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Alguien deja mis cosas en el supermercado antes de que yo las pierda

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Alguien deja mis cosas en el supermercado antes de que yo las pierda

El primer objeto fue un llavero.

No tenía nada especial: tres llaves, una pieza azul de plástico y una pequeña placa metálica rayada.

Excepto porque era mío.

Lo encontré a las once y veinte de la noche, dentro de la caja de objetos perdidos del supermercado.

Yo trabajaba en el turno de cierre. Mi nombre es Ramiro y llevaba casi cuatro años en ese local, así que conocía bastante bien el procedimiento. Cualquier cosa olvidada por un cliente terminaba detrás del módulo de atención: billeteras, lentes, juguetes, bolsas, documentos, paraguas.

Aquella noche me tocó ordenar la caja antes de irnos.

Saqué un guante.

Dos tarjetas de transporte.

Un cargador.

Un juego de llaves.

Y me quedé mirándolo.

La pieza azul tenía una esquina mordida.

Yo mismo la había roto meses antes intentando abrir una botella.

Metí la mano en el bolsillo.

Mis llaves estaban ahí.

Las saqué.

Las puse junto a las otras.

Eran iguales.

No parecidas.

Iguales.

La misma marca en la placa.

El mismo desgaste en la llave de mi departamento.

Hasta la pequeña mancha de pintura blanca que había quedado cuando ayudé a mi hermano a pintar su cocina.

—¿Qué haces?

Era Fabián, el encargado de seguridad.

Le mostré ambos juegos.

—Mira.

Los observó.

—¿Compraste dos?

—No.

—Entonces alguno no es tuyo.

—Los dos son míos.

Se rio.

—Eso no tiene sentido.

—Ya sé.

Tomó uno.

Después el otro.

—¿Quién trajo estos?

Revisamos el registro.

Los objetos encontrados se apuntaban con hora aproximada y lugar.

“Llaves. Pasillo siete. 18:40.”

A las seis y cuarenta yo estaba trabajando en almacén.

Mis llaves habían permanecido en mi bolsillo.

Fabián dejó el duplicado dentro de la caja.

—Mañana preguntamos quién lo encontró.

—¿Y mientras?

—Mientras te llevas las tuyas.

Las guardé.

Cuando llegué a casa revisé tres veces que siguieran conmigo.

A la mañana siguiente salí tarde.

Bajé las escaleras corriendo.

Llegué hasta la esquina.

Metí la mano en el bolsillo.

Vacío.

Regresé.

Busqué en la sala, en la cocina, debajo de la cama.

Nada.

Recordé que había abierto la puerta para sacar la basura.

Tal vez las dejé puestas.

Tampoco.

Me fui usando el juego de repuesto.

Llegué al supermercado todavía pensando en ellas.

Fui directamente a objetos perdidos.

El llavero seguía allí.

La pieza azul.

La placa rayada.

La mancha de pintura.

Lo agarré.

Encajaba perfectamente en la cerradura de mi casillero.

Me dije que la explicación era sencilla.

Había confundido ambos juegos la noche anterior.

Quizá me llevé las llaves encontradas y dejé las mías.

Pero Fabián y yo habíamos visto los dos juegos al mismo tiempo.

Recordaba tener uno en cada mano.

No se lo mencioné.

Durante varios días no pasó nada.

Después apareció mi billetera.

La encontró una cajera debajo de una góndola de productos de limpieza.

La llevó al módulo.

Me llamó.

—Ramiro, creo que esto es tuyo.

Era negra, de cuero barato, con una costura deshilachada en una esquina.

—La mía está en mi mochila.

—Entonces tienes un gemelo.

La abrió.

Dentro estaba mi documento.

Mi fotografía.

Mi nombre.

Una tarjeta bancaria con mis números.

Dos recibos.

Una foto pequeña de mi mamá que llevaba desde hacía años.

Sentí que me costaba respirar.

Fui a mi casillero.

Abrí la mochila.

