
El primer incidente ocurrió en la escalera del edificio, un lunes por la mañana.
Javier bajaba los cuatro pisos hacia el vestíbulo, con el maletín en una mano y el teléfono en la otra. Iba tarde para una reunión con un cliente. Al llegar al segundo tramo, apoyó la mano izquierda en la barandilla metálica para mantener el equilibrio mientras bajaba los escalones más rápido.
Su palma tocó el acero frío de la barandilla. Y se quedó ahí.
No fue un agarre voluntario. No fue que sus dedos se cerraran con fuerza. Fue como si la piel de su mano se hubiera fusionado con el metal. Javier intentó levantar la mano. No se movió. Intentó con más fuerza. Nada.
Se detuvo en el escalón, con el cuerpo inclinado hacia adelante, la mano izquierda pegada a la barandilla, el maletín colgando de la derecha. Miró su palma. Estaba plana contra el metal, los dedos extendidos, sin tensión muscular. No estaba agarrando. Estaba pegada.
Tiró del brazo. El dolor le subió por el hombro, pero la mano no se despegó. Era como si la barandilla y su piel fueran un solo objeto.
Javier sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Miró hacia arriba. No había nadie en la escalera. Miró hacia abajo. Tampoco.
Tiró con más fuerza, usando todo el peso de su cuerpo. El dolor en el hombro se volvió agudo. La mano no cedió.
Pasaron diez segundos. Veinte. Treinta.
Y entonces, con un sonido húmedo y repugnante, como velcro arrancándose, la mano se despegó.
Javier retrocedió tambaleándose, llevándose la mano al pecho. La palma estaba roja, irritada, como si hubiera tocado algo caliente. Pero no había marcas. No había heridas. Solo la sensación de que la piel había sido arrancada y vuelta a pegar.
Se quedó en la escalera, respirando agitadamente, mirando la barandilla. El acero brillaba bajo la luz fluorescente. No había nada extraño. No había sustancia, no había pegamento, no había nada visible.
Javier miró el reloj. Llegaría tarde. Sacudió la cabeza, se dijo que había sido un espasmo muscular, un calambre, algo así. Bajó el resto de los escalones sin tocar la barandilla.
Esa noche, al llegar a casa, tocó la puerta del refrigerador para abrirla.
Su mano se pegó.
Esta vez fue peor. La palma derecha se adhirió al metal blanco del refrigerador con la misma sensación de fusión. Javier intentó despegarla. No se movió. Tiró con fuerza. Nada.
Pasó un minuto. Dos. Tres.
El dolor en el hombro era insoportable. Javier jadeaba, con el sudor corriéndole por la frente. Finalmente, con un sonido aún más húmedo y repulsivo que la primera vez, la mano se despegó.
Javier se dejó caer en el suelo de la cocina, con la mano derecha apretada contra el pecho. La palma estaba roja otra vez, irritada, pero sin heridas visibles.
No era un espasmo muscular. No era un calambre. Algo le estaba pasando a su piel. Cada vez que tocaba una superficie, se quedaba pegado. Y cada vez tardaba más en despegarse.
La primera vez: treinta segundos. La segunda vez: tres minutos.
Javier se quedó sentado en el suelo de la cocina, mirando sus manos. Tenía que comer. Tenía que beber. Tenía que usar el baño. Tenía que abrir puertas, tocar objetos, vivir. Pero cada superficie lo atrapaba.
Decidió usar guantes. Buscó en el cajón de la cocina unos guantes de látex, los que usaba para lavar los platos. Se los puso. Tocó la puerta del refrigerador otra vez.
Los guantes se pegaron.
Javier tiró del brazo. Los guantes no se despegaban. Eran como una segunda piel adherida al metal. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.
El dolor en el hombro era tan intenso que Javier sintió náuseas. Finalmente, los guantes se despegaron, pero se quedaron pegados a la puerta del refrigerador, con la palma de la mano de Javier aún dentro, fusionada con el látex.
Javier tuvo que arrancar los guantes de la puerta, y al hacerlo, la piel de sus dedos se irritó aún más. Se quedó con las manos temblando, mirando los guantes rotos en el suelo.
No podía usar guantes. Los guantes también se pegaban.
Esa noche no cenó. No pudo abrir el refrigerador sin arriesgarse a quedarse pegado otra vez. Se quedó en la sala, sentado en el sofá, sin tocar nada, con las manos en el regazo, mirando la pared.
A la mañana siguiente, la situación era peor.
