
La primera vez que Mateo los vio, pensó que había ocurrido un accidente.
Eran las dos y diecisiete de la madrugada cuando una luz blanca entró por la ventana de su dormitorio y lo despertó. El resplandor venía del edificio de enfrente.
Mateo abrió los ojos, confundido.
Se había mudado hacía apenas nueve días a un departamento en el séptimo piso. Todavía tenía cajas sin abrir junto al armario y no reconocía todos los sonidos del barrio.
Se levantó para cerrar las cortinas.
Entonces vio a la gente.
En el edificio de enfrente había personas paradas en casi todos los balcones.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Algunos en pijama. Otros todavía vestidos.
Nadie hablaba.
Nadie miraba un teléfono.
Todos observaban hacia la izquierda.
Mateo siguió la dirección de sus rostros.
A media cuadra había un edificio antiguo de cinco pisos que llevaba años abandonado. Durante el día se veía deteriorado, con ventanas cubiertas y manchas oscuras en las paredes. Desde el departamento de Mateo podía verse también una parte de la azotea.
No había humo.
No había fuego.
No se escuchaban sirenas.
Sin embargo, no solo los vecinos del edificio de enfrente estaban observando.
Mateo salió al balcón.
En el edificio de la esquina también había personas afuera.
Más lejos, otros balcones estaban ocupados.
Incluso en una torre situada a varias cuadras podía distinguir pequeñas siluetas inmóviles.
Todos miraban la azotea abandonada.
Mateo intentó encontrar aquello que observaban.
No vio nada.
Sacó el teléfono.
Eran exactamente las dos y diecisiete.
Miró otra vez.
Una mujer en el balcón de enfrente estaba descalza. Tenía los brazos relajados junto al cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada hacia el edificio viejo.
A su lado había un hombre.
Ninguno parecía hablar con el otro.
Mateo levantó una mano.
—¿Pasó algo?
Nadie reaccionó.
Su voz sonó extrañamente fuerte en la calle vacía.
Mateo volvió a mirar hacia la azotea.
Nada.
Entonces escuchó un cambio.
No un ruido.
La ausencia de uno.
Todos los aparatos de aire acondicionado que zumbaban entre los edificios parecieron apagarse al mismo tiempo.
Durante unos segundos, el barrio quedó tan quieto que Mateo pudo escuchar el roce de su camiseta cuando respiraba.
Miró el teléfono.
Las dos y dieciocho.
En ese instante, las personas comenzaron a entrar.
Todas.
No exactamente al mismo segundo, pero con una coordinación suficiente para resultar inquietante.
La mujer de enfrente dio media vuelta.
El hombre hizo lo mismo.
Los demás desaparecieron tras sus puertas y cortinas.
En menos de veinte segundos, los balcones quedaron vacíos.
Algunos departamentos apagaron las luces.
Otros mantuvieron las lámparas encendidas.
La ciudad volvió a parecer normal.
Mateo permaneció afuera.
—Qué raro.
Nadie respondió.
Regresó a la cama.
Por la mañana, el episodio parecía menos importante.
Probablemente había ocurrido algo en la azotea que él no había alcanzado a ver.
Una persona.
Un animal.
Tal vez alguien amenazando con saltar y la policía había intervenido antes de que Mateo despertara.
Bajó a comprar café antes de trabajar.
En la entrada encontró a la administradora del edificio.
Se llamaba Norma.
—Anoche hubo algún problema por aquí, ¿no?
La mujer levantó la vista de unas facturas.
—¿Problema?
—En el edificio abandonado.
—¿Cuál?
Mateo señaló hacia la calle.
—El viejo. El de la esquina.
Norma miró en esa dirección.
—No que yo sepa.
—Había un montón de gente mirando.
La mujer sonrió.
—Aquí siempre hay gente despierta.
—No. Digo en los balcones. Casi todos.
Norma pareció pensarlo.
—Yo dormí toda la noche.
Mateo no insistió.
En la cafetería preguntó lo mismo.
