
En San Jerónimo nadie dejaba sillas en la calle.
No por orden municipal.
No por miedo a que las robaran.
Simplemente no se hacía.
Por eso Julián notó la primera en cuanto salió de la panadería.
Era vieja, de madera oscura, con el asiento de mimbre hundido. Estaba colocada en la vereda de enfrente, mirando directamente hacia una casa amarilla.
No estaba apoyada contra la pared.
No parecía olvidada.
Parecía puesta allí para observar.
Julián se quedó unos segundos mirándola.
—¿De quién es esa silla? —preguntó.
El panadero levantó la vista.
—¿Cuál?
Julián señaló por la ventana.
El hombre tardó demasiado en responder.
—Ah.
Nada más.
—¿La sacó alguien?
—No sé.
—Está en medio de la vereda.
El panadero limpió una bandeja.
—Mejor no la toques.
Julián sonrió.
Pensó que era alguna costumbre del pueblo.
Llevaba apenas tres semanas viviendo allí.
Había alquilado una casa pequeña después de aceptar un trabajo en la escuela secundaria. San Jerónimo era tranquilo, barato y suficientemente lejos de la ciudad como para empezar de nuevo sin dar demasiadas explicaciones.
Todavía no conocía a casi nadie.
—¿Por qué no?
El panadero lo miró.
—Porque no es tuya.
La respuesta no explicaba nada.
Julián pagó el pan y se marchó.
La casa amarilla pertenecía a una pareja mayor. Los había visto algunas veces regando plantas.
Aquella mañana las cortinas estaban cerradas.
La silla permanecía frente a la puerta.
Durante el resto del día, Julián olvidó el asunto.
Hasta el lunes siguiente.
Otra silla.
La misma.
Esta vez frente a una casa blanca de dos pisos.
Julián la reconoció por una pata más clara que las demás.
Estaba exactamente en el centro de la vereda.
Mirando hacia la puerta principal.
Una mujer barría la entrada de su negocio al otro lado de la calle.
Julián se acercó.
—¿Esa silla aparece todos los domingos?
La mujer dejó de barrer.
—A veces.
—La semana pasada estaba en otro sitio.
—Sí.
—¿Quién la mueve?
La mujer volvió a barrer.
—Nadie que yo haya visto.
—¿Y por qué nadie la retira?
Ella levantó la cabeza.
—Porque vuelve.
Julián creyó que por fin empezaban a bromear con él.
—¿Quién la devuelve?
—La silla.
La mujer entró a su negocio.
Julián miró otra vez hacia la casa blanca.
Una cortina del segundo piso se movió.
Alguien estaba detrás.
No vio el rostro.
Siguió caminando.
El domingo siguiente despertó temprano.
No tenía ninguna razón para hacerlo, salvo curiosidad.
Recorrió las calles antes de las siete.
Encontró la silla frente a una casa verde cerca de la plaza.
Ya había tres personas mirando desde lejos.
Nadie se acercaba.
Una mujer mayor hizo una señal al verlo aproximarse.
—Déjala.
—Solo quiero verla.
—Ya la estás viendo.
—Quiero saber quién la pone.
La mujer negó.
—Eso ya lo quisieron saber otros.
—¿Y?
—Nada bueno salió de ahí.
Julián miró la casa verde.
Vivía allí un hombre llamado Samuel, mecánico.
Lo conocía de vista.
—¿Samuel está adentro?
La mujer no respondió.
—¿La silla significa algo?
—No.
—Entonces ¿por qué todos actúan así?
Ella se alejó.
Julián esperó.
Nadie salió de la casa.
A media mañana regresó.
La silla seguía allí.
A las tres de la tarde también.
A las seis había desaparecido.
No vio quién la retiró.
El lunes fue al taller de Samuel.
Estaba cerrado.
El martes también.
Preguntó a un vecino.
—¿Samuel?
—Está en casa.
—¿Enfermo?
—No.
—¿Entonces?
El vecino se encogió de hombros.
—No sale.
Julián recordó la silla.
