Imagen

Alguien está usando mi voz para llamar a mi hijo

Lectura ~0 min
HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Alguien está usando mi voz para llamar a mi hijo

—Mateo, ven a la cocina.

Gabriel abrió los ojos.

La voz había sido suya.

No parecida. No semejante. Era exactamente su voz.

Giró la cabeza.

Mateo dormía a su lado, encogido bajo la manta, con una pierna atravesada sobre el colchón.

Gabriel estaba completamente despierto.

Entonces, desde la cocina, al otro lado del departamento, su propia voz volvió a llamar:

—Mateo.

El niño abrió los ojos.

No pareció sorprendido. Solo cansado.

En voz muy baja, dijo:

—No vayas.

Gabriel sintió que el sueño desaparecía por completo.

—¿Qué?

Mateo se incorporó y miró hacia la puerta del dormitorio.

—No contestes.

Desde la cocina, la voz volvió a llamarlo.

—Mateo, ven.

Gabriel se sentó.

La puerta estaba entreabierta. Más allá solo podía ver una parte del corredor oscuro.

—¿Quién está ahí?

Mateo le agarró el brazo con fuerza y respondió alarmado:

—No.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa?

El niño negó con la cabeza.

—No le hables.

Gabriel miró a su hijo.

—¿A quién?

Mateo bajó todavía más la voz.

—Al otro papá.

Gabriel sintió frío.

No supo qué responder.

Durante varios segundos no se escuchó nada.

Después, desde la cocina, volvió a oírse su voz:

—¿Mateo?

Sonaba exactamente como Gabriel cuando intentaba no despertar a nadie. Incluso alargaba ligeramente la última sílaba, una costumbre que él nunca había notado hasta escucharla desde otro lugar.

Mateo se escondió bajo la manta.

Gabriel salió de la cama.

El niño volvió a sujetarlo.

—Papá.

—Voy a ver qué pasa.

—No salgas.

—Hay alguien en la casa.

Mateo empezó a llorar en silencio, como si tuviera miedo de que alguien pudiera escucharlo.

Gabriel se inclinó hacia él.

—Quédate aquí.

—No salgas.

—Tengo que revisar.

Mateo lo miró directamente.

—Cuando sales, vuelves diferente.

Gabriel permaneció agachado frente a él.

—¿Qué dijiste?

El niño abrió la boca para responder.

En ese momento, desde la cocina, se escuchó una risa breve.

Era la risa de Gabriel.

Después, su propia voz dijo:

—Déjalo dormir.

Gabriel se giró.

Aquella voz acababa de responderle a alguien.

Algo se movió dentro de la cocina.

Un cajón se abrió.

Después, un vaso fue colocado sobre la mesa.

Gabriel cerró la puerta del dormitorio y puso el seguro.

—Mateo. ¿Desde cuándo escuchas eso?

El niño se acurrucó contra la cabecera.

—No sé.

—¿Desde ayer?

Mateo negó.

—¿Desde esta semana?

Volvió a negar.

Gabriel sintió un nudo en el estómago.

—¿Desde hace cuánto?

Mateo miró hacia la puerta.

—Desde antes de que mamá se fuera.

Gabriel dejó de respirar durante un instante.

Laura había muerto hacía casi dos años.

No hablaban mucho de aquella época.

Mateo tenía cinco años cuando ocurrió.

Gabriel se sentó junto a él.

—¿Por qué nunca me dijiste?

El niño se encogió de hombros.

—Pensé que sabías.

—¿Por qué iba a saberlo?

Mateo respondió como si la respuesta fuera evidente:

—Porque también te habla a ti.

Gabriel miró hacia la puerta.

—No.

—Sí.

—Nunca la había escuchado.

—No cuando estás despierto.

Gabriel volvió a mirar a su hijo.

—¿Qué te dice?

Mateo no respondió.

—Hijo. ¿Qué te dice?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Que vaya.

—¿Adónde?

—A la cocina.

—¿Para qué?

Mateo cerró los ojos.

—Para ver si eres tú.

Gabriel sintió miedo de continuar preguntando.

Aun así, lo hizo.