El muchacho de la caja negó saber nada.
Cuando regresó, vio a la mujer del balcón de enfrente regando plantas.
Mateo la reconoció de inmediato.
Era imposible confundirla.
La noche anterior había permanecido casi un minuto mirando hacia la azotea.
Ahora regaba flores tranquilamente bajo el sol.
Mateo pensó en gritarle una pregunta desde su balcón.
No lo hizo.
Aquella noche intentó permanecer despierto hasta las dos y diecisiete.
Fracasó.
Se quedó dormido poco después de la una.
Despertó exactamente cuando el reloj cambió.
Dos y diecisiete.
No hubo ruido.
Simplemente abrió los ojos.
Mateo miró hacia la ventana.
La cortina estaba cerrada.
Permaneció acostado durante unos segundos.
No quería levantarse.
Se sintió ridículo.
Finalmente caminó hasta la sala y abrió las cortinas del balcón.
La gente ya estaba afuera.
Esta vez había más.
No solo adultos.
También vio parejas jóvenes y empleados de un hotel cercano todavía vestidos con uniforme.
Una mujer sostenía una taza.
Un hombre llevaba una toalla alrededor de la cintura.
Todos miraban hacia el mismo edificio.
Mateo salió.
El aire estaba frío.
Observó la azotea.
Esta vez sí había algo.
Una persona.
Estaba parada cerca del borde.
Mateo sintió un escalofrío.
No podía distinguir si era hombre o mujer.
La figura vestía ropa oscura y permanecía completamente inmóvil.
Estaba demasiado lejos para verle el rostro.
Mateo entendió por qué todos observaban.
Lo que no entendía era por qué nadie hacía nada.
—¿Hola?
La figura no reaccionó.
Mateo miró los demás balcones.
—¿Alguien llamó a la policía?
Nadie le respondió.
Volvió a mirar la azotea.
La figura había cambiado de posición.
Mateo no la había visto moverse.
Ahora estaba orientada hacia él.
No hacia el edificio.
No hacia la multitud.
Hacia su balcón.
Mateo sintió frío en el estómago.
Retrocedió un paso.
La distancia entre ambos era considerable, pero tuvo la certeza de que aquello lo estaba mirando.
Mateo levantó lentamente el teléfono.
Quería acercar la imagen con la cámara.
Antes de conseguir enfocarla, la pantalla marcó las dos y dieciocho.
La gente empezó a retirarse.
Mateo bajó el teléfono.
Miró la azotea.
La figura seguía allí.
Todos los demás entraban a sus departamentos.
Mateo permaneció afuera.
La mujer de enfrente fue la última en desaparecer.
La figura seguía mirando.
Mateo retrocedió hacia la sala.
Cerró la puerta corrediza.
Después las cortinas.
Esperó.
Nada ocurrió.
Volvió a dormir cuando empezaba a amanecer.
Al día siguiente evitó mirar el edificio abandonado.
No quería convertir aquello en una obsesión.
Trabajó desde casa.
Salió a almorzar.
Hizo compras.
Todo parecía normal.
Las personas caminaban por la calle sin mirar la azotea.
La mujer de enfrente volvió a regar sus plantas.
Por la tarde, Mateo coincidió con un vecino en el ascensor.
Era un hombre de unos cuarenta años que vivía dos pisos más abajo.
Mateo había visto su silueta en el balcón la noche anterior.
—Una pregunta rara —dijo Mateo.
El hombre sonrió.
—A ver.
—¿Usted estuvo despierto anoche cerca de las dos?
El vecino pensó.
—No.
—Creí verlo en su balcón.
La sonrisa desapareció.
—Seguro era otra persona.
—Puede ser.
Las puertas del ascensor se abrieron.
El vecino salió.
Antes de que se cerraran, Mateo preguntó:
—¿Sabe qué pasa en el edificio abandonado?
El hombre se detuvo.
No se giró.
Durante un instante permaneció inmóvil.
Después respondió:
—Nada.
Y continuó caminando.
Aquella noche Mateo decidió no mirar.
