
«Gire a la derecha en doscientos metros para evitar un obstáculo en la ruta».
La voz del GPS era calmada, femenina y completamente ajena al miedo que comenzaba a instalarse en Nora.
Afuera llovía con tanta fuerza que los limpiaparabrisas apenas conseguían mantener despejado el parabrisas. Los faros iluminaban unos pocos metros de la carretera rural y, más allá, solo aparecían árboles oscuros y agua cayendo entre las ramas.
Eran las dos de la madrugada.
Nora llevaba varias horas conduciendo sola y sentía el cansancio detrás de los ojos. Miró la pantalla del teléfono. La línea azul abandonaba la carretera principal y se desviaba hacia un camino secundario que ni siquiera tenía nombre.
—Debe ser un árbol caído —murmuró.
Giró.
Las ruedas delanteras resbalaron sobre el barro antes de recuperar el agarre. El automóvil entró en el camino de tierra y comenzó a avanzar entre una vegetación tan cerrada que las ramas golpeaban los costados.
Nora redujo la velocidad.
Miró hacia adelante.
No había ningún árbol caído.
Tampoco había maquinaria, conos ni vehículos detenidos.
Solo el camino oscuro.
«En cien metros, gire a la izquierda».
Nora obedeció.
El nuevo sendero era todavía más estrecho. El automóvil avanzó entre dos paredes de vegetación que parecían cerrarse sobre el techo.
Entonces el teléfono perdió la señal.
El pequeño icono de cobertura desapareció.
Nora miró la pantalla.
La ruta seguía funcionando.
Eso no tenía sentido.
«Recalculando».
La voz volvió a sonar.
Esta vez hizo una pausa antes de continuar.
«El obstáculo ya no se encuentra en la carretera principal».
Nora frunció el ceño.
—¿Entonces dónde está?
El GPS respondió sin que ella hubiera tocado nada.
«Se encuentra en su ruta actual».
Nora levantó el pie del acelerador.
El automóvil avanzó unos metros más.
«Treinta metros».
Nora miró hacia adelante.
Los faros atravesaban la lluvia y alcanzaban el camino hasta una curva cerrada.
No había nadie.
«Veinte metros».
Apretó el volante.
«Diez metros».
Nora frenó.
El automóvil se detuvo con un pequeño derrape sobre el barro.
Durante unos segundos solo escuchó la lluvia golpeando el techo.
Miró hacia la curva.
Nada.
No había una persona.
No había un animal.
No había ningún objeto en el camino.
—Es un error —dijo.
La voz del GPS permaneció en silencio.
Nora estiró la mano para cerrar la aplicación.
Antes de tocar la pantalla, escuchó la siguiente indicación.
«El obstáculo mide aproximadamente un metro setenta».
Nora retiró la mano.
«Está caminando hacia el vehículo».
Sintió que se le helaban los dedos.
Miró nuevamente por el parabrisas.
La lluvia caía frente a los faros.
El camino seguía vacío.
Entonces escuchó tres golpes.
No vinieron del exterior.
Sonaron contra la puerta del conductor.
Toc.
Toc.
Toc.
Nora se quedó inmóvil.
Miró el seguro.
Seguía levantado.
Los golpes no volvieron.
Ella respiró lentamente y revisó el espejo lateral.
Nada.
Miró el retrovisor.
Solo vio el interior del automóvil y la oscuridad detrás.
—No hay nadie —susurró.
La pantalla del teléfono se encendió con una nueva instrucción.
«El obstáculo está junto a usted».
Nora no se movió.
«No abra la puerta».
El mensaje desapareció.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después, el automóvil se inclinó ligeramente hacia el lado del conductor.
Nora sintió el cambio de peso.
Algo estaba apoyándose contra la puerta.
El metal emitió un pequeño crujido.
Ella giró lentamente la cabeza hacia la ventana.
El vidrio estaba cubierto de gotas.
No había ningún rostro.
No había ninguna silueta.
Pero las gotas que cubrían el cristal comenzaron a desplazarse.
No por la lluvia.
Desde el exterior, algo invisible estaba apoyando el cuerpo contra la ventana y empujando el agua hacia abajo.
