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En el segundo tiempo siempre hay un jugador de más

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
En el segundo tiempo siempre hay un jugador de más

Sergio contó doce camisetas azules antes de darse cuenta de que algo estaba mal.

El partido llevaba apenas ocho minutos del segundo tiempo.

Era la final de un campeonato distrital, de esas que llenaban una cancha pequeña como si fuera un estadio. Había familias pegadas a la malla, vendedores caminando detrás de las bancas y niños tratando de recuperar cualquier pelota que saliera del campo.

Sergio llevaba nueve años arbitrando partidos aficionados.

Había aprendido a desconfiar de sus propias cuentas.

Durante un saque de esquina era fácil ver doce jugadores donde había once. Alguien se cruzaba, otro quedaba oculto detrás de un defensor y, entre camisetas del mismo color, números repetidos en distintas temporadas y gente moviéndose al mismo tiempo, los ojos podían equivocarse.

Por eso volvió a contar.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

La pelota estaba en juego.

Cinco.

Seis.

Siete.

El equipo azul atacaba hacia la portería norte.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Once.

Doce.

Sergio bajó el brazo.

Miró hacia la banca.

Los suplentes estaban sentados fuera del campo.

Volvió a contar.

Doce.

Un mediocampista recibió el balón cerca de la línea lateral y fue derribado.

Sergio pitó.

La pelota se detuvo.

Los jugadores comenzaron a protestar.

Sergio contó otra vez.

Once.

Frunció el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó el capitán azul.

—Nada.

Sergio acomodó la barrera para el tiro libre.

Pensó que simplemente había contado dos veces al mismo jugador.

Era posible.

Pitó para reanudar.

El balón salió hacia el centro del campo.

Sergio volvió a mirar.

Doce.

Esta vez contó más despacio.

Había cuatro defensores.

Tres mediocampistas.

Tres atacantes.

El arquero.

Y otro jugador moviéndose entre el mediocampo y la banda izquierda.

Doce.

Sergio siguió la jugada.

El balón cambió de lado.

Un delantero azul remató desde fuera del área y el arquero rival atrapó la pelota.

Sergio esperó.

Mientras el arquero la sostenía con las manos, volvió a contar.

Doce.

Eso no tenía sentido.

El arquero dejó caer la pelota frente a él para despejar.

Antes de patear, esta dejó de moverse durante un instante.

Once.

Sergio sintió una incomodidad leve.

El arquero pateó.

El balón cruzó la mitad de la cancha.

Doce.

Sergio dejó de seguir el juego.

Miró únicamente a los jugadores azules.

Trató de identificar al que sobraba.

No pudo.

Todos parecían estar donde debían.

Reconocía al número cuatro.

Al cinco.

Al ocho.

Al diez.

Al delantero con la venda negra en la muñeca.

Al lateral que llevaba botines amarillos.

No conocía sus nombres, pero había revisado las camisetas y documentos antes del partido.

Nadie parecía nuevo.

Nadie parecía fuera de lugar.

Sin embargo, eran doce.

El equipo rojo recuperó el balón.

Un jugador avanzó por la derecha.

Sergio siguió corriendo mientras contaba otra vez.

Doce.

Pitó sin que hubiera falta.

Los jugadores se detuvieron.

—¿Qué cobró? —gritó alguien.

Sergio levantó una mano.

—Un momento.

Miró al equipo azul.

Once.

El capitán se acercó.

—¿Qué pasó?

—Quiero que se junten todos.

—¿Para qué?

—Júntalos.

El capitán llamó a sus compañeros.

Los once jugadores azules rodearon a Sergio.

Él los contó dos veces.

Once.

El entrenador se levantó desde la banca.

—¿Hay algún problema?

—¿Hicieron un cambio sin avisar?

El hombre pareció ofendido.

—Claro que no.

—¿Entró alguien desde la banca?

—No.

Sergio miró a los suplentes.

Cinco hombres con chalecos verdes.

Todos fuera del campo.

—Son once —dijo el capitán.

—Ya sé.

—Entonces, ¿qué estamos esperando?

