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Después de los créditos, la película siguió sola

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Después de los créditos, la película siguió sola

Cuando terminaron los créditos, Irene ya estaba buscando su bolso debajo del asiento.

La función había empezado cerca de la medianoche y la película duraba más de dos horas. Era una reposición de terror que el cine había programado por una semana, y aquella noche apenas habían ocupado una tercera parte de la sala.

Tomás, sentado a su lado, bostezó.

—¿Nos vamos?

—Espera. Siempre ponen algo después de los créditos.

—Eso dices en todas las películas.

—Y alguna vez tengo razón.

La mayoría del público ya se había marchado. Solo quedaban seis personas.

Irene y Tomás estaban en la fila siete.

Tres filas más adelante permanecía una pareja joven. En el extremo izquierdo había un hombre de unos cincuenta años que seguía mirando su teléfono. Cerca del pasillo central, una mujer con abrigo rojo recogía lentamente sus cosas.

Los créditos terminaron.

La pantalla quedó negra.

Tomás levantó las manos.

—Nada.

Irene sonrió.

—Ahora sí.

La mujer del abrigo rojo se puso de pie.

Entonces la pantalla volvió a encenderse.

Todos miraron.

No apareció ninguna escena de la película.

Apareció la sala.

Su sala.

Irene tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

La imagen parecía tomada desde algún punto detrás de la pantalla, mirando hacia las butacas.

Las luces de emergencia iluminaban débilmente los escalones. Los asientos rojos ocupaban casi toda la imagen.

Y allí estaban ellos.

Seis personas.

La pareja.

El hombre del teléfono.

La mujer del abrigo rojo.

Tomás.

Irene.

Nadie habló.

La mujer del abrigo rojo se quedó de pie junto a su asiento.

En la pantalla también estaba de pie.

—¿Hay una cámara ahí? —preguntó Tomás.

Irene miró hacia la parte frontal de la sala.

Solo estaba la pantalla.

No había ningún lugar lógico desde el cual obtener aquel ángulo.

La imagen continuó.

La mujer del abrigo rojo recogió su bolso en la pantalla.

Pero en la sala real todavía no lo había hecho.

Irene frunció el ceño.

Dos segundos después, la mujer se agachó y tomó el bolso.

Exactamente como acababan de verlo.

Tomás dejó de sonreír.

En la pantalla, la mujer caminó hacia el pasillo.

La mujer real permanecía quieta.

Miraba su propia imagen.

—Yo no voy a hacer eso —dijo.

Nadie respondió.

Su versión en la pantalla continuó descendiendo por los escalones y salió por la puerta lateral.

La mujer real retrocedió.

—No.

Tomás se inclinó hacia Irene.

—Esto tiene retraso o adelanto. Algún truco.

La mujer del abrigo rojo negó.

—Yo no voy a salir.

En la pantalla, la puerta lateral ya estaba cerrada.

La mujer permaneció junto a su asiento.

Pasaron varios segundos.

Después su teléfono comenzó a sonar.

Ella miró la pantalla.

—No.

El teléfono continuó.

La mujer lo sacó del bolso.

Leyó algo.

Su rostro cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó la joven de las filas delanteras.

—Mi mamá.

Contestó.

—¿Mamá?

Escuchó durante unos segundos.

—Voy.

Guardó el teléfono y bajó rápidamente hacia la salida.

Tomás se levantó.

—Señora.

La mujer no respondió.

Salió por la puerta lateral.

Exactamente como había aparecido en la pantalla.

Irene sintió una incomodidad profunda.

La imagen cambió.

No hubo corte visible. Simplemente, la perspectiva pareció acercarse un poco.

Ahora quedaban cinco personas en la sala proyectada.

La pareja seguía sentada.

El hombre del teléfono levantó la cabeza.

Tomás e Irene permanecían juntos.

Nadie aparecía junto a la salida.

—Voy a buscar a un empleado —dijo el hombre del teléfono.

En la pantalla, él continuaba sentado.

