Imagen

El manuscrito del sótano cambiaba cada vez que tomaba una decisión

Lectura ~0 min
HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El manuscrito del sótano cambiaba cada vez que tomaba una decisión

Elena trabajaba en el sótano de la biblioteca municipal, restaurando libros dañados por la humedad. El turno nocturno solía ser tranquilo. A esa hora no quedaban lectores en las salas ni empleados en los pisos superiores. Solo se oían el zumbido de la lámpara de escritorio, el roce del papel viejo y, de vez en cuando, las tuberías del edificio.

Esa noche le habían dejado un manuscrito sin título junto a la bandeja de restauración. No tenía autor, fecha ni editorial. Estaba encuadernado en cuero negro, con las páginas amarillentas y los bordes manchados de humedad. Elena debía revisar el estado de la encuadernación antes de decidir si era posible conservarlo.

Lo abrió con cuidado.

Las primeras páginas estaban en blanco. Más adelante encontró varios párrafos escritos a mano con tinta oscura. No había portada ni índice, así que empezó a leer para averiguar si el texto contenía alguna pista sobre su origen.

La historia trataba de una mujer que trabajaba en el sótano de una biblioteca.

Elena dejó de leer.

El personaje también se llamaba Elena. El lugar era una biblioteca municipal. La mujer trabajaba de noche, bajo una lámpara verde, con una taza de café a la derecha del escritorio. Hasta el olor a papel mojado aparecía descrito en una de las primeras líneas.

La coincidencia le pareció demasiado precisa, pero había una explicación posible. Quizá el manuscrito era de un autor local que conocía la biblioteca y había usado el sótano como escenario. Elena se acercó la taza para despejar espacio en la mesa.

Entonces leyó la frase siguiente:

«Elena extendió la mano hacia la taza, pero se detuvo antes de moverla».

Retiró los dedos. La taza permanecía donde estaba.

El texto continuaba:

«Pensó que era una coincidencia. Para comprobarlo, apartó la taza hacia la izquierda».

Elena no la tocó. Miró las palabras y después su mano, inmóvil sobre el escritorio. No había hecho lo que el manuscrito describía.

La tinta cambió ante sus ojos.

Las letras se deslizaron por las fibras del papel, como si alguien escribiera desde el otro lado de la página. La línea nueva apareció despacio:

«Elena se quedó quieta. Tenía miedo».

Elena apartó la silla de golpe. Las patas metálicas rasparon el suelo de concreto. El sonido se extendió por el sótano y se perdió entre las estanterías.

Volvió a mirar el manuscrito.

«Se levantó. Quería salir, pero sabía que si cruzaba la puerta, la historia terminaría».

Elena alzó la vista. La puerta de metal estaba al fondo del pasillo, a unos diez metros. No tenía llave. Podía levantarse, cruzar el sótano y salir.

Se puso de pie.

Por un momento, nada ocurrió. Después sintió que sus piernas se endurecían. No era el miedo. Intentó dar un paso, pero los pies no se separaron del suelo.

En la página, una frase apareció letra por letra:

«Elena comprendió que el texto no la describía. La estaba escribiendo».

Elena quiso pedir ayuda. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. El manuscrito no decía que fuera a gritar.

Esperó unos segundos. Luego cerró la boca y respiró despacio. Si el libro podía anticipar sus movimientos, podía probar con algo sencillo. Levantó la mano derecha y la bajó de inmediato.

La tinta se agitó.

«Elena levantó la mano derecha y la bajó. Creyó que había elegido hacerlo, pero solo estaba siguiendo la historia».

Elena miró la frase. Le temblaban los dedos.

El libro no registraba únicamente lo que ella hacía. También incorporaba sus intentos de resistirse. Cada gesto que usaba para ponerlo a prueba terminaba convertido en otra parte del relato.

Se acercó al escritorio. El cutter que usaba para cortar papel estaba junto a la lámpara. Lo tomó y abrió la hoja metálica. Antes de que pudiera acercarlo al manuscrito, la tinta empezó a moverse.

«Elena pensó en cortar las páginas. Luego imaginó que la hoja podría alcanzar su mano».

Soltó el cutter. Golpeó la mesa y quedó junto a la taza.

Elena volvió a sentarse. No podía salir mientras el texto se lo impidiera. Tampoco sabía si el libro tenía un final o si podía seguir reescribiéndose indefinidamente. Miró el reloj de pared. Marcaba las once y cuarenta.

Pasó a la página siguiente.

«A las once y cuarenta y cinco, Elena escuchará un ruido detrás de ella. Se girará para averiguar qué lo produjo. Será lo último que haga».

Elena levantó los ojos hacia el reloj. Faltaban cinco minutos.

No se giraría. Mantendría la vista fija en la pared de ladrillos que tenía delante. Si el ruido llegaba, no reaccionaría. Si la historia necesitaba que se girara, tal vez pudiera impedir que sucediera.

Puso las manos planas sobre la mesa y fijó la mirada en los ladrillos.

El sótano volvió a quedarse en silencio. El zumbido de la lámpara se mezclaba con su respiración. A las once y cuarenta y tres, oyó un roce detrás de ella. Pudo haber sido una hoja movida por el aire o una suela contra el suelo. Elena no se volvió.

Contó los ladrillos de la pared. Uno, dos, tres, cuatro.

El sonido volvió, más cerca. Elena apretó las manos contra la mesa, pero mantuvo la vista al frente.

El reloj cambió a las once y cuarenta y cinco.

Elena soltó el aire. Había esperado que el texto se equivocara. Miró el manuscrito.

La tinta cubría ahora varias líneas, oscura y brillante.

«Elena no se giró. Pensó que había vencido a la historia».

El texto se detuvo un instante y continuó:

«Pero el ruido no venía de detrás de ella».

Elena frunció el ceño. No entendía qué significaba. Antes de que pudiera seguir leyendo, apareció una línea más.

«Venía de la página».

Algo rozó el papel sobre el escritorio.

Elena bajó la mirada. Las hojas del manuscrito se levantaron apenas, aunque no había viento en el sótano. La tinta de la última página se extendió hasta los bordes y formó una frase que ocupaba casi todo el espacio:

«Elena cerró los ojos. El lector pasó la página».

Ella no los cerró. Se quedó mirando las palabras, esperando que cambiaran otra vez.

La lámpara se apagó.

En la oscuridad, el sótano quedó en silencio. Elena no oyó pasos ni respiración. Solo el roce lento de una hoja al darse vuelta.

Después, nada.

¿Te gustó esta historia?

El final no tiene por qué ser el final

¿Te atreves con otra?

Sigue con una historia relacionada o deja que el azar elija tu próxima inquietud.

0

Comentarios

Publicar un comentario