Saqué mi billetera.

La puse junto a la otra.

Todo coincidía.

Incluso el dinero.

Cuarenta y ocho soles.

Exactamente lo mismo.

Esta vez Fabián no se rio.

—Esto ya está raro.

—Revisemos cámaras.

Fuimos a seguridad.

La billetera había sido encontrada a las ocho y doce de la mañana.

Buscamos esa hora.

El pasillo aparecía vacío.

Una empleada pasó empujando un carrito.

Después un cliente.

Nada más.

Adelantamos.

A las ocho y once, el piso estaba limpio.

A las ocho y doce, la billetera estaba allí.

No vimos a nadie dejarla.

Simplemente aparecía entre un cuadro y el siguiente.

Fabián reprodujo varias veces.

—Debe faltar un fragmento.

—¿Cuánto?

—Un segundo.

—¿Y justo durante ese segundo alguien dejó mi billetera debajo de una góndola?

No respondió.

Me llevé la que estaba en objetos perdidos.

Guardé la otra.

O eso creí.

Al día siguiente, cuando fui a pagar el desayuno, descubrí que solo tenía una.

La segunda había desaparecido.

No supe cuál.

Era imposible saberlo.

Una semana después apareció mi reloj.

Un reloj sencillo, de correa café.

Lo encontré yo mismo.

Estaba dentro de la caja.

Miré mi muñeca.

Lo llevaba puesto.

No quise tocar el otro.

—¿Cuándo llegó?

La chica del módulo revisó.

—Hace veinte minutos.

—¿Quién lo trajo?

—Un señor.

—¿Qué señor?

—No sé.

—¿Dónde lo encontró?

Revisó la nota.

—En el baño.

Fui a seguridad.

La cámara exterior mostraba a todas las personas que entraban y salían del pasillo de los baños.

Identificamos al supuesto cliente.

Un hombre con gorra se acercó al módulo con algo en la mano.

Puso el objeto sobre el mostrador.

La cámara estaba demasiado lejos para ver bien su cara.

—Ese es —dijo la chica.

Seguimos la grabación hacia atrás.

El hombre había salido del baño de hombres.

Antes de eso no aparecía en ninguna cámara.

No había entrado por la puerta principal.

No venía de ningún pasillo.

Simplemente salía del baño.

Fabián amplió la imagen.

No ayudó mucho.

—¿Lo conoces?

—No.

—Parece que sí te conoce a ti.

El hombre entregó el reloj.

Antes de irse, levantó la cabeza.

Miró directamente hacia una de las cámaras.

Después señaló su propia muñeca.

La grabación se cortó durante dos segundos.

Cuando volvió, él ya no estaba.

Esa noche llegué a casa con el reloj puesto.

A la mañana siguiente desperté tarde.

Miré mi muñeca.

Vacía.

El reloj no estaba en la mesa de noche.

Ni debajo de la cama.

Ni en el baño.

Había desaparecido.

Entonces entendí el patrón.

Primero aparecían en el supermercado.

Después desaparecían de mi vida.

No eran copias.

O si lo eran, no duraban.

Algo me enseñaba un objeto antes de que yo lo perdiera.

Durante dos semanas intenté no prestarle atención.

No funcionó.

Apareció una camisa.

Estaba doblada dentro de una bolsa transparente con una etiqueta de objetos perdidos.

Era azul oscuro.

Tenía un parche que mi mamá había cosido a mano cerca del bolsillo.

La reconocí inmediatamente.

Esa camisa estaba en mi casa.

No la había usado en meses.

Fui a verla al terminar el turno.

Seguía en el armario.

La saqué.

Comparé.

La misma puntada torcida.

La misma mancha pequeña cerca del cuello.

Dejé una en una silla.

La otra dentro del armario.

A la mañana siguiente solo quedaba la de la silla.

El armario estaba vacío.

No sentí miedo todavía.

Sentí rabia.

Como si alguien estuviera entrando en mi casa y robándome cosas después de mostrármelas.