Sergio observó sus rostros.

Nada parecía extraño.

—Sigan.

Los jugadores ocuparon nuevamente sus posiciones.

Sergio dejó caer la pelota en el lugar donde había detenido el encuentro.

—Balón a tierra.

Un mediocampista rojo la tocó hacia atrás.

La pelota comenzó a rodar.

Sergio miró al equipo azul.

Doce.

Sintió un escalofrío.

No contó otra vez.

Sabía lo que había visto.

Esperó apenas cinco segundos y pitó.

Once.

Algunos espectadores comenzaron a silbar.

—¡Déjalos jugar!

Sergio ignoró los gritos.

El capitán azul regresó.

—Árbitro, ¿qué ocurre?

Sergio miró a los once hombres.

No podía decirles que aparecía otro jugador cada vez que la pelota se movía.

—Creo que alguien está entrando al campo.

El capitán miró hacia su banca.

—¿Quién?

—No sé.

—¿De nosotros?

—Sí.

El entrenador llegó hasta la línea lateral.

—Mis suplentes están aquí.

—Necesito que nadie entre.

—Nadie está entrando.

Sergio miró al asistente que recorría aquella banda.

Se llamaba Pablo.

—¿Has visto a alguien cruzar la línea?

Pablo negó.

—No.

—Mira bien cuando reanudemos.

—¿Qué estoy buscando?

Sergio dudó.

—Cuenta a los azules.

Pablo lo observó, confundido.

—Está bien.

Reanudaron.

El balón rodó.

Sergio contó.

Doce.

Miró a Pablo.

El asistente estaba contando también.

Su expresión cambió.

Sergio corrió hacia él sin detener el partido.

—¿Cuántos?

—Doce.

Fue la primera vez que sintió miedo de verdad.

—¿Viste entrar a alguien?

—No.

—¿Seguro?

—Estaba mirando la línea.

Pablo volvió a contar.

—Hay doce.

Sergio miró el juego.

—Dime cuál sobra.

El asistente siguió a los jugadores con la vista.

Tardó varios segundos.

—No sé.

—Uno tiene que sobrar.

—Ya sé.

Un jugador rojo cometió una falta.

Sergio pitó.

Pablo agarró su brazo.

—Ahora hay once.

Sergio no respondió.

Desde las gradas llegaban quejas.

El entrenador azul exigía una explicación.

Sergio pidió a los jugadores que permanecieran donde estaban.

Se acercó al capitán.

—Cuando reanudemos, no quiero que nadie mire la pelota.

—¿Qué?

—Miren a sus compañeros.

—No entiendo.

—Solo hazlo.

El capitán reunió al equipo.

Sergio explicó lo necesario sin mencionar todavía los doce jugadores.

—Cuando la pelota se mueva, cuenten a los suyos.

Algunos rieron.

Otros miraron al entrenador buscando una explicación.

—Háganlo —ordenó el capitán.

Sergio colocó el balón.

Once hombres azules esperaban.

Pitó.

El jugador rojo tocó hacia un compañero.

Los azules comenzaron a moverse.

Sergio contó.

Doce.

El capitán también.

Lo vio mover los labios.

Uno de los defensores levantó una mano.

—¡Somos doce!

El juego se desordenó inmediatamente.

Los azules dejaron de perseguir el balón y comenzaron a mirarse entre ellos.

—¡No se detengan! —gritó Sergio.

No sabía exactamente por qué lo dijo.

Quería que la situación continuara el tiempo suficiente para identificar al jugador adicional.

—¡Cuéntense!

Los hombres señalaban.

—Uno, dos, tres...

—¡No te muevas!

—¡Tú ya te conté!

—¡Falta uno!

—¡No falta, sobra!

La pelota seguía rodando cerca del área contraria porque los jugadores rojos tampoco entendían qué estaba pasando.

Uno de ellos la detuvo con el pie.

En ese instante el equipo azul quedó en once.

El capitán palideció.

—No.

Sergio se acercó.

—Lo viste.

—Éramos doce.

—Sí.

—¿Quién era?

