
La primera noche Natalia pensó que alguien estaba limpiando la calle.
Era un sonido sencillo.
Ras.
Pausa.
Ras.
Pausa.
Una escoba arrastrándose lentamente sobre el pavimento.
Miró el teléfono.
Dos y dieciocho de la madrugada.
Llevaba apenas cuatro días viviendo en casa de su tía Rosa, en un pueblo pequeño donde había aceptado reemplazar temporalmente a una maestra de primaria.
La ventana de su dormitorio daba directamente a la calle.
Natalia se levantó.
Apartó un poco la cortina.
Su tía apareció detrás con tanta rapidez que la hizo sobresaltarse.
—No abras eso.
Natalia soltó la tela.
—¿Qué pasa?
Rosa cerró completamente la cortina.
—Nada.
—Hay alguien barriendo.
—Sí.
—¿A esta hora?
Rosa no respondió.
El sonido continuó.
Ras.
Pausa.
Ras.
Cada vez más cerca.
Natalia sonrió.
—¿Es el barrendero del pueblo?
Su tía la miró.
—A esta hora no mires afuera.
—¿Por qué?
—Porque no hay nada que necesites ver.
La respuesta fue tan extraña que Natalia se rio.
Rosa no.
—Vuelve a dormir.
El sonido pasó frente a la casa.
Durante unos segundos fue muy claro.
Las cerdas raspando el suelo.
Algo pequeño rodando sobre el pavimento.
Después empezó a alejarse.
Ras.
Pausa.
Ras.
Hasta desaparecer.
A la mañana siguiente Natalia salió temprano.
La calle estaba limpia.
Demasiado limpia.
No había hojas frente a la casa.
Tampoco papeles.
Ni siquiera el polvo habitual junto a la vereda.
—Al menos trabaja bien —dijo durante el desayuno.
Rosa levantó la mirada.
—¿Quién?
—El hombre que barre.
Su tía siguió tomando café.
—No hables de eso.
Natalia dejó de sonreír.
—¿Por qué todos aquí tienen esas cosas raras?
—¿Qué cosas?
—Respuestas que no explican nada.
Rosa se levantó con su taza.
—Porque algunas cosas se vuelven peores cuando uno empieza a prestarles atención.
Eso fue todo.
La segunda noche Natalia volvió a escucharlo.
Dos y once.
Esta vez comenzó lejos.
Ras.
Pausa.
Ras.
No abrió la cortina.
Se quedó acostada.
El sonido avanzaba por la calle con una regularidad incómoda.
No parecía una persona barriendo rápido para terminar un trabajo.
Era demasiado lento.
Como si quien llevara la escoba tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando llegó frente a la casa se detuvo.
Natalia abrió los ojos.
Silencio.
Esperó.
Nada.
Después escuchó tres barridos cortos justo debajo de su ventana.
Ras.
Ras.
Ras.
Se incorporó.
Su tía abrió la puerta del dormitorio.
—No te levantes.
Natalia sintió una molestia inmediata.
—¿Qué está pasando?
—Nada.
—Está debajo de mi ventana.
—Entonces quédate aquí.
—¿Quién es?
Rosa no respondió.
El sonido volvió.
Ras.
Esta vez contra algo distinto.
No pavimento.
Parecía la pared.
Natalia miró hacia la ventana.
—Está barriendo la casa.
Rosa apagó la lámpara del dormitorio.
—No hables.
La oscuridad llenó la habitación.
Natalia sintió por primera vez un miedo real.
No por el sonido.
Por su tía.
Rosa permanecía completamente quieta, mirando la cortina como si esperara que algo ocurriera.
El roce pasó lentamente por debajo de la ventana.
Luego siguió.
A la mañana siguiente Natalia examinó la pared exterior.
Había una línea limpia sobre el polvo.
A la altura del suelo.
Como si una escoba hubiera pasado por allí.
Preguntó en la escuela.
Intentó hacerlo sin parecer demasiado interesada.
—¿Aquí limpian las calles de madrugada?
La secretaria dejó de ordenar unos papeles.
—¿Por qué?
—Escuché a alguien.
—Debe ser un vecino.
—Mi tía dice que no mire.
La mujer sostuvo la mirada de Natalia unos segundos.
—Hazle caso.
—¿Tú también?
—Hazle caso.
Natalia empezó a sentirse irritada.
—¿Qué pasa si miro?
La secretaria respondió demasiado rápido.
—Nada.
—Entonces dime.
La mujer bajó la voz.
—No sé qué pasa.
Eso sí sonó sincero.
—¿Nunca lo viste?
—No.
—¿Nadie?
