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El motel de la ruta fantasma me dio la habitación tres

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El motel de la ruta fantasma me dio la habitación tres

El motor del coche tosió dos veces y se apagó en medio de la nada. Mateo golpeó el volante con la palma abierta, maldijo en voz baja y giró la llave una vez más. Solo obtuvo un clic seco y el silencio absoluto de la carretera rural. No había señal en su teléfono. El GPS marcaba un punto azul parpadeante sobre un tramo gris que no tenía nombre ni número de ruta.

Decidió caminar. La lluvia había empezado a caer con fuerza, convirtiendo el polvo del camino en barro oscuro. A lo lejos, entre los árboles empapados, vio una luz amarilla y parpadeante. Era un letrero de neón viejo que decía "MOTEL EL DESCANSO". Las letras zumbaban como insectos atrapados.

Mateo empujó la puerta de vidrio. El aire interior olía a humedad rancia y a desinfectante barato. Detrás del mostrador de formica agrietada había un hombre mayor con uniforme beige, limpiando unas llaves con un trapo sucio. No levantó la vista cuando entró.

—Necesito una habitación —dijo Mateo, sacudiendo el agua de su chaqueta—. Mi coche se averió afuera.

El hombre dejó las llaves sobre el mostrador. Sus movimientos eran lentos, mecánicos.

—Tenemos la tres —respondió sin mirarlo—. Está al final del pasillo.

Mateo tomó la llave pesada de latón. El número tres estaba grabado en metal desgastado.

—¿Tienen taller mecánico aquí cerca? —preguntó.

El recepcionista finalmente alzó la cabeza. Tenía los ojos cansados, hundidos en cuencas oscuras.

—Mañana —dijo simplemente—. Ahora duerma.

El pasillo era largo y estrecho, con alfombra roja desteñida que absorbía el sonido de sus pasos. Las paredes estaban cubiertas por papel tapiz floral de tonos marrones, agrietado por la humedad. Cada puerta tenía el mismo aspecto: madera oscura barnizada, números dorados opacos. Mateo contó cuatro puertas antes de llegar a la tres.

Dentro, la habitación era pequeña y fría. Una cama doble con colcha de flores idéntica al papel tapiz, una mesita de noche con lámpara de pantalla amarillenta, un armario de espejo y una ventana que daba a un muro de ladrillos. El televisor era un modelo antiguo de tubo, conectado pero apagado.

Mateo se sentó en el borde de la cama. Sacó el teléfono otra vez. Seguía sin señal. Decidió llamar desde el fijo de la mesita de noche. Descolgó el auricular y escuchó tono de marcado. Marcó el número de asistencia vial de su aseguradora.

Al otro lado, alguien contestó al segundo timbre.

—Asistencia vial, buenas noches —dijo una voz femenina, clara y profesional.

—Hola, necesito auxilio mecánico. Estoy en el Motel El Descanso, sobre la ruta... bueno, no sé qué ruta es. Mi coche se quedó tirado.

Hubo una pausa breve. Demasiado breve para ser normal.

—Señor Mateo Rivas —dijo la voz, ahora distinta. Más grave. Más cercana—. Ya sabemos dónde está.

Mateo apartó el auricular de su oreja. Lo miró como si fuera un objeto venenoso.

—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó, aunque ya sabía que no obtendría respuesta lógica.

—No cuelgue —continuó la voz, con un tono que intentaba sonar amable pero fallaba estrepitosamente—. Estamos llegando. Espere en la habitación. No salga al pasillo.

Colgaron.

Mateo volvió a marcar. Línea muerta. Intentó con su celular. Sin servicio. Se acercó a la ventana y apartó la cortina. El muro de ladrillos seguía ahí, húmedo y silencioso bajo la lluvia. Pero entonces notó algo. En el reflejo del cristal, detrás de su propia imagen, la puerta de la habitación estaba abierta.

Se giró rápidamente. La puerta estaba cerrada. La cadena de seguridad intacta.

Volvió a mirar el reflejo. En el cristal, la puerta seguía abierta. Y en el umbral, apenas visible en la penumbra del reflejo, había una silueta alta, inmóvil, observándolo desde el pasillo.

