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Algo se apoya contra mi tienda de campaña mientras duermo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Algo se apoya contra mi tienda de campaña mientras duermo

Natalia despertó porque la pared de la carpa estaba tocándole la cara.

Abrió los ojos sin entender.

La tela húmeda se había hundido hacia dentro justo junto a su cabeza. Una presión amplia deformaba el costado de la tienda de campaña, empujando el nylon hasta dejarlo a pocos centímetros de su nariz.

Natalia se apartó.

La lona recuperó su forma.

Se quedó inmóvil dentro del saco de dormir.

Afuera no se escuchaba nada.

Ni pasos.

Ni ramas.

Solo el sonido constante del viento atravesando los árboles.

Había acampado muchas veces sola. Conocía la forma en que una ráfaga podía aplastar una pared de la carpa durante unos segundos.

Aquello no había sido una ráfaga.

El viento empujaba toda la estructura.

Eso había presionado un único punto.

Como si alguien hubiera apoyado el cuerpo desde afuera.

Natalia buscó el teléfono.

Las dos y cuarenta y seis.

Activó la linterna.

La carpa era pequeña. Colchoneta. Mochila. Botella de agua. Botas junto a la entrada.

Todo estaba en su sitio.

Esperó.

Nada ocurrió.

—Un animal.

La explicación no le gustó.

Pero era posible.

Había visto rastros pequeños durante la tarde. Quizá algún perro, un zorro o cualquier animal curioso había rozado la tienda.

Natalia apagó la linterna.

Volvió a acomodarse.

No habían pasado ni treinta segundos cuando la tela se hundió otra vez.

Esta vez junto a sus piernas.

Natalia se incorporó.

La presión permanecía allí.

No era un golpe.

Algo estaba apoyado contra la carpa.

La tela se tensaba suavemente alrededor de una forma que Natalia no podía distinguir.

No parecía una pata.

Ni un hocico.

Era demasiado grande.

Natalia levantó una mano, pero no tocó el nylon.

La presión desapareció.

No escuchó ningún movimiento alejándose.

Eso fue lo que la inquietó.

Si hubiera sido un animal, debería haber oído hojas, tierra, ramas.

El suelo alrededor estaba seco.

Cualquier cosa con peso habría hecho ruido.

Natalia permaneció sentada.

La presión apareció en el lado contrario.

Directamente detrás de ella.

Se giró tan rápido que golpeó la botella.

La lona estaba hundida a la altura de su espalda.

Aquello había pasado de un costado al otro sin producir un solo sonido.

Natalia agarró la linterna.

La encendió apuntando hacia la tela.

No vio ninguna silueta clara.

Solo una deformación oscura.

La presión aumentó ligeramente.

Natalia retrocedió hasta tocar el lado opuesto.

—¡Eh!

La palabra salió más fuerte de lo que pretendía.

La lona recuperó su forma.

Natalia esperó.

No volvió.

Pensó en abrir la cremallera y salir.

La idea duró poco.

No sabía qué había afuera.

Dentro, al menos, tenía una capa de tela entre ella y aquello.

Se dijo que esperaría unos minutos.

Si no ocurría nada más, miraría por la entrada.

Cinco minutos.

Después diez.

La respiración de Natalia comenzó a normalizarse.

Entonces algo rozó la carpa desde afuera.

Muy despacio.

El sonido empezó junto a sus pies.

Ffffff.

La tela vibró.

El roce avanzó por el costado.

No era una rama.

La zona estaba despejada cuando montó el campamento.

Natalia había elegido precisamente aquel pequeño claro porque ningún arbusto tocaba la carpa.

El roce continuó.

Ffffff.

Llegó a la altura de su cintura.

Luego al hombro.

Se detuvo junto a su cabeza.

Natalia cerró los ojos.

No quería hacerlo, pero sentía que si miraba la lona iba a ver una forma presionando otra vez.

Pasaron unos segundos.

Algo golpeó suavemente la tela.

Una vez.

No fue fuerte.

Pareció más bien una comprobación.

Natalia abrió los ojos.

No había deformación.

Tomó el teléfono.

Sin señal.

Ya lo sabía. El lugar quedaba demasiado lejos de la carretera.

Había elegido esa zona porque quería una noche sin llamadas, sin tráfico y sin gente.

Ahora aquella decisión le parecía absurda.

Encendió la linterna del teléfono y la dejó apuntando hacia la entrada.

Se puso las botas dentro del saco como pudo.

No pensaba quedarse atrapada sin poder correr.

El siguiente movimiento ocurrió sobre su cabeza.

La parte superior de la carpa descendió ligeramente.

Natalia miró arriba.

Las varillas flexibles se doblaron.

Solo un poco.

Como si algo hubiera puesto una mano sobre el techo.

La presión desapareció.

Natalia sintió que el estómago se le cerraba.

Ya no podía pensar en un animal pequeño.

Un oso habría hecho ruido.

Un venado también.

Cualquier cosa suficientemente grande para deformar la estructura tendría que pesar sobre hojas, ramas y tierra.

Afuera seguía sin escucharse nada.

Natalia agarró el pequeño silbato que llevaba colgado de la mochila.

Sopló con fuerza.

El sonido atravesó el bosque.

Esperó.

Nada respondió.

La parte superior de la carpa volvió a bajar.

Esta vez más.

Natalia levantó los brazos por reflejo.

El techo quedó a pocos centímetros de sus manos.

La presión duró dos segundos.

Después cedió.