—¿Alguna vez fuiste?

Mateo tardó demasiado en responder.

—Sí.

Gabriel sintió que se le secaba la boca.

—¿Qué viste?

El niño comenzó a mirar sus propias manos.

—A ti.

Gabriel no dijo nada.

—¿Dónde?

—Sentado en la cocina.

—¿Y yo dónde estaba?

Mateo levantó lentamente la mirada.

—Durmiendo.

Dos golpes suaves sonaron en la puerta.

Gabriel se puso de pie.

Mateo se tapó la boca.

La voz de Gabriel habló desde el otro lado:

—Abre.

Gabriel retrocedió.

Mateo negó con desesperación.

La voz volvió a insistir:

—Sé que estás despierto.

Gabriel miró el seguro.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó de inmediato.

—Gabriel.

Escuchar su propio nombre pronunciado con su propia voz fue peor de lo que esperaba.

Gabriel volvió a preguntar:

—¿Qué quieres?

Durante unos segundos, nadie respondió.

Entonces la voz cambió de tono.

Ahora imitaba la forma en que Gabriel hablaba con Mateo cuando el niño estaba enfermo.

—Hijo, abre.

Mateo comenzó a llorar.

Gabriel lo abrazó.

—No pasa nada.

La voz del otro lado repitió:

—No pasa nada.

Gabriel sintió que se le erizaba la piel.

—No lo escuches.

Desde afuera llegó la misma frase:

—No lo escuches.

Gabriel dejó de hablar.

La manija bajó.

El seguro resistió.

Después volvió a subir.

Unos pasos se alejaron por el corredor hasta perderse en dirección a la cocina.

Gabriel no abrió.

Esperó hasta que la luz de la mañana empezó a entrar por la ventana.

A las siete salió del dormitorio.

El departamento estaba vacío.

La puerta principal tenía los seguros puestos.

En la cocina encontró dos vasos sobre la mesa.

Uno era el suyo.

El otro era el vaso plástico azul que usaba Mateo.

Gabriel lo tocó.

Estaba húmedo.

Se giró.

Mateo estaba parado en el corredor.

—Yo no vine —dijo el niño.

Gabriel no preguntó nada más.

Ese día llevó a Mateo a casa de su hermana Adriana.

Pensó en quedarse también, pero necesitaba ropa, documentos y el cargador de la computadora.

Cosas pequeñas y normales que, a plena mañana, conseguían que el departamento pareciera una casa común.

Gabriel regresó solo.

La cocina estaba limpia.

Los vasos seguían donde los había dejado.

Entró al dormitorio y comenzó a preparar una maleta.

Mientras intentaba cerrarla, escuchó su propia voz desde el corredor.

—¿Gabriel?

Se quedó inmóvil.

Aquello no debía funcionar así.

Hasta entonces, la voz siempre había llamado a Mateo.

—¿Gabriel?

Gabriel no contestó.

La voz sonó otra vez.

Más cerca.

—Ven.

Tomó la maleta.

Caminó hacia la puerta.

No quería pasar al corredor, pero tampoco quería quedarse en aquella habitación.

Asomó la cabeza.

No había nadie.

Dio un paso.

Luego otro.

Desde la cocina, su voz dijo:

—No te lleves al niño.

Gabriel sintió que el miedo le atravesaba el pecho.

La frase se repitió.

—No te lleves al niño.

No respondió.

Siguió caminando.

Entonces escuchó algo detrás de él.

—Papá.

Gabriel se giró.

Mateo estaba parado en la puerta del dormitorio.

Sintió un alivio inmediato.

—¿Qué haces aquí?

El niño no respondió.

—Mateo.

Gabriel corrió hacia él.

A mitad del corredor se detuvo.

Mateo estaba en casa de Adriana.

Lo había dejado allí hacía menos de una hora.

El niño que estaba frente a él sonrió.

No como lo hacía Mateo.

Lo hizo demasiado despacio.

Gabriel retrocedió.

—Tú no eres mi hijo.

El rostro del niño cambió apenas.

No físicamente. Fue la expresión.

La sonrisa desapareció.