Mateo retrocedió hasta chocar contra la pared opuesta. Respiraba agitadamente. ¿Era una alucinación por el estrés? ¿Fatiga? Se frotó los ojos y miró de nuevo. El reflejo mostraba la puerta cerrada ahora. La silueta había desaparecido.

Soltó el aire lentamente. Era solo cansancio. Solo sugestión. Se sentó en la cama otra vez, decidido a esperar hasta el amanecer.

Entonces escuchó pasos en el pasillo.

Eran pasos lentos, arrastrados, que se detenían justo frente a su puerta. Mateo contuvo la respiración. Los pasos no continuaron hacia la siguiente habitación. Se quedaron allí. Inmóviles. Frente a la tres.

Un golpe suave sonó en la madera. Luego otro. No eran nudillos. Era algo más blando. Como carne golpeando madera.

—Señor Rivas —susurró una voz desde el otro lado. No era la del recepcionista. Era la misma voz del teléfono. La voz grave que había dicho "ya sabemos dónde está"—. Abra, por favor. Traemos ayuda.

Mateo no respondió. Se tapó la boca con ambas manos para ahogar su respiración.

Los golpes cesaron. Hubo silencio durante varios segundos. Luego, el pomo de la puerta giró lentamente. La cadena de seguridad tensó el marco, impidiendo que la puerta se abriera completamente. Pero a través de la rendija de diez centímetros, Mateo vio algo que le heló la sangre.

No era el recepcionista. No era ningún empleado del motel.

Era él mismo.

Su propio rostro, pálido y empapado de lluvia, lo miraba desde la rendija. Los ojos estaban abiertos de par en par, sin parpadear. La boca se movió, formando palabras que Mateo no pudo escuchar, pero cuyos labios leyó con claridad absoluta:

"Déjame entrar. Soy yo."

La figura al otro lado levantó una mano y apoyó la palma contra la madera, exactamente donde Mateo tenía la suya al otro lado. La piel era blanca, hinchada por el agua. Idéntica a la suya.

Mateo retrocedió tropezando con la cama. Cayó sentado. Miró hacia la ventana. En el reflejo del cristal, la puerta estaba abierta de par en par. Y la figura que estaba dentro de la habitación, de pie junto a la cama, ya no era un reflejo. Era real. Estaba ahí. Dentro. Con su misma cara. Con su misma ropa mojada.

La cosa que tenía su rostro sonrió. No era una sonrisa humana. Era una imitación defectuosa, demasiado amplia, mostrando dientes que parecían demasiado blancos, demasiado numerosos.

—Ya estamos aquí —dijo con la voz de Mateo, pero distorsionada, como si hablara a través de agua—. Ahora descansa.

Mateo cerró los ojos. Cuando los abrió, estaba en la cama. La luz de la mañana entraba por la ventana. La puerta estaba cerrada. La cadena, intacta. Todo parecía normal.

Se levantó temblando. Revisó cada rincón de la habitación. Nada. Solo la colcha floral, el armario, el televisor antiguo. Salió al pasillo. Caminó hasta el mostrador. El recepcionista estaba allí, limpiando las mismas llaves con el mismo trapo sucio.

—Me voy —dijo Mateo con voz ronca—. ¿Dónde está mi coche?

El hombre levantó la vista. Sonrió levemente.

—Su coche está afuera, señor. Arranca perfectamente.

Mateo salió corriendo. Su automóvil estaba donde lo había dejado. Giró la llave y el motor encendió sin problemas. Condujo sin mirar atrás, acelerando hasta que el motel desapareció entre los árboles.

Llegó a la ciudad dos horas después. Entró a su apartamento, cerró con doble llave, echó todos los seguros. Se duchó con agua caliente durante veinte minutos, frotándose la piel hasta dejarla roja, como si pudiera lavar algo que no era suciedad física.

Se vistió con ropa seca. Se sirvió un café. Se sentó frente al espejo del baño para peinarse.

En el reflejo, su imagen lo miraba. Normal. Cansada, pero normal.

Entonces, el reflejo parpadeó. Mateo no había parpadeado.

El reflejo sonrió. Esa sonrisa demasiado amplia, demasiado blanca, demasiado numerosa.

Y desde el espejo, con la voz perfecta de Mateo pero con ese tono distorsionado bajo el agua, susurró:

"Aquí también descansamos."

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