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Encontramos nuestro campamento montado antes de llegar

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Encontramos nuestro campamento montado antes de llegar

Cuando encontraron el campamento, ninguno de los cuatro habló durante varios segundos.

No porque fuera especialmente bonito.

Porque ya estaba montado.

Dos tiendas verdes junto a un grupo de piedras. Una lona azul extendida entre dos árboles. Una pequeña fogata ardiendo frente a cuatro platos metálicos.

Era exactamente el campamento que ellos habían planeado instalar.

El problema era que todavía llevaban todo el equipo dentro de sus mochilas.

Iván fue el primero en reaccionar.

—Esto no es gracioso.

Claudia dejó la mochila en el suelo.

—¿Quién sabía dónde íbamos?

—Nadie —respondió Martín.

—Mi hermano sabía que veníamos a esta zona —dijo Paula—, pero no el lugar exacto.

Habían caminado durante casi seis horas por una ruta poco transitada de montaña. El sendero desaparecía en algunos tramos y ninguno había visto a otra persona desde el mediodía.

Iván avanzó hacia las tiendas.

Martín lo detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

—Mira esa.

Señaló la tienda de la izquierda.

Tenía un pequeño parche negro junto a la entrada.

Claudia abrió su mochila.

Sacó su propia tienda, todavía comprimida dentro de la funda.

El mismo modelo.

El mismo color.

Y el mismo parche negro que ella había cosido dos semanas antes después de rasgar accidentalmente la tela.

Paula dejó escapar el aire lentamente.

—Vámonos.

Iván no discutió.

Antes de marcharse, Martín se acercó lo suficiente para mirar la fogata.

El fuego era reciente.

Sobre una roca había cuatro tazas.

Una tenía una pequeña abolladura en el borde.

Martín sacó de su mochila su propia taza.

La sostuvo junto al cuerpo.

También tenía una abolladura.

En el mismo lugar.

—No quiero saber qué significa —dijo Claudia.

Recogieron las mochilas y regresaron por el sendero.

No habían avanzado ni diez minutos cuando Paula miró hacia atrás.

El campamento había desaparecido entre los árboles.

Eso debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

Durante la siguiente hora caminaron con rapidez. Martín iba delante siguiendo las marcas rojas pintadas sobre algunas piedras. Iván cerraba el grupo.

Ninguno volvió a hablar sobre las tiendas.

El sol empezó a bajar.

—Deberíamos haber llegado al arroyo —dijo Claudia.

Martín consultó el mapa.

—Todavía faltan unos veinte minutos.

—Llevamos más de una hora.

—El terreno engaña.

Iván señaló una roca grande junto al sendero.

—Esa ya la vimos.

Martín negó.

—Hay muchas iguales.

—No con eso.

En la superficie había una línea blanca.

Una marca de pintura vieja con forma de media luna.

Paula se detuvo.

—La vimos antes del campamento.

Martín revisó la brújula.

—Estamos caminando hacia el sur.

—Entonces no deberíamos estar aquí —dijo Claudia.

Continuaron.

Veinte minutos después, el bosque empezó a abrirse.

Paula fue la primera en ver el resplandor naranja entre los árboles.

Se quedó quieta.

—No.

Los demás la alcanzaron.

Frente a ellos estaba el campamento.

La misma lona.

Las mismas tiendas.

La misma fogata.

Pero algo había cambiado.

Los cuatro platos ya no estaban llenos.

Dos tenían restos de comida.

Una cuchara descansaba dentro de otro.

Y una de las tazas estaba volcada junto al fuego.

Claudia retrocedió.

—Nosotros no estuvimos aquí.

Nadie respondió.

Iván levantó la voz.

—¿Hay alguien?

El bosque no devolvió ninguna respuesta.

Martín observó la tienda con el parche.

La entrada estaba abierta.

Dentro había una linterna encendida.

—Antes estaba cerrada —dijo.

Paula agarró su brazo.

—No te acerques.

—No voy a entrar.

La linterna iluminaba parte del interior.

Una chaqueta estaba extendida sobre un saco de dormir.

Claudia palideció.

—Esa es mía.

Todos la miraron.

Claudia abrió su mochila y sacó una chaqueta roja.