—Eso dices siempre.

Gabriel sintió que algo se movía dentro de su memoria.

Recordó un desayuno.

Mateo estaba sentado a la mesa.

Gabriel le preguntaba por qué estaba tan callado.

El niño respondía:

—Soy yo.

Después llegó otro recuerdo.

Una madrugada.

Gabriel estaba frente a la puerta del dormitorio de Mateo.

Desde dentro, el niño decía:

—Papá, no abras.

Y Gabriel entraba de todas formas.

No sabía si esas cosas habían ocurrido.

Tampoco sabía por qué acababa de recordarlas.

El falso Mateo dio un paso.

Gabriel levantó la maleta como si pudiera protegerse con ella.

—No te acerques.

El niño respondió:

—Papá.

Gabriel dijo con firmeza:

—No.

El niño se detuvo.

Entonces, desde la cocina, apareció la voz de Gabriel.

—Mateo, ven conmigo.

El niño del corredor giró la cabeza hacia la cocina.

Por primera vez pareció asustado.

Gabriel lo vio claramente.

No parecía una actuación.

El niño retrocedió.

—No.

La voz de la cocina insistió:

—Ven.

El falso Mateo corrió hacia Gabriel.

Gabriel se apartó.

El niño pasó de largo, entró en el dormitorio y cerró la puerta.

Gabriel escuchó cómo ponía el seguro.

Después oyó pasos que salían desde la cocina.

Eran lentos.

Se acercaban.

Gabriel abandonó el departamento sin la maleta.

No regresó hasta dos días después.

Fue acompañado por Adriana.

Mateo se quedó con una vecina.

Su hermana no había creído toda la historia, pero sí había visto el estado en que estaba Gabriel.

—Recogemos tus cosas y te vienes conmigo.

Gabriel asintió.

Entraron.

No ocurrió nada.

Adriana recorrió el departamento.

—¿Dónde lo viste?

Gabriel señaló el pasillo.

—Ahí.

—¿Y parecía Mateo?

—Era Mateo.

—Pero no era él.

—No.

Adriana abrió el dormitorio.

—¿Después se encerró aquí?

Gabriel asintió.

Ella miró alrededor.

—No hay nadie.

—Ya lo sé.

—Gabriel...

—Ya lo sé.

Empezaron a guardar ropa.

Durante casi una hora no ocurrió nada.

Gabriel comenzaba a sentirse avergonzado cuando Adriana lo llamó desde la sala.

—Ven.

Estaba mirando una fotografía.

Era una imagen familiar tomada seis meses antes de la muerte de Laura.

Gabriel, Laura y Mateo aparecían frente a una piscina.

Adriana preguntó:

—¿Recuerdas esta foto?

—Sí.

—¿Quién la tomó?

Gabriel frunció el ceño.

—Tú.

—Yo no fui a ese viaje.

Gabriel miró la imagen.

Recordaba perfectamente a Adriana detrás de la cámara.

Incluso recordaba que se había quejado del calor.

—Claro que fuiste.

Adriana negó.

—Estaba embarazada de Sofía. No podía viajar.

Gabriel volvió a mirar la fotografía.

En el reflejo de una ventana, detrás de la familia, se veía a alguien sosteniendo el teléfono.

Era un hombre.

La cara quedaba oculta.

Pero llevaba la misma camiseta que Gabriel tenía puesta en la fotografía.

Gabriel dejó caer la imagen.

—Nos vamos.

Adriana no discutió.

Aquella noche los tres durmieron en casa de ella.

Mateo estuvo más tranquilo.

A las diez, Adriana lo llevó al dormitorio de invitados.

Gabriel se quedó con él.

—¿Quieres que deje la luz encendida?

—Sí.

Gabriel se sentó al borde de la cama.

—Necesito preguntarte algo.

Mateo lo miró.

—Cuando dices que a veces no sabes cuál de los dos soy, ¿cómo nos distingues?

Mateo bajó los ojos.

—Por las cosas que dices.

—¿Qué cosas?

—Tú preguntas.

—¿Y el otro?

Mateo miró hacia la puerta.