Nora dejó escapar un pequeño sonido.
La pantalla volvió a encenderse.
«El obstáculo está intentando entrar».
El seguro de la puerta del conductor bajó.
Nora dio un respingo.
La manija exterior se movió.
Una vez.
Después otra.
La puerta no se abrió.
Nora sostuvo el volante con ambas manos.
No quería mirar hacia el asiento del copiloto.
La puerta del conductor dejó de moverse.
El automóvil recuperó lentamente su posición.
Por unos segundos todo quedó quieto.
Entonces el asiento del copiloto descendió.
Muy poco.
Apenas unos centímetros.
Pero Nora lo vio.
La tela gris se hundió como si alguien acabara de sentarse.
El aire del automóvil se volvió frío.
Un olor húmedo comenzó a extenderse por el interior. Tierra mojada, hojas podridas y algo parecido al ozono después de una tormenta.
Nora cerró los ojos.
No quería comprobarlo.
Escuchó una respiración.
Lenta.
Profunda.
Muy cerca de su hombro derecho.
El vidrio de la ventana del copiloto comenzó a empañarse desde el centro hacia afuera.
Cada exhalación dejaba una nueva capa de vaho.
Nora mantuvo los ojos cerrados.
El asiento permanecía hundido.
Algo estaba sentado junto a ella.
El teléfono vibró sobre el tablero.
Nora abrió los ojos.
La pantalla mostraba:
«Ha llegado a su destino».
La frase no tenía sentido.
Nora miró el mapa.
La línea azul había desaparecido.
En su lugar solo había un punto parpadeando en medio del camino.
Entonces se encendió la luz interior del automóvil.
Nora giró la cabeza.
El asiento del copiloto estaba vacío.
La tela había recuperado su forma.
El vaho de la ventana comenzaba a desaparecer.
Nora respiró con dificultad.
Miró el espacio entre los asientos.
Nada.
Revisó el suelo.
Nada.
Volvió a mirar el asiento.
Seguía vacío.
Una risa nerviosa se le escapó de la garganta.
—Estoy cansada —dijo—. Eso es todo.
Se llevó una mano a la cara.
Intentó recuperar el control de la respiración.
Entonces escuchó un clic.
El seguro de la puerta del copiloto había bajado.
Nora miró la puerta.
El tirador interior se movió ligeramente.
No llegó a abrirse.
Solo se movió.
Después volvió a su posición.
Nora tomó el teléfono.
La pantalla estaba negra.
Intentó encenderla.
Nada.
Volvió a intentarlo.
La pantalla se iluminó.
El GPS estaba abierto.
La ruta había regresado.
Pero ahora la línea azul no comenzaba en el automóvil.
Comenzaba unos metros detrás de él.
Nora sintió un escalofrío.
El mapa mostraba dos puntos.
Uno correspondía a su automóvil.
El otro estaba justo detrás.
Se acercaba lentamente.
Nora levantó la vista hacia el espejo retrovisor.
No vio nada.
Pero el segundo punto seguía avanzando.
Un metro.
Después otro.
Hasta quedar exactamente detrás del vehículo.
La voz del GPS habló.
Ya no sonaba como antes.
Seguía siendo femenina, pero el tono había perdido aquella calma artificial.
«No intente salir».
Nora miró la puerta del conductor.
El seguro seguía levantado.
Podía abrirla.
Podía correr.
Podía pedir ayuda.
Entonces el GPS añadió:
«El obstáculo todavía no ha terminado de entrar».
Nora sintió que algo cambiaba detrás de ella.
El asiento trasero se hundió.
Primero un lado.
Después el otro.
Como si alguien invisible estuviera acomodándose lentamente.
Nora no se atrevió a mirar.
El automóvil descendió unos centímetros bajo un peso que ahora estaba detrás de ella.
La lluvia continuó golpeando el techo.
El teléfono permaneció encendido sobre el tablero.
Y el GPS, con una voz cada vez más baja, comenzó a recalcular la ruta.
«Espere».
El asiento trasero volvió a hundirse.
«Todavía falta una persona».
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