
Tomás descubrió la cuña de madera porque aquella mañana tenía una reunión importante y llevaba casi diez minutos intentando salir de su dormitorio.
La puerta abría apenas un centímetro.
Empujaba.
Algo cedía un poco.
Luego se detenía.
—¿Qué demonios...?
Golpeó con el hombro.
Nada.
Vivía solo.
No había cerrado con llave.
La ventana daba al sexto piso y el teléfono se había quedado cargando en la sala.
Tomás volvió a empujar.
Esta vez escuchó algo arrastrándose del otro lado.
Un objeto pequeño raspó el piso.
La puerta se abrió.
En el corredor había una cuña de madera.
Estaba colocada justo debajo de la hoja.
Tomás la recogió.
Era un pedazo triangular de pino, limpio, recién cortado.
Nunca lo había visto.
Se quedó un momento en medio del pasillo.
La entrada principal seguía cerrada con llave.
La cadena interior estaba puesta.
Las ventanas de la sala, cerradas.
Nada faltaba.
Sobre la mesa estaban su billetera, sus llaves y la computadora.
Pensó en llamar a la policía.
Después miró otra vez la cuña.
¿Qué iba a decir?
¿Que alguien había entrado sin abrir la puerta principal, había bloqueado su dormitorio y después había desaparecido?
Llegó tarde al trabajo.
Esa noche guardó la cuña en un cajón de la cocina.
Antes de acostarse dejó la puerta del dormitorio completamente abierta.
A la mañana siguiente despertó con ella cerrada.
Tomás se incorporó.
No necesitó tocarla para saberlo.
La línea de luz bajo la puerta era demasiado fina.
Se levantó.
Giró la manija.
La puerta no abrió.
Sintió un escalofrío.
Empujó.
Otra vez.
Un centímetro.
Algo del otro lado.
—¡Hola!
Silencio.
—¡Hay alguien ahí!
Nada.
Golpeó más fuerte.
El objeto cedió.
La puerta se abrió.
Otra cuña.
Igual a la anterior.
Tomás caminó hasta la cocina.
Abrió el cajón.
La primera seguía allí.
Ahora tenía dos.
Aquella tarde compró una cerradura nueva para el dormitorio.
No para encerrarse.
La instaló al revés.
El pestillo quedaba controlado desde dentro.
Si alguien quería cerrar la puerta desde el pasillo, Tomás podría abrirla sin problema.
También movió una silla contra la pared para que la hoja no pudiera cerrarse por sí sola.
Antes de dormir se quedó observando el corredor.
La puerta abierta enmarcaba un pedazo de sala.
El sofá.
Una esquina de la mesa.
La oscuridad del baño más allá.
Todo normal.
Tomás apagó la lámpara.
Despertó a las tres y doce.
La puerta estaba cerrada.
No había escuchado nada.
Se levantó de inmediato.
Giró la manija.
El nuevo pestillo funcionó.
Pero la puerta no abrió.
Tomás se quedó inmóvil.
Empujó.
La madera golpeó contra algo sólido.
—¡No!
Volvió a empujar.
Nada.
Esta vez no cedía ni un centímetro.
Tomás retrocedió.
Miró la ventana.
Luego la puerta.
—¿Quién está ahí?
Del otro lado llegó un ruido.
Muy suave.
Un roce.
Después pasos.
Alguien caminó desde su puerta hacia la sala.
Tomás dejó de respirar.
Los pasos eran lentos.
Descalzos.
Uno.
Otro.
Otro.
Se alejaron.
La madera dejó de hacer presión.
Tomás abrió de golpe.
El corredor estaba vacío.
Miró el suelo.
No había cuña.
En su lugar, una silla del comedor estaba apoyada horizontalmente contra la manija.
Tomás la apartó.
La reconoció.
Era una de las cuatro sillas que estaban junto a la mesa de la sala.
Ahora quedaban tres.
Alguien había entrado en su casa.
Había tomado una silla.
La había llevado hasta el dormitorio.
La había colocado contra la puerta.
Mientras él dormía.
Tomás llamó a la policía.
Dos agentes revisaron el departamento.
No encontraron señales de entrada.
Uno examinó la cadena de la puerta principal.
—¿Está seguro de que la dejó puesta?