El hombre real se puso de pie.

—No —dijo Irene.

Él la miró.

—¿Qué?

Irene señaló la pantalla.

—Ahí no se levanta.

El hombre observó su propia imagen.

—¿Y qué?

—La otra señora hizo exactamente lo que apareció.

Él soltó una pequeña risa nerviosa.

—Pues yo voy a hacer lo contrario.

Bajó hacia la puerta.

En la pantalla, su versión continuó sentada mirando el teléfono.

El hombre real abrió la puerta lateral.

Antes de salir se volvió hacia los demás.

—¿Ven? Nada.

Atravesó la puerta.

Esta se cerró detrás de él.

La pantalla cambió.

Su asiento ahora estaba vacío.

Irene sintió que se le cerraba el estómago.

Tomás miró hacia la puerta.

—Eso sí fue raro.

Esperaron a que el hombre regresara.

No lo hizo.

La joven de las filas delanteras levantó la voz.

—Señor.

Nadie respondió.

Su acompañante se levantó.

—Voy a verlo.

Ella lo agarró.

—No.

—Solo está afuera.

—Espera.

Pasó casi un minuto.

Tomás sacó el teléfono.

No tenía señal.

Irene revisó el suyo.

Tampoco.

—Hace un momento tenía —dijo.

La pantalla volvió a cambiar.

Ahora la pareja estaba separada.

El muchacho aparecía junto a la puerta lateral.

La joven permanecía sentada.

Irene y Tomás seguían en la fila siete.

El hombre miró la proyección.

—Bien. Eso sí lo puedo evitar.

Volvió a sentarse.

Su novia lo abrazó del brazo.

—Nos quedamos aquí.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Luego se escucharon tres golpes desde la puerta lateral.

Todos miraron.

Otros tres golpes.

El muchacho se puso de pie por reflejo.

Su novia lo sujetó.

—No vayas.

Volvieron a golpear.

Esta vez escucharon una voz.

—Oigan.

Era el hombre que había salido.

—Abran.

Tomás se levantó.

—Está afuera.

Irene lo agarró.

—¿Por qué no entra?

La puerta se abría desde ambos lados.

No había ningún seguro.

La voz volvió.

—No puedo abrir.

El muchacho de las filas delanteras descendió dos escalones.

En la pantalla, su versión también comenzó a caminar hacia la puerta.

Su novia lo llamó.

—Daniel, vuelve.

Él se detuvo.

La versión de la pantalla no.

Continuó bajando.

Daniel se quedó mirando.

Su imagen llegó a la salida.

Abrió la puerta.

Y desapareció.

Daniel seguía en medio del pasillo de la sala real.

Nadie habló.

La pantalla mostró entonces algo que hizo que Irene sintiera verdadero miedo.

La puerta proyectada volvió a abrirse.

Daniel regresó.

Pero el Daniel real seguía de pie frente a ellos.

La joven empezó a llorar.

—Daniel.

Él miró hacia la pantalla.

Su versión caminó hasta el asiento y se sentó junto a ella.

La joven proyectada se acercó a su hombro.

Los dos permanecieron tranquilos.

El Daniel real retrocedió.

—No soy yo.

Tomás habló sin apartar la vista de la pantalla.

—Ya lo sabemos.

La pareja proyectada miraba hacia el frente.

No hacia la película.

Hacia ellos.

Hacia el punto desde el cual parecía estar grabándose aquella imagen imposible.

Irene sintió un escalofrío.

—Nos están mirando.

Tomás no entendió.

—¿Quiénes?

Irene señaló.

—Ellos.

La versión proyectada de Daniel levantó lentamente la cabeza.

Después hizo algo que Daniel real no hizo.

Sonrió.

La pantalla se apagó.

La joven gritó.

Las luces de la sala se encendieron de golpe.

Durante un instante, todo volvió a parecer normal.

Filas de asientos.

Vasos vacíos.

Palomitas en el suelo.

Puertas laterales.

Tomás respiró.

—Nos vamos todos juntos.