—¿Desde el domingo?
El hombre lo miró.
—Desde que apareció.
Aquello fue lo primero que realmente lo inquietó.
Durante los días siguientes empezó a preguntar.
No directamente.
Hablaba con alumnos, comerciantes, padres de familia.
Descubrió algo extraño.
Todos conocían el fenómeno.
Nadie lo llamaba de ninguna manera.
No había leyenda.
No había historia antigua.
No existía una explicación.
Solo una costumbre.
Si la silla aparecía frente a una casa, nadie la tocaba.
Y después de eso, quienes vivían allí dejaban de salir.
No desaparecían.
Eso era lo peor.
Seguían dentro.
Julián comenzó a reconocer las casas.
La amarilla.
La blanca.
La verde.
Siempre cerradas.
Siempre con alguien viviendo allí.
Preguntó por la pareja de la casa amarilla.
—Están bien —le dijeron.
—¿Los han visto?
—No.
—Entonces ¿cómo saben que están bien?
Nadie contestó.
Un jueves por la tarde pasó frente a la casa blanca.
Escuchó una radio adentro.
Se detuvo.
Las cortinas estaban cerradas.
Llamó a la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
La radio se apagó.
Julián esperó.
—¿Hola?
Desde el interior escuchó pasos.
Lentos.
Se acercaron hasta la puerta.
No se abrió.
—¿Necesitan ayuda?
Silencio.
Julián se inclinó hacia la ventana.
La cortina se movió apenas.
Retrocedió.
Una voz habló desde detrás de la puerta.
—Vete.
Era un hombre.
—Solo quiero saber si están bien.
—Vete.
—¿Qué pasó con la silla?
El silencio duró varios segundos.
Después:
—No hables de ella frente a la casa.
Julián sintió frío.
—¿Por qué?
La voz bajó.
—Porque escucha.
No obtuvo nada más.
El domingo siguiente, Julián volvió a salir temprano.
La silla estaba frente a una vivienda azul, cerca de la carretera.
Esta vez decidió esperar.
Se sentó dentro de su auto, a media cuadra.
Las horas pasaron.
Nadie se acercó.
A las once, una niña salió de la casa azul acompañada por su madre.
Ambas vieron la silla.
La madre se quedó quieta.
La niña preguntó algo que Julián no alcanzó a oír.
La mujer la tomó del brazo y volvió a meterla dentro.
La puerta se cerró.
A las doce, un hombre llegó en motocicleta.
Vio la silla.
No entró.
Se quedó de pie.
Después se quitó el casco y llamó por teléfono.
Nadie respondió.
Golpeó la puerta.
Nada.
Julián salió del auto.
—¿Vive aquí?
El hombre lo miró.
—Mi hermana.
—Están adentro.
—Ya sé.
—No abren.
El hombre observó la silla.
—No deberían haber salido hoy.
—¿Por qué?
—Porque estaba aquí.
Julián se cansó.
—¿Qué significa?
El hombre lo miró.
Parecía tener miedo de responder.
—No sé.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque nadie sabe.
—Entonces ¿por qué obedecen?
—Porque los que no obedecieron ya no están.
Julián se quedó quieto.
—¿Desaparecieron?
El hombre negó.
—Peor.
No quiso explicar.
Se marchó sin entrar.
A las seis de la tarde, la silla desapareció.
Julián estaba mirando.
No parpadeó.
No se distrajo.
Un segundo estaba allí.
Al siguiente no.
No vio a nadie retirarla.
Solo dejó de estar.
Esa noche casi no durmió.
El lunes visitó a la mujer de la casa azul.
Golpeó.
Nadie respondió.
Pero vio movimiento detrás de una cortina.
Dijo el nombre que le habían dado.
—Patricia.
Nada.
—Soy Julián. Estuve afuera ayer.
La cortina se abrió apenas.
Un ojo apareció detrás.
Luego desapareció.
La voz de la mujer llegó desde dentro.
—No vuelva.
—Solo quiero ayudar.
—No vuelva.
—¿Qué hace la silla?
