
La cuarta vez que su esposa dijo buenas noches, Julián levantó la cabeza.
Estaban los tres en el pasillo.
Él.
Marina.
Y su hijo Samuel, de ocho años, abrazando un dinosaurio de peluche mientras esperaba que lo acompañaran a su dormitorio.
Marina se inclinó y besó al niño.
—Buenas noches, amor.
—Buenas noches, mamá.
Samuel miró a Julián.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches, campeón.
Hasta ahí todo era normal.
Entonces Marina apagó la luz del baño, miró hacia el extremo oscuro del corredor y dijo:
—Buenas noches.
Samuel hizo lo mismo.
—Buenas noches.
Julián esperó.
Ambos lo estaban mirando.
—¿Qué?
Samuel frunció el ceño.
—Faltas tú.
—¿Yo?
El niño señaló el corredor.
—Buenas noches.
Julián miró hacia donde señalaba.
Al fondo estaban la puerta de la lavandería y un pequeño mueble donde guardaban sábanas.
Nada más.
—¿A quién?
Marina sonrió, pero la sonrisa desapareció enseguida.
—¿Qué quieres decir?
—¿A quién le están diciendo buenas noches?
Samuel soltó una risita.
—Papá está jugando.
—No estoy jugando.
Marina observó a su esposo.
—Julián, tú también lo haces.
—¿Hago qué?
—Dices buenas noches.
—A ustedes.
—Y después.
Julián sintió una incomodidad difícil de explicar.
—Después, ¿a quién?
Marina abrió la boca.
No respondió.
Samuel comenzó a impacientarse.
—¡Papá! Di buenas noches.
—Samuel...
—Siempre lo dices.
Julián volvió a mirar el extremo del pasillo.
Oscuridad.
—Buenas noches —dijo finalmente.
Samuel sonrió.
Marina también pareció relajarse.
El asunto terminó ahí.
O eso creyó.
Esa noche Julián despertó porque Marina estaba sentada en la cama.
La habitación permanecía a oscuras.
—¿Qué pasa?
Ella no respondió.
Julián se incorporó.
—Marina.
Su esposa lo miró.
—¿Por qué hiciste eso?
—¿Qué cosa?
—No sé.
La voz de Marina temblaba.
—¿Por qué la dejaste entrar?
Julián sintió frío.
—¿A quién?
Ella miró hacia la puerta del dormitorio.
Estaba abierta.
Julián recordaba haberla cerrado.
En el corredor no había luz.
—Marina.
Ella seguía mirando hacia afuera.
—Estaba ahí.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
Marina se llevó una mano a la boca.
Parecía recién despertarse de una pesadilla.
—Había alguien parado junto a tu lado de la cama.
Julián encendió la lámpara.
La habitación estaba vacía.
—Estabas soñando.
Marina negó.
—No.
—Acabas de despertar.
—Me habló.
Julián dejó de moverse.
—¿Qué dijo?
Marina tardó unos segundos.
—Buenas noches.
Ninguno volvió a dormir.
Por la mañana, Samuel apareció en la cocina con el cabello revuelto.
—Anoche faltó uno.
Julián dejó la taza.
—¿Qué?
—Un buenas noches.
Marina se giró hacia el niño.
—Samuel, come.
—Pero faltó.
—¿Quién te dijo eso?
El niño miró a Julián como si la pregunta fuera absurda.
—Nadie.
—Entonces, ¿cómo sabes?
Samuel mordió una tostada.
—Porque somos cuatro.
El silencio cayó sobre la cocina.
Marina palideció.
Julián se agachó hasta quedar frente a su hijo.
—Somos tres.
Samuel dejó de masticar.
—Sí.
—Mamá, tú y yo.
El niño asintió.
—Sí.
—Eso es tres.
Samuel volvió a mirar su tostada.
—Ya sé.
Julián sintió que algo le rozaba la nuca.
—Entonces, ¿por qué dijiste cuatro?
Samuel levantó los hombros.
—Porque buenas noches se dice cuatro veces.
No consiguieron sacarle nada más.
Aquella tarde Julián revisó mentalmente las noches anteriores.
Intentó recordar.
La cena.
Samuel cepillándose los dientes.
Marina apagando luces.
Los tres despidiéndose.
Y después...
Nada.
No conseguía recordar si alguna vez había dicho un cuarto buenas noches.
Cuanto más intentaba reconstruirlo, más difícil se volvía.
Había un espacio vacío al final de cada noche.
Pequeño.
Inofensivo.
Como una palabra que uno sabe que conoce, pero no puede pronunciar.
Esa noche Julián decidió prestar atención.
A las nueve y media acompañaron a Samuel a su habitación.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, amor.
—Buenas noches, papá.
—Descansa.
Marina besó al niño.