—Sí.
—¿Completamente seguro?
—Sí.
El agente miró la silla.
—¿Toma medicamentos para dormir?
—No.
—¿Bebe?
—No así.
El segundo policía abrió el armario del corredor.
Vacío.
Revisaron debajo de la cama, el baño, el balcón, los muebles.
Nada.
Antes de irse, uno de ellos le recomendó cambiar la cerradura principal.
Tomás lo hizo ese mismo día.
También compró un pequeño pestillo para la cadena.
Esa noche no durmió.
Dejó todas las luces encendidas.
Se sentó en la cama con la puerta abierta.
A medianoche seguía despierto.
A la una, también.
A las dos y media empezó a cabecear.
Se levantó.
Se lavó la cara.
Preparó café.
Volvió al dormitorio.
A las cuatro escuchó el primer ruido.
No venía del corredor.
Venía de la sala.
Era el clic de un interruptor.
La luz de la sala se apagó.
Tomás levantó la cabeza.
Desde el dormitorio podía ver el pasillo iluminado por la cocina.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
Otro clic.
La cocina quedó a oscuras.
Tomás se puso de pie.
Solo permanecía encendida la lámpara del corredor.
La observó.
Clic.
Oscuridad.
Ahora la única luz del departamento era la de su dormitorio.
Tomás caminó hasta la puerta.
No cruzó.
El resto de la casa parecía haberse convertido en un espacio sin profundidad.
—¡Sal de mi casa!
Silencio.
Tomás sintió ridícula la frase apenas la dijo.
Entonces escuchó algo.
Una respiración.
No cerca.
Desde la sala.
Alguien estaba allí.
Tomás buscó el teléfono.
Lo tenía sobre la cama.
Marcó emergencias.
Antes de que contestaran, oyó un paso.
Después otro.
La respiración se acercó.
Tomás retrocedió.
La persona del teléfono respondió.
—Emergencias, ¿cuál es su situación?
Tomás mantuvo la mirada en el pasillo.
—Hay alguien dentro de mi casa.
Los pasos se detuvieron.
—¿Puede salir?
Tomás miró la puerta del dormitorio.
—No sé.
—¿Dónde está usted?
—En mi habitación.
Algo volvió a caminar.
Esta vez hacia él.
—Señor, cierre la puerta.
Tomás obedeció.
La cerró.
Giró el pestillo.
Apoyó la espalda contra la madera.
Los pasos llegaron hasta el corredor.
Se detuvieron frente a él.
Tomás escuchaba su propia respiración y la voz de la operadora.
—La policía está en camino.
Entonces algo tocó la manija.
Una vez.
Muy despacio.
Tomás se apartó.
La manija bajó.
El pestillo resistió.
Volvió a subir.
Silencio.
Después escuchó un pequeño golpe contra el suelo.
Como madera.
Tomás miró la parte inferior de la puerta.
Una sombra tapó la línea de luz.
Algo estaba agachado del otro lado.
—¡No!
Tomás retrocedió hasta la cama.
La sombra permaneció allí.
La operadora seguía hablando.
—Señor, ¿qué está ocurriendo?
Tomás susurró:
—Está afuera.
La sombra se movió.
Entonces algo fue introducido bajo la puerta.
Una hoja de papel.
Tomás la miró.
No quería acercarse.
La sombra desapareció.
Los pasos se alejaron.
Uno.
Otro.
Otro.
Hasta la sala.
Tomás esperó a escuchar la puerta principal.
Nunca ocurrió.
Cuando llegaron los policías, encontraron la entrada cerrada con la cadena puesta.
Tomás tuvo que quitarla para dejarlos pasar.
Uno de los agentes era el mismo de la mañana anterior.
—¿Otra vez?
Tomás señaló el pasillo.
—Estaba ahí.
Revisaron todo.
Nada.
El papel seguía en el piso del dormitorio.
El agente lo recogió.
Era una hoja arrancada de un cuaderno.
Había una frase escrita con bolígrafo negro.
NO SALGAS CUANDO TE CIERRE.
El policía miró a Tomás.
—¿Esto lo escribió usted?
—No.
—¿Reconoce la letra?
Tomás negó.
El agente dobló la hoja.
—¿Algún familiar tiene llaves?
—Mi hermana.
