Durmió mal.

Esa tarde recibió un mensaje de Mariela.

“¿La 214 te llamó a ti también?”

Jimena se sentó en la cama.

Respondió:

“Sí.”

Mariela tardó un minuto.

“Pensé que estabas bromeando.”

“¿Qué pasó?”

“Llamó a las 11:12.”

Jimena miró la hora del mensaje.

Cinco de la tarde.

“¿Qué dijo?”

Mariela respondió:

“Preguntó por ti.”

Jimena no volvió al hotel esa noche.

Llamó diciendo que estaba enferma.

Al día siguiente habló con el administrador.

Se llamaba Rafael.

Tenía cincuenta y tantos años y llevaba más de veinte trabajando allí.

Jimena intentó contarle todo sin sonar absurda.

Él escuchó en silencio.

Cuando mencionó la 214, algo cambió en su expresión.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—La conoce.

—Es una habitación.

—¿Por qué lleva meses fuera de servicio?

—Problemas de humedad.

—Eso ya lo arreglaron.

Rafael acomodó unos papeles.

—Todavía no está lista.

—¿Por qué?

No respondió.

—Rafael.

Él suspiró.

—Antes no era una habitación.

Jimena frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Era parte del almacén.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Y luego?

—La remodelaron.

—¿Por qué sigue cerrada?

Rafael se levantó.

—Porque cada cierto tiempo da problemas.

—¿Qué problemas?

Silencio.

—Gente que escucha cosas.

Jimena sintió frío.

—¿Qué cosas?

—Golpes.

—¿Voces?

Rafael no respondió.

Eso fue suficiente.

—¿Desde cuándo?

—No sé.

—Sí sabe.

—Desde antes de que yo empezara aquí.

Jimena se quedó mirándolo.

—Entonces ¿por qué no la clausuran de verdad?

—Porque no pasa siempre.

—Anoche llamó por teléfono.

—Eso no puede pasar.

—Ya lo sé.

Rafael se frotó la frente.

—No subas sola.

—No pensaba hacerlo.

—Y si vuelve a llamar, no contestes.

Jimena sintió una incomodidad distinta.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Jimena volvió al turno nocturno dos días después.

No quería.

Pero necesitaba el trabajo.

A las once, el hotel estaba lleno a medias.

A medianoche, nada.

A la una, nada.

A la una y cuarenta y cinco, un huésped se acercó al mostrador.

—¿Puede darme otra habitación?

—¿Qué ocurre?

—El de al lado ronca.

Jimena revisó.

El hombre estaba en la 215.

La 214 seguía bloqueada.

—La habitación de al lado está vacía.

—No.

—Sí.

—Pues alguien está ahí.

Jimena sintió la boca seca.

—¿Escuchó ronquidos?

—Sí.

—¿Algo más?

El hombre dudó.

—Habla dormido.

—¿Qué dice?

El huésped se quedó callado.

—No sé.

—¿No lo entendió?

—Sí lo entendí.

—Entonces dígame.

El hombre bajó la voz.

—Dice mi nombre.

Jimena le dio otra habitación.

A la una y cincuenta y tres, llamó a Óscar.

—Sube conmigo.

—¿A la 214?

—Sí.

—Rafael dijo que no.

—No pienso entrar sola.

Óscar no discutió.

Subieron.

El segundo piso estaba en silencio.

La puerta 214 parecía igual que cualquier otra.

Jimena se quedó frente a ella.

Óscar abrió con la llave maestra.

La habitación estaba oscura.

Encendieron la luz.

Cama.

Mesa.

Sillón.

Cortinas cerradas.

Nada más.

El teléfono seguía sobre la mesa de noche.

El cable cortado colgaba detrás.

Jimena no entró de inmediato.

—¿Hueles eso?

Óscar asintió.

Había un olor débil.

Como ropa guardada.

Como humedad vieja.

Entraron.

Jimena revisó el baño.

Vacío.

Óscar miró debajo de la cama.

Nada.

Entonces sonó el teléfono.

Los dos se quedaron inmóviles.

El aparato de la mesa de noche.