Cambié la cerradura.

No sirvió.

Después apareció una fotografía.

Era una foto familiar de cuando yo tenía doce años.

Mi mamá.

Mi hermano.

Yo.

La casa antigua detrás.

La original estaba dentro de una caja en el ropero.

Esa noche fui corriendo a buscarla.

No estaba.

La caja seguía allí.

Las demás fotos también.

Solo faltaba esa.

Entonces me di cuenta de algo peor.

En la fotografía encontrada en el supermercado, mi hermano ya no aparecía.

Mi mamá estaba a la izquierda.

Yo a la derecha.

Entre ambos había un espacio vacío.

Recordaba perfectamente dónde había estado él.

Le escribí.

No respondió.

Lo llamé.

Número inexistente.

Pensé que había marcado mal.

Busqué su contacto.

No estaba.

Revisé conversaciones antiguas.

Nada.

Fotos en el teléfono.

Nada.

Su nombre no aparecía.

Sentí un mareo.

Llamé a mi mamá.

—¿Dónde está Sergio?

Silencio.

—¿Quién?

El estómago se me cerró.

—Sergio.

—No conozco ningún Sergio.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

—Mi hermano.

Ella tardó varios segundos.

—Ramiro, tú no tienes hermano.

Colgué.

Durante horas intenté recordar.

Su cara.

Su voz.

Las veces que peleábamos.

La cicatriz que tenía en la barbilla.

Recordaba todo.

Pero cada recuerdo parecía más lejano.

Como si estuviera intentando sostener agua entre los dedos.

Regresé al supermercado antes de abrir.

La fotografía seguía en objetos perdidos.

La guardé en el bolsillo.

En el reverso había algo escrito.

No lo había visto antes.

Una fecha.

Era la fecha del día siguiente.

Me fui.

No trabajé esa jornada.

Pasé todo el día buscando pruebas de que Sergio había existido.

No encontré ninguna.

Al anochecer, hasta su nombre empezó a sonar extraño.

Sergio.

Lo repetí en voz alta varias veces.

A la sexta ya no estaba seguro de si lo recordaba o lo estaba inventando.

Al día siguiente, la fotografía desapareció de mi bolsillo.

No recordaba qué estaba buscando.

Solo sabía que algo faltaba.

Volví a trabajar.

Durante algunos días nada ocurrió.

Después apareció un zapato.

Uno solo.

Negro.

Mi talla.

Era uno de los zapatos que usaba para trabajar.

Miré mis pies.

Los dos estaban puestos.

Ese día no quise volver a casa.

Me quedé sentado dentro de un café hasta que cerraron.

Cuando regresé, uno de mis zapatos había desaparecido.

No de mis pies.

Del armario.

El par viejo que guardaba como repuesto estaba incompleto.

Entonces empezaron a aparecer objetos que no podía reconocer.

Un peine.

Una taza.

Una bufanda.

Una libreta.

Todos llevaban etiquetas con mi nombre.

“Ramiro Valdivia.”

Yo no recordaba haberlos visto nunca.

La taza apareció un lunes.

El martes, mi mamá me llamó.

—¿Ya no tienes la taza verde?

—¿Qué taza?

—La que usabas siempre.

No supe qué responder.

Abrí la caja de objetos perdidos.

La taza estaba allí.

Verde.

Con una grieta fina en el borde.

No la recordaba.

Mi mamá sí.

Después apareció la bufanda.

Una compañera dijo:

—Esa es la que usabas el invierno pasado.

Yo no recordaba haber tenido bufanda.

Después la libreta.

Fabián la reconoció.

—Siempre apuntabas ahí los turnos.

—Nunca he usado una libreta.

Me miró de una forma que me asustó más que cualquier otra cosa.

—Sí usabas.

Abrió.

La letra era mía.

Horarios.

Listas.

Números.

Notas.

La última página tenía una frase escrita varias veces.