—El otro ya sabe.

Gabriel sintió un escalofrío.

—¿Qué sabe?

—Todo.

—¿Sobre ti?

Mateo asintió.

—¿Sobre mamá?

Volvió a asentir.

—¿Sobre mí?

El niño empezó a llorar.

—A veces sabe cosas que tú olvidaste.

Gabriel le tomó la mano.

—Dime una.

Mateo negó.

—Una sola.

El niño respiró profundamente.

—La canción.

—¿Qué canción?

Mateo palideció.

—¿Ves?

Gabriel sintió un hueco en el estómago.

—¿Qué canción?

—La que me cantabas.

—Nunca te canté.

Mateo comenzó a llorar con más fuerza.

—Él sí.

Gabriel no supo qué decir.

Esa noche durmió en una silla junto a la cama de su hijo.

Cerca de las tres de la madrugada despertó.

Mateo estaba sentado.

Miraba la puerta.

El niño levantó un dedo para pedirle que guardara silencio.

Gabriel escuchó.

Desde el corredor, su propia voz llamó:

—Mateo.

Aquello había llegado hasta la casa de Adriana.

Gabriel se levantó y cerró la puerta.

No alcanzó a poner el seguro.

Una mano apareció entre la puerta y el marco.

Gabriel gritó y empujó.

La mano desapareció.

Cerró y puso el seguro.

Del otro lado, su propia voz ordenó con furia:

—Abre.

Mateo se tapó los oídos.

Gabriel retrocedió.

La voz repitió:

—Abre.

Adriana habló desde el otro dormitorio.

—¿Gabo?

Gabriel respondió con urgencia:

—No salgas.

Durante unos segundos no se escuchó nada.

Después, desde el corredor, la voz de Adriana preguntó:

—¿Qué está pasando?

Gabriel miró la puerta.

No sabía si era su hermana.

—Adriana.

—Soy yo.

—¿Dónde estás?

—Afuera.

Mateo negó con desesperación.

—No.

Gabriel lo miró.

—¿Qué pasa?

El niño susurró:

—Ella está durmiendo.

Gabriel sintió que se le aflojaban las piernas.

Desde el dormitorio principal llegó un grito.

Era Adriana.

—Gabo.

Al mismo tiempo, la voz junto a la puerta ordenó:

—Abre.

Gabriel agarró a Mateo.

—Nos vamos por la ventana.

Estaban en un segundo piso.

Debajo había un techo bajo sobre el patio.

Gabriel abrió la ventana.

Ayudó al niño a salir.

Mateo descendió primero.

Gabriel estaba a punto de hacerlo cuando algo golpeó la puerta del dormitorio.

Desde el corredor, la voz de Adriana suplicó:

—Gabo, no me dejes aquí.

Gabriel se detuvo.

Desde el otro dormitorio, a varios metros, también escuchó a su hermana.

Esta vez gritaba:

—No abras.

Había dos voces de Adriana.

Gabriel salió por la ventana.

Bajó al patio junto a Mateo.

Segundos después, Adriana apareció en otra ventana.

—Ayúdenme.

Gabriel miró hacia arriba.

Era ella.

O parecía ella.

—Sal.

Adriana trepó por la ventana y bajó.

Los tres corrieron hasta la calle.

No regresaron esa noche.

A la mañana siguiente, Adriana empezó a hacer preguntas.

—¿Cómo supiste que la que estaba en la puerta no era yo?

Gabriel miró a Mateo.

—Él lo supo.

Su hermana se volvió hacia el niño.

—¿Cómo?

Mateo respondió:

—Porque tú nunca llamas a mi papá Gabriel.

Adriana quedó inmóvil.

Siempre le decía Gabo.

Gabriel sintió una mezcla de alivio y terror.

El niño sabía reconocer pequeñas diferencias.

Eso era bueno.

Hasta que Mateo añadió:

—Pero está aprendiendo.

Nadie respondió.

Pasaron unas semanas en casa de un amigo.

Después Gabriel alquiló otro departamento.

Era pequeño y estaba lejos del anterior.

No explicó por qué.

Mateo empezó a dormir mejor.