Sin cable.

Sonó una vez.

Jimena retrocedió.

Volvió a sonar.

Óscar palideció.

—Vámonos.

Jimena no pudo moverse.

Tercer timbrazo.

Cuarto.

Descolgó.

Óscar la agarró del brazo.

—¿Qué haces?

Jimena se llevó el auricular al oído.

No escuchó estática.

Escuchó el lobby.

Reconoció el sonido del aire acondicionado.

El pequeño golpe que hacía la impresora de recepción al despertar.

Después una voz.

La suya.

—Recepción, buenas noches.

Jimena dejó de respirar.

Al otro lado, alguien dijo:

—No puedo dormir.

Era la conversación de la primera noche.

Exacta.

Jimena se escuchó a sí misma responder.

—Señor, ¿desde qué habitación llama?

Óscar la miraba.

—¿Qué pasa?

Jimena levantó una mano para que callara.

La grabación continuó.

—Hay alguien en la pared.

La llamada se cortó.

Jimena bajó el auricular.

—Está repitiendo la llamada.

—¿Qué llamada?

—La primera.

Óscar se acercó.

—¿Una grabación?

—No sé.

Entonces alguien golpeó la pared.

Tres veces.

Desde el lado derecho.

La 215.

Jimena y Óscar se miraron.

Otra vez.

Tres golpes.

Óscar salió al pasillo y tocó la 215.

Nadie respondió.

Jimena recordó que el huésped se había cambiado de habitación.

La 215 estaba vacía.

Los golpes volvieron.

Pero ahora desde la pared izquierda.

La 213.

También vacía.

Óscar regresó a la 214.

—Nos vamos.

Jimena asintió.

Cuando estaban por salir, vio algo sobre el escritorio.

Un libro.

No estaba allí antes.

Lo habría notado.

Era grande, de tapas oscuras.

Antiguo.

Jimena se acercó.

—Déjalo.

No le hizo caso.

Abrió.

Era un registro de huéspedes.

Fechas.

Nombres.

Firmas.

Décadas atrás.

Pasó páginas.

Años setenta.

Sesenta.

Cincuenta.

Óscar miró por encima de su hombro.

—Eso debería estar en archivo.

Jimena siguió pasando.

Hasta que encontró una hoja con una fotografía pegada.

El corazón se le detuvo.

Era el lobby.

El mismo mostrador.

Más viejo.

Otra decoración.

Una mujer estaba detrás de recepción.

Cabello oscuro.

Uniforme antiguo.

Miraba a la cámara.

Jimena acercó el libro.

La mujer era ella.

No parecida.

Ella.

Mismo rostro.

Misma cicatriz pequeña junto a la ceja.

Mismos ojos.

Debajo de la foto había una fecha.

1958.

Y un nombre.

Jimena Salazar.

Óscar respiró fuerte.

—¿Qué es eso?

Jimena no respondió.

En la fotografía, detrás de la mujer, se veía el ascensor.

Las puertas estaban abiertas.

Dentro había un hombre.

Abrigo oscuro.

Mirando hacia recepción.

Jimena sintió náuseas.

—Cierra el libro.

Óscar insistió.

—Ciérralo.

Ella pasó la página.

Otra fotografía.

El mismo lobby.

Año 1974.

Otra recepcionista.

Distinta.

Detrás, el mismo hombre dentro del ascensor.

Página siguiente.

1989.

Otra trabajadora.

El mismo hombre.

1997.

Igual.

2008.

Igual.

En todas las fotos, el hombre estaba más cerca.

Primero dentro del ascensor.

Luego fuera.

Después junto al mostrador.

En la última fotografía, tomada unos diez años antes, ya no estaba al fondo.

Estaba detrás de la recepcionista.

Casi pegado a ella.

Jimena cerró el libro de golpe.

—Nos vamos.

Salieron.

Óscar cerró la puerta.

Bajaron.

Jimena dejó el libro sobre el mostrador.

Rafael llegó media hora después.

Cuando vio el registro, se quedó pálido.

—¿Dónde encontraron esto?