Javier necesitaba ir al baño. Caminó hasta la puerta del baño. Apoyó la mano en el picaporte.
Se pegó.
Javier tiró del brazo. Nada. Pasó un minuto. Dos. Cinco. El dolor en el hombro era insoportable. Finalmente, se despegó.
Pero ahora tenía que abrir la puerta. Giró el picaporte con la otra mano. Empujó la puerta. Entró al baño.
Cerró la puerta detrás de él. Se acercó al inodoro. Bajó la tapa. Se sentó.
Sus nalgas tocaron la madera del inodoro. Y se pegaron.
Javier gritó. Intentó levantarse. No pudo. Sus nalgas estaban fusionadas con la tapa del inodoro. Tiró con las piernas, con los brazos, con todo su cuerpo. Nada.
Pasaron diez minutos. Quince. Veinte.
El dolor en la cadera era tan intenso que Javier sintió que se desmayaba. Finalmente, con un sonido húmedo y desgarrador, se despegó. Cayó al suelo del baño, con las nalgas ardiendo, la piel irritada y roja.
Se quedó en el suelo, respirando agitadamente, con lágrimas en los ojos. No podía usar el inodoro. No podía sentarse en nada. No podía tocar nada sin quedarse pegado.
Javier se levantó con cuidado. Miró el lavabo. Necesitaba lavarse la cara, necesitaba agua fría. Apoyó la mano en el grifo.
Se pegó.
Javier cerró los ojos, conteniendo un grito. Pasaron cinco minutos. Diez. Finalmente se despegó.
No podía lavarse la cara. No podía beber agua del grifo. No podía hacer nada sin quedarse pegado.
Salió del baño. Caminó a la sala. Se quedó de pie en el centro, sin tocar nada, con las manos extendidas a los lados, como un espantapájaros.
Pasó una hora. Dos. Tres.
Javier tenía sed. Tenía hambre. Tenía que ir al trabajo. Pero no podía tocar nada.
Intentó beber directamente de la botella de agua que había dejado en la mesa. Inclinó la botella con cuidado, sin tocarla con las manos, solo con los labios. El agua entró en su boca. Bebió.
Pero al terminar, sus labios se pegaron al borde de la botella.
Javier entró en pánico. Intentó separar la boca de la botella. No pudo. Sus labios estaban fusionados con el plástico. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.
Finalmente se despegó. La piel de sus labios estaba irritada, roja, sangrando ligeramente.
Javier dejó caer la botella. Se quedó de pie en la sala, con las manos temblando, los labios ardiendo, las nalgas adoloridas, los hombros destrozados.
No podía tocar nada. No podía sentarse. No podía comer. No podía beber. No podía usar el baño. No podía abrir puertas.
Estaba atrapado en su propio apartamento, sin poder tocar nada sin quedarse pegado.
Javier miró sus manos. Estaban rojas, irritadas, con la piel sensible. Cada vez que tocaba algo, se quedaba pegado más tiempo. La primera vez: treinta segundos. La segunda: tres minutos. La tercera: cinco minutos. La cuarta: diez minutos.
La progresión era clara. Cada contacto duraba más. Y eventualmente, no podría despegarse nunca.
Javier se sentó en el suelo. No en el sofá, no en una silla. En el suelo, porque el suelo era grande, plano, y si se pegaba, al menos podría arrastrarse.
Se quedó sentado en el suelo de la sala, con la espalda apoyada en la pared, las piernas extendidas, las manos en el regazo.
Pasaron horas. Javier no comió. No bebió. No se movió. Solo se quedó ahí, mirando la pared, pensando.
A las diez de la noche, tenía sed. Mucha sed. La garganta le ardía. La lengua se le pegaba al paladar.
Javier miró la botella de agua en la mesa. Estaba a un metro de distancia. Podía inclinarse, tomar la botella con los labios, beber.
Pero sus labios ya se habían pegado una vez. Si se pegaba otra vez, ¿cuánto tardaría en despegarse? ¿Quince minutos? ¿Veinte?
Javier cerró los ojos. No podía seguir así. No podía quedarse en el suelo para siempre. Tenía que encontrar una solución.
Se levantó con cuidado. Caminó hacia la cocina. Abrió el cajón de los cuchillos con el codo. Sacó un cuchillo. Lo sostuvo con los dedos, sin que la palma tocara el mango.
Caminó hacia la puerta principal. Apoyó la mano en el picaporte.
Se pegó.
Javier cerró los ojos. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince. Finalmente se despegó.