—¿Alguien más?
—No.
Tomás llamó a Julia delante de ellos.
Ella contestó medio dormida.
Estaba en su casa, a cuarenta minutos.
No tenía motivo para entrar.
Tampoco conocía las cuñas.
Tomás pasó aquella noche en un hotel.
La siguiente también.
Al tercer día volvió acompañado de Julia.
Ella entró primero.
—No hay nadie.
Tomás recorrió el departamento detrás de ella.
Todo parecía igual.
Excepto una cosa.
La puerta del dormitorio estaba cerrada.
—¿La dejaste así? —preguntó Julia.
—No.
Tomás no se acercó.
Julia sí.
—¿Qué?
—No la abras.
Ella lo miró.
—Tomás, no puedes vivir así.
—¡No la abras!
Julia retiró la mano.
Ambos se quedaron observando la puerta.
Desde dentro llegó un golpe.
Julia palideció.
Otro golpe.
Luego tres golpes rápidos.
Tomás sintió frío.
—Hay alguien en mi cuarto.
Julia sacó el teléfono.
—Llamemos a la policía.
Antes de que pudiera hacerlo, escucharon una voz.
Desde el dormitorio.
—Julia.
Ella dejó de moverse.
La voz era de Tomás.
—Julia, abre.
Julia miró a su hermano.
El verdadero Tomás estaba a su lado.
La voz volvió.
—No lo escuches.
Tomás retrocedió.
—Vámonos.
Desde dentro:
—¡Julia! ¡No salgas con él!
Julia empezó a llorar.
—¿Qué es eso?
Tomás tomó su brazo.
—No sé.
—¡Julia!
La manija empezó a moverse.
—¡Corre!
Llegaron a la entrada.
Tomás abrió.
Julia salió primero.
Él estaba cruzando el umbral cuando escuchó algo detrás.
La puerta del dormitorio había dejado de moverse.
Después una voz distinta habló desde la sala.
No era la suya.
No era la de Julia.
—Ya salió.
Tomás se giró.
No vio a nadie.
Julia lo jaló hacia el corredor.
Cerraron.
Tomás no regresó durante una semana.
La inmobiliaria aceptó rescindir el contrato.
El propietario no quedó contento, pero tampoco hizo demasiadas preguntas.
Tomás contrató una empresa para sacar sus cosas.
Él no quería entrar.
Julia se ofreció a supervisar.
A media mañana lo llamó.
—Aquí no hay nada raro.
Tomás estaba sentado dentro de su auto frente al edificio.
—Saca todo.
—Ya casi terminan.
Hubo una pausa.
—Tomás.
—¿Qué?
—Encontramos algo detrás del armario de tu cuarto.
Él cerró los ojos.
—Déjalo.
—Creo que deberías verlo.
—No.
—Son marcas.
Tomás abrió los ojos.
—¿Qué marcas?
Julia guardó silencio unos segundos.
—En la pared.
Tomás subió.
No quería hacerlo.
Pero subió.
El dormitorio estaba casi vacío.
Habían retirado el armario.
En la pared había decenas de líneas verticales.
No eran manchas.
Eran rayas hechas con lápiz.
Grupos de cinco.
Como alguien contando días.
Algunas parecían antiguas.
Otras nuevas.
Tomás se acercó.
Debajo había palabras.
Muy pequeñas.
NO ABRAS.
Más abajo:
ESPERA A QUE TERMINE.
Y cerca del zócalo:
SI LA PUERTA ESTÁ CERRADA, TODAVÍA ESTÁS AQUÍ.
Tomás sintió que Julia se ponía detrás.
—¿Qué significa?
Él no respondió.
Uno de los trabajadores apareció en la entrada.
—Señor, ¿esto también se lo llevamos?
Sostenía una caja.
Tomás reconoció su contenido.
Fotos.
Documentos.
Libros.
—Sí.
El hombre dejó la caja junto a la puerta.
Luego miró la pared.
—Qué raro.
—¿Qué?
—El anterior también tenía eso.
Tomás lo miró.
—¿El anterior?
El trabajador señaló las marcas.
—Ese conteo.
—¿Usted estuvo aquí antes?
—Hace unos años.
—¿Sacando una mudanza?
El hombre pensó.