Nadie respondió.

Los once jugadores comenzaron a mirarse.

Cada uno reconocía a los demás.

El capitán señaló uno por uno.

—Mario.

—Aquí.

—Carlos.

—Sí.

—Esteban.

—Aquí.

Continuó hasta nombrar a los once.

Nadie faltaba.

—Entonces había alguien más —dijo uno.

Un defensor se rio nerviosamente.

—¿Cómo no vamos a saber quién?

Sergio tampoco podía explicarlo.

Lo peor era que había mirado directamente a los doce.

No había visto una figura borrosa.

No había visto una sombra.

Había visto doce futbolistas perfectamente normales.

Y aun así no podía recordar la cara del que sobraba.

El público empezó a impacientarse.

Desde las gradas alguien gritó:

—¡Jueguen!

El entrenador rojo protestaba.

—Si tienen doce, sanciónalo y seguimos.

—Ahora tienen once —respondió Sergio.

—Entonces seguimos.

Sergio pensó en suspender el partido.

Miró alrededor.

Había cientos de personas observando.

Los jugadores estaban confundidos, pero nadie parecía estar en peligro.

Además, no sabía qué escribiría después en el informe.

Partido suspendido porque aparece un futbolista adicional cuando la pelota está en movimiento.

No.

Decidió continuar.

—Nadie de la banca cruza la línea —ordenó.

Ambos entrenadores aceptaron.

Sergio habló con Pablo y con el otro asistente.

—No miren el balón. Busquen al que sobra.

Reanudaron.

Doce.

Los tres árbitros comenzaron a observar.

La jugada avanzó lentamente.

Por primera vez, Sergio intentó ignorar por completo quién tenía la pelota.

Miró posiciones.

Cuatro defensores.

Tres mediocampistas.

Tres delanteros.

El arquero.

Y uno más.

Lo vio cerca del círculo central.

Un jugador azul corría sin acercarse al balón.

Sergio fijó la vista en él.

Camiseta azul.

Pantalón blanco.

Medias azules.

No alcanzaba a ver el número porque el hombre estaba de frente.

—Pablo —dijo por el comunicador—. Centro del campo.

—Lo veo.

El jugador comenzó a desplazarse hacia la derecha.

Sergio corrió detrás.

Un futbolista rojo pasó entre ambos durante menos de un segundo.

Cuando volvió a tener visión clara, había dos jugadores azules en aquella zona.

No sabía cuál había estado siguiendo.

—¿Cuál es? —preguntó Pablo.

—No sé.

—Lo perdí.

Sergio sintió rabia.

No era rápido.

No estaba desapareciendo.

No hacía nada imposible.

Simplemente resultaba extraordinariamente difícil conservarlo en la atención.

Como intentar recordar a alguien visto entre una multitud.

El balón salió por la línea lateral.

Once.

Pablo se acercó.

—Lo tuve.

—Yo también.

—¿Número?

—No lo vi.

—Yo tampoco.

El capitán escuchó.

—¿Ya saben quién es?

Sergio negó.

Uno de los jugadores dijo:

—Cuando estaba jugando sentía que sabía quiénes éramos todos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Sergio.

El hombre señaló a sus compañeros.

—No estaba buscando al que sobraba. Durante la jugada... éramos nosotros.

Otro jugador asintió.

—Sí.

—Pero son once ahora.

—Ya sé.

El capitán miró a su equipo.

—Cuando hay doce, ninguno parece extraño.

Aquella frase dejó a todos callados.

Sergio miró el reloj.

Quedaban veintiséis minutos.

—Vamos a hacer una prueba.

Pidió al equipo azul que formara una línea cerca del área técnica.

Once jugadores.

Ordenó a cada uno mantener su posición cuando comenzara el juego.

Los rojos aceptaron tocar el balón entre ellos durante unos segundos.

Sergio quería eliminar el movimiento de los azules como posible confusión.

Pitó.

La pelota empezó a circular.

Los once jugadores de la línea permanecieron quietos.

Entonces apareció el duodécimo.

No llegó desde ninguna parte.