Nadie discutió.

Irene tomó su bolso.

La pareja se acercó.

Daniel estaba pálido.

—No quiero pasar por esa puerta.

—Usamos la otra —dijo Tomás.

Había una salida en el extremo opuesto.

Subieron hacia ella.

Irene iba primero.

Cuando estaba a punto de llegar, escuchó el proyector.

El mecanismo arrancó detrás.

La pantalla volvió a iluminarse.

Irene no quería mirar.

Miró.

La imagen mostraba la sala vacía.

Completamente vacía.

No había cinco personas.

No había nadie.

Solo los asientos.

Las cuatro personas que subían hacia la salida real se detuvieron.

—No —dijo la joven.

Tomás intentó abrir la puerta.

No pudo.

Empujó.

Nada.

Daniel lo ayudó.

La puerta no cedió.

Irene miró la pantalla.

En la imagen proyectada, la puerta superior se abrió.

Alguien entró en la sala vacía.

Era la mujer del abrigo rojo.

Caminó hasta su antiguo asiento.

No llevaba bolso.

Se sentó.

Permaneció mirando hacia el frente.

La joven real lloraba.

—Ella salió.

Irene asintió.

La mujer proyectada levantó una mano.

Señaló hacia una fila.

La siete.

Hacia el asiento de Irene.

La imagen volvió a apagarse.

Entonces escucharon un sonido detrás.

Una butaca plegándose.

Todos se giraron.

Una silla de la fila siete acababa de levantarse sola.

Después otra.

Y otra.

Una por una, las butacas comenzaron a plegarse desde el fondo de la sala.

No rápidamente.

Fila por fila.

Como si la sala estuviera quedando libre.

Tomás empujó la puerta con más fuerza.

—Ábrete.

Irene bajó la mirada.

Había un pequeño letrero iluminado junto a la salida.

SALIDA.

Debajo, donde normalmente no había nada, apareció otra palabra.

FUNCIÓN EN CURSO.

Irene retrocedió.

—No quiere que salgamos.

Daniel la miró.

—¿Quién?

Irene no respondió.

Las butacas continuaban cerrándose.

Fila doce.

Once.

Diez.

La joven miró hacia abajo.

—Está llegando.

Fila nueve.

Fila ocho.

Las cuatro personas abandonaron la puerta y corrieron hacia la parte inferior.

Irene no sabía por qué.

Solo quería alejarse de aquellos asientos que se plegaban.

Llegaron frente a la pantalla.

Detrás de ellos se escuchó la fila siete.

Asiento tras asiento.

Tomás miró a su alrededor.

—Tiene que haber una salida detrás.

—¿Detrás de la pantalla?

—Algún acceso técnico.

Encontraron un extremo de la tela y avanzaron por un pasillo estrecho entre la pantalla y la pared.

Estaba oscuro.

Tomás encendió la linterna del teléfono.

Había cables.

Estructuras metálicas.

Una pequeña puerta de servicio.

Daniel la abrió.

Esta sí cedió.

—Vamos.

La joven salió primero.

Después Daniel.

Irene iba a seguirlos cuando escuchó a Tomás.

—Espera.

Él miraba hacia atrás.

A través de una abertura podía verse parte de la pantalla desde detrás.

La imagen había regresado.

Pero vista desde allí aparecía invertida.

Tomás señaló algo.

Irene se acercó.

La proyección mostraba el pasillo técnico en el que estaban.

A ellos.

Daniel y su novia ya no aparecían.

Solo Irene y Tomás.

La Irene de la pantalla miraba hacia la puerta de servicio.

El Tomás proyectado no.

Miraba hacia atrás.

Hacia la oscuridad detrás de la pantalla.

El Tomás real siguió la dirección de su propia imagen.

Irene sintió miedo.

—No mires.

Él ya lo había hecho.

—Hay alguien ahí.

Irene no se giró.

—Sal.

—Irene.

—Sal ahora.

La versión proyectada de Tomás comenzó a retroceder.