Al salir, apagó la luz.
En el pasillo hizo lo mismo que la noche anterior.
Miró hacia el fondo.
—Buenas noches.
Samuel, desde su cama, gritó:
—¡Buenas noches!
Marina miró a Julián.
Él permaneció callado.
—Julián.
—No.
—¿Qué pasa?
—No voy a decirlo.
Marina lo observó con desconcierto.
—¿Por qué?
—Porque no sé a quién se lo estoy diciendo.
Desde la habitación, Samuel habló:
—Papá.
Julián miró hacia la puerta.
El niño ya no parecía divertido.
—Dilo.
—No.
—¡Papá!
—Samuel, basta.
El niño se levantó de la cama.
Marina entró para acostarlo otra vez.
Julián permaneció en el pasillo.
Solo.
Mirando hacia el fondo.
Nada se movía.
Entonces escuchó una respiración.
No detrás.
Delante.
Julián dejó de respirar.
La respiración continuó.
Lenta.
Profunda.
Venía de algún lugar cerca del mueble de las sábanas.
—Marina.
Ella apareció en la puerta de Samuel.
—¿Qué?
La respiración cesó.
—Nada.
No quiso decirlo delante del niño.
Entraron al dormitorio.
Julián cerró la puerta.
Puso seguro.
Marina se acostó sin discutir.
—No entiendo qué te pasa —dijo.
—¿De verdad recuerdas a quién saludamos?
—No hay nadie.
—Entonces, ¿por qué lo hacemos?
Marina volvió la cara hacia él.
—Porque siempre lo hemos hecho.
—Eso no responde nada.
—No sé, Julián.
—¿Desde cuándo?
Ella cerró los ojos.
—Desde siempre.
—¿Desde antes de que naciera Samuel?
Marina abrió los ojos.
No respondió.
Julián vio algo cambiar en su expresión.
—¿Qué?
—No sé.
—Marina.
—No puedo recordar.
Permanecieron en silencio.
A medianoche alguien caminó por el corredor.
Julián abrió los ojos.
Marina ya estaba despierta.
Los pasos eran lentos.
Un extremo del pasillo al otro.
Luego de regreso.
No se detenían frente al dormitorio.
Simplemente caminaban.
Samuel llamó desde su habitación.
—¡Mamá!
Marina se levantó de inmediato.
Julián la sujetó.
—Espera.
—Es Samuel.
—Ya sé.
—¡Mamá!
Esta vez el niño lloraba.
Julián quitó el seguro.
Abrió.
El corredor estaba vacío.
Corrieron hasta el dormitorio de Samuel.
El niño estaba sentado en la cama.
—¿Qué pasó?
Samuel señaló su puerta.
—Entró.
Marina lo abrazó.
—¿Quién?
Samuel comenzó a llorar más fuerte.
—No sé.
—¿Qué viste?
—Nada.
Julián sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿cómo sabes que entró?
El niño miró a su padre.
—Porque me dijo buenas noches desde al lado de la cama.
Marina apretó al niño contra su pecho.
Julián revisó debajo de la cama.
El armario.
Las cortinas.
Nada.
Samuel se negó a quedarse solo.
Los tres durmieron en el dormitorio principal.
A la mañana siguiente, Marina hizo una maleta.
—Nos vamos donde mi mamá.
Julián no discutió.
La madre de Marina vivía a veinte minutos.
Cuando llegaron, Samuel entró corriendo.
Pasaron allí todo el día.
El niño jugó.
Marina comenzó a relajarse.
Julián también.
No hablaron del cuarto buenas noches.
Hasta que llegó la hora de dormir.
Samuel iba a usar el antiguo dormitorio de Marina.
La abuela lo arropó.
—Buenas noches, mi vida.
—Buenas noches, abuela.
Marina besó al niño.
—Buenas noches.
Julián hizo lo mismo.
—Buenas noches.
Salieron al corredor.
La madre de Marina caminó unos pasos.
Se detuvo frente a la escalera.
Miró hacia abajo.
—Buenas noches.
Julián sintió que se le helaba la espalda.
Marina también se detuvo.
—Mamá.
La mujer se volvió.
—¿Qué?
—¿A quién le dijiste eso?
La abuela pareció confundida.
—¿Qué cosa?
—Buenas noches.
—A Samuel.
—No. Después.
La mujer miró hacia la escalera.
Su expresión cambió.
—No sé.
Julián sintió que el miedo se volvía mucho más real.
No era la casa.
No era el corredor.
Marina tomó a su madre del brazo.
—¿Tú también lo haces?
—¿Hacer qué?
—Decir un buenas noches más.
La mujer se quedó callada.
Luego miró a Julián.
—¿Él dejó de hacerlo?
Julián sintió un vacío en el pecho.
—¿Cómo sabe eso?