Era la misma.

La que estaba dentro de la tienda también tenía una mancha oscura cerca del hombro.

Paula volvió a decirlo:

—Nos vamos.

Esta vez no tomaron el sendero.

Martín eligió una dirección distinta utilizando la brújula. Si continuaban hacia el oeste acabarían encontrando una carretera forestal.

Caminaron rápido.

El bosque se volvió más cerrado.

La luz empezó a desaparecer.

Una hora después, encontraron el campamento por tercera vez.

Nadie dijo nada al verlo.

Las dos tiendas seguían allí.

La fogata estaba más baja.

Sobre una cuerda entre los árboles colgaban varias prendas húmedas.

Una camiseta de Iván.

Los pantalones de Paula.

La chaqueta roja de Claudia.

Una toalla de Martín.

Todos seguían llevando esas prendas dentro de sus mochilas.

Paula empezó a llorar.

—No quiero acercarme.

Martín miró alrededor.

—No lo haremos.

Iván señaló junto al fuego.

Había cuatro pares de zapatos.

Ordenados.

Uno junto al otro.

Iván bajó la mirada hacia sus propias botas.

Después miró los otros pares.

—Son los nuestros.

Claudia retrocedió.

—No digas eso.

—Mira los míos.

Uno de los zapatos junto al fuego tenía el cordón derecho de otro color.

Iván llevaba exactamente el mismo arreglo.

Paula agarró la mano de Claudia.

—¿Qué está pasando?

Martín no respondió.

No tenía una explicación.

Y por primera vez ninguno intentó inventar una.

El cielo estaba demasiado oscuro para continuar caminando sin luz.

Aun así, quedarse junto a aquel campamento parecía peor.

Martín encendió una linterna.

—Seguimos.

—¿Hasta cuándo? —preguntó Iván.

—Hasta encontrar algo que no sea esto.

Tomaron una dirección diferente.

Esta vez dejaron marcas propias.

Martín cortó pequeños trozos de cinta amarilla y los ató a las ramas. Cada cincuenta metros dejaba uno.

Caminaron en fila.

El bosque estaba completamente oscuro cuando encontraron la primera cinta amarilla.

Atada a un árbol frente a ellos.

Martín se acercó.

—No.

Era su cinta.

El corte irregular coincidía con el que había hecho menos de una hora antes.

Claudia habló con voz temblorosa.

—Estamos dando vueltas.

—No —respondió Martín—. La brújula no ha cambiado.

—Entonces ¿cómo llegamos aquí?

Nadie tenía una respuesta.

Siguieron caminando.

Otra cinta.

Después otra.

Todas estaban delante.

Como si alguien hubiera tomado las marcas que dejaban atrás y las hubiera colocado en su camino.

Paula empezó a respirar con dificultad.

—Quiero parar.

—Aquí no —dijo Iván.

—No puedo seguir.

—Cinco minutos más.

Paula negó.

—¿Para llegar otra vez?

Martín miró alrededor.

No veía fuego entre los árboles.

No veía lona.

Solo oscuridad.

—Descansamos aquí.

Se sentaron junto a un tronco caído.

No sacaron las tiendas.

No encendieron fuego.

Comieron barras de cereal y bebieron poca agua.

Durante unos minutos nadie habló.

Después Claudia levantó la cabeza.

—¿Escucharon eso?

Todos guardaron silencio.

Una cremallera.

Lejana.

El sonido inconfundible de una tienda de campaña abriéndose.

Iván tomó la linterna.

—No.

Otra cremallera.

Después tela moviéndose.

Paula empezó a llorar otra vez.

—Está cerca.

Martín apagó la linterna.

—No hablen.

Permanecieron en completa oscuridad.

Entonces escucharon pasos.

No venían hacia ellos.

Parecían moverse a cierta distancia entre los árboles.

Alguien caminaba lentamente sobre las hojas.

Después se detuvo.

Se oyó un objeto metálico.

Una cuchara contra un plato.

Claudia llevó una mano a la boca.

El ruido volvió.

Una vez.

Dos.

Como alguien comiendo.

Iván susurró:

—No está cerca.

Martín respondió:

—Eso no importa.

