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La farmacia de guardia

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La farmacia de guardia

A la una y veinte de la madrugada, Mara estaba contando monedas en la caja cuando se abrió la puerta automática.

Entró una mujer de unos treinta años, empapada hasta las rodillas. Llevaba el pelo pegado a las mejillas y apretaba un bolso contra el pecho. Miró primero a Mara, después al guardia de la entrada y, por último, a la calle vacía detrás de ella.

—¿Tienen vendas? —preguntó.

Mara señaló el pasillo del fondo.

—En el tres, junto a los antisépticos.

La mujer no fue al pasillo. Se quedó mirando la puerta.

El guardia, Julián, se levantó de su silla.

—¿Te acompaño?

—No —dijo la mujer.

Le salió demasiado rápido. Julián volvió a sentarse, aunque no dejó de mirarla.

—¿Te hicieron daño? —preguntó Mara.

—No.

—¿Te están siguiendo?

La mujer apretó el bolso contra su pecho.

—No lo sé.

Mara dejó de contar las monedas. No le gustó aquella respuesta, pero no supo qué decirle. Afuera llovía con fuerza. La avenida estaba casi vacía y las luces de los autos pasaban borrosas sobre el vidrio.

—Puedes quedarte aquí un rato —dijo—. Si necesitas llamar a alguien, te presto el teléfono.

La mujer asintió. Aún no había soltado el bolso.

—¿Hay una cámara en la entrada?

—Sí.

—¿Puedes revisar si entró alguien detrás de mí?

Julián soltó una risa breve.

—No entró nadie detrás de ti. Yo estaba sentado aquí.

La mujer no le contestó. Mara miró hacia el monitor de seguridad. La cámara de la entrada mostraba el mostrador, la puerta y una parte de la vereda. En la grabación, la mujer cruzaba sola el umbral. Se detenía justo después de entrar, como si alguien hubiera pasado muy cerca de su espalda. Luego caminaba hacia el mostrador.

Mara retrocedió la imagen unos segundos.

—¿Qué viste? —preguntó la mujer.

—Nada claro.

—¿Había alguien?

Julián se acercó al monitor.

—No.

La mujer cerró los ojos. Por un instante, pareció que iba a llorar. Después respiró hondo y dejó el bolso en el piso.

—Perdón. No he dormido bien.

—¿Quieres que llamemos a la policía? —preguntó Mara.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque, si llamas, él va a saber que estoy aquí.

Julián cruzó los brazos.

—Si alguien te está siguiendo, lo mejor es que llame la policía.

—No lo entiendes.

—Entonces explícanos.

Ella miró la puerta otra vez. Las gotas de lluvia corrían por el vidrio. Detrás no había nadie.

—No puedo.

Mara conocía ese tono. Lo había oído en clientes que no querían explicar por qué necesitaban pastillas para dormir a las cuatro de la mañana, en personas que pedían que no llamaran a sus familias, en mujeres que pagaban en efectivo y miraban por encima del hombro cada vez que alguien entraba.

No sabía qué le había pasado a aquella mujer. Sí sabía que no quería echarla a la calle.

—Puedes sentarte en la oficina —dijo Mara—. Ahí tenemos otra cámara y una puerta al almacén.

Julián se levantó de nuevo.

—No podemos meter a cualquiera en la oficina.

—No es cualquiera. Es una clienta.

—No compró nada.

—Todavía.

La mujer alzó la vista.

—No quiero causarles problemas.

—No los estás causando —dijo Mara.

Julián movió la cabeza, molesto, pero no discutió. La mujer recogió el bolso y siguió a Mara hasta el cuartito de la oficina.

La puerta no tenía cerradura. Daba al almacén, que conectaba con el pasillo de carga. Mara le ofreció una silla y un vaso de agua. La mujer bebió a sorbos pequeños. Tenía las manos frías.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Mara.

—Elena.

—Yo soy Mara.

—Lo sé.

Mara se quedó quieta.

Elena bajó el vaso.

—Perdona. Está en tu placa.

Mara miró su uniforme. En efecto, llevaba su nombre bordado sobre el bolsillo. Se sintió tonta por haberlo preguntado y, al mismo tiempo, un poco menos tranquila.

—¿Y tú cómo sabes que no está detrás de ti? —preguntó.

Elena miró la puerta abierta de la oficina.

—No lo sé. Si estuviera, creo que lo sentiría.

Julián apareció en el marco.

—Voy a revisar la tienda —dijo—. Por si alguien entró por la puerta de carga.