—No. Metiéndola.
Tomás sintió que Julia lo observaba.
—¿De quién?
El trabajador frunció el ceño.
—No me acuerdo del nombre.
—¿Vivía solo?
—Creo que sí.
Tomás señaló las marcas.
—¿Y ya estaban?
—No.
El hombre pareció incómodo.
—Él las hizo mientras nosotros trabajábamos.
—¿Qué?
—Estaba parado aquí, marcando la pared.
Tomás sintió un vacío en el estómago.
—¿Por qué?
—No sé.
El trabajador miró hacia el corredor.
—No parecía querer salir del cuarto.
Tomás dejó el departamento ese mismo día.
Se mudó a uno nuevo.
Tercer piso.
Edificio moderno.
Puertas livianas.
Cerraduras nuevas.
Durante las primeras noches durmió con la puerta del dormitorio abierta.
No ocurrió nada.
Primera semana.
Nada.
Segunda.
Nada.
Después de un mes comenzó a sentirse ridículo.
Una noche cerró la puerta.
Durmió.
Despertó normalmente.
Abrió.
No había cuña.
No había silla.
No había papel.
Tomás sonrió por primera vez en semanas.
La noche siguiente volvió a cerrarla.
Nada.
Poco a poco dejó de pensar en el departamento anterior.
Hasta un martes.
Se despertó antes del amanecer.
No sabía por qué.
La habitación estaba oscura.
Miró el reloj.
4:18.
Entonces escuchó un golpe en la cocina.
Se incorporó.
Otro ruido.
Un cajón.
Después el refrigerador.
Tomás se quedó inmóvil.
La puerta del dormitorio estaba abierta.
La había dejado cerrada.
Miró el corredor.
Oscuro.
Algo caminaba por la sala.
Tomás sintió que el miedo antiguo regresaba completo.
Se levantó.
Avanzó hacia la puerta.
Entonces recordó la frase de la pared.
SI LA PUERTA ESTÁ CERRADA, TODAVÍA ESTÁS AQUÍ.
Tomás dejó de caminar.
Los pasos se acercaron.
No venían hacia el dormitorio.
Pasaron frente a la puerta.
Una figura cruzó el corredor.
Solo la vio un instante.
Un hombre.
Descalzo.
Con una camiseta gris.
Tomás no reconoció el rostro porque estaba mirando hacia otro lado.
El hombre siguió hasta la entrada.
Tomó las llaves de Tomás.
Abrió.
Antes de salir, se detuvo.
Giró la cabeza.
Tomás vio su perfil.
Era él.
El otro Tomás lo miró desde el corredor.
Parecía agotado.
Tenía los ojos rojos.
Levantó un dedo frente a los labios.
—No salgas.
Tomás no pudo responder.
El otro abrió la puerta principal.
Antes de cruzarla miró hacia la sala, como si esperara que alguien apareciera.
Luego salió.
La puerta se cerró.
Tomás permaneció junto a su cama.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Entonces escuchó algo dentro de la casa.
No en el corredor.
En la cocina.
Un objeto cayó.
Después una respiración.
Tomás miró la puerta abierta de su dormitorio.
Comprendió demasiado tarde.
La puerta no estaba abierta para dejarlo salir.
La habían dejado abierta para que aquello pudiera entrar.
Corrió.
—¡No!
Empujó la puerta.
La cerró.
Giró el pestillo.
Del otro lado, los pasos comenzaron a acercarse.
Tomás buscó algo para bloquearla.
No había nada.
Los pasos llegaron.
Se detuvieron.
La manija bajó.
El pestillo resistió.
Una vez.
Dos.
Después silencio.
Tomás apoyó las manos contra la madera.
Esperó.
Entonces escuchó un pequeño raspado junto a sus pies.
Algo comenzó a entrar por debajo de la puerta.
Una cuña de madera.
Desde dentro del dormitorio.
Tomás retrocedió.
La cuña terminó de aparecer.
No venía del pasillo.
Había sido empujada desde debajo de su cama.
Tomás levantó la mirada.
No quiso hacerlo.
Lo hizo.
La colcha llegaba casi hasta el suelo.
Debajo había oscuridad.
Y desde esa oscuridad, su propia voz susurró:
—Ahora sí puedes salir.
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