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Algo vive en los espacios estrechos de mi apartamento

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Algo vive en los espacios estrechos de mi apartamento

Lucía se mudó al apartamento del tercer piso un martes de noviembre. Era un lugar antiguo, de techos altos y paredes gruesas, con pisos de madera que crujían bajo los pies. El administrador le había dicho que el edificio tenía más de sesenta años, pero a ella le gustaba el carácter del lugar. Las molduras en el techo, las ventanas altas, el silencio de las paredes gruesas.

La primera noche fue tranquila. Lucía desempacó sus cajas, organizó la cocina, se duchó y se fue a dormir. Estaba exhausta después de dos semanas viviendo en la casa de su madre mientras terminaba la mudanza.

A la mañana siguiente, mientras preparaba café, escuchó un sonido detrás del refrigerador.

No era un zumbido eléctrico. Era un roce suave, como algo arrastrándose contra la pared. Lucía se quedó quieta, con la taza en la mano, escuchando. El sonido se detuvo.

Esperó un minuto. Nada.

Se dijo que era un ratón. Los edificios antiguos siempre tenían problemas de plagas. Pero el sonido había sido diferente. No era el trote rápido de un roedor. Era algo más lento, más pesado.

Lucía dejó la taza en la mesa y se agachó junto al refrigerador. El espacio entre el electrodoméstico y la pared era estrecho, apenas unos quince centímetros. Se iluminó con la linterna del teléfono y miró.

No vio nada. Solo polvo, una moneda vieja y el cable de alimentación del refrigerador.

Pero al intentar meter la mano para revisar mejor, sintió algo.

No fue un contacto. Fue una presión. Algo empujó contra su mano desde el espacio estrecho, como si el hueco se hubiera llenado de pronto con algo sólido. Lucía intentó retirar la mano. No se movió. Sus dedos estaban atrapados, comprimidos contra los bordes del espacio con una fuerza que le hizo crujir las articulaciones.

Entró en pánico. Tiró del brazo con fuerza. El dolor le subió por el hombro, pero la mano no cedió. Era como si el espacio mismo se hubiera cerrado alrededor de sus dedos, aplastándolos contra la madera del piso y el metal del refrigerador.

Lucía gritó. Tiró con más fuerza, usando todo el peso de su cuerpo. Sus dedos crujieron bajo la presión. Sintió que los huesos se doblaban, que las articulaciones cedían.

Y entonces, con un sonido húmedo y repugnante, la presión desapareció.

Lucía sacó la mano de golpe y retrocedió tambaleándose. Se la llevó al pecho, respirando agitadamente. Los dedos estaban rojos, hinchados, con moretones oscuros en las yemas. Le dolían como si los hubiera metido en una prensa.

Se quedó en el suelo de la cocina, con la mano temblando, mirando el espacio detrás del refrigerador. No había nada visible. Solo el hueco estrecho, oscuro, vacío.

Pero algo había estado ahí. Algo que se había expandido para llenar el espacio y atrapar su mano.

Lucía se levantó con cuidado. No iba a meter la mano ahí otra vez.

Esa tarde, decidió bloquear el espacio. Buscó en el balcón una tabla de madera que había encontrado en la calle semanas atrás. Era larga, delgada, perfecta para tapar el hueco detrás del refrigerador.

Empujó el refrigerador unos centímetros hacia adelante, con cuidado de no tocar el espacio estrecho. Metió la tabla por arriba, deslizándola hasta el fondo, bloqueando el acceso.

Se quedó de rodillas, mirando su trabajo. La tabla encajaba perfectamente. No había forma de que nada pasara.

Se levantó, satisfecha. Fue a la sala a sentarse en el sofá.

A los diez minutos, escuchó un crujido.

Lucía se levantó de golpe. Caminó hacia la cocina. El sonido venía de detrás del refrigerador.

Se acercó con cuidado. Miró por arriba.

La tabla se estaba doblando.

No era una deformación gradual. Era como si algo estuviera empujando desde el otro lado con una fuerza constante, implacable. La madera gimió, se curvó hacia afuera, y de repente, con un estallido seco, se partió en dos.

Los pedazos de madera salieron disparados hacia la cocina. Uno golpeó la pared. El otro cayó al suelo, a los pies de Lucía.

El espacio detrás del refrigerador estaba vacío otra vez.