La secretaria miró hacia la puerta de la oficina.
—Algunos.
—¿Y?
—Después dejaron de hablar del tema.
Natalia esperaba algo más.
No llegó.
La tercera noche se quedó despierta a propósito.
Apagó la luz.
Se sentó en la cama.
A las dos y veintidós comenzó.
Ras.
Pausa.
Ras.
Venía desde la parte baja de la calle.
Natalia sostuvo el teléfono.
Había decidido grabar el sonido.
No iba a mirar.
Solo grabar.
El roce se acercó.
Cuando llegó frente a la casa, Natalia inició la grabación.
Ras.
Pausa.
Ras.
Después silencio.
La pantalla del teléfono mostraba que seguía grabando.
Natalia esperó.
Entonces escuchó algo nuevo.
Una respiración.
Muy tenue.
Del otro lado de la ventana.
Natalia dejó de moverse.
No sonaba como alguien cansado.
Era una respiración lenta.
Paciente.
Cerca del vidrio.
La cortina estaba a menos de dos metros de ella.
Recordó las palabras de Rosa.
No mires.
La respiración continuó.
Después una voz habló desde afuera.
—Natalia.
Ella sintió frío.
No había dicho su nombre en voz alta desde que comenzó el sonido.
La voz era masculina.
Muy baja.
—Natalia.
No respondió.
La escoba raspó una vez debajo de la ventana.
Después el sonido siguió calle arriba.
Ras.
Pausa.
Ras.
Natalia no durmió.
Al amanecer revisó la grabación.
Escuchó los barridos.
El silencio.
Después su propia respiración.
Nada más.
La voz no estaba.
Volvió a reproducir.
No aparecía.
Sin embargo, justo antes de terminar había otro sonido.
Un susurro.
Natalia subió el volumen.
No decía su nombre.
Decía:
—Mañana.
Cerró el archivo.
Esa tarde confrontó a Rosa.
—Me habló.
Su tía dejó caer una cuchara.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Miraste?
—No.
—¿Le respondiste?
—No.
Rosa respiró lentamente.
—Bien.
—¿Qué significa “bien”?
—Que todavía no hiciste nada.
—¿Nada para qué?
Rosa se sentó.
Parecía más cansada que asustada.
—Cuando yo era niña también se escuchaba.
Natalia esperó.
—Mi mamá nos hacía apagar las luces.
—¿Quién barre?
—No sé.
—¿Qué quiere?
—No sé.
—¿Entonces qué sabes?
Rosa miró hacia la ventana de la cocina.
—Que cuando se detiene frente a una casa, nadie debe mirar.
—¿Por qué?
—Porque después empieza a acercarse.
Natalia sintió un escalofrío.
—Ya se detuvo aquí.
Rosa bajó la mirada.
—Lo sé.
—¿Qué pasa después?
—A veces nada.
—¿Y otras veces?
Su tía tardó en responder.
—Se escucha dentro del patio.
Natalia recordó la grabación.
“Mañana.”
Esa noche Rosa cerró todas las ventanas antes de las ocho.
También aseguró la puerta del patio.
La casa tenía un pequeño espacio trasero con piso de cemento, un lavadero y un árbol de limón.
—¿Crees que una puerta lo va a detener? —preguntó Natalia.
Rosa la miró.
—No.
—Entonces ¿para qué la cierras?
—Porque quiero saber si la abre.
Natalia no supo qué responder.
A la una y media estaban las dos despiertas en la sala.
No encendieron televisión.
A las dos y siete comenzó el sonido.
Más lejos de lo habitual.
Ras.
Pausa.
Ras.
Natalia sintió el cuerpo tenso.
El sonido avanzó por la calle.
Pasó frente a varias casas.
Nadie encendió una luz.
Nadie abrió una ventana.
Llegó frente a ellas.
Se detuvo.
Natalia miró a Rosa.
Su tía tenía los ojos cerrados.
Pasó casi un minuto.
Entonces escucharon el roce nuevamente.
Pero ya no estaba en la calle.
Venía detrás de la casa.
Ras.
Sobre cemento.
Natalia sintió que se le secaba la boca.
Rosa abrió los ojos.
—No te muevas.
Ras.
La escoba avanzó por el patio.
—La puerta está cerrada —susurró Natalia.
—Lo sé.
—¿Cómo entró?
Rosa no respondió.
El sonido llegó hasta la puerta de la cocina.
Se detuvo.
Las dos miraron el vidrio opaco.
No había ninguna silueta.
Solo oscuridad.
Entonces alguien barrió la puerta desde afuera.
Una vez.
Lentamente.
Las cerdas rozaron la madera de abajo hacia arriba.
