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Encontré fotos mías durmiendo tomadas desde mi propia habitación

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Encontré fotos mías durmiendo tomadas desde mi propia habitación

El álbum de fotografías Polaroid estaba escondido dentro de una caja de zapatos en el ático, cubierto por una gruesa capa de polvo gris.

Andrés lo encontró mientras ordenaba las pertenencias de su tía abuela Clara, quien había fallecido la semana anterior. La casa olía a madera vieja y a lavanda seca. El silencio era tan profundo que podía escuchar el crujido de sus propios pasos sobre las tablas del suelo.

Abrió la caja con cuidado.

Dentro no había cartas ni documentos legales.

Solo un álbum de cartulina negra, sin título en la portada, y una vieja cámara Polaroid envuelta en un paño amarillento.

Andrés sacó primero el álbum y se sentó en una silla de mimbre que crujió bajo su peso. La luz del atardecer entraba por la pequeña ventana circular del ático, iluminando las partículas de polvo suspendidas en el aire.

Abrió la primera página.

La fotografía mostraba un dormitorio.

Una cama con las sábanas blancas arrugadas, una lámpara de noche apagada y, en la esquina oscura junto al armario, una figura borrosa de pie.

Andrés frunció el ceño.

Acercó la fotografía a la ventana.

La figura no tenía un rostro definido, pero la postura era inconfundible.

Alguien estaba observando la cama desde la penumbra.

Pasó a la siguiente imagen.

Era la misma habitación, fotografiada desde un ángulo ligeramente distinto.

La figura estaba más cerca de la cama.

Ahora podían distinguirse el contorno de los hombros y una cabeza inclinada hacia adelante, como si observara directamente a quien dormía.

Andrés sintió un nudo en el estómago.

Conocía esa habitación.

No pertenecía a la casa de Clara.

Era su dormitorio.

El de su apartamento en la ciudad.

La colcha azul marino.

El cuadro ligeramente torcido sobre la cabecera.

La mancha de humedad en el techo junto a la lámpara.

Todo coincidía.

Andrés pasó otra página.

Y otra.

Cada fotografía era una variación de la misma escena.

Él aparecía dormido en su cama.

Las imágenes habían sido tomadas desde diferentes puntos del dormitorio.

En algunas, la figura oscura permanecía cerca del armario.

En otras, estaba casi pegada al borde del colchón.

Pero siempre aparecía allí.

Siempre observándolo.

La última fotografía era diferente.

Andrés todavía estaba dormido, pero la figura se encontraba tan cerca que una parte de su cuerpo quedaba fuera del encuadre.

En el borde inferior alguien había escrito una fecha con tinta roja desvanecida.

La fecha correspondía a la noche siguiente.

Andrés dejó el álbum sobre sus rodillas.

Respiraba más rápido.

Miró alrededor del ático, esperando por un instante que alguien apareciera junto a la escalera.

No vio a nadie.

Volvió a mirar la caja.

La cámara Polaroid seguía allí.

Andrés la conocía.

Clara la había usado durante décadas. En las reuniones familiares siempre aparecía con aquella cámara colgada del cuello, esperando el momento adecuado para fotografiar a alguien.

Andrés tomó una de las imágenes y la examinó con mayor atención.

Entonces vio algo que no había notado.

La figura sostenía un objeto pequeño y rectangular en una mano.

Acercó la fotografía a la luz.

Parecía una cámara.

Andrés miró la Polaroid dentro de la caja.

Después volvió a mirar la imagen.

El mismo tamaño.

La misma forma.

El mismo cuerpo oscuro.

Cerró el álbum.

Guardó tanto el álbum como la cámara dentro de su mochila y bajó del ático.

Antes de marcharse cerró la casa de Clara y condujo los cuarenta kilómetros hasta su apartamento.

Llegó cuando ya había anochecido.

Encendió todas las luces.

Revisó el dormitorio, el armario y el espacio bajo la cama.

También comprobó las ventanas.

No encontró nada extraño.

Dejó la mochila sobre la mesa del comedor.

Sacó el álbum.

La cámara Polaroid permaneció dentro.

Andrés volvió a revisar las fotografías.

La fecha escrita en la última imagen seguía allí.

Mañana por la noche.

Intentó convencerse de que alguien le estaba gastando una broma.

Pero esa explicación planteaba demasiadas preguntas.

Alguien tendría que haber entrado repetidas veces en su apartamento.

Tendría que haberlo fotografiado mientras dormía sin despertarlo.