Durante casi dos meses no escucharon ninguna voz.

Gabriel creyó que había terminado.

Una noche preparó pasta.

Mateo hacía la tarea en la sala.

—Hijo, ven a comer.

—Ya voy.

Gabriel sirvió dos platos.

Se sentó.

Mateo apareció.

Comieron.

Hablaron de la escuela, de una exposición y de un niño que había roto una ventana jugando fútbol.

Todo parecía normal.

Después Mateo levantó la vista.

—Papá. ¿Por qué hoy me llamaste dos veces?

Gabriel dejó el tenedor.

—¿Cuándo?

—Antes.

—Solo te llamé para comer.

Mateo negó.

—Primero me llamaste desde el baño.

Gabriel sintió frío.

—Yo estaba cocinando.

El niño dejó de comer.

Ambos miraron hacia el corredor.

La puerta del baño estaba abierta.

Dentro no había luz.

Gabriel preguntó:

—¿Qué dijo?

Mateo no respondió.

—Hijo. ¿Qué te dijo?

—Que fuera.

Gabriel sintió que la respiración se le aceleraba.

—¿Fuiste?

Mateo negó.

—¿Por qué no me dijiste?

El niño bajó la vista.

—Porque esta vez sonabas mejor.

Gabriel no comprendió.

—¿Mejor?

—Sí.

—¿Qué significa?

Mateo empezó a llorar.

—Ya casi no se equivoca.

Gabriel apartó la silla.

En ese momento, la luz del baño se encendió.

Ninguno se movió.

Desde dentro salió la voz de Gabriel:

—Mateo.

Gabriel tomó la mano del niño.

—Nos vamos.

La voz del baño respondió:

—Mateo, no salgas con él.

El niño apretó su mano.

Gabriel caminó hacia la entrada.

—No mires.

La voz detrás de ellos sonó desesperada.

—Mateo.

El niño comenzó a llorar.

Gabriel abrió la puerta principal.

Entonces Mateo soltó su mano.

Gabriel se giró.

—¿Qué haces?

El niño lo miraba aterrorizado.

—Di algo.

—¿Qué?

—Lo que sea.

Gabriel sintió un miedo que no entendía.

—Mateo, tenemos que salir.

El niño retrocedió.

—Otra cosa.

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

Gabriel abrió los brazos.

Su voz se quebró cuando insistió:

—Hijo, soy yo.

Desde el baño, la misma voz respondió:

—Hijo, soy yo.

Las dos frases habían sonado iguales.

Mateo miró de un extremo al otro del departamento.

Gabriel sintió que algo se rompía dentro de él.

—Mateo.

El niño negó.

—No sé cuál eres.

—Soy tu papá.

Desde el baño llegó la misma respuesta:

—Soy tu papá.

Mateo se tapó los oídos y gritó:

—Cállense.

Las dos voces se callaron.

Gabriel dio un paso.

Mateo retrocedió.

—No te acerques.

Gabriel se detuvo.

—Está bien.

El niño seguía llorando.

—¿Qué hago?

—Sal tú.

Gabriel sintió que el mundo se le vaciaba.

—¿Qué?

—Sal.

—No voy a dejarte.

—Entonces no sé cuál eres.

Gabriel miró el baño.

No veía a nadie.

Solo la luz encendida.

—Mateo.

El niño levantó una mano para detenerlo.

—No.

Gabriel salió al corredor del edificio.

No cerró la puerta.

Se quedó a menos de un metro.

Mateo seguía dentro, mirándolo.

Después el niño habló hacia el baño.

—Ahora tú.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Luego se escucharon pasos.

Alguien salió.

Gabriel no podía verlo desde su posición.

Mateo sí.

El rostro del niño cambió.

No mostró alivio.

Mostró terror.

—No.

Gabriel dio un paso hacia la puerta.

—¿Qué ves?

Mateo retrocedió.

—No.

Gabriel lo llamó con miedo:

—Mateo.

El niño miró a Gabriel.

Después miró a quien estuviera dentro.

—Los dos son iguales.

Gabriel sintió que se le helaba todo el cuerpo.