Natalia se cubrió la boca.
Otro barrido.
Más alto.
Después otro.
Como si alguien estuviera limpiando la puerta.
Rosa tomó la mano de Natalia.
La sostuvo con fuerza.
Una voz habló desde el patio.
—Rosa.
Su tía cerró los ojos.
La voz volvió.
—Rosa.
Natalia sintió que Rosa temblaba.
—¿La conoces? —susurró.
Rosa negó.
La voz cambió.
Ahora era femenina.
Anciana.
—Rosita.
Su tía soltó la mano de Natalia.
Por un instante pareció que iba a levantarse.
Natalia la agarró.
—No.
Rosa comenzó a llorar en silencio.
—Es mi mamá.
Natalia sintió frío.
La madre de Rosa había muerto hacía más de veinte años.
Desde el patio llegó la misma voz:
—Abre, hija.
Rosa se inclinó hacia adelante.
Natalia la sostuvo.
—No es ella.
—Ya sé.
Pero la forma en que lo dijo dejó claro que una parte de ella quería creerlo.
La voz habló otra vez.
—Hace frío.
Natalia sintió un escalofrío.
Después la escoba volvió a moverse.
Ras.
Pausa.
Ras.
Se alejó de la puerta.
Cruzó el patio.
Y desapareció.
No salieron hasta que amaneció.
La puerta del patio seguía cerrada con llave.
Sobre el piso había una franja limpia.
Comenzaba junto al muro del fondo.
Cruzaba todo el patio.
Terminaba en la puerta de la cocina.
Como un camino.
Natalia quiso marcharse ese mismo día.
Rosa no intentó detenerla.
—Vete antes de que oscurezca.
—Ven conmigo.
—No.
—¿Por qué?
Su tía miró la franja limpia.
—Porque anoche no vino por ti.
Natalia se quedó callada.
—Dijo tu nombre antes.
—Sí.
—Pero anoche llamó al mío.
Rosa levantó la mirada.
—Creo que estaba buscando a quién reconoce la casa.
Natalia no entendió.
—¿Qué significa eso?
—No sé.
Otra vez.
No sé.
Esa respuesta que al principio la irritaba ahora le parecía la única respuesta honesta.
Natalia guardó ropa en una maleta.
A las cuatro de la tarde estaba lista.
Pidió un taxi.
Llegaría a las cinco.
Mientras esperaba, empezó a llover.
Primero poco.
Después con fuerza.
A las cinco y cuarto el conductor llamó.
—No puedo entrar al pueblo. Hay un árbol caído en la carretera.
—¿Cuánto tardarán?
—No sé.
Natalia miró el cielo.
La tarde ya estaba oscura.
—Busco otra ruta.
—No hay otra.
Colgó.
Rosa no dijo nada.
Las dos sabían que pasaría otra noche allí.
A las ocho se fue la electricidad.
Natalia soltó una risa nerviosa.
—Perfecto.
Encendieron dos velas.
La lluvia continuó.
A medianoche disminuyó.
A la una desapareció completamente.
El pueblo quedó en silencio.
Demasiado silencio.
A las dos y cuatro, la escoba comenzó.
Pero Natalia sintió inmediatamente que algo era distinto.
No venía de la calle.
Tampoco del patio.
Venía del corredor de la casa.
Ras.
Pausa.
Ras.
Las dos se quedaron inmóviles en la sala.
El sonido comenzó cerca de los dormitorios.
Avanzó lentamente hacia ellas.
Rosa apagó la vela.
Oscuridad.
Ras.
Más cerca.
Natalia pudo distinguir las cerdas pasando sobre las baldosas.
No tenía sentido.
La puerta del patio seguía cerrada.
La principal también.
Ras.
La escoba llegó al extremo del corredor.
Se detuvo.
Natalia escuchó una respiración.
A pocos metros.
Rosa tomó su mano.
La voz habló en la oscuridad.
—Natalia.
Esta vez venía desde dentro de la casa.
Natalia no respondió.
—Natalia.
Algo raspó el suelo.
La escoba avanzó otro poco.
—No mires —susurró Rosa.
Natalia tenía la vista fija en la oscuridad.
No veía nada.
Eso era peor.
La voz dijo:
—Ya terminé afuera.
Natalia sintió frío.
La escoba volvió a moverse.
Ras.
Ahora estaba dentro de la sala.
Algo rozó una de las patas de la mesa.
Natalia se llevó una mano a la boca.
Rosa tiró de ella.
Las dos retrocedieron hacia la cocina.
Ras.
La escoba las siguió.
No rápido.
Sin apuro.
Como siempre.