Natalia decidió que tenía que salir.

No importaba qué hubiera afuera.

Quedarse dentro esperando a que aquello aplastara la carpa era peor.

Se acercó a la entrada.

Agarró la cremallera.

Antes de abrirla escuchó un sonido.

Un pequeño crujido sobre la lona.

Directamente encima de ella.

Después otro.

Más cerca del centro.

Como si algo estuviera desplazando peso sobre el techo.

Natalia soltó la cremallera.

La parte superior descendió.

No en un punto.

Toda una sección.

La carpa se inclinó.

Natalia cayó hacia un lado.

Las varillas crujieron bajo la tensión.

—¡Fuera!

Golpeó la lona desde dentro.

La presión desapareció de inmediato.

La estructura volvió a levantarse.

Natalia respiraba con dificultad.

Había tocado algo.

No directamente.

A través de la lona.

Cuando golpeó hacia arriba había sentido resistencia.

Una superficie firme.

No una rama.

No algo flexible.

Algo con peso.

Natalia permaneció mirando el techo.

Entonces la pared detrás de ella se hundió.

La presión apareció a la altura de los hombros.

Ella se movió hacia adelante.

La marca desapareció.

Apareció a su izquierda.

Natalia se desplazó a la derecha.

La lona volvió a hundirse frente a ella.

Aquello ya no estaba simplemente tocando la carpa.

La estaba obligando a moverse.

Natalia comenzó a comprender el patrón.

Cada vez que ella se apartaba de la presión, esta aparecía en otro sitio.

Más cerca.

Como si algo estuviera aprendiendo cuánto espacio tenía dentro.

Natalia agarró la mochila.

No podía esperar más.

Abrió la cremallera de golpe.

El aire frío entró.

Apuntó la linterna al exterior.

No había nada.

El claro estaba vacío.

Los árboles permanecían oscuros alrededor.

La luz alcanzaba varios metros.

No vio ojos.

No vio animales.

No vio personas.

Natalia salió de rodillas.

Se puso de pie.

Giró inmediatamente hacia la carpa.

Vacía.

No había nada apoyado sobre ella.

Caminó alrededor.

El suelo estaba limpio.

No había huellas visibles.

Ni ramas caídas.

Ni marcas.

Natalia sintió un alivio breve.

Quizá algo había escapado cuando abrió.

Entonces vio una deformación en la pared opuesta.

La lona se hundió desde dentro.

Natalia se quedó inmóvil.

La carpa estaba vacía.

Ella estaba afuera.

La presión apareció en uno de los costados internos, como si algo situado dentro estuviera apoyándose hacia afuera.

Natalia retrocedió.

La deformación desapareció.

Apareció en el techo.

Desde dentro.

La parte superior se elevó de manera extraña.

Como si algo alto se hubiera incorporado dentro de una tienda demasiado pequeña.

Natalia dejó caer la mochila.

La silueta no era clara.

Solo veía la lona tensándose.

Primero hacia arriba.

Después hacia un lado.

Luego hacia la entrada abierta.

Natalia retrocedió otro paso.

La puerta de tela se movió.

No había viento suficiente para hacerlo así.

Se abrió un poco más.

Algo invisible salió.

Natalia no lo vio.

Lo entendió por el suelo.

Las hojas secas frente a la entrada se hundieron.

Una zona.

Después otra.

Como pasos.

Ahora sí había sonido.

Crujido.

Otro.

Directamente hacia ella.

Natalia corrió.

No recogió la mochila.

No cerró la carpa.

Solo corrió hacia el sendero por el que había llegado aquella tarde.

La linterna del teléfono saltaba con cada paso.

No escuchó nada siguiéndola.

Eso era casi peor.

Después de varios minutos redujo la velocidad.

Miró atrás.

Oscuridad.

Continuó.

Llegó a la carretera poco antes del amanecer.

Un conductor que pasaba la llevó hasta una estación de servicio.

Natalia no contó lo ocurrido.

Dijo que se había asustado por un animal.

Regresó al campamento esa misma mañana acompañada por dos guardabosques.

La carpa seguía allí.

Hundida en un lado.

La mochila continuaba junto a la entrada.

No había animales.

No encontraron huellas claras.

Uno de los guardabosques examinó la estructura.

—Tal vez algo grande se apoyó.

Natalia no respondió.

El hombre señaló la parte superior.

—Aquí hay peso.

Ella miró.

Las varillas estaban dobladas hacia abajo.

Como si alguien se hubiera sentado encima.

Natalia recogió sus cosas.

No volvió a dormir en una tienda de campaña.

Durante meses evitó incluso pasar cerca de zonas de camping.

Con el tiempo, el miedo disminuyó.

Hasta hace una semana.

Natalia se quedó a dormir en casa de una amiga.

No había suficientes camas, así que prepararon un colchón inflable en la sala.

Su amiga le dio una manta gruesa.

Natalia se acostó.

Apagaron las luces.

Todo permaneció tranquilo.

Cerca de la madrugada se despertó.

No sabía por qué.

Entonces sintió la manta hundirse junto a su pierna.

No el colchón.

La manta.

Una presión pequeña apareció sobre la tela.

Después otra.

Más cerca de su cintura.

Natalia se quedó inmóvil.

La manta volvió a hundirse.

Algo estaba apoyando peso sobre ella desde arriba.

Y comprendió que quizá nunca había sido la carpa lo que aquella cosa buscaba.

Solo necesitaba una tela suficientemente delgada entre los dos.

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