NO LA DEJES EN OBJETOS PERDIDOS.

Le quité la libreta.

—¿Quién escribió esto?

—Tú, supongo.

—Yo no recuerdo haberlo escrito.

Fabián bajó la voz.

—Ramiro, deberías irte unos días.

No fui.

Tenía miedo de que las cosas siguieran apareciendo sin que yo pudiera verlas.

Empecé a revisar la caja cada hora.

Algunas noches no había nada.

Otras encontraba objetos pequeños.

Una cuchara.

Un cinturón.

Una entrada de cine.

Una memoria USB.

Cada uno terminaba desapareciendo de algún lugar de mi vida.

A veces desaparecía también el recuerdo.

Eso era lo peor.

No sabía cuántas cosas había perdido porque tal vez ya no recordaba ninguna.

Comencé a escribirlo todo en el teléfono.

“Tenías un hermano llamado Sergio.”

“Tu taza favorita era verde.”

“Usabas una libreta negra para los turnos.”

“Tu primer auto fue un Toyota gris.”

Al día siguiente algunas notas ya no tenían sentido.

No recordaba el auto.

No recordaba ciertos nombres.

Pero confiaba en mi propia letra.

Hasta que un jueves encontré mi teléfono dentro de objetos perdidos.

Estaba encendido.

La pantalla mostraba mi foto.

Busqué el mío.

Lo tenía en la mano.

El segundo teléfono tenía las mismas conversaciones.

Las mismas fotos.

Las mismas aplicaciones.

Abrí las notas.

La lista era mucho más larga.

Había cosas que el teléfono que yo llevaba ya no contenía.

“Viviste con Ariana durante tres años.”

No conocía a ninguna Ariana.

“Tu perro se llamaba Paco.”

Nunca había tenido perro.

“Papá murió cuando tenías veinticuatro.”

Me quedé mirando esa línea.

Mi papá seguía vivo.

O eso creía.

Lo llamé.

Número inexistente.

Llamé a mi mamá.

—¿Dónde está papá?

Ella guardó silencio.

—Ramiro...

—¿Dónde está?

—Tu papá murió hace cuatro años.

Me senté en el suelo del almacén.

Yo había hablado con él.

Recordaba haber hablado con él hacía menos de una semana.

¿O no?

Busqué la conversación.

No existía.

Las manos me temblaban.

Volví a las notas del teléfono encontrado.

Había una última entrada.

“Cuando aparezca la placa, no vuelvas a casa.”

Nada más.

No entendí.

Guardé el teléfono.

Esa noche Fabián me acompañó a revisar las cámaras.

Queríamos ver quién estaba dejando los objetos.

Durante horas no ocurrió nada.

A las dos y tres de la madrugada, una de las cámaras del pasillo de limpieza mostró movimiento.

El hombre de la gorra apareció otra vez.

El mismo que había entregado mi reloj.

Salió del baño.

Caminó lentamente hacia atención al cliente.

Llevaba una bolsa.

Fabián acercó la imagen.

—Ahí está.

El hombre se detuvo frente a una cámara.

Levantó la cabeza.

Esta vez se quitó la gorra.

Sentí que el cuerpo se me vaciaba.

Era yo.

Más viejo.

No mucho.

Tal vez diez años.

Tal vez veinte.

Tenía el cabello más corto.

La cara hundida.

Una cicatriz que yo no tenía atravesaba una ceja.

Pero era mi cara.

La misma boca.

Los mismos ojos.

Fabián me miró.

—Ramiro...

En la grabación, el otro Ramiro levantó una bolsa.

Sacó algo.

Una fotografía.

La sostuvo frente a la cámara.

La imagen mostraba un supermercado.

No nuestro supermercado.

Parecía abandonado.

Después señaló detrás de él.

En el pasillo del baño apareció una figura.

Lejana.

Demasiado oscura para distinguirla.

El otro Ramiro se apresuró.

Guardó algo en la caja de objetos perdidos.

