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Tu sombra se mueve un minuto antes que tú

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Tu sombra se mueve un minuto antes que tú

Valeria apagó la lámpara antes de que su sombra pudiera girar la llave de la puerta.

La sala quedó completamente oscura.

Ella permaneció junto al sofá, inmóvil, escuchando.

Nada.

Ni pasos en el corredor.

Ni golpes.

Ni el ascensor deteniéndose en su piso.

Solo el refrigerador funcionando en la cocina y su propia respiración acelerada.

Tenía el teléfono en la mano.

En la pantalla corría un temporizador.

00:42.

00:43.

00:44.

Valeria miró hacia la puerta aunque apenas podía distinguirla.

Faltaban dieciséis segundos.

Sabía lo que habría ocurrido si dejaba la luz encendida.

Su sombra ya se lo había mostrado.

Caminaría hasta la entrada.

Tomaría las llaves.

Quitaría el seguro.

Abriría.

Y alguien estaría esperando afuera.

No sabía quién.

Eso era precisamente lo que la aterraba.

El temporizador llegó a un minuto.

Nada ocurrió.

Valeria soltó el aire.

Había conseguido cambiarlo.

Otra vez.

Tres noches antes todavía creía que una sombra solo podía hacer una cosa.

Obedecer.

Aquella noche regresó del trabajo poco después de las nueve.

Dejó el bolso sobre una silla, encendió la lámpara de la sala y caminó hacia la cocina.

Mientras llenaba un vaso, vio movimiento sobre la pared.

Su sombra estaba levantando el brazo.

Valeria se quedó quieta.

La silueta continuó.

La mano oscura subió hasta la altura de la cabeza y se detuvo junto al cabello.

Valeria bajó lentamente el vaso.

Su brazo seguía junto al cuerpo.

La sombra mantuvo aquella postura durante unos segundos.

Después regresó a la posición correcta.

Valeria se acercó a la pared.

Movió una mano.

La sombra la imitó.

Giró el cuerpo.

Normal.

Levantó el vaso.

Normal.

—Estoy cansada —murmuró.

Volvió hacia la cocina.

Un minuto después, sintió que algo le rozaba la frente.

Un mechón de cabello se le había pegado a la cara.

Sin pensar, levantó el brazo para apartarlo.

Su mano quedó exactamente donde había estado la de su sombra.

Valeria se detuvo.

Recordó la pared.

Miró la hora.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Intentó convencerse de que era coincidencia.

La segunda vez no pudo.

Estaba lavando el vaso cuando vio su sombra en los azulejos de la cocina.

La silueta retrocedió bruscamente.

Valeria no se movió.

La sombra levantó ambos brazos.

Después volvió a coincidir con ella.

Valeria observó el reloj del microondas.

21:18.

Esperó.

No ocurrió nada.

21:19.

La botella de aceite que había dejado cerca del borde del mostrador cayó.

Valeria se sobresaltó y dio un paso atrás para evitar que le golpeara el pie.

Levantó las manos.

La postura era idéntica.

Valeria salió de la cocina.

No durmió bien.

A la mañana siguiente intentó reproducirlo.

Nada.

Bajo la luz del sol, su sombra se comportaba normalmente.

La del baño también.

La de la oficina.

La que proyectaban las luces de la calle mientras caminaba hacia casa.

Todo normal.

Hasta que entró en su apartamento y encendió la lámpara de la sala.

Su sombra giró la cabeza hacia la izquierda.

Valeria seguía mirando al frente.

Sacó el teléfono.

Activó el cronómetro.

La sombra volvió a coincidir con ella.

Esperó.

Cincuenta y ocho segundos.

Cincuenta y nueve.

Sesenta.

Sonó una notificación.

Valeria giró la cabeza hacia el teléfono, que había dejado sobre una mesa a su izquierda.

Exactamente el mismo movimiento.

No era una sombra retrasada.

Era una sombra adelantada.

Un minuto.

La idea era absurda.

Aun así, realizó otra prueba.

Se colocó frente a la pared.

Esperó.

Durante casi dos minutos no pasó nada.

Luego la sombra levantó la mano derecha y tocó la pared.

Valeria no se movió.

Activó el cronómetro.

—No voy a hacerlo.

Cuarenta segundos.

—No voy a tocarla.

Cincuenta.

