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Encontré la camisa de mi esposo muerto en la lavadora

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Encontré la camisa de mi esposo muerto en la lavadora

El pitido de la lavadora número cuatro hizo que Renata levantara la cabeza.

Era la una de la madrugada y la lavandería de autoservicio estaba casi vacía. Al fondo, detrás del vidrio de la pequeña oficina, el encargado dormía con la cabeza apoyada sobre los brazos.

Renata cerró el libro que estaba leyendo y caminó hacia la máquina.

Había elegido ese horario porque normalmente no encontraba a nadie. Podía lavar la ropa de toda la semana sin esperar una máquina libre y regresar a casa antes de las dos.

Abrió la puerta circular.

El vapor tibio le golpeó el rostro.

Inmediatamente supo que algo estaba mal.

No olía al detergente de lavanda que había usado.

El aroma que salió del tambor era mucho más fuerte.

Madera húmeda.

Tabaco viejo.

Y una colonia barata que Renata no había olido en tres años.

Retrocedió.

Su mano permaneció sobre la puerta.

Conocía ese olor.

Había quedado impregnado durante años en las almohadas, en el armario y en las chaquetas que Julián dejaba sobre el respaldo de las sillas.

Su esposo.

Muerto hacía tres años.

Renata miró dentro de la lavadora.

Entre sus camisetas y pantalones había algo que no reconocía como suyo.

Una tela gruesa de cuadros oscuros.

Metió la mano.

La sacó lentamente.

Era una camisa de franela roja y negra.

Renata dejó de respirar durante unos segundos.

Julián tenía una igual.

No.

No una igual.

Era esa.

En el puño izquierdo había una pequeña costura irregular que ella misma había hecho después de que él enganchara la manga en una cerca. Cerca del segundo botón continuaba la diminuta quemadura que le había dejado una chispa durante una parrillada.

Renata recorrió ambas marcas con los dedos.

La camisa estaba empapada.

Sin embargo, estaba caliente.

No con el calor uniforme de la ropa recién lavada.

Al tocar la espalda sintió algo distinto.

Una temperatura extrañamente localizada.

Como si alguien acabara de quitársela.

Renata soltó la prenda sobre la mesa metálica.

Miró hacia la oficina.

El encargado continuaba dormido.

Después observó las cámaras instaladas cerca del techo.

Pensó en despertarlo.

Preguntarle si alguien había abierto su lavadora.

Pero sabía que aquello no resolvería lo principal.

La camisa de Julián no podía estar allí.

Después de su muerte, Renata había guardado sus cosas durante casi un año. Al final, su hermana la ayudó a vaciar el armario.

Algunas prendas fueron donadas.

Otras terminaron en cajas.

La camisa de franela había quedado dentro de una de ellas.

Renata recordaba perfectamente dónde.

En el depósito de su madre, a más de doscientos kilómetros.

La tomó otra vez.

Entonces notó algo dentro del bolsillo.

Un papel.

Lo sacó.

Era un recibo húmedo y arrugado.

Lo extendió sobre la mesa.

FARMACIA SANTA ROSA.

La farmacia estaba a tres cuadras de su edificio.

Renata leyó la fecha.

Mañana.

Volvió a leerla.

Era imposible.

El recibo indicaba una compra realizada a las 8:15 de la mañana del día siguiente.

Tres artículos.

Jarabe para la tos.

Un paquete de pilas pequeñas.

Un paraguas negro con mango de madera.

Renata permaneció mirando el papel.

Las pilas fueron lo que terminó de incomodarla.

Julián solía comprar ese tamaño para una pequeña radio que escuchaba mientras cocinaba.

El aparato todavía estaba guardado en un cajón del apartamento.

No funcionaba desde hacía años.

Renata dobló el recibo y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo.

No quiso esperar el resto del ciclo.

Sacó su ropa todavía húmeda, metió la camisa de Julián en una bolsa aparte y salió.

Durante las tres cuadras hasta su edificio sintió varias veces el impulso de mirar atrás.

Nunca vio a nadie siguiéndola.

Al llegar cerró la puerta con doble llave.

Dejó la bolsa sobre una silla del dormitorio.

No sobre la cama.

No quería aquella camisa cerca mientras dormía.

Sacó el recibo.

Lo volvió a comprobar.

La fecha seguía siendo la del día siguiente.

Las 8:15.

Renata lo puso sobre la mesa de noche.

Después observó la bolsa.

La franela sobresalía ligeramente por la abertura.

Durante varios minutos permaneció sentada frente a ella.

Sabía que debería llamar a su madre y pedirle que revisara las cajas.

No lo hizo.

Si la camisa seguía allí, tendría dos prendas idénticas.

Si faltaba, significaría que algo la había llevado hasta la lavandería.