—Esa puerta tiene alarma —respondió Mara.

—Igual.

Se alejó por el pasillo. Sus pasos se fueron perdiendo entre las estanterías.

Mara regresó al mostrador. Desde allí podía ver a Elena sentada en la oficina, con la puerta abierta. Tomó el teléfono y llamó a la estación de policía. Dio la dirección y explicó que una mujer temía que alguien la siguiera. No quería presentar una denuncia; solo necesitaba ayuda para llegar a un lugar seguro.

La operadora le pidió el nombre completo de Elena.

Mara se acercó a la oficina y se lo preguntó.

Elena dudó.

—Elena Rivas.

Mara repitió el nombre por teléfono. La operadora le preguntó si estaba herida. No lo estaba. Si había amenazas. Elena no quiso responder. La operadora dijo que enviaría una patrulla cuando hubiera una disponible.

—¿Cuánto tardará? —preguntó Mara.

—No puedo darte una hora exacta.

Mara volvió a dejar el teléfono en su sitio.

—Van a mandar a alguien.

—Gracias —dijo Elena.

Por primera vez, pareció aliviada.

Julián regresó del pasillo.

—No hay nadie.

—¿Revisaste la cámara de carga? —preguntó Mara.

—Sí.

—¿Y?

—No hay nadie.

Elena se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¿Qué pasó?

—Nada —dijo Julián—. No hay nadie en la tienda.

—¿Lo viste?

—¿A quién?

Elena se quedó mirándolo. Su cara cambió. Ya no parecía asustada. Parecía decepcionada, como si hubiera esperado que al menos uno de ellos le creyera.

—¿Qué estaba haciendo mientras revisabas? —preguntó Mara.

—¿Quién?

—La persona que entró detrás de ella.

Julián frunció el ceño.

—No entró nadie.

Elena caminó hasta la puerta de la oficina y miró el pasillo. Mara se adelantó y bloqueó la salida con el cuerpo.

—Quédate aquí hasta que llegue la patrulla.

—No puedo.

—No tienes que salir.

—Él está en la tienda.

—Julián acaba de revisar.

—Él no lo ve.

Julián soltó el aire por la nariz.

—Ya basta.

—¿Por qué no lo veo? —preguntó Mara.

Elena volvió la cara hacia ella.

—Porque todavía no te ha elegido.

Julián se acercó. Mara sintió que el ambiente se tensaba y levantó una mano para detenerlo.

—No la toques.

—Mara, está asustada y confundida.

—Puede ser. Pero no la toques.

Elena miró a Mara con una gratitud tan intensa que la inquietó más que su miedo.

—¿Qué significa que te eligió? —preguntó Mara.

—No sé. No hace nada. Solo se queda cerca de alguien.

—¿Lo has visto antes?

—No.

—¿Entonces cómo sabes que se queda cerca de alguien?

Elena no contestó.

Un timbre sonó en la tienda. No era la puerta. Era el sensor de movimiento del pasillo tres, el que avisaba cuando un cliente necesitaba atención.

Julián miró el monitor.

—Debe de haber alguien en el pasillo.

Mara salió de la oficina. La tienda estaba vacía. Las puertas de entrada seguían cerradas. No se veía a nadie junto a los estantes.

El sensor volvió a sonar.

Mara se acercó al pasillo tres. En el monitor, las estanterías estaban vacías. En la tienda, también. Vendas, gasas, alcohol y cajas de analgésicos llenaban los estantes. Al fondo, una fila de pañales ocultaba parcialmente la pared.

—¿Hay alguien? —llamó.

Nadie respondió.

El sensor dejó de sonar.

Al volver al mostrador, vio que Julián miraba fijamente la cámara que apuntaba a la entrada.

—¿Qué pasa? —preguntó Mara.

—La puerta acaba de abrirse.

Mara miró hacia el vidrio. Seguía cerrada.

—No se ha abierto.

—En el monitor sí.

Julián amplió la imagen. En la grabación, las puertas se deslizaban hacia los lados. La lluvia entraba en la farmacia, pero las gotas parecían detenerse justo dentro del umbral. Una figura permanecía en la vereda, del otro lado del vidrio. No tenía rostro distinguible. Llevaba un abrigo oscuro y los brazos caídos a los costados.

Mara observó la entrada real. Vacía.

En la pantalla, la figura alzó una mano y tocó el vidrio.

Mara escuchó el golpe en la tienda.

Julián retrocedió.

—¿Lo oíste? —preguntó ella.

Él asintió, pálido.