La madre de Marina se llevó una mano a la boca.
—No sé por qué dije eso.
—¡Mamá! ¿Cómo sabes?
—No sé.
Desde el dormitorio, Samuel gritó:
—¡Falta uno!
Julián entró.
—¡No falta nadie!
Samuel lo miró asustado.
—No grites.
Julián respiró hondo.
—Perdón.
El niño abrazó su dinosaurio.
—Se va a enojar.
Marina apareció detrás de Julián.
—¿Quién?
Samuel miró hacia una esquina del cuarto.
—No sé.
—¿Por qué dices eso?
—Porque tú me lo dijiste.
Marina quedó inmóvil.
—Yo nunca te dije eso.
Samuel frunció el ceño.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando era pequeño.
—Eras muy pequeño. ¿Cómo lo recuerdas?
El niño comenzó a llorar.
—¡No sé!
Julián cerró la puerta.
Aquella noche ninguno durmió bien.
A las tres de la mañana, Julián despertó con ganas de ir al baño.
Salió.
La casa estaba en silencio.
Mientras regresaba escuchó una voz en la planta baja.
—Buenas noches.
Era Marina.
Julián se detuvo.
Su esposa dormía arriba.
La voz volvió.
—Buenas noches.
Después Samuel.
—Buenas noches.
Luego la madre de Marina.
—Buenas noches.
Julián retrocedió.
Las tres voces venían de la sala.
Todas las personas a las que pertenecían estaban arriba.
Entonces llegó el silencio.
Julián supo lo que faltaba.
Su voz.
Esperó.
Nada.
Bajó un escalón.
En la sala había oscuridad.
Otro escalón.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Entonces escuchó su propia voz.
Muy cerca.
Desde abajo.
—Buenas noches.
Julián subió corriendo.
Despertó a Marina.
—¡Nos vamos!
—¿Qué pasó?
—¡Levanta a Samuel!
—Julián...
—¡Ahora!
No esperaron al amanecer.
Regresaron a su casa porque no sabían adónde más ir.
Durante el trayecto, Samuel permaneció callado.
Al entrar al departamento, Julián encendió todas las luces.
Marina dejó las maletas en la sala.
—Esto nos siguió.
—No sabemos qué es.
—¿Qué hacemos?
Julián no respondió.
Samuel caminó hacia el corredor.
Se detuvo.
—No.
Marina fue hasta él.
—¿Qué pasa?
El niño señaló el fondo.
—Está ahí.
Julián sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—¿Ves a alguien?
Samuel negó.
—Entonces, ¿qué ves?
El niño señaló el mueble de las sábanas.
—Está más cerca.
Julián encendió la luz del corredor.
Nada.
Abrió la lavandería.
Vacía.
Abrió el mueble.
Toallas.
Sábanas.
Cajas.
Samuel no apartaba la vista.
—Antes estaba al final.
—¿Qué cosa?
—El lugar donde decimos buenas noches.
Julián cerró el mueble.
—Nos vamos otra vez.
Marina tomó las llaves.
En ese momento se apagó la luz del corredor.
Solo esa.
Julián fue hacia el interruptor.
No respondió.
Samuel comenzó a retroceder.
—Papá.
—Estoy aquí.
—No mires.
Julián se detuvo.
—¿Qué?
—No mires al pasillo.
Por supuesto, miró.
La oscuridad parecía normal.
Hasta que distinguió algo.
No una figura.
No un rostro.
Una diferencia.
A mitad del corredor había un punto donde la oscuridad era más densa.
Como si alguien estuviera parado allí y la ausencia de luz tuviera volumen.
Julián sintió que la boca se le secaba.
Marina también lo vio.
—Samuel...
El niño cerró los ojos.
—Digan buenas noches.
Julián negó.
—No.
La mancha oscura pareció más cercana.
No la vio moverse.
Simplemente estaba más cerca.
Marina agarró la mano de Julián.
—Dilo.
—No.
—¡Julián!
—Si lo hacemos, ¿qué estamos invitando?
Samuel abrió los ojos.
—No es para invitarlo.
Julián miró a su hijo.
—¿Entonces para qué?
El niño comenzó a temblar.
—Para que sepa que ya nos vamos a dormir.
La oscuridad estaba ahora junto a la puerta de Samuel.
Julián sintió verdadero miedo.
—¿Y qué pasa si no lo sabe?
Samuel miró hacia el corredor.
—Nos busca.
La luz de la cocina se apagó.
Después la de la sala.
Marina gritó.
—¡Buenas noches!
Samuel respondió enseguida.
—¡Buenas noches!
La oscuridad se detuvo.
Ambos miraron a Julián.
Él no podía hablar.
Desde algún lugar del corredor llegó un sonido suave.
Como uñas rozando la pared.