En la realidad, él permaneció quieto.

Irene tiró de su brazo.

—Tomás.

Desde la oscuridad llegó un roce.

Como zapatos sobre cemento.

Tomás reaccionó.

Los dos atravesaron la puerta.

La cerraron.

Al otro lado había un corredor de servicio iluminado.

Daniel y su novia estaban unos metros adelante.

—Vamos —dijo Daniel.

Corrieron.

El corredor desembocaba en el vestíbulo del cine.

No había empleados.

Las luces estaban encendidas.

Los mostradores vacíos.

Los vasos apilados.

La máquina de palomitas apagada.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó la joven.

Irene miró un reloj publicitario.

Eran las tres y cuarenta de la madrugada.

—El cine cerró.

Tomás negó.

—Pero había gente trabajando cuando entramos.

Daniel caminó hacia la salida principal.

Las puertas se abrieron automáticamente.

Los cuatro salieron al estacionamiento.

Irene respiró el aire frío.

Por primera vez desde que había terminado la película sintió que podía pensar.

Daniel llamó al hombre que había salido primero.

El teléfono sonó.

No contestó.

La joven buscó a la mujer del abrigo rojo.

—¿Dónde está su auto?

Nadie sabía cuál era.

Tomás miró hacia la fachada del cine.

—No volvemos a entrar.

Daniel asintió.

Se separaron poco después.

Irene y Tomás tomaron un taxi.

Durante el viaje no hablaron demasiado.

Al llegar a casa, Irene revisó su teléfono.

Tenía señal otra vez.

Buscó la película que habían visto.

La duración oficial era de una hora y cincuenta y seis minutos.

Irene miró la entrada digital.

La función había comenzado a las doce y diez.

Según el comprobante, había terminado a las dos y seis.

Ellos habían salido del cine después de las tres y cuarenta.

Más de una hora no aparecía en ningún lugar.

Tomás le escribió.

“¿Estás despierta?”

Irene respondió que sí.

Él tardó unos segundos.

“Daniel me llamó.”

Irene sintió miedo antes de leer lo siguiente.

“Su novia no llegó a casa.”

Irene llamó de inmediato.

—¿Qué pasó?

Tomás habló rápidamente.

—Daniel dice que subió con ella a un taxi. Ella se bajó primero. Él siguió hasta su casa.

—Entonces llegó.

—No.

—¿Cómo que no?

—La familia dice que nunca entró.

Irene se sentó en la cama.

—Tal vez se fue a otro lugar.

—Daniel volvió al edificio. El portero dice que vio llegar el taxi.

—¿Y?

Tomás tardó.

—Dice que Daniel bajó solo.

Irene cerró los ojos.

Recordó la pantalla.

La sala vacía.

Después la mujer del abrigo rojo regresando.

—No quiero hablar de esto por teléfono.

—Yo tampoco.

No durmieron.

A la mañana siguiente, Irene buscó noticias.

No encontró nada.

Ni desaparecidos.

Ni incidentes en el cine.

A media tarde, Daniel escribió en el grupo que habían creado.

“Ya apareció.”

Irene sintió alivio.

“¿Dónde estaba?”

Daniel tardó varios minutos.

“En su casa.”

Tomás respondió:

“¿Entonces?”

Daniel escribió:

“No recuerda haber ido al cine.”

Irene dejó el teléfono.

La conversación terminó allí.

Durante dos días nadie volvió a escribir.

El lunes por la tarde, Irene recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Irene Vargas?

—Sí.

—La llamamos del cine Central.

Irene permaneció callada.

—Encontramos un bolso en la sala cuatro. Creemos que es suyo.

—Yo tengo mi bolso.

La empleada dudó.

—Entonces quizá hay un error.

—¿Qué encontraron?

—Una cartera negra. Tiene un documento con su nombre.

Irene sintió frío.

Miró su cartera sobre la mesa.

Sacó la billetera.

Su documento estaba allí.

—No es mío.

—Entiendo. Disculpe.