Lucía retrocedió, con el corazón latiendo con fuerza. No entendía qué estaba pasando. La tabla era gruesa, sólida. No debería haberse roto así.

No iba a intentar bloquear el espacio otra vez.

Esa noche, Lucía durmió con la luz encendida. No pudo conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía la tabla partiéndose, escuchaba el crujido de la madera cediendo bajo una fuerza invisible.

A la mañana siguiente, decidió salir del apartamento. Iba a quedarse en casa de su hermana unos días, hasta que el administrador llamara a fumigación o lo que fuera.

Empacó una mochila rápida. Se puso los zapatos. Tomó las llaves.

Caminó hacia la puerta principal.

El marco de la puerta era estrecho. Apenas ochenta centímetros de ancho. Lucía metió la llave en la cerradura. Giró. Empujó la puerta.

Y sintió la presión.

No en las manos. En el torso.

Algo la empujaba desde los lados, comprimiendo sus costillas contra el marco de la puerta. Era como si el espacio mismo se hubiera estrechado, aplastándola contra la madera.

Lucía intentó retroceder. No pudo. Su cuerpo estaba atrapado en el marco, con los brazos pegados a los costados, las costillas crujiendo bajo la presión.

Gritó. El sonido salió ahogado, porque sus pulmones no podían expandirse.

Tiró hacia atrás con las piernas, empujando contra el suelo. Sus zapatos resbalaron en la madera pulida. La presión aumentó. Sintió una costilla ceder, doblarse bajo la fuerza.

El dolor fue agudo, punzante. Lucía jadeó, con lágrimas en los ojos.

Tiró con más fuerza, usando todo el peso de su cuerpo, empujando con los talones, arqueando la espalda. Sus costillas crujieron otra vez.

Y entonces, con un sonido húmedo, la presión desapareció.

Lucía cayó hacia adelante, atravesando el marco de la puerta, y se desplomó en el pasillo del edificio. Se quedó de rodillas, con las manos en las costillas, respirando con dificultad. Cada inhalación era un dolor agudo en el lado derecho.

Se quedó ahí, temblando, con el sudor frío empapándole la camisa. No entendía qué estaba pasando. El marco de la puerta no se había movido. No había nada visible. Pero algo la había atrapado, la había comprimido, la había aplastado contra la madera.

Lucía se levantó con cuidado, sosteniéndose el costado derecho. Le dolía respirar. Le dolía moverse.

No iba a salir por la puerta.

Decidió bajar por el balcón. Su apartamento estaba en el tercer piso, pero el balcón daba a la escalera de emergencia del edificio. Si podía llegar a la escalera, podría bajar y salir.

Caminó hacia el balcón. Abrió la puerta de cristal. Salió al aire fresco.

El balcón era estrecho, apenas un metro de ancho. Lucía caminó hacia la barandilla. Miró hacia abajo. La escalera de emergencia estaba a su izquierda, a unos tres metros.

No podía saltar. No con las costillas rotas.

Pero había una ventana del vecino a su derecha. Si podía llegar a esa ventana, tal vez pudiera entrar y pedir ayuda.

Lucía caminó hacia la derecha, pegada a la pared del edificio. El espacio entre la barandilla y la pared era estrecho, apenas medio metro.

A mitad del balcón, sintió la presión.

No en las costillas. En las piernas.

Algo la empujaba desde los lados, comprimiendo sus muslos contra la barandilla y la pared. Lucía intentó retroceder. No pudo. Sus piernas estaban atrapadas, aplastadas contra los bordes del espacio estrecho.

Gritó. El dolor en los muslos era insoportable. Sintió que los huesos se doblaban, que los músculos se aplastaban.

Tiró hacia atrás con las caderas, empujando contra la barandilla. Sus piernas crujieron bajo la presión.

Tiró con más fuerza, usando todo el peso de su cuerpo, arqueando la espalda, empujando con los brazos contra la pared. Sus muslos ardían.

Y entonces, con un sonido húmedo, la presión desapareció.

Lucía cayó de rodillas en el balcón, con las piernas temblando, los muslos ardiendo. Se quedó ahí, respirando con dificultad, con lágrimas en los ojos.

No iba a salir por el balcón.

Lucía se arrastró de vuelta al apartamento, con las costillas rotas y los muslos adoloridos. Cerró la puerta del balcón. Se quedó en el suelo de la sala, temblando.

No podía salir por la puerta. No podía salir por el balcón. Estaba atrapada en el apartamento.