La respuesta tardó.
—Mira.
Julián sintió un escalofrío.
—¿A quién?
—La casa.
—¿Para qué?
—Para saber si todavía vivimos aquí.
Julián se quedó sin palabras.
La mujer continuó.
—Si aparece, no salimos.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que vuelva a buscar otra.
—¿Y después pueden salir?
Silencio.
—Patricia.
La voz sonó más baja.
—Después ya no queremos.
Julián no entendió.
—¿Por qué?
La cortina se movió.
Por un instante creyó ver algo detrás de ella.
No a Patricia.
Una habitación muy oscura.
Y varias personas de pie.
Inmóviles.
La cortina se cerró.
Julián retrocedió.
No volvió a llamar.
Pasaron dos semanas sin que apareciera ninguna silla.
El pueblo parecía respirar mejor.
La gente hablaba más.
Los negocios cerraban más tarde.
Hasta alguien hizo una broma en la plaza sobre que “se había ido de vacaciones”.
Nadie mencionó directamente qué cosa.
El tercer domingo, Julián despertó por un ruido frente a su casa.
No era fuerte.
Un pequeño roce sobre el pavimento.
Abrió los ojos.
Eran las cinco y cuarenta.
Permaneció en la cama.
Escuchó otra vez.
Madera contra cemento.
Se levantó.
No quería mirar.
Miró.
La silla estaba frente a su casa.
No en la vereda de enfrente.
Justo frente a su puerta.
Mirándola.
Julián sintió un vacío en el estómago.
Cerró la cortina.
Durante varios minutos no se movió.
Después llamó a la policía local.
Nadie respondió.
Llamó al panadero.
—Está aquí.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—La silla.
El hombre no preguntó cuál.
—No salgas.
—¿Qué tengo que hacer?
—Nada.
—Eso no me sirve.
—No salgas.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se vaya.
—¿Y después?
El panadero tardó.
—Después ya veremos.
Julián sintió rabia.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque no hay más que decir.
—¿Qué pasa si la saco?
—No lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque entonces sabrá que la viste.
Julián miró hacia la ventana cerrada.
—Ya la vi.
El panadero no respondió.
Luego colgó.
Julián recorrió su casa.
Cerró puertas.
Persianas.
Ventanas.
No tenía sentido, pero lo hizo.
A las ocho recibió un mensaje de un compañero de la escuela.
“¿No vienes?”
Julián escribió que estaba enfermo.
A las nueve alguien llamó a su puerta.
No abrió.
—Profesor.
Era uno de sus alumnos.
—Le traje unos documentos.
Julián se acercó.
—Déjalos afuera.
—¿Está bien?
—Sí.
El muchacho guardó silencio.
—Profesor.
—¿Qué?
—Hay una silla.
Julián sintió frío.
—Vete.
—Pero…
—Vete a tu casa.
El alumno obedeció.
Julián esperó hasta no escuchar pasos.
A las once abrió un poco la cortina.
La silla seguía allí.
Había algo distinto.
Estaba más cerca.
No mucho.
Tal vez medio metro.
Julián recordó haberla visto casi tocando la acera.
Ahora estaba sobre el primer escalón.
Cerró la cortina.
A la una escuchó otro roce.
No miró.
A las dos, otro.
A las tres, otro.
La silla avanzaba.
No necesitaba verla para saberlo.
A las cuatro de la tarde alguien llamó por teléfono.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Julián?
Reconoció la voz.
Era el hombre de la casa blanca.
—Sí.
—No abras la puerta.
—No pensaba hacerlo.
—Aunque escuches a alguien conocido.
Julián sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere?
—No sé.
—Tú dijiste que escucha.
—Sí.
—¿Qué escucha?
El hombre respiró.
—Lo que hacemos dentro.
Julián miró alrededor.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque después lo repite.
La llamada se cortó.
Poco después escuchó pasos frente a la casa.
Luego la voz del panadero.
—Julián.
Él se acercó a la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Abre.
Julián sintió algo raro.
—¿Por qué?