Irene iba a colgar.

—Espere.

—¿Sí?

—¿En qué asiento estaba?

Escuchó teclas.

—Fila siete. Asiento doce.

Era su asiento.

Irene colgó.

No fue a recoger la cartera.

Una semana después, el cine retiró aquella película de cartelera.

Irene intentó olvidar.

Lo consiguió durante un tiempo.

Hasta que Tomás le envió una fotografía.

Era la cartelera digital del cine.

Habían anunciado una nueva función nocturna.

La imagen promocional no correspondía a ninguna película conocida.

Mostraba una sala de cine vacía.

En el centro había cuatro personas sentadas.

La fotografía estaba demasiado oscura para distinguir sus rostros.

Pero Irene reconoció el abrigo rojo de una de ellas.

Reconoció a Daniel.

Reconoció a su novia.

Y reconoció la camisa que Tomás llevaba aquella noche.

—¿Dónde estás? —le escribió Irene.

Tomás respondió:

“En casa.”

Irene amplió la imagen.

Había algo más.

Un quinto asiento ocupado.

Fila siete.

Asiento doce.

Una mujer estaba sentada allí.

Solo se veía desde atrás.

Tenía el cabello de Irene.

Ella llamó al cine.

Nadie respondió.

Entró a la página web.

La función aparecía programada para esa misma noche.

Hora de inicio: doce y diez.

Duración: una hora y cincuenta y seis minutos.

Irene actualizó la página.

La duración cambió.

Dos horas y cuarenta y ocho minutos.

Volvió a actualizar.

Tres horas y doce minutos.

La cifra seguía aumentando.

Irene cerró el navegador.

A las doce y diez de aquella noche apagó el teléfono.

No miró televisión.

No abrió ninguna computadora.

Permaneció en su dormitorio con todas las luces encendidas.

A las dos y seis respiró aliviada.

La película, si realmente estaba proyectándose, debería haber terminado.

Pasaron algunos minutos.

Entonces escuchó un sonido en la pared.

Un chasquido.

Después otro.

Irene tardó en reconocerlo.

Era el ruido de un proyector arrancando.

No venía del televisor.

No venía del teléfono.

Venía del departamento de al lado.

El sonido continuó.

Irene permaneció inmóvil.

Una luz apareció por debajo de la puerta de su dormitorio.

Blanca.

Intermitente.

Como la de una película proyectándose desde el corredor.

Irene no salió.

Cerró los ojos.

Durante varios minutos escuchó el mecanismo.

Después llegaron unas voces amortiguadas.

Personas hablando.

Una sala llena.

Risas nerviosas.

Butacas moviéndose.

Irene se tapó los oídos.

El sonido se detuvo.

Pasaron unos segundos.

Entonces alguien aplaudió una vez desde el corredor.

Después otra persona.

Luego otra.

Hasta que una sala entera pareció comenzar a aplaudir al otro lado de la puerta.

Irene no se movió.

Los aplausos terminaron.

Escuchó el ruido de muchas personas levantándose.

Pasos alejándose.

Puertas abriéndose.

Poco a poco todo quedó en calma.

Irene abrió los ojos.

La luz debajo de la puerta había desaparecido.

Permaneció sentada hasta el amanecer.

Cuando finalmente salió, no encontró a nadie.

El departamento estaba vacío.

La puerta principal seguía cerrada.

Pero sobre la mesa de la sala había algo que no estaba allí la noche anterior.

Un boleto de cine.

Sala cuatro.

Fila siete.

Asiento doce.

Irene no lo tocó.

Debajo del número de asiento había una frase impresa.

No era el título de ninguna película.

Decía:

“ÚLTIMA ESPECTADORA.”

Irene retrocedió.

En ese momento, la televisión apagada reflejó la sala detrás de ella.

El sofá.

La mesa.

La ventana.

Y varias filas de butacas que no existían.

Todas vacías.

Excepto una.

En la última fila, alguien estaba sentado.

Esperando a que Irene se diera vuelta.

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