Volvió a mirar la cámara.

Movió los labios.

Fabián reprodujo más lento.

—¿Qué dice?

Yo entendí.

“Todavía estás a tiempo.”

La figura del pasillo avanzó.

La grabación se cortó.

Cuando regresó, el otro Ramiro había desaparecido.

—¿Qué dejó?

Corrimos.

La caja estaba detrás del módulo.

Había algo nuevo.

Una bolsa de tela.

La abrí.

Dentro encontré una placa plástica.

La placa de identificación de mi uniforme.

RAMIRO VALDIVIA.

Miré mi pecho.

La mía seguía allí.

Sentí una presión horrible en el estómago.

Saqué el segundo teléfono.

Abrí las notas.

“Cuando aparezca la placa, no vuelvas a casa.”

Fabián leyó conmigo.

—Vente conmigo.

—¿A dónde?

—A mi casa. A cualquier lugar.

No discutí.

Salimos juntos.

Dormí en su sofá.

A la mañana siguiente mi uniforme estaba colgado de una silla.

La placa seguía puesta.

Sentí alivio.

Hasta que Fabián entró.

Se quedó observándome.

—¿Quién eres?

Me reí.

Pensé que era una broma.

—No jodas.

Retrocedió.

—¿Cómo entraste?

—Fabián.

Agarró el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

—Soy Ramiro.

Su expresión no cambió.

Saqué mi documento.

Lo miró.

—Ese documento está en blanco.

Lo miré.

Mi fotografía seguía allí.

Mi nombre también.

—Aquí dice Ramiro Valdivia.

—No dice nada.

Me alejé.

Fabián abrió la puerta.

—Sal.

No sabía qué hacer.

Salí.

En la calle intenté llamar a mi mamá.

El número no existía.

Fui a su casa.

Una pareja desconocida vivía allí.

Les mostré una fotografía.

No me reconocieron.

Regresé a mi departamento.

Mi llave no abrió.

Un hombre salió desde adentro.

—¿Qué quiere?

—Vivo aquí.

—Yo vivo aquí desde hace siete años.

Me miró como si estuviera loco.

No insistí.

Solo me quedaba un lugar.

El supermercado.

Entré por la puerta de clientes.

Nadie me saludó.

Caminé hasta atención.

La chica del módulo me miró.

—¿Necesita ayuda?

—Trabajo aquí.

—No.

—Pregunta por Fabián.

—¿Quién?

Sentí que las piernas me fallaban.

Fui hasta los casilleros.

Mi casillero no existía.

El número estaba asignado a otra persona.

Entré al baño.

Me miré en el espejo.

Mi cara seguía siendo la misma.

Yo todavía estaba allí.

Solo había desaparecido de todos los demás lugares.

Algo sonó detrás de mí.

Una puerta de cubículo.

Me giré.

Vacío.

Entonces vi una bolsa en el suelo.

La misma bolsa de tela.

Dentro estaba mi placa.

Solo que ahora no tenía nombre.

La superficie era completamente blanca.

Escuché un roce en el pasillo.

Salí del baño.

El supermercado estaba demasiado silencioso.

Las luces seguían encendidas.

Había clientes.

Carritos.

Empleados.

Pero el sonido parecía venir desde muy lejos.

Caminé hacia objetos perdidos.

La caja estaba abierta.

Dentro había una sola cosa.

Una fotografía.

La tomé.

Mostraba el supermercado vacío.

Oscuro.

Abandonado.

Exactamente como la imagen que el otro Ramiro había enseñado a la cámara.

En el centro del pasillo aparecía un hombre.

Yo.

Más viejo.

Con gorra.

Detrás de él había una figura oscura.

Mucho más cerca.

Le di vuelta a la fotografía.

Había una frase.

Mi letra.

“Si todavía recuerdas tu nombre, no dejes que te encuentren.”

Escuché algo a mi espalda.

—Señor.

Me giré.

La chica del módulo me miraba.