Abrió la puerta. Salió al pasillo. Caminó hacia las escaleras.
Bajó los cuatro pisos sin tocar la barandilla, con las manos extendidas a los lados, como un sonámbulo.
Llegó al vestíbulo. Empujó la puerta de la calle.
Se pegó.
Javier tiró del brazo. Nada. Pasaron diez minutos. Quince. Veinte. El dolor en el hombro era insoportable. Finalmente se despegó.
Salió a la calle. El aire frío de la noche le golpeó la cara. Caminó hacia la esquina, hacia la farmacia.
Llegó a la farmacia. Empujó la puerta.
Se pegó.
Javier cerró los ojos. Pasaron veinte minutos. Veinticinco. Treinta. Finalmente se despegó.
Entró a la farmacia. El farmacéutico lo miró con extrañeza.
—¿Necesita ayuda? —preguntó el hombre.
Javier no respondió. No podía hablar. No podía explicar. Caminó hacia el pasillo de los analgésicos. Tomó una caja de ibuprofeno con los dedos, sin que la palma tocara el cartón.
Caminó hacia la caja. Pagó con billetes que sostuvo con las puntas de los dedos. Salió de la farmacia.
Regresó a su apartamento. Subió las escaleras sin tocar la barandilla. Entró a su apartamento. Cerró la puerta.
Se sentó en el suelo de la sala. Abrió la caja de ibuprofeno con los dientes. Sacó dos pastillas. Las tragó sin agua.
Se quedó sentado en el suelo, mirando la pared.
Pasaron horas. Javier no se movió. No comió. No bebió. Solo se quedó ahí, con las manos en el regazo, sin tocar nada.
A las tres de la madrugada, tenía la cara sudada. El sudor le corría por la frente, le picaba en los ojos, le goteaba en los labios.
Javier levantó la mano derecha. Se tocó la frente para limpiarse el sudor.
Su mano se pegó a su frente.
Javier gritó. Intentó despegar la mano. No pudo. La palma estaba fusionada con la piel de su frente. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.
Finalmente se despegó. La piel de la frente estaba roja, irritada.
Javier se quedó sentado en el suelo, con la mano derecha temblando, la frente ardiendo.
Tenía que limpiarse la cara. Tenía que quitarse el sudor. Pero no podía usar las manos.
Intentó limpiarse la cara con la manga de la camisa. La manga se pegó a su mejilla.
Javier entró en pánico. Tiró del brazo. Pasaron diez minutos. Quince. Finalmente se despegó.
Se quedó sentado en el suelo, respirando agitadamente, con las manos temblando, la cara sudada, los ojos ardiendo por el sudor.
No podía tocarse la cara. No podía limpiarse el sudor. No podía hacer nada sin quedarse pegado.
Javier cerró los ojos. Intentó pensar. Tenía que encontrar una solución. Tenía que dejar de tocarse.
Pero el sudor seguía corriéndole por la cara. Le picaba en los ojos. Le goteaba en los labios.
Javier levantó la mano izquierda. Se tocó la mejilla para limpiarse el sudor.
Su mano se pegó a su mejilla.
Javier gritó. Intentó despegar la mano con la derecha. La mano derecha se pegó a la izquierda.
Ahora tenía las dos manos pegadas a su cara, cubriéndole los ojos y la boca.
No podía ver. No podía respirar bien. Las palmas de las manos presionaban contra su nariz y su boca, bloqueando el aire.
Javier intentó separar las manos. No pudo. Estaban fusionadas entre sí y con su cara.
Intentó gritar. El sonido salió ahogado, amortiguado por las palmas de las manos.
Javier se quedó de rodillas en el suelo de la sala, con las manos pegadas a la cara, asfixiándose lentamente.
El aire entraba en hilos delgados por los bordes de las manos. Muy poco. Insuficiente.
Javier intentó arrancar las manos con los dientes. No pudo alcanzar.
Intentó golpear las manos contra el suelo. El dolor le subió por los brazos, pero las manos no se despegaban.
El aire se volvía más delgado. La cabeza le daba vueltas. Los dedos de las manos y los pies le hormigueaban.
Javier se quedó de rodillas en el suelo de la sala, con las manos pegadas a la cara, los ojos cerrados, la boca bloqueada, respirando en hilos cada vez más finos.
Y cuando el aire se acabó por completo, Javier cayó de lado, con las manos aún pegadas a la cara, inmóvil en el suelo de su apartamento, asfixiado por sus propias manos.
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