Natalia chocó contra el mostrador.
No tenían más espacio.
La voz habló:
—Falta aquí.
La escoba se detuvo frente a ellas.
Entonces se encendieron las luces.
La electricidad había vuelto.
Natalia abrió los ojos.
No había nadie.
No había escoba.
La sala estaba vacía.
Rosa seguía agarrándole la mano.
Durante unos segundos ninguna habló.
Después Natalia miró el piso.
Una franja limpia atravesaba la casa.
Comenzaba en el corredor.
Pasaba por la sala.
Llegaba hasta donde ellas estaban.
Pero no terminaba allí.
Continuaba detrás de Natalia.
Hacia la puerta principal.
Rosa la vio también.
—No.
La franja iba desde ellas hasta la salida.
Como si alguien hubiera barrido un camino para que se fueran.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes suaves.
Natalia sintió que Rosa le clavaba los dedos.
—No abras.
Nadie pensaba hacerlo.
Volvieron a golpear.
Después una voz masculina:
—Señorita Natalia.
Ella reconoció al taxista.
—Soy yo. Ya despejaron la carretera.
Natalia miró el reloj.
Dos y diecinueve.
Rosa negó con la cabeza.
—No.
La voz continuó:
—Vine por usted.
Natalia sacó el teléfono.
No tenía señal.
—¿Cómo sabe dónde vivo? —preguntó sin acercarse.
Silencio.
Rosa la miró aterrorizada.
La voz respondió:
—Me dijeron cuál casa estaba limpia.
Natalia sintió que se le helaba el cuerpo.
Algo rozó la puerta desde afuera.
Ras.
La franja del piso terminaba exactamente bajo ella.
Natalia retrocedió.
La voz del taxista volvió:
—Ya puede salir.
Rosa tiró de su brazo.
—No respondas más.
Del otro lado dejaron de hablar.
Pasaron varios segundos.
Después escucharon pasos alejándose.
Natalia no sintió alivio.
Porque junto con los pasos se alejaba también el sonido de la escoba.
A la mañana siguiente no había ningún taxi frente a la casa.
La carretera seguía bloqueada.
El verdadero conductor llamó cerca de las ocho.
—Disculpe. Recién están retirando el árbol.
Natalia no le contó nada.
Se marchó al mediodía.
Rosa insistió en quedarse.
—Aquí he vivido toda mi vida.
Natalia discutió.
No consiguió convencerla.
Antes de subir al taxi, miró la fachada.
Una línea limpia recorría la pared desde su antigua ventana hasta la puerta.
Parecía una marca hecha con una escoba.
Rosa la abrazó.
—Si alguna vez lo escuchas donde vives, no mires.
—¿Y si entra?
Su tía no respondió.
Natalia volvió a la ciudad.
Durante varios meses no escuchó nada.
Pensó mucho en Rosa.
La llamaba casi todos los días.
Su tía decía que todo estaba tranquilo.
Nunca volvió a detenerse frente a la casa.
Eso decía.
Un domingo Natalia despertó a las dos y dieciséis.
No supo por qué.
Su departamento estaba en un quinto piso.
Afuera no había tráfico.
Permaneció acostada.
Entonces escuchó:
Ras.
Pausa.
Ras.
Natalia abrió los ojos.
El sonido venía del pasillo del edificio.
No de la calle.
Se incorporó.
Ras.
Más cerca.
Tomó el teléfono y llamó a Rosa.
Su tía contestó al primer tono.
—Lo escuchas —dijo.
No era una pregunta.
Natalia sintió miedo.
—Sí.
Del pasillo llegó otro barrido.
—¿Qué hago?
Rosa guardó silencio.
—Tía.
—Natalia, yo me equivoqué.
—¿En qué?
La escoba avanzó.
Ras.
—No barre para entrar.
Natalia miró la puerta.
—¿Entonces?
Rosa empezó a llorar.
—Barre después de que algo ya pasó.
Natalia sintió que el aire desaparecía de la habitación.
La escoba se detuvo frente a su departamento.
Del otro lado no había respiración.
No había voz.
Solo silencio.
Natalia miró lentamente hacia su sala.
La puerta del dormitorio estaba abierta.
No recordaba haberla dejado así.
Más allá, en la oscuridad del departamento, había una franja limpia sobre el piso.
Comenzaba junto a la puerta principal.
Pero no entraba desde afuera.
Venía desde el interior.
Desde la cocina.
Atravesaba la sala.
Terminaba junto a su cama.
Natalia dejó de escuchar a Rosa.
Porque detrás de ella, dentro del dormitorio, unas cerdas rozaron lentamente el suelo.
Ras.
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