El golpe volvió a sonar. Esta vez, desde la puerta real.

Elena salió de la oficina.

—Ya entró.

Julián dio un paso hacia la entrada.

—No hay nadie ahí.

—No vayas —dijo Elena.

Julián no se detuvo.

Mara le sujetó el brazo.

—Espera.

—Voy a abrir y revisar.

—No abras.

—No hay nadie, Mara.

Elena se quedó detrás de ellos. No lloraba. No temblaba. Su miedo se había vuelto una quietud absoluta.

—Míralo en la pantalla —dijo.

En el monitor, la figura había desaparecido de la vereda. La puerta seguía abierta.

Mara miró la puerta real. Estaba cerrada.

—¿Dónde está? —preguntó Julián.

La cámara del pasillo tres mostró una forma oscura entre los estantes. No caminaba. Estaba parada frente a las gasas, mirando hacia la cámara.

Mara no alcanzó a verle la cara. La imagen se cubrió de líneas grises.

—Llama otra vez a la policía —dijo Julián.

Mara tomó el teléfono. La línea estaba ocupada.

—Prueba el celular —dijo ella.

Julián sacó el suyo. La pantalla se encendió, pero no tenía señal.

Elena retrocedió hasta la oficina.

—Tenemos que salir por el almacén.

—¿Por qué no te vas tú? —preguntó Julián.

—Porque no quiero que sepa que me fui.

—Si está aquí, ya lo sabe.

Elena negó con la cabeza.

—No. Todavía no.

Julián se apartó del mostrador y agarró una botella de alcohol desinfectante. Mara lo miró.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a revisar el pasillo.

—No.

—No voy a quedarme esperando a que aparezca.

—¿Y si aparece?

—Entonces lo voy a ver.

Julián avanzó hasta el comienzo del pasillo tres. Mara se quedó junto a él, aunque cada parte de su cuerpo le pedía retroceder. La tienda olía a plástico, cartón mojado y desinfectante. La lluvia golpeaba el techo. No había pasos.

Julián apuntó la linterna del teléfono entre las estanterías.

—¿Ves a alguien? —preguntó Mara.

—No.

El teléfono de Julián emitió un chasquido. La linterna se apagó.

Desde el fondo del pasillo llegó un ruido leve. No un golpe. Algo parecido al roce de una manga contra una caja.

Julián encendió otra vez el teléfono.

En el monitor, la forma estaba detrás de él.

Mara la vio antes que Julián.

Estaba a menos de un metro de su espalda. El abrigo le llegaba hasta los zapatos. El cuerpo era estrecho y alto. La cabeza, inclinada hacia un lado.

—Julián —dijo Mara.

Él se volvió. No había nadie.

La forma seguía en la pantalla.

Mara no pudo apartar la vista. La persona de la grabación alzó una mano y apoyó los dedos en el hombro de Julián.

Julián se desplomó.

Mara corrió hacia él. La botella cayó y rodó hasta el fondo del pasillo. Julián estaba consciente, sentado contra una estantería, con la cara desencajada.

—¿Qué te pasó?

—Algo me tocó.

Elena, desde la oficina, dijo:

—Ahora sí te vio.

Mara miró el monitor. La figura ya no estaba.

Ayudó a Julián a ponerse de pie. Él tenía la respiración agitada, pero no parecía herido. No quiso acercarse a la entrada.

—Salgamos por atrás —dijo.

Mara llamó a Elena. Ella no se movió.

—Ven.

—No puedo salir.

—Sí puedes.

—No mientras él esté ahí.

—No está ahí.

Elena la miró con tristeza.

—Tú tampoco lo ves.

Mara quiso contestarle que sí, que acababa de verlo en la cámara. Pero entendió que eso no era lo mismo. No sabía si la figura existía fuera de la pantalla. No sabía qué había tocado a Julián. No sabía por qué Elena había llegado a la farmacia.

La puerta de carga tenía una barra de emergencia. Mara la abrió y miró el callejón. Solo había bolsas de basura, un charco y la pared del edificio contiguo.

—Por aquí —dijo.

Elena se acercó. Se detuvo antes de cruzar.

—¿Qué pasa? —preguntó Mara.

—Si salgo, él puede seguirme.

—Si te quedas, también.

Elena asintió, como si ya lo supiera.

Mara le ofreció la mano. Elena la miró, luego miró a Julián. El guardia tenía la vista fija en el suelo. Había dejado de discutir.

—¿Vas a venir? —preguntó Mara.

Elena tomó la mano de Mara.