Después habría llevado las fotografías hasta la casa de Clara y escondido el álbum en un ático que llevaba años prácticamente cerrado.

Y aun así quedaba la fecha.

Andrés cerró el álbum.

No durmió aquella noche.

Permaneció en el sofá con las luces encendidas y la televisión a volumen bajo.

Cada ruido procedente del edificio lo hacía levantar la cabeza.

Cuando amaneció, apenas había descansado.

Salió temprano y pasó casi todo el día fuera.

A media tarde entró en una tienda de fotografía y compró una cámara digital que podía grabar durante varias horas.

No esperaba descubrir algo sobrenatural.

Quería demostrar que alguien estaba entrando en su apartamento.

Si conseguía grabarlo, podría llamar a la policía con algo más concreto que un álbum de fotografías imposibles.

Regresó cerca de las seis.

La mochila continuaba sobre la mesa.

Andrés comprobó inmediatamente su contenido.

El álbum estaba dentro.

También la Polaroid.

Cerró la mochila y la guardó en el armario de la sala.

Después llevó la cámara digital al dormitorio.

La colocó sobre un trípode frente a la cama, apuntando hacia la esquina donde aparecía la figura en la mayoría de las fotografías.

Programó la grabación desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.

Antes de acostarse comprobó una última vez la mochila.

La Polaroid seguía allí.

Andrés cerró el armario.

Esa noche se acostó vestido.

Dejó el teléfono y una linterna sobre la mesita.

Intentó mantener los ojos abiertos.

Durante mucho tiempo solo escuchó los sonidos habituales del apartamento.

El reloj de la pared.

El refrigerador.

Las tuberías.

Algún automóvil pasando por la calle.

En algún momento debió quedarse dormido.

Despertó sobresaltado.

No supo qué lo había despertado hasta que volvió a escucharlo.

Un clic mecánico.

Andrés abrió los ojos.

Conocía aquel sonido.

Había escuchado esa cámara cientos de veces durante su infancia.

Era una Polaroid expulsando una fotografía.

Tomó la linterna y la encendió.

Apuntó hacia la esquina.

El trípode seguía allí.

Pero la cámara digital había desaparecido.

En su lugar había una figura.

Alta.

Inmóvil.

Andrés apenas distinguía su forma en la oscuridad.

La figura sostenía la Polaroid de Clara.

En la otra mano tenía una fotografía que todavía se estaba revelando.

Andrés no gritó.

El miedo le había dejado el cuerpo rígido.

La luz de la linterna temblaba sobre la figura.

Esta dio un paso hacia la cama.

Luego otro.

Extendió la mano y dejó la fotografía sobre la mesita de noche.

Después retrocedió lentamente.

Andrés siguió iluminándola.

Cuando la figura llegó a la esquina, la oscuridad pareció absorberla.

Un instante después ya no estaba.

Andrés permaneció sentado en la cama durante varios minutos.

No apartó la luz de aquella esquina.

Finalmente miró la fotografía.

La tomó con los dedos entumecidos.

La imagen ya empezaba a aparecer.

Era él.

Sentado exactamente como estaba ahora.

La espalda contra la cabecera.

La linterna encendida en la mano.

El rostro pálido.

Los ojos mirando directamente hacia la cámara.

La fotografía había sido tomada desde la esquina del dormitorio.

En el borde inferior había una fecha escrita en tinta roja.

La de aquella noche.

Y debajo, una hora.

Tres y treinta de la madrugada.

Andrés miró el reloj.

Marcaba las tres y treinta y uno.

Sintió algo más.

La fotografía todavía estaba tibia.

No por la temperatura del dormitorio.

Era el calor reciente de una foto recién expulsada de la cámara.

También conservaba ese olor químico particular que Andrés recordaba de las fotografías de Clara.

Miró hacia la esquina.

No había nadie.

Entonces recordó la mochila.

La había dejado cerrada dentro del armario de la sala.

La Polaroid no debería haber estado en el dormitorio.

Andrés bajó los pies de la cama.

No llegó a levantarse.

Desde la esquina oscura volvió a escucharse el clic mecánico.

Esta vez hubo además otro sonido.

El leve zumbido de una fotografía saliendo de la cámara.

Andrés no encendió nuevamente la linterna.

No necesitaba ver quién estaba allí.

Solo necesitaba saber una cosa.

La primera fotografía mostraba cómo dormía.

La segunda acababa de mostrarlo despierto.

Y alguien, a pocos metros de su cama, acababa de tomar la siguiente.

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