—En la 214.

Rafael no quiso tocarlo.

—Ese libro no debería existir.

—¿Por qué?

—Porque lo quemaron.

Jimena sintió un vacío en el estómago.

—¿Quién?

—El dueño anterior.

—¿Por qué?

Rafael miró hacia el ascensor.

—Por las fotos.

—¿Quién es el hombre?

Rafael no respondió.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Miente.

—No lo sé.

Jimena abrió el libro otra vez.

Buscó su fotografía.

Seguía allí.

1958.

Miró la imagen.

Algo había cambiado.

El hombre ya no estaba dentro del ascensor.

Estaba junto al mostrador.

Detrás de ella.

Jimena cerró el libro.

—Eso no estaba así.

Óscar asintió.

—No.

Rafael retrocedió.

—No vuelvas a abrirlo.

Demasiado tarde.

A las tres y nueve, el teléfono de recepción sonó.

214.

Nadie contestó.

Siguió sonando.

Rafael desconectó la central.

El teléfono continuó.

Óscar lo desenchufó de la pared.

Siguió sonando.

Nadie se movió.

Finalmente se detuvo.

Un segundo después, sonó el teléfono móvil de Jimena.

Número desconocido.

No contestó.

Volvió a sonar.

Lo apagó.

Entonces sonó el teléfono de Óscar.

Luego el de Rafael.

Después el de la oficina.

Todos al mismo tiempo.

Jimena miró el libro.

La tapa estaba abierta.

Nadie la había tocado.

La fotografía de 1958 quedaba visible.

El hombre estaba ahora delante del mostrador.

Mirando directamente a la cámara.

Jimena dejó de respirar.

En la imagen, ella ya no miraba al fotógrafo.

Miraba al hombre.

—No quiero seguir aquí.

Rafael asintió.

—Nos vamos.

Los tres caminaron hacia la puerta principal.

No abrió.

Rafael probó la cerradura.

—Está bloqueada.

Óscar fue hacia la salida de servicio.

También cerrada.

Las luces parpadearon.

El ascensor emitió un sonido.

Ding.

Las puertas se abrieron.

Vacío.

Nadie dijo nada.

Volvieron a cerrarse.

Ding.

Se abrieron otra vez.

Vacío.

Jimena miró el libro.

La fotografía había vuelto a cambiar.

El hombre ya no aparecía.

Sintió alivio durante menos de un segundo.

Después Óscar habló:

—Jimena.

Ella levantó la mirada.

Él estaba mirando detrás de ella.

Rafael también.

Jimena no se giró.

—¿Qué pasa?

Óscar retrocedió.

—No te muevas.

La voz le temblaba.

Jimena sintió algo cerca.

No una mano.

No una respiración.

Una presencia.

La certeza de que alguien estaba parado demasiado cerca.

Luego escuchó una voz masculina junto a su oído.

—Ahora sí.

Jimena gritó y se giró.

No había nadie.

Las puertas del hotel se destrabaron de golpe.

Los tres salieron.

No volvieron a entrar hasta que amaneció.

La policía revisó el lugar.

No encontró intrusos.

El libro había desaparecido.

Rafael renunció una semana después.

Óscar también.

Jimena aguantó tres días más.

Necesitaba convencerse de que podía regresar.

El cuarto día entregó su uniforme.

Nunca volvió a trabajar en un hotel.

Durante meses no pasó nada.

Hasta que, casi un año después, recibió por correo un sobre sin remitente.

Dentro había una fotografía.

El lobby del hotel.

Vacío.

La fecha impresa abajo era de esa misma madrugada.

Jimena estuvo a punto de romperla.

Entonces vio algo.

Detrás del mostrador había una mujer.

No era ella.

Una recepcionista nueva.

Joven.

Mirando hacia la cámara.

Y detrás de la mujer, junto al ascensor, estaba Jimena.

O algo con su rostro.

Miraba al mostrador.

Esperando.

En el reverso de la fotografía había una sola frase escrita a mano.

“La 214 vuelve a estar ocupada.”

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El final no tiene por qué ser el final

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