Ninguna respuesta la tranquilizaba.

Renata dejó encendidas las luces del dormitorio y la sala.

No consiguió dormir.

Cerca de las cinco escuchó un sonido.

Tela rozando tela.

Se incorporó.

La bolsa continuaba sobre la silla.

Pero ahora estaba abierta.

Renata estaba segura de haberla dejado cerrada.

Se acercó.

La camisa seguía dentro.

No la tocó.

Volvió a sentarse.

Cuando empezó a amanecer, tomó una decisión.

Iría a la farmacia.

No porque esperara encontrar a Julián.

Necesitaba comprobar si el recibo correspondía realmente a una compra.

A las siete y cuarenta se vistió.

Antes de salir tomó el recibo de la mesa de noche y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo.

Lo comprobó dos veces.

La camisa permaneció dentro de la bolsa sobre la silla.

Renata cerró el apartamento.

Probó la puerta.

Luego bajó.

La farmacia abrió a las ocho.

Renata se quedó bajo el techo de una cafetería cerrada al otro lado de la calle.

A las ocho y cinco entró un hombre joven.

Salió con una caja pequeña.

A las ocho y nueve entró una mujer.

Después una pareja.

Renata empezó a sentirse absurda.

A las ocho y catorce miró el teléfono.

Un minuto.

La puerta de la farmacia se abrió.

Un hombre salió.

Renata no pudo verle bien la cara.

Llevaba un abrigo oscuro y caminaba con la cabeza ligeramente inclinada debido a la lluvia que acababa de comenzar.

En una mano sostenía una bolsa blanca.

En la otra llevaba un paraguas negro de mango de madera.

Renata sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

El hombre abrió el paraguas.

Continuó caminando.

Durante un segundo, Renata vio algo sobresalir de la bolsa.

Una botella de jarabe.

Y junto a ella, un pequeño paquete de pilas.

Miró la hora.

8:16.

El hombre dobló la esquina.

Renata reaccionó tarde.

Cruzó la calle.

Cuando llegó al lugar donde lo había visto desaparecer, la vereda estaba vacía.

Solo había una parada de autobús y varios locales todavía cerrados.

No podía haberse alejado tanto en pocos segundos.

Renata metió la mano dentro del abrigo.

Buscó el recibo.

No estaba.

Revisó el otro bolsillo.

Después el bolso.

Volvió a registrar el abrigo.

Nada.

Sintió un frío inmediato.

Recordaba haberlo guardado antes de salir del apartamento.

Recordaba haber tocado el papel mientras esperaba frente a la farmacia.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje.

Número desconocido.

No había texto.

Solo una fotografía.

Renata tardó varios segundos en abrirla.

Era su dormitorio.

La imagen había sido tomada desde la puerta.

Reconoció la cama.

La lámpara.

La cortina.

La bolsa sobre la silla.

Pero la camisa ya no estaba dentro.

Estaba extendida sobre la cama.

No doblada.

Extendida como si alguien acabara de quitársela y la hubiera dejado allí.

Una manga colgaba fuera del colchón.

Renata amplió la fotografía.

Sobre la mesa de noche estaba el recibo.

El mismo recibo que ella había llevado consigo.

Llegó un segundo mensaje.

Esta vez tenía una sola frase.

—Lo necesitaba esta mañana.

Renata sintió que las piernas le temblaban.

Levantó la vista hacia su edificio.

Su apartamento estaba en el tercer piso.

Desde aquella esquina podía ver parcialmente la ventana del dormitorio.

La cortina estaba cerrada.

Renata permaneció mirando.

Durante algunos segundos no ocurrió nada.

Entonces la tela se abrió lentamente desde el centro.

No apareció ningún rostro.

Ninguna silueta.

Solo una mano que Renata reconoció antes de poder convencerse de lo contrario.

La alianza seguía en el mismo dedo donde ella la había colocado muchos años atrás.

La mano sostuvo la cortina apenas unos segundos.

Después desapareció.

La tela volvió a cerrarse.

Renata no regresó al apartamento sola.

Cuando finalmente entró acompañada por la policía, la puerta seguía asegurada.

No había ventanas abiertas.

Nadie estaba dentro.

La bolsa permanecía sobre la silla.

Vacía.

La camisa estaba extendida sobre la cama.

Todavía húmeda.

El recibo había desaparecido otra vez.

Uno de los agentes levantó la prenda para revisarla.

Renata quiso detenerlo.

No alcanzó a hacerlo.

El hombre frunció el ceño.

—Está caliente.

Renata no respondió.

No necesitaba tocarla.

Conocía esa clase de calor.

Durante doce años había dormido junto a él.

Era exactamente la temperatura que quedaba en la ropa de Julián cuando llegaba a casa y se quitaba la camisa antes de acostarse.

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