Puso el teléfono en silencio.
Cerró las cortinas.
Incluso dejó la televisión encendida para no escuchar nada de la calle.
A las dos y diecisiete despertó.
Otra vez.
No había alarma.
No había ruido.
Simplemente abrió los ojos.
La televisión estaba apagada.
Mateo recordó haberla dejado encendida.
Miró el teléfono.
Dos y diecisiete.
No se levantó.
Permaneció en la cama.
—No voy a mirar.
La habitación estaba completamente quieta.
Pasaron unos segundos.
Después escuchó un sonido muy tenue.
No venía de la calle.
Venía del balcón.
Un pequeño golpe sobre el vidrio.
Mateo contuvo la respiración.
Otro golpe.
No sonaba como una mano.
Parecía una piedrita.
Mateo vivía en el séptimo piso.
Otro golpe.
Se levantó.
Caminó hasta la sala sin encender luces.
Las cortinas seguían cerradas.
Algo volvió a tocar el vidrio.
Mateo separó la cortina apenas lo suficiente para mirar.
Los balcones estaban llenos.
Todos observaban la azotea.
La figura continuaba allí.
Pero ya no estaba junto al borde.
Ahora se encontraba sobre una estructura más alta del techo.
Mateo no recordaba haber visto aquella estructura durante el día.
Una especie de caseta cuadrada.
La figura estaba de pie encima.
Seguía orientada hacia su departamento.
Mateo soltó la cortina.
No quiso mirar más.
Entonces escuchó un murmullo.
Venía de la calle.
Cientos de voces.
No conseguía distinguir palabras.
Mateo volvió a mirar.
La gente seguía inmóvil.
Nadie movía los labios.
El murmullo continuaba.
Se hizo un poco más fuerte.
Mateo sintió que no venía de los balcones.
Venía del edificio abandonado.
Miró la azotea.
La figura había desaparecido.
Mateo buscó alrededor.
Nada.
El murmullo se detuvo.
Miró la hora.
Dos y dieciocho.
La gente entró.
Durante el resto de la noche, Mateo mantuvo todas las luces encendidas.
Al día siguiente caminó hasta el edificio abandonado.
No sabía qué esperaba encontrar.
La entrada estaba cerrada con una reja oxidada.
Había carteles viejos pegados a las paredes y basura acumulada en una esquina.
Mateo cruzó la calle y miró hacia arriba.
La azotea parecía normal.
No había ninguna caseta elevada.
Solo una pequeña estructura para las escaleras, demasiado baja para coincidir con lo que había visto.
Un hombre pasó caminando detrás de Mateo.
—No vive nadie ahí.
Mateo se volvió.
Era un señor mayor con bolsas del mercado.
—¿Perdón?
El hombre señaló el edificio.
—Está vacío.
—Ya sé.
El desconocido continuó caminando.
Mateo lo observó alejarse.
No había preguntado nada.
Esa tarde decidió dormir en casa de un amigo.
No explicó la razón.
Solo dijo que necesitaba salir del departamento.
Su amigo vivía a casi seis kilómetros.
Cenaron.
Vieron una película.
Mateo se acostó en el sofá.
A las dos y diecisiete abrió los ojos.
La sala estaba oscura.
Sintió miedo antes de mirar el teléfono.
Dos y diecisiete.
Se levantó.
El departamento de su amigo tenía una ventana amplia hacia una avenida distinta.
Mateo se acercó.
En el edificio de enfrente había personas en los balcones.
Todas miraban hacia la misma dirección.
No hacia Mateo.
Hacia el barrio donde estaba su casa.
Sintió que el estómago se le cerraba.
Su amigo apareció detrás.
—¿Qué haces?
Mateo se giró.
—¿Ves eso?
—¿Qué?
—La gente.
Su amigo miró.
—¿Qué gente?
Mateo volvió hacia la ventana.
Los balcones estaban ocupados.
Decenas de personas.
—Ahí.
Su amigo se acercó al vidrio.
—No veo nada raro.