No cruzó una línea.

Sergio estaba mirando a los once cuando ocurrió.

Un instante eran once.

Al siguiente, había doce.

El nuevo jugador estaba entre el ocho y el diez.

Sergio sintió que se le cerraba el estómago.

—¡Nadie se mueva!

Los doce permanecieron quietos.

Por fin.

Sergio caminó hacia ellos.

Los jugadores lo observaban confundidos.

Contó desde la izquierda.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Se detuvo frente al siguiente.

Era un hombre de unos veintitantos años.

Cabello corto.

Camiseta azul.

Sudor en la frente.

Respiraba agitadamente como los demás.

Sergio lo miró directamente.

—¿Cómo te llamas?

El jugador respondió.

Sergio escuchó el sonido.

Pero en cuanto terminó, no pudo recordar el nombre.

—Repítelo.

El hombre volvió a decirlo.

Sergio sintió que había entendido perfectamente.

Un segundo después la palabra había desaparecido de su memoria.

—¿Qué número eres?

El jugador miró hacia su pecho.

Sergio hizo lo mismo.

La camiseta no tenía número adelante.

—Date vuelta.

El hombre comenzó a hacerlo.

En ese instante, uno de los jugadores rojos detuvo la pelota.

Sergio parpadeó.

Había once hombres frente a él.

El espacio entre el ocho y el diez estaba vacío.

Retrocedió.

—No.

El capitán azul miró la línea.

—¿Lo viste?

—Sí.

—¿Quién era?

Sergio abrió la boca.

Podía recordar su cabello.

Su cara.

La forma de su nariz.

Incluso una pequeña mancha de barro en la camiseta.

Pero cuanto más intentaba reconstruirlo, menos podía.

En pocos segundos ya no estaba seguro del color de su cabello.

Después dejó de recordar su rostro.

Solo conservó la certeza de haber estado frente a él.

Sergio suspendió el partido.

El anuncio provocó protestas inmediatas.

Entrenadores.

Jugadores.

Público.

Nadie quería aceptar que una final terminara así.

Sergio no cambió de decisión.

Los equipos salieron del campo.

Los once jugadores azules entraron juntos al vestuario.

Sergio permaneció en la cancha con sus asistentes.

La pelota había quedado cerca del círculo central.

Nadie la tocaba.

—¿Qué ponemos en el informe? —preguntó Pablo.

Sergio miró el balón.

—No sé.

Un niño se acercó a la malla desde afuera.

—¡Señor árbitro!

Sergio levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Nos puede dar la pelota?

—No.

El niño insistió.

—Solo para devolverla.

Antes de que Sergio pudiera responder, una ráfaga de viento hizo rodar el balón unos centímetros.

Pablo lo vio al mismo tiempo.

Ambos levantaron la cabeza.

En el campo había alguien.

Camiseta azul.

Pantalón blanco.

Medias azules.

De pie cerca del área norte.

Sergio sintió un golpe de frío.

—No lo mires aparte —dijo Pablo.

—¿Qué?

—Mira todo el campo.

Sergio obedeció.

La pelota seguía moviéndose lentamente.

El jugador permanecía allí.

Solo.

Ya no podía confundirse entre compañeros.

Sergio caminó hacia él.

El hombre no se movió.

—¿Quién eres?

No respondió.

Sergio se acercó un poco más.

El jugador levantó la cabeza.

Por primera vez, Sergio tuvo la sensación de que algo estaba mal en su expresión.

No porque su cara fuera extraña.

Era una cara completamente normal.

El problema era que Sergio sabía que, cuando dejara de verla, no podría conservarla.

—¿Por qué apareces cuando se mueve la pelota?

El jugador miró hacia el centro del campo.

La pelota estaba a punto de detenerse.

Sergio siguió su mirada.

Rodó unos centímetros más.

El jugador habló.

—Todavía no termina.

La pelota se detuvo.

El campo quedó vacío.

Sergio permaneció inmóvil.

Pablo llegó corriendo.

—¿Te dijo algo?

—Sí.

—¿Qué?