—Necesito hablar contigo.
—Llámame.
Silencio.
—Julián, abre.
La voz sonaba exactamente igual.
Él sacó el teléfono.
Llamó al panadero.
Contestó después de varios tonos.
—¿Sí?
Julián miró la puerta.
—¿Dónde estás?
—En la panadería.
La voz del otro lado volvió:
—Julián.
El panadero al teléfono dejó de hablar.
—No respondas.
La voz exterior dijo:
—Sé que estás ahí.
Julián se alejó.
Los pasos desaparecieron.
A las seis, la silla estaba justo frente a la puerta.
Podía verla por la mirilla.
El respaldo ocupaba casi todo el campo de visión.
Parecía que alguien estuviera sentado de espaldas.
Pero no había nadie.
El sol bajó.
La casa quedó en silencio.
Julián encendió todas las luces.
A las ocho escuchó tres golpes.
No en la puerta.
En una ventana lateral.
Después, su propia voz:
—Déjame entrar.
Julián retrocedió.
La voz volvió.
—Hace frío.
No respondió.
—Julián.
Era él.
La misma voz.
La misma forma de pronunciar su nombre.
—No quiero quedarme afuera.
Algo rascó el vidrio.
Julián apagó la luz del pasillo.
La voz se movió hacia otra ventana.
—Solo abre.
El teléfono sonó.
Era el hombre de la casa blanca.
Julián contestó.
—Lo está haciendo.
—No le respondas.
—Usa mi voz.
—Lo sé.
—¿Qué pasa si entra?
Silencio.
—¿Qué pasó contigo?
El hombre tardó.
—Nunca entró.
—Entonces ¿por qué no sales?
Otra pausa.
—Porque una parte de mí sí abrió.
Julián sintió frío.
—No entiendo.
—Yo tampoco.
La llamada terminó.
A medianoche la silla seguía allí.
La voz había desaparecido.
Julián se sentó en el suelo de la cocina.
No durmió.
A las cuatro de la madrugada escuchó una respiración.
Dentro de la casa.
Se puso de pie.
La respiración venía del corredor.
Lenta.
Cerca.
Julián tomó una linterna.
No había nadie.
Avanzó.
La respiración se detuvo.
En la puerta de su dormitorio encontró barro.
Una huella.
Después otra.
Entraban desde el interior del cuarto.
No desde afuera.
Julián no quiso abrir.
La puerta estaba entreabierta.
Empujó.
Su cama.
El armario.
La ventana cerrada.
Nada más.
Luego vio el respaldo.
La silla estaba dentro.
Frente a la cama.
Mirándolo.
Julián no gritó.
No pudo.
Retrocedió hasta el corredor.
La puerta principal seguía cerrada.
La silla ya no estaba afuera.
Había entrado sin abrir nada.
El teléfono vibró.
Mensaje del panadero:
“Ya se fue.”
Julián miró hacia el dormitorio.
No respondió.
Amaneció sentado junto a la puerta.
A las siete salió de la casa.
La silla había desaparecido.
Caminó hasta la panadería.
El hombre lo vio entrar y palideció.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Entonces ¿por qué saliste?
—Ya no está.
El panadero negó.
—No salgas.
—¿Qué?
—No deberías estar aquí.
Julián sintió rabia.
—Estuvo toda la noche frente a mi casa.
—Sí.
—Ahora desapareció.
—Eso no significa que terminó.
Julián recordó la silla en su dormitorio.
No lo dijo.
El panadero lo miró durante varios segundos.
—¿La viste adentro?
Julián sintió frío.
—¿Cómo sabes?
El hombre bajó la mirada.
—Porque a veces pasa.
—¿Qué significa?
—Que ya no está mirando la casa.
—¿Entonces?
El panadero levantó los ojos.
—Está mirando desde adentro.
Julián se marchó.
Ese mismo día hizo una maleta.
Pensaba irse de San Jerónimo.
No le importaba el trabajo.
No le importaba el alquiler.
Regresó a casa acompañado por un compañero de la escuela.
La silla no estaba.