Mateo lo miró.
—Están todos afuera.
—Hay dos personas fumando.
Mateo sintió un miedo distinto.
Él veía muchas más.
Una mujer con bata.
Un anciano.
Una pareja.
Un hombre sin camiseta.
Todos inmóviles.
Todos mirando hacia la misma zona de la ciudad.
A las dos y dieciocho desaparecieron.
Su amigo volvió a dormir.
Mateo no.
Regresó a su departamento al mediodía.
No sabía por qué.
Quizá porque necesitaba comprobar que aún podía entrar.
Todo estaba igual.
Las cajas.
La taza del desayuno.
Las cortinas cerradas.
Mateo trabajó con dificultad.
Por la tarde se quedó dormido en el sofá.
Despertó poco antes de medianoche.
Ya había tomado una decisión.
No permanecería allí a las dos y diecisiete.
Preparó una mochila.
Salió a la una y media.
Caminó varias cuadras.
Entró a una cafetería que funcionaba toda la noche.
Se sentó junto a una ventana.
Pidió café.
A las dos y diez todavía había gente conversando.
Un repartidor esperaba un pedido.
Dos taxistas comían en una mesa.
Una pareja hablaba cerca de la caja.
Mateo observó el reloj.
Dos y dieciséis.
Nada ocurrió.
Sintió alivio.
El reloj cambió.
Dos y diecisiete.
La mujer de la caja dejó lo que estaba haciendo.
Uno de los taxistas levantó la cabeza.
La pareja dejó de hablar.
Mateo sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Todos miraron hacia la ventana.
No hacia Mateo.
Hacia afuera.
El repartidor caminó hasta la puerta.
La abrió.
Salió a la vereda.
Los taxistas hicieron lo mismo.
La pareja salió detrás.
La mujer de la caja abandonó el mostrador.
Mateo se quedó solo dentro de la cafetería.
Se acercó lentamente a la ventana.
La calle estaba llena de personas.
No una multitud compacta.
Personas detenidas donde habían estado.
En puertas.
Balcones.
Ventanas.
Veredas.
Todos miraban hacia la misma dirección.
Mateo siguió sus ojos.
Hacia su edificio.
Sintió que el café se le revolvía en el estómago.
Nadie miraba ya el edificio abandonado.
Todos observaban su casa.
Mateo salió.
Una mujer estaba detenida junto a un taxi.
Sus ojos permanecían fijos en algún punto alto.
Mateo se puso frente a ella.
—Señora.
No reaccionó.
—¿Qué está mirando?
Nada.
Mateo se giró.
Desde allí podía distinguir su edificio a varias cuadras.
Las ventanas eran pequeñas.
Su departamento estaba oscuro.
Entonces vio algo en la azotea.
La figura.
Ya no estaba en el edificio abandonado.
Estaba sobre el suyo.
Mateo retrocedió.
Algunas personas comenzaron a cambiar ligeramente la inclinación de la cabeza.
Mateo miró alrededor.
No estaban siguiendo a la figura.
Seguían mirando hacia el edificio.
Pero el ángulo bajaba.
Poco a poco.
Azotea.
Último piso.
Octavo.
Séptimo.
Su piso.
Mateo dejó de respirar.
Todas las miradas se detuvieron.
A la altura de su departamento.
Mateo observó su balcón.
Algo estaba allí.
Una silueta detrás del vidrio.
No podía distinguirla bien desde esa distancia.
Pero había alguien dentro de su sala.
Mateo empezó a caminar hacia el edificio.
Después se detuvo.
No quería acercarse.
Miró el reloj.
Todavía eran las dos y diecisiete.
Le quedaban segundos.
Las personas seguían inmóviles.
La figura dentro de su departamento se acercó al balcón.
Las cortinas se separaron.
Mateo sintió un miedo profundo.
Él había dejado las cortinas cerradas.
La figura permaneció detrás del vidrio.
No podía verle el rostro.
Entonces todas las personas de la calle levantaron un poco más la cabeza.