Sergio respondió inmediatamente, antes de poder olvidarlo.

—Dijo que todavía no termina.

Los dos miraron hacia las gradas.

La mayor parte del público continuaba allí.

La gente discutía, esperaba explicaciones y grababa el campo con sus teléfonos.

El presidente de la liga bajó hasta la cancha.

—No puedes suspender una final por esto.

Sergio lo miró.

—No vamos a continuar.

—Los equipos quieren jugar.

—Yo no.

—Pongo otro árbitro.

Sergio quiso impedirlo.

No pudo.

Veinte minutos después, otro juez entró al campo.

Los jugadores regresaron.

El equipo azul salió con los mismos once hombres.

Sergio se quedó junto al túnel.

—No lo hagan —le dijo al capitán.

—Solo queremos terminar.

—Cuando empiece, serán doce.

El capitán miró a sus compañeros.

—Lo sabemos.

—Entonces ¿por qué van a entrar?

El hombre tardó en responder.

—Porque ninguno quiere ser el que se quede afuera.

Sergio comprendió.

Si retiraban a uno voluntariamente y el desconocido volvía a aparecer, jugarían once.

Pero nadie sabía qué ocurriría con quien saliera.

Ninguno quería descubrir si el jugador adicional ocuparía simplemente un lugar vacío.

El nuevo árbitro pitó.

La pelota comenzó a moverse.

Sergio contó desde fuera.

Doce.

El partido continuó.

Durante los primeros minutos, nadie jugó con normalidad.

Los futbolistas azules se miraban constantemente.

Fallaban pases sencillos.

Se llamaban por sus nombres.

Se señalaban.

Querían recordar quiénes eran.

El duodécimo jugador seguía mezclándose entre ellos.

Sergio lo veía aparecer en distintos sectores.

A veces cerca de la defensa.

A veces en medio campo.

Nunca permanecía suficientemente aislado.

Hasta que recibió la pelota.

Fue un pase corto.

Completamente normal.

Uno de los mediocampistas azules levantó la cabeza y tocó hacia un compañero.

El hombre recibió.

Sergio sintió que todo el ruido de las gradas se alejaba.

El jugador controló el balón con el pie derecho.

Avanzó.

Un defensor rojo se acercó.

El desconocido pasó la pelota hacia la banda.

La jugada continuó.

El compañero que recibió el pase gritó:

—¡Bien!

Como si supiera perfectamente quién se la había dado.

Sergio miró al mediocampista que había iniciado la jugada.

—¿A quién se la pasaste?

El hombre no podía escucharlo desde aquella distancia.

El partido siguió.

Cinco minutos después, ocurrió de nuevo.

El jugador adicional recibió otro pase.

Después otro.

Los azules estaban jugando con él.

No por accidente.

Lo buscaban.

El capitán le gritó algo.

El hombre respondió.

Durante el juego, pertenecía al equipo.

Cuando había una falta o un saque de banda, desaparecía.

Y cada vez que volvía a aparecer, los demás lo aceptaban inmediatamente.

Sergio comprendió entonces que el problema no era contar doce.

El problema era lo fácil que resultaba dejar de preguntarse por qué eran doce mientras la pelota seguía moviéndose.

Quedaban tres minutos.

El marcador estaba empatado.

El equipo azul recuperó la pelota.

Atacó por el centro.

Sergio vio al desconocido correr hacia el área.

Esta vez pudo seguirlo.

No apartó la mirada.

Un compañero centró.

El jugador adicional saltó.

Tocó el balón con la cabeza.

La pelota entró en la portería.

El estadio improvisado estalló.

Los jugadores azules corrieron hacia el autor del gol.

Lo abrazaron.

Sergio contó.

Doce.

El nuevo árbitro señaló el centro del campo.

El jugador desapareció en medio de la celebración cuando la pelota quedó quieta dentro de la red.

Los once futbolistas continuaron abrazándose.

Durante varios segundos nadie pareció notar que la persona que había marcado ya no estaba entre ellos.

Después comenzaron a separarse.

El capitán miró alrededor.