Más cerca.
Marina apretó su mano.
—¡Dilo!
Julián miró hacia aquella oscuridad.
—Buenas noches.
Todo quedó quieto.
La luz regresó.
El corredor estaba vacío.
Nadie habló durante varios segundos.
Samuel comenzó a llorar.
—Falta uno.
Julián sintió que el estómago se le cerraba.
—Somos tres.
Samuel negó.
—No.
—Sí.
—No.
El niño levantó cuatro dedos.
—Siempre somos cuatro cuando decimos buenas noches.
Julián iba a responder.
Entonces Marina dijo:
—Buenas noches.
Julián se volvió hacia ella.
Su esposa estaba mirando detrás de él.
Él no quiso girarse.
Samuel tampoco.
Una voz respondió desde muy cerca de la nuca de Julián.
—Buenas noches.
Julián cerró los ojos.
No se movió.
No sabe cuánto tiempo permaneció así.
Cuando finalmente volvió a mirar, estaba acostado en su cama.
Era de mañana.
Marina dormía a su lado.
Julián se incorporó de golpe.
No recordaba haber entrado al dormitorio.
Corrió hasta el cuarto de Samuel.
El niño dormía.
Respiró aliviado.
En la cocina encontró a Marina minutos después.
—¿Recuerdas anoche?
Ella lo miró.
—Sí.
—¿Qué pasó después?
Marina dejó de preparar café.
—Nos fuimos a dormir.
—¿Cómo?
—Caminando.
—No lo recuerdo.
—Estabas cansado.
Julián la miró.
—Había algo detrás de mí.
Marina frunció el ceño.
—¿Detrás de ti?
—Respondió.
Ella pareció no comprender.
—¿Quién?
Julián sintió que algo dentro de él se hundía.
—No importa.
Durante los días siguientes, todo regresó a la normalidad.
Eso fue lo peor.
Marina dejó de hablar de lo ocurrido.
Samuel también.
Cada noche repitieron la misma rutina.
Buenas noches, mamá.
Buenas noches, hijo.
Buenas noches, papá.
Y después los tres miraban hacia algún punto de la casa.
Nunca exactamente el mismo.
A veces el corredor.
A veces la cocina.
Una noche fue la puerta del dormitorio.
Otra, el espacio detrás del sofá.
Y decían buenas noches una cuarta vez.
Julián comenzó a hacerlo también.
No quería.
Pero el miedo podía más.
Una noche, mientras Marina arropaba a Samuel, Julián encontró un dibujo nuevo sobre el escritorio del niño.
Cuatro personas tomadas de la mano.
Dos adultos.
Un niño.
Y una figura muy alta pintada completamente de negro.
Julián sintió un escalofrío.
—Samuel.
El niño miró desde la cama.
Julián levantó el dibujo.
—¿Quién es este?
Samuel palideció.
—No sé.
—Lo dibujaste tú.
—Sí.
—Entonces debes saberlo.
Samuel comenzó a mirar hacia la puerta.
—No preguntes.
—¿Por qué?
—Porque tú dijiste que nunca preguntáramos.
Julián se quedó inmóvil.
—Yo nunca dije eso.
Samuel lo miró con lágrimas en los ojos.
—Sí.
—¿Cuándo?
El niño señaló el dibujo.
—Cuando todavía podías verlo.
Julián sintió que detrás de él el pasillo se había quedado demasiado silencioso.
No quiso mirar.
Samuel se metió bajo las sábanas.
Julián dejó el dibujo sobre la mesa.
Salió del cuarto.
Marina esperaba en el pasillo.
—¿Todo bien?
Julián asintió.
Ella apagó la luz.
—Buenas noches.
Samuel respondió desde dentro.
—Buenas noches.
Marina miró a Julián.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Después ambos miraron hacia el extremo del corredor.
Julián sintió una presencia allí.
No podía verla.
Pero de pronto recordó algo.
No completo.
Solo una imagen.
Samuel mucho más pequeño, quizá de tres años, caminando de noche por ese mismo pasillo.
Marina detrás.
Y él sosteniendo la mano de alguien más.
Una mano demasiado fría.
Julián perdió el recuerdo en cuanto intentó mirar el rostro.
Marina dijo:
—Buenas noches.
Samuel repitió desde su cuarto:
—Buenas noches.
Julián permaneció callado.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces algo le tomó la mano.
Julián bajó la mirada.
No había nadie.
Pero sus dedos estaban cerrados alrededor de otros dedos que no podía ver.
Desde el dormitorio, Samuel susurró:
—Papá.
Julián no respondió.
El niño habló otra vez.
—Ahora sí somos cuatro.
Y aquella noche, por primera vez, Julián recordó por qué nunca debía contar.
Comentarios
Publicar un comentario