No miraban a la figura.
Miraban por encima de ella.
Mateo buscó.
No entendía.
La figura en su sala tampoco se movió.
Entonces Mateo miró hacia el balcón del piso superior.
Nada.
Volvió a mirar el suyo.
La silueta estaba más cerca del cristal.
El reloj cambió.
Dos y dieciocho.
Todas las personas regresaron a lo que estaban haciendo.
La mujer junto al taxi abrió la puerta del vehículo.
Los taxistas caminaron hacia la cafetería.
La pareja volvió a conversar.
Como si nada hubiera ocurrido.
Mateo permaneció en medio de la vereda.
Miró su edificio.
La silueta seguía detrás del balcón.
No había desaparecido.
Eso era nuevo.
A las dos y dieciocho siempre terminaba.
Mateo sacó el teléfono.
Llamó a la administradora.
Norma respondió después de varios tonos.
—¿Sí?
—Norma, soy Mateo. Del séptimo.
—¿Qué pasó?
Mateo no sabía cómo explicarlo.
—¿Puede mirar mi departamento desde afuera?
—¿Ahora?
—Por favor.
Norma guardó silencio.
Después escuchó pasos y una puerta.
—Estoy en la entrada.
—Mire hacia arriba.
Pasaron unos segundos.
—Sí.
—¿Ve mi balcón?
—Sí.
Mateo apretó el teléfono.
—¿Hay alguien?
Norma tardó demasiado.
—Mateo.
—¿Qué?
La mujer habló más bajo.
—¿Dónde estás?
—A unas cuadras.
Norma no respondió.
—¿Qué ve?
—Hay alguien en tu balcón.
Mateo sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Cómo es?
Otra pausa.
—No puedo verle la cara.
Mateo miró hacia su edificio.
La figura seguía allí.
Norma habló de nuevo.
—Mateo.
—Sí.
—Creo que me está mirando.
En ese instante, la silueta del balcón giró la cabeza.
No hacia Mateo.
Hacia abajo.
Hacia la entrada del edificio.
Norma dejó escapar un sonido de miedo.
—Se movió.
—Entre.
—Ya estoy entrando.
La llamada se cortó.
Mateo marcó otra vez.
Nada.
Una vez más.
Nada.
Permaneció en la calle hasta que amaneció.
No regresó al departamento.
A las siete llamó a la policía y pidió que revisaran su vivienda. Dijo que había visto a un intruso.
Dos agentes entraron.
No encontraron a nadie.
La puerta estaba cerrada.
No faltaba nada.
Las cortinas estaban abiertas.
Mateo esperó hasta que salieron.
Uno de los agentes le entregó las llaves.
—Todo está bien.
Mateo miró hacia arriba.
Su balcón estaba vacío.
—¿La administradora está aquí?
El agente negó.
—No vimos a nadie.
Mateo llamó a Norma.
El teléfono sonó dentro de la oficina de administración.
Estaba sobre el escritorio.
La oficina estaba abierta.
Norma no apareció ese día.
Ni el siguiente.
La familia presentó una denuncia.
Mateo tampoco volvió a dormir en su departamento.
No se mudó inmediatamente.
No quería entrar para recoger sus cosas.
Durante tres noches se quedó en distintos hoteles.
Cada madrugada despertó a las dos y diecisiete.
Y cada vez, desde cualquier ventana, podía ver personas inmóviles mirando hacia el mismo punto de la ciudad.
Su edificio.
La cuarta noche decidió no mirar.
Cerró las cortinas del hotel.
Apagó las luces.
Puso el teléfono boca abajo.
Cuando despertó, supo la hora sin comprobarla.
Dos y diecisiete.
Permaneció inmóvil en la cama.
No se acercó a la ventana.
No escuchó nada.
Durante varios segundos creyó que podía soportarlo.
Entonces alguien tocó el vidrio.
Una vez.
Mateo abrió los ojos.
Estaba en el piso doce.
Otro golpe.
No se movió.
Un tercero.
Mateo miró hacia la cortina.