—No puede estar aquí detrás.

—Perdón.

Agarró la fotografía.

—¿Esto es suyo?

Quise recuperarla.

Ella observó la imagen.

Frunció el ceño.

—Qué raro.

—¿Qué?

Señaló al hombre de la foto.

—Se parece a usted.

Me devolvió la fotografía.

Por un segundo sentí esperanza.

—¿Entonces puede verme?

—Claro.

Sonrió.

—Pero no debería.

Su voz cambió apenas.

No mucho.

Lo suficiente.

Miré sus ojos.

No parpadeaba.

Retrocedí.

Ella siguió sonriendo.

—Objetos perdidos cierra a las diez.

Detrás de ella, todos los clientes se habían detenido.

No de golpe.

Simplemente ya no caminaban.

Una mujer sostenía una bolsa.

Un niño tenía la mano levantada.

Un trabajador empujaba un carrito.

Todos quietos.

Todos mirando hacia mí.

La chica habló.

—Lo que llega aquí tiene que quedarse hasta que alguien venga a reclamarlo.

Sentí que me faltaba aire.

Retrocedí hacia los baños.

Los clientes empezaron a moverse.

No caminaron hacia mí.

Solo giraron la cabeza.

Todos a la vez.

Corrí.

Entré al baño.

Cerré.

El pasillo parecía diferente.

Más viejo.

Las luces parpadeaban.

Las paredes tenían humedad.

El espejo estaba agrietado.

Miré mis manos.

Seguían ahí.

Escuché pasos afuera.

Muchos.

Recordé al hombre de la gorra.

Recordé cómo salía del baño en las cámaras sin haber entrado nunca.

Entonces comprendí.

No estaba dejando mis cosas antes de perderlas.

Estaba intentando devolvérmelas.

Una por una.

Desde algún lugar donde todo lo que había desaparecido terminaba acumulándose.

Y ahora yo también era una de esas cosas.

Los pasos se acercaron.

Vi una puerta que no recordaba haber visto nunca al fondo del baño.

La abrí.

Del otro lado estaba el supermercado.

Pero no el de esa noche.

Otro.

Oscuro.

Cubierto de polvo.

Filas de estantes vacíos.

Miles de objetos amontonados sobre el piso.

Ropa.

Fotografías.

Teléfonos.

Llaves.

Zapatos.

Juguetes.

Documentos.

Cosas que alguien había perdido.

Cosas que alguien había olvidado.

Cosas que quizá ya nadie recordaba haber tenido.

Entre ellas reconocí la taza verde.

La libreta.

El reloj.

La fotografía de mi familia.

Había tres personas en ella.

Mi mamá.

Yo.

Y un hombre joven que, al verlo, me hizo llorar aunque tardé varios segundos en recordar su nombre.

Sergio.

Escuché golpes en la puerta detrás de mí.

Entré.

La cerré.

Desde entonces no sé cuánto tiempo ha pasado.

Aquí nunca amanece.

A veces las luces se encienden durante unos minutos.

Cuando eso ocurre, camino entre los estantes buscando cosas que todavía recuerdo.

Cada vez encuentro menos.

Pero hay una salida.

El baño.

De vez en cuando, cuando el supermercado del otro lado está abierto, la puerta aparece.

Puedo cruzarla durante unos segundos.

No puedo quedarme.

Algo siempre viene detrás.

Así que hago lo único que todavía sé hacer.

Busco un objeto.

Uno mío.

Uno que todavía no haya desaparecido.

Cruzo.

Lo dejo donde sé que alguien lo encontrará.

Luego regreso antes de que esa cosa llegue.

Hace un rato encontré algo nuevo entre los montones.

Una placa de uniforme.

Está limpia.

Todavía tiene un nombre.

No es el mío.

Es el de Fabián.

Y desde algún lugar del supermercado oscuro acabo de escuchar su voz preguntando quién dejó sus llaves en objetos perdidos.

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El final no tiene por qué ser el final

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