—¿Quién hizo el gol?

Nadie respondió.

La alegría disminuyó poco a poco.

Uno de los jugadores señaló a un compañero.

—¿Fuiste tú?

—No.

—¿Mario?

—Yo estaba afuera del área.

El público seguía celebrando.

El marcador mostraba dos a uno.

El gol existía.

El goleador no.

Sergio miró al presidente de la liga.

—Termina esto.

El hombre no contestó.

Quedaba menos de un minuto.

Los equipos regresaron a sus posiciones.

Sergio caminó hacia el vestuario.

No quería ver el último reinicio.

Escuchó el silbato.

Después el golpe del balón.

No miró.

Esperó.

Otro silbato sonó poco después.

Final.

La gente aplaudió.

El equipo azul había ganado.

Sergio entró al vestuario de árbitros y cerró la puerta.

Pablo llegó unos minutos después.

—¿Estás bien?

—¿Quién marcó?

Pablo negó.

—Nadie sabe.

—Lo vimos.

—Sí.

—Cientos de personas lo vieron.

—Sí.

—Entonces alguien tiene que poder describirlo.

Pablo se sentó.

—Inténtalo tú.

Sergio cerró los ojos.

Recordó un hombre corriendo.

Una camiseta azul.

Un salto.

El movimiento de cabeza.

Pero cuando intentaba imaginar la cara, aparecían rostros distintos.

Los once jugadores.

El capitán.

Incluso personas del público.

Cualquier cara excepto la correcta.

—No puedo.

—Yo tampoco.

Los campeones celebraron en el campo.

Les entregaron una copa.

Se tomaron fotografías.

Los once jugadores posaron juntos.

No faltaba nadie.

Tampoco había un espacio vacío.

Parecían exactamente el equipo que debía haber ganado.

Sergio permaneció lejos.

Antes de marcharse pasó junto al campo por última vez.

La pelota estaba abandonada cerca del círculo central.

Un niño de los que habían esperado detrás de la malla consiguió entrar mientras los adultos desmontaban algunas vallas.

Corrió hacia ella.

Sergio estuvo a punto de gritarle que no la tocara.

Llegó tarde.

El niño pateó suavemente.

La pelota comenzó a rodar.

Sergio miró hacia el campo.

No apareció ningún jugador.

Sintió alivio.

La pelota continuó unos metros.

Entonces escuchó al niño decir:

—Señor.

Sergio lo miró.

El pequeño señalaba hacia las gradas casi vacías.

—¿Ese jugador no va con su equipo?

Sergio siguió su dedo.

Entre los últimos espectadores que abandonaban el lugar había un hombre con camiseta azul.

Caminaba en dirección contraria a todos los demás.

Sergio intentó contar mentalmente a los campeones que seguían celebrando junto a la salida.

Sabía que eran once.

No necesitaba comprobarlo.

El hombre de azul llegó hasta el borde del campo.

La pelota todavía rodaba.

Se detuvo frente a ella.

Sergio fijó la vista en su rostro.

Esta vez no intentó memorizarlo.

Ya había entendido que eso no servía.

El desconocido miró hacia los jugadores que se marchaban con la copa.

Luego miró a Sergio.

La pelota perdió velocidad.

El hombre comenzó a desaparecer de su memoria incluso antes de desaparecer del campo.

Cuando el balón finalmente se detuvo, Sergio estaba mirando un espacio vacío.

Solo quedó una certeza.

El jugador de más nunca había intentado ganar el partido.

Había necesitado que el partido siguiera el tiempo suficiente para que once hombres aprendieran a jugar con él.

Y lo había conseguido.

Al día siguiente, cuando Sergio intentó reconstruir la final, pudo recordar cada falta, cada tarjeta y casi todas las jugadas importantes.

También recordaba perfectamente el marcador.

Dos a uno.

Lo único que no podía explicar era algo mucho más sencillo.

En su memoria del segundo gol había doce camisetas azules corriendo hacia la portería.

Y, por primera vez desde aquella tarde, ya no estaba completamente seguro de cuáles once habían empezado el partido.

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