Pero tenía que pedir ayuda. Tenía que llamar a alguien.

Lucía se arrastró hacia el teléfono. Marcó el número de su hermana.

—¿Hola? —dijo la voz de su hermana.

—Sofía —dijo Lucía, con la voz quebrada—. Necesito ayuda. Estoy atrapada en mi apartamento.

—¿Qué? ¿Qué pasó?

—No puedo salir. Hay algo aquí. Algo que me atrapa cuando me acerco a los espacios estrechos.

—¿De qué estás hablando? ¿Estás bien?

—No. Me rompí las costillas. Me aplastó las piernas. No puedo salir.

—Voy para allá. Llamo a una ambulancia también.

Lucía colgó. Se quedó en el suelo, esperando.

Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora.

Lucía escuchó el timbre de la puerta.

—¡Sofía! —gritó—. ¡Estoy en la sala!

Esperó. No escuchó la puerta abrirse.

—¡Sofía! —gritó otra vez.

Nada.

Lucía se arrastró hacia la puerta principal. Miró por la mirilla.

Sofía estaba en el pasillo, golpeando la puerta.

—¡Lucía! ¡Abre!

Lucía intentó levantarse. Pero al apoyar la mano en el suelo, sintió algo.

No en la mano. En el espacio entre el suelo y el zócalo.

Había un hueco estrecho, apenas dos centímetros, entre el piso de madera y la base de la pared. Lucía no lo había notado antes. Pero ahora, al estar cerca del suelo, lo vio.

Y sintió la presión.

No en la mano. En el pecho.

Algo se estaba expandiendo en el hueco del zócalo, ejerciendo presión hacia arriba, comprimiendo su pecho contra el suelo.

Lucía intentó retroceder. No pudo. Su torso estaba atrapado, aplastado contra el piso por una fuerza que venía desde abajo.

Gritó. El sonido salió ahogado, porque sus pulmones no podían expandirse.

Tiró hacia atrás con las piernas, empujando contra el suelo. La presión aumentó. Sintió sus costillas crujiendo otra vez, doblándose bajo la fuerza.

Tiró con más fuerza, usando todo el peso de su cuerpo, arqueando la espalda, empujando con los talones. Sus pulmones ardían.

Y entonces, con un sonido húmedo, la presión desapareció.

Lucía se quedó boca abajo en el suelo, respirando con dificultad. Cada inhalación era un dolor agudo en el pecho.

Escuchó a Sofía golpeando la puerta otra vez.

—¡Lucía! ¡Abre! ¡Voy a llamar a la policía!

Lucía intentó gritar. No pudo. Sus pulmones no tenían fuerza.

Se quedó en el suelo, con el pecho aplastado contra la madera, respirando en hilos delgados.

Y entonces, sintió la presión otra vez.

No en el pecho. En la espalda.

Algo se estaba expandiendo bajo su columna vertebral, empujando hacia arriba, comprimiendo su cuerpo contra el suelo.

Lucía intentó moverse. No pudo. Su cuerpo estaba atrapado entre el suelo y una fuerza invisible que la aplastaba desde abajo.

Gritó. El sonido salió ahogado.

Tiró con las piernas, con los brazos, con todo su cuerpo. La presión aumentó. Sintió sus vértebras crujiendo, doblándose bajo la fuerza.

Tiró con más fuerza. Sus pulmones ardían. Su visión se oscureció en los bordes.

Y entonces, con un sonido húmedo, la presión desapareció.

Lucía se quedó boca abajo en el suelo, inmóvil. No podía moverse. No podía respirar.

Escuchó a Sofía golpeando la puerta, gritando su nombre.

Pero Lucía no podía responder.

Su pecho estaba aplastado contra el suelo. Sus pulmones no podían expandirse. Cada intento de inhalar era inútil.

Se quedó ahí, con los ojos abiertos, mirando la madera del piso, mientras el aire se agotaba en sus pulmones.

Y cuando la oscuridad empezó a cerrar su visión, Lucía entendió que no iba a salir de ese apartamento.

No porque las puertas estuvieran bloqueadas. No porque las ventanas no se abrieran.

Sino porque cada espacio estrecho era una trampa. Y ella estaba rodeada de espacios estrechos.

Su último pensamiento fue el sonido de Sofía golpeando la puerta, cada vez más lejano, mientras la oscuridad la envolvía por completo.

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