Salieron al callejón. La lluvia había disminuido. Mara le prestó su chaqueta y llamó a la patrulla desde un teléfono cercano. La operadora dijo que estaban a cinco minutos.

Elena pidió que no la llevaran a su casa. Dio el nombre de un centro de atención para mujeres y pidió esperar allí. Mara no le preguntó por qué. Julián tampoco.

La patrulla llegó. Los agentes hablaron con Elena, luego con Mara y Julián. Revisaron la tienda y las cámaras. En la grabación, la puerta de entrada se abría y cerraba dos veces durante la noche. La primera, cuando Elena llegó. La segunda, cuando Mara y Julián salieron por la puerta de carga.

No había figura alguna.

El sensor del pasillo tres no se había activado. El sistema de alarma no registraba golpes en la puerta. Julián explicó que algo lo había tocado. La agente miró su hombro y dijo que no había marcas.

Elena no contó nada. Cuando la patrulla la llevó, dejó el bolso en el asiento trasero y no miró hacia la farmacia.

Durante los días siguientes, Mara pensó que todo podía explicarse. El cansancio, la lluvia, el monitor defectuoso, el miedo de Elena, el golpe de Julián. Cada cosa por separado parecía normal. Juntas, no.

Una semana más tarde, el supervisor les mostró el registro de ventas. A la una y veintisiete, la caja había cobrado una venda, un paquete de gasas y una botella de agua. El pago se había hecho en efectivo.

—¿Quién atendió a esa clienta? —preguntó.

—Yo —dijo Mara.

—¿Cuál clienta?

Mara miró a Julián. Él no dijo nada.

El supervisor señaló el informe de inventario. Faltaban una venda, unas gasas y una botella de agua. Pero el recibo no tenía nombre ni firma.

Mara pidió ver otra vez la grabación.

La mujer aparecía entrando sola. Iba hasta el mostrador. Extendía la mano hacia algo que la cámara no alcanzaba a distinguir. Luego miraba hacia la puerta y se marchaba.

Mara pausó la imagen.

Por primera vez, notó la silla vacía junto a la oficina. Estaba corrida hacia atrás, como si alguien acabara de levantarse.

—¿Qué estás mirando? —preguntó el supervisor.

Mara no respondió.

Esa noche, al iniciar el turno, Julián no llegó. Había pedido que lo cambiaran de horario. Mara aceptó quedarse sola hasta que encontraran un reemplazo.

A las dos y diez, el sensor del pasillo tres sonó.

Mara miró la tienda. No había nadie.

El sensor volvió a sonar.

Esta vez no fue al pasillo. Llamó al supervisor, que no contestó. Se quedó detrás del mostrador, con una mano en el teléfono y la otra sobre el botón de emergencia.

La puerta automática se abrió.

Entró un hombre empapado.

No miró los estantes ni los carteles. Se quedó junto a la entrada, mirando a Mara.

—¿Vino Elena? —preguntó.

Mara reconoció el nombre. No recordaba haberlo oído decir en la tienda. Quizá el hombre lo había leído en el informe. Quizá había seguido a la patrulla.

—¿Quién pregunta?

El hombre no respondió. Se quitó el agua de la cara con una mano.

—La última vez la dejaste salir.

Mara tocó el botón de emergencia.

El hombre miró hacia el pasillo tres.

—Esta vez no está sola.

Mara alcanzó el teléfono.

La puerta se cerró detrás de él.

En el monitor, la cámara de la entrada mostraba la farmacia vacía. La puerta no se había abierto. No había nadie junto al mostrador.

Pero el sensor del pasillo tres seguía sonando.

Mara mantuvo el dedo apretado sobre el botón hasta que llegó la patrulla. No soltó el teléfono ni cuando los agentes revisaron la tienda. No encontró a nadie.

A la mañana siguiente, el supervisor instaló una alarma nueva en la puerta de carga y cambió el monitor de seguridad. El sistema dejó de registrar falsas aperturas.

Mara siguió trabajando en la farmacia durante dos meses.

La última noche, antes de entregar las llaves, encontró una botella de agua sobre el mostrador. Estaba cerrada. Junto a ella había un recibo sin hora ni número de caja.

En la línea donde debía ir el nombre del producto, alguien había escrito:

NO ME DEJES SALIR POR LA PUERTA DE ATRÁS.

Mara dejó las llaves y salió por la entrada principal.

Desde entonces, cuando alguien entra a una farmacia de madrugada y mira primero la puerta, ella no le pregunta qué necesita.

Le pregunta quién viene detrás.

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