De pronto se escuchó una risa.

Muy breve.

No reconocieron la voz.

Paula agarró con fuerza la manga de Claudia.

Después llegó otra risa.

Más grave.

Luego una tercera.

Cuatro personas parecían estar conversando cerca del campamento.

Pero ninguno podía entender las palabras.

Martín sintió una presión fría en el estómago.

Aquello no estaba imitando sus voces.

Ni siquiera parecía interesado en ellos.

Simplemente estaba viviendo la noche que ellos habían planeado vivir.

—Nos vamos ahora —dijo.

Se levantaron.

No utilizaron linternas durante los primeros minutos.

Caminaron siguiendo la luz tenue de la luna entre las ramas.

Los sonidos del campamento quedaron atrás.

O eso creyeron.

Hasta que escucharon una voz a lo lejos.

Alguien llamó:

—Claudia.

Ella se detuvo.

Martín la agarró del brazo.

—No.

Claudia temblaba.

—Era Iván.

Iván estaba a su lado.

Él negó.

La voz volvió a llamar.

Esta vez no parecía exactamente Iván.

Solo se acercaba lo suficiente para resultar familiar.

—Claudia.

Ella continuó caminando.

Después llamaron a Martín.

Luego a Paula.

Finalmente a Iván.

Una voz distinta para cada nombre.

Ninguno respondió.

Siguieron durante casi una hora.

El bosque comenzó a aclararse.

Los árboles estaban más separados.

Martín sintió alivio.

—Creo que estamos saliendo.

Corrieron los últimos metros.

Llegaron a una explanada.

Y se detuvieron.

No era el campamento.

Era peor.

Había cuatro mochilas tiradas junto a una fogata apagada.

Sus mochilas.

Martín miró la que llevaba sobre la espalda.

Luego la que estaba en el suelo.

Paula se acercó unos pasos.

—No hay tiendas.

No.

Solo mochilas.

Una al lado de otra.

Como si cuatro personas hubieran regresado de algún lugar y las hubieran abandonado.

Iván señaló algo.

—Miren.

Había un teléfono sobre una piedra.

Martín reconoció la funda.

Era el suyo.

Sacó su teléfono del bolsillo.

La pantalla no tenía señal.

El aparato sobre la piedra se encendió solo.

Una fotografía aparecía como fondo.

Los cuatro.

Sonriendo frente a las tiendas.

Martín nunca había tomado aquella foto.

Ninguno recordaba haberla visto.

Paula se acercó.

—No la toques.

El teléfono vibró.

Apareció una notificación.

“Hace ocho horas.”

Martín sintió que algo no encajaba.

—Llegamos al primer campamento hace menos de cinco.

Iván miró el cielo.

—¿Seguro?

Nadie contestó.

Martín revisó su propio teléfono.

La hora marcaba casi las once de la noche.

Habían empezado a caminar de regreso cerca de las cuatro de la tarde.

No podían haber pasado ocho horas.

El teléfono de la piedra mostró otra fotografía.

Esta vez los cuatro estaban sentados alrededor del fuego.

Después otra.

Claudia dormía dentro de una tienda.

Otra más.

Paula lavaba un plato.

Iván parecía cortar madera.

Todas mostraban momentos que nunca habían vivido.

La última fotografía era diferente.

La fogata estaba apagada.

Las tiendas permanecían abiertas.

No había nadie.

Sobre la imagen aparecía una hora.

Cinco y doce de la madrugada.

Martín miró su teléfono.

Las diez y cincuenta y tres.

—No quiero estar aquí a las cinco y doce —dijo Claudia.

Iván pateó el teléfono lejos.

La pantalla se apagó.

Siguieron caminando.

Ya no intentaron comprender el mapa.

Solo eligieron una dirección y avanzaron.

A medianoche encontraron una carretera.

Fue tan repentino que ninguno confió en ella al principio.

Asfalto.

Una línea blanca.

Una señal oxidada.

Martín se arrodilló y tocó el suelo.

Era real.

Paula empezó a reír y llorar al mismo tiempo.

Caminaron por la carretera.

Después de casi una hora vieron luces.

Un vehículo se acercaba.

Se colocaron a un lado.