Recogió ropa.
Documentos.
Computadora.
Cuando entró al dormitorio, vio algo sobre la almohada.
Una pequeña marca de mimbre.
Como si alguien hubiera apoyado allí el asiento de una silla.
No dijo nada.
Salió del pueblo antes del anochecer.
Se mudó a la ciudad.
Durante meses no ocurrió nada.
Nunca volvió a San Jerónimo.
Tampoco habló con nadie del pueblo.
Intentó convencerse de que el miedo había exagerado lo ocurrido.
Hasta el primer domingo de diciembre.
Julián vivía en un cuarto piso.
Despertó temprano.
Preparó café.
Abrió las cortinas.
Frente al edificio, en la vereda de enfrente, había una silla vieja de madera.
Mirando hacia arriba.
Hacia su ventana.
Julián dejó caer la taza.
La silla permaneció allí todo el día.
El lunes seguía.
Eso nunca había ocurrido en San Jerónimo.
Siempre desaparecía el domingo.
El martes continuaba frente al edificio.
El miércoles también.
Julián dejó de salir.
El viernes recibió una llamada.
Era el panadero.
No hablaban desde que se había marchado.
—Regresa.
Julián sintió miedo.
—No.
—Tienes que volver.
—¿Por qué?
—La silla ya no aparece aquí.
Julián miró por la ventana.
Seguía abajo.
—Está conmigo.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
El panadero respiró lentamente.
—Desde que te fuiste, todos empezaron a salir otra vez.
Julián sintió una presión en el pecho.
—¿Todos?
—Los de las casas.
—¿La pareja mayor?
—Sí.
—¿Samuel?
—También.
—¿Patricia?
—Todos.
Julián recordó las cortinas cerradas.
Las voces detrás de las puertas.
—¿Están bien?
El panadero tardó.
—No.
—¿Qué significa eso?
—Salen.
—¿Y?
—Se quedan parados frente a las casas.
Julián sintió frío.
—¿Haciendo qué?
—Mirando hacia la carretera.
Silencio.
—¿Por qué?
El panadero respondió muy bajo:
—Porque ahora la silla está esperando otra cosa.
La llamada terminó.
Julián no pudo volver a comunicarse.
Ese domingo la silla desapareció de la calle.
Sintió alivio.
Duró pocas horas.
A las diez de la noche escuchó un roce detrás de la puerta de su departamento.
Madera contra piso.
Una vez.
Después otra.
No miró por la mirilla.
Se alejó.
El roce continuó hasta detenerse justo frente a la puerta.
Julián apagó las luces.
A medianoche escuchó personas subiendo por la escalera del edificio.
Muchas.
No hablaban.
Subían lentamente.
Se detuvieron en su piso.
Entonces alguien tocó.
Tres golpes.
Julián permaneció inmóvil.
Una voz habló desde afuera.
Era Patricia.
La mujer de la casa azul.
—Julián.
Él no respondió.
Otra voz.
Samuel.
—Ya puedes salir.
Después la pareja de la casa amarilla.
El hombre de la casa blanca.
Personas que apenas conocía.
Una tras otra.
Todas hablaban con calma.
—Ya no hay silla afuera.
—Ya puedes abrir.
—Ya terminó.
Julián retrocedió hasta la cocina.
Luego escuchó al panadero.
—No les creas.
Julián cerró los ojos.
La voz continuó:
—La silla nunca escogía las casas.
Silencio.
—Nos mantenía adentro.
Julián abrió los ojos.
La puerta comenzó a crujir.
No porque alguien intentara entrar.
Porque algo pesado se estaba apoyando contra ella desde el pasillo.
El panadero habló por última vez.
—Desde que te la llevaste, ya no hay nada vigilándonos.
La luz debajo de la puerta desapareció.
Algo bloqueaba el otro lado.
Julián escuchó decenas de respiraciones.
Después, muy cerca del suelo, una pata de madera raspó lentamente la puerta.
Y desde su dormitorio, detrás de él, otra silla respondió con el mismo sonido.
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