Nada atravesaba la tela.
Entonces escuchó algo en el corredor del hotel.
Una puerta abriéndose.
Después otra.
Otra más.
Mateo se levantó.
Miró por la mirilla.
Los huéspedes salían de sus habitaciones.
No hablaban.
Una mujer caminó descalza hacia la ventana del final del corredor.
Un hombre salió detrás.
Luego otro.
Todos se detuvieron frente al enorme ventanal.
Miraban hacia afuera.
Mateo abrió su puerta.
Nadie reaccionó.
Caminó hasta ellos.
Siguió la dirección de sus ojos.
No miraban hacia su antiguo edificio.
Miraban hacia otro lugar.
Mateo tardó unos segundos en comprender.
Todos observaban el reflejo del vidrio.
En el reflejo aparecía el corredor.
Las puertas.
Los huéspedes.
Mateo.
Y detrás de él, al fondo, una figura oscura estaba parada frente a la puerta de su habitación.
Mateo no se giró.
Los huéspedes seguían mirando.
La figura del reflejo dio un paso.
Mateo sintió que las piernas querían fallarle.
Nadie se movió.
Otro paso.
La figura avanzaba hacia él.
Mateo comprendió algo sin saber por qué.
Aquellas personas no estaban allí para observar un espectáculo.
Estaban vigilando.
La figura dio otro paso.
Todos los rostros permanecieron fijos en ella.
Entonces se detuvo.
Mateo miró el reloj del pasillo.
Faltaban veinte segundos para las dos y dieciocho.
La figura no avanzó.
Quince segundos.
Diez.
Mateo no se atrevía a respirar.
Cinco.
El reloj cambió.
Dos y dieciocho.
Los huéspedes empezaron a marcharse.
Uno por uno.
La mujer descalza volvió a su habitación.
Los hombres hicieron lo mismo.
Ninguno miró a Mateo.
El corredor quedó vacío.
Mateo siguió frente al ventanal.
No quería observar el reflejo.
Lo hizo.
La figura continuaba allí.
A mitad del corredor.
Ya nadie la estaba mirando.
Mateo sintió un terror absoluto.
Porque, por primera vez, entendió qué ocurría durante aquel minuto.
No miraban para saber dónde estaba.
Miraban para impedir que se moviera.
Mateo levantó la vista hacia el reflejo.
La figura ya estaba más cerca.
No la había visto avanzar.
Retrocedió.
La cosa dio otro paso.
Mateo corrió hacia las escaleras.
No miró atrás.
Mientras bajaba, escuchó puertas abriéndose en los pisos superiores.
No eran personas saliendo.
Eran demasiadas puertas.
Una tras otra.
La figura no necesitaba seguirlo por la escalera.
El edificio entero parecía estar abriéndole camino.
Mateo llegó a la planta baja.
Salió a la calle.
Corrió hasta el centro de la avenida.
Se detuvo.
Miró hacia arriba.
A esa hora todos los balcones estaban vacíos.
Todos menos uno.
En el piso doce del hotel, una figura permanecía detrás del ventanal.
Mateo dio un paso atrás.
Luego vio movimiento en el edificio de enfrente.
Una persona salió al balcón.
Después otra.
Otra más.
Mateo miró el teléfono.
Eran las dos y diecinueve.
No deberían estar afuera.
Sin embargo, los balcones seguían llenándose.
Decenas de personas aparecieron.
Luego cientos.
Esta vez no miraban el hotel.
No miraban ningún edificio.
Todos miraban hacia la avenida.
Hacia Mateo.
Él permaneció solo bajo las luces de la calle.
La mujer de un balcón levantó lentamente una mano.
Señaló detrás de él.
Mateo sintió que el cuerpo entero se le enfriaba.
No se giró.
En los demás balcones, una persona tras otra comenzó a levantar el brazo.
Todos señalaban el mismo lugar.
Justo a su espalda.
Mateo cerró los ojos.
Y entonces escuchó, a menos de un metro, el sonido de alguien dando un paso.
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