Era una camioneta.

El conductor frenó al verlos.

Un hombre mayor bajó la ventana.

—¿Qué hacen caminando por aquí?

Martín explicó que se habían perdido.

No mencionó el campamento.

El hombre los dejó subir.

Mientras avanzaban, Paula preguntó:

—¿Qué tan lejos estamos del sendero de la laguna?

El conductor la miró por el espejo.

—Bastante.

—¿Cuánto?

—Unos treinta kilómetros.

Los cuatro se quedaron callados.

No era posible.

El hombre continuó:

—¿Venían acampando?

Iván respondió demasiado rápido:

—No.

El conductor miró las mochilas.

—Entonces tuvieron suerte.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

El hombre miró la carretera.

—Esta zona se pone rara por la noche.

Nadie preguntó.

No querían escuchar una historia que explicara nada.

El conductor los dejó en una estación de servicio abierta durante toda la noche.

Llamaron a familiares.

Esperaron hasta el amanecer.

Cuando salió el sol, el miedo perdió parte de su fuerza.

No desapareció.

Pero el mundo volvió a parecer estable.

La policía local tomó nota de la situación porque habían dejado un vehículo en otro acceso de la montaña.

Dos agentes los acompañaron para recuperarlo.

Regresaron por carretera.

Nada parecía extraño.

El sendero estaba donde debía estar.

El auto seguía estacionado.

Los cuatro metieron las mochilas en el maletero.

Martín sintió alivio.

Entonces Paula dijo:

—Esperen.

Estaba mirando el asiento trasero.

Había tierra sobre la tapicería.

Mucha.

Y agujas de pino.

Como si alguien hubiera transportado cosas desde el bosque.

Iván abrió el maletero.

Dentro había algo que no habían colocado allí.

Cuatro pares de zapatos.

Los mismos que habían visto junto a la fogata.

Nadie habló.

Los agentes miraron el calzado.

—¿Son suyos?

Martín negó.

—No.

El policía parecía confundido.

—Pero son de sus tallas.

—No son nuestros.

No quisieron llevárselos.

Los agentes los dejaron en una bolsa junto al puesto de vigilancia.

Volvieron a la ciudad.

Durante varias semanas, ninguno habló demasiado sobre lo ocurrido.

Después dejaron de verse con tanta frecuencia.

No por una discusión.

Simplemente aquella noche se había convertido en algo incómodo entre ellos.

Claudia fue la primera en decirlo meses después.

Los invitó a tomar café.

Los cuatro se reunieron.

Parecía extraño volver a estar juntos.

—Tengo algo que preguntar —dijo Claudia.

Nadie respondió.

Ella miró a Martín.

—¿Alguno recuerda haber cenado esa noche?

Paula frunció el ceño.

—Comimos barras.

—Después.

—No hubo después.

Claudia asintió.

—Eso pensaba.

Sacó una fotografía impresa.

La puso sobre la mesa.

Era la misma imagen que habían visto en el teléfono del bosque.

Los cuatro alrededor de la fogata.

—¿De dónde salió? —preguntó Iván.

—Estaba en una caja de fotos de mi casa.

Martín tomó la imagen.

—Esto no puede estar ahí.

—Ya lo sé.

Paula señaló a Claudia en la fotografía.

—Mira tu muñeca.

Todos se inclinaron.

Claudia llevaba una venda.

—Yo no me lastimé.

Iván miró otra cosa.

—Yo tengo barba.

En la foto, su barba era más larga que aquella noche.

No mucho.

Quizá varios días.

Martín dio vuelta la fotografía.

Había una fecha escrita a mano.

No correspondía al día de la excursión.

Era seis días después.

Claudia sacó otra.

Esta mostraba las tiendas cubiertas de lluvia.

Otra fecha.

Nueve días después.

Después otra.

El fuego.

Los cuatro sentados.

Doce días después.

En cada imagen parecían más cansados.

No asustados.

Cansados.

Como personas que llevaban demasiado tiempo en el mismo lugar.

Paula apartó las fotografías.

—Basta.

Claudia guardó las restantes.

—Hay una última.

Nadie quiso verla.

—La encontré separada.

Martín extendió la mano.