Una figura apareció al fondo del corredor interior.

Era él.

La misma camiseta.

El mismo cabello.

La misma barba.

Incluso la misma expresión de miedo.

El otro Gabriel levantó las manos.

—Mateo, no te acerques a él.

Gabriel respondió:

—No lo escuches.

El niño cerró los ojos.

Los dos hombres se callaron.

Durante varios segundos ninguno se movió.

Mateo abrió los ojos.

Miró al Gabriel que estaba junto a la puerta.

—¿Qué me decía mamá cuando tenía miedo?

Gabriel sintió desesperación.

Intentó recordar.

Laura.

La habitación.

Mateo pequeño.

No encontraba la frase.

El otro Gabriel tampoco respondió.

Mateo comenzó a llorar.

—¿Ven?

Gabriel sintió que algo horrible empezaba a tener sentido.

Aquello no estaba copiando únicamente su voz.

También estaba copiando sus olvidos.

Los espacios donde Gabriel ya no recordaba quién había sido.

El otro hombre sonrió apenas.

Gabriel lo vio.

Mateo también.

El niño corrió hacia la puerta.

Gabriel lo sujetó.

Salieron.

El otro Gabriel no los siguió.

Se quedó dentro del departamento observándolos.

Antes de cerrar, dijo:

—Buenas noches, campeón.

Gabriel se quedó inmóvil.

Era una frase que él utilizaba.

Pero no esa noche.

La decía años atrás, cuando Laura todavía vivía y Mateo tenía cinco años.

Hacía mucho tiempo que había dejado de usarla.

El otro Gabriel sonrió.

—¿Ya te acordaste?

Gabriel cerró la puerta.

Se mudaron otra vez.

No regresaron.

Desde entonces, Gabriel procura no llamar a Mateo desde otra habitación.

Va hasta donde está.

Lo toca en el hombro.

Espera a que lo mire.

Mateo hace lo mismo.

No responden a voces que lleguen desde baños, cocinas o corredores.

Nunca.

Con el paso de los meses, aquella rutina empezó a parecer exagerada.

Hasta una madrugada.

Gabriel despertó porque Mateo estaba de pie junto a su cama.

—Papá.

Gabriel abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

El niño estaba llorando.

—Hay alguien en mi cuarto.

Gabriel se levantó.

—¿Qué viste?

Mateo negó.

—No lo vi.

—¿Entonces qué pasó?

—Me llamó.

Gabriel sintió miedo.

—¿Con mi voz?

Mateo negó.

Gabriel sintió algo peor.

—¿Con la tuya?

El niño volvió a negar.

—Entonces, ¿con quién?

Mateo miró hacia el corredor.

Cuando respondió, apenas pudo hablar.

—Con la voz de mamá.

Gabriel sintió que la habitación desaparecía alrededor de él.

Desde el dormitorio de Mateo, al final del pasillo, una mujer comenzó a cantar muy bajo.

Gabriel no recordaba aquella canción.

Mateo sí.

El niño agarró la mano de su padre con fuerza.

—Esa es la canción.

Gabriel no pudo responder.

La mujer siguió cantando.

Poco a poco, mientras escuchaba, Gabriel comenzó a recordar la letra.

Después recordó la melodía.

Luego vio a Laura sentada junto a la cama.

Y entonces apareció otro recuerdo.

Una noche antigua.

Laura cantándole a Mateo.

Gabriel observando desde la puerta.

Y detrás de Laura, otra persona con el mismo rostro de Gabriel, escuchando en silencio.

Gabriel apretó la mano de su hijo.

La canción se detuvo.

Desde la oscuridad llegó su propia voz.

—Ahora sí te acuerdas.

Mateo levantó la mirada.

—Papá...

Gabriel no respondió.

Entonces, desde el dormitorio, algo habló con la voz exacta de Mateo.

—¿Cuál de los dos olvidó primero?

¿Te gustó esta historia?

El final no tiene por qué ser el final

¿Te atreves con otra?

Sigue con una historia relacionada o deja que el azar elija tu próxima inquietud.

0

Comentarios

Publicar un comentario