Claudia se la entregó.

No había personas.

Solo el campamento vacío.

Las dos tiendas.

La lona.

La fogata apagada.

Cuatro platos.

Y en primer plano, junto a una mochila abierta, había un pequeño cartel de madera.

Alguien había escrito una frase.

“Ya encontramos la carretera.”

Paula se levantó.

—No.

Martín siguió mirando la foto.

Iván también.

Claudia tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Nosotros encontramos la carretera esa noche.

Martín asintió.

—Sí.

—Entonces, ¿quién escribió eso después?

Nadie respondió.

Paula recogió su bolso.

—No quiero volver a hablar de esto.

Se marchó.

Iván hizo lo mismo poco después.

Martín se quedó unos minutos más con Claudia.

Antes de irse preguntó:

—¿Dónde estaban guardadas las fotos?

—En una caja de mi dormitorio.

—¿Alguien puede haberlas puesto?

—Vivo sola.

Martín no hizo más preguntas.

Pasaron casi dos años.

Nunca regresaron a aquella montaña.

Tampoco volvieron a acampar juntos.

Una mañana, Martín recibió un mensaje de Claudia.

No tenía texto.

Solo una fotografía.

Martín la abrió.

Era un bosque.

Reconoció inmediatamente el lugar.

El campamento estaba allí.

Las tiendas parecían viejas.

La lona estaba rota.

La fogata apagada desde hacía mucho tiempo.

En el centro había cuatro sillas improvisadas con troncos.

Vacías.

Martín llamó a Claudia.

No respondió.

La llamó otra vez.

Nada.

Finalmente ella contestó.

—¿Dónde estás?

Claudia parecía confundida.

—En casa.

—¿Quién tomó la foto?

—¿Qué foto?

Martín sintió frío.

—La que acabas de enviarme.

Hubo unos segundos sin respuesta.

—Martín, no te envié nada.

Él miró la pantalla.

El mensaje seguía allí.

Mientras hablaban, apareció una segunda imagen.

El mismo campamento.

Pero ahora una de las sillas ya no estaba vacía.

Había una mochila apoyada sobre ella.

La mochila de Martín.

La que utilizaba aquella noche.

Miró hacia el armario de su apartamento.

La mochila estaba guardada allí.

No fue a comprobarlo.

No quiso.

Llegó una tercera fotografía.

Esta vez las cuatro sillas estaban vacías otra vez.

Pero frente a la fogata había cinco platos.

Martín dejó de mirar.

Bloqueó el teléfono.

Claudia seguía hablando.

—Martín, ¿qué está pasando?

Él no respondió inmediatamente.

Había entendido algo que llevaba dos años intentando evitar.

Aquella noche no habían escapado de un campamento que los esperaba.

Tampoco habían encontrado una copia de las vacaciones que pensaban tener.

Habían visto días de una estancia que nunca llegaron a vivir.

Días que, de alguna manera, continuaron ocurriendo después de que ellos se marcharan.

Y aquello seguía avanzando sin ellos.

Esa misma noche, Martín sacó la mochila del armario.

Quería tirarla.

Cuando abrió el bolsillo exterior, encontró tierra.

Agujas secas de pino.

Y una llave pequeña que nunca había visto.

Atada a ella había una etiqueta de plástico.

Con letras gastadas decía:

TIENDA CINCO.

Martín se quedó mirándola durante mucho tiempo.

Ellos solo habían llevado cuatro plazas de descanso entre dos tiendas.

Nunca hubo una quinta.

Esa madrugada no logró dormir.

Poco antes de amanecer escuchó un sonido junto a la ventana.

Tela agitándose con el viento.

Martín vivía en un sexto piso.

No abrió la cortina.

Permaneció sentado en la cama hasta que salió el sol.

Cuando finalmente se levantó, encontró barro sobre el suelo.

Una línea de huellas comenzaba junto a la ventana y terminaba frente al armario.

No había huellas de regreso.

Martín abrió lentamente la puerta del armario.

Su mochila ya no estaba.

En su lugar había cuatro pares de zapatos.

Todavía húmedos.

Y al fondo, detrás de la ropa, una cremallera comenzó a abrirse desde el otro lado.

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