Mantuvo ambas manos detrás de la espalda.

Cincuenta y ocho.

Cincuenta y nueve.

Desde el dormitorio sonó el teléfono fijo que conservaba porque estaba incluido con el servicio de internet.

Valeria se sobresaltó.

Dio un paso.

El cable de una lámpara quedó atrapado bajo su zapatilla.

Perdió el equilibrio.

Extendió la mano derecha.

La palma golpeó la pared.

El cronómetro marcó un minuto.

Valeria apartó la mano.

No había querido hacerlo.

Tampoco había sentido que algo controlara su cuerpo.

Simplemente las cosas habían terminado colocándola exactamente en la posición que su sombra había mostrado.

Apagó la lámpara.

Aquella noche comenzó a tener miedo de encenderla otra vez.

No porque creyera que la sombra provocaba el futuro.

Porque empezaba a sospechar que lo conocía.

El miércoles hizo la prueba que le permitió dormir unas horas.

Encendió la lámpara.

Esperó.

La sombra caminó dos pasos hacia la cocina y levantó una taza.

Valeria puso en marcha el temporizador.

Luego apagó la luz.

Se sentó.

Pasó un minuto.

No entró a la cocina.

No levantó ninguna taza.

Esperó cinco minutos.

Nada.

Volvió a encender.

La sombra estaba correctamente unida a sus pies.

Unos segundos después hizo algo nuevo.

Se inclinó hacia el suelo.

Valeria apagó inmediatamente.

El movimiento nunca ocurrió.

La oscuridad rompía la secuencia.

Aquello cambió la forma en que entendía el fenómeno.

El futuro no estaba escrito.

Solo parecía estarlo mientras la sombra podía mostrarlo.

Durante dos días comenzó a utilizar esa ventaja.

No de una forma consciente al principio.

Si la sombra hacía algo que no comprendía, apagaba la luz.

Si anticipaba un movimiento normal, la dejaba.

Pronto descubrió que incluso podía evitar accidentes pequeños.

Una tarde la sombra apartó la cara y levantó un brazo.

Valeria apagó la lámpara.

Un segundo después recordó que había dejado una ventana abierta.

La cerró antes de volver a encender.

Nada ocurrió.

Minutos más tarde una ráfaga fuerte golpeó el edificio.

El florero que estaba junto a la ventana permaneció en su lugar.

Valeria comprendió qué había visto.

Si no hubiese apagado la luz y cerrado la ventana, probablemente habría intentado protegerse cuando el florero cayera.

La sombra no le decía por qué iba a moverse.

Solo mostraba el resultado.

Aquella diferencia comenzó a obsesionarla.

El viernes llamó a Andrés.

Era su vecino del departamento contiguo y la persona a la que recurría cuando se dañaba una llave, aparecía una cucaracha demasiado grande o necesitaba que alguien confirmara que un ruido del edificio era normal.

No le contó todo.

—Necesito que mires algo.

Andrés entró.

Valeria encendió la lámpara.

Se colocó frente a la pared.

—Mira mi sombra.

—La estoy mirando.

Pasaron veinte segundos.

Nada.

Luego la sombra de Valeria levantó una mano.

Ella permaneció inmóvil.

Andrés dejó de sonreír.

—¿Hiciste eso?

—No.

La sombra bajó la mano.

Valeria activó el cronómetro.

—Espera.

Al minuto, Andrés señaló el techo.

—¿Escuchas?

Había un zumbido en la lámpara.

Valeria levantó la mano instintivamente hacia el interruptor.

La misma posición.

Andrés retrocedió.

—Apágala.

Valeria obedeció.

La habitación quedó oscura.

—¿Desde cuándo pasa esto?

—Tres días.

—¿Solo aquí?

—Solo de noche. Y solo mi sombra.

—¿La mía no?

Valeria encendió otra vez.

Andrés se colocó junto a ella.

Dos sombras aparecieron en la pared.

La de Andrés seguía sus movimientos perfectamente.

La de Valeria también.

Durante casi un minuto.

Entonces la sombra de Valeria dio un paso hacia él.

Ella no se movió.

Andrés observó.

La silueta levantó una mano y la colocó sobre el hombro de su sombra.

Después regresó.

Valeria apagó.

—¿Qué ibas a hacer? —preguntó Andrés.

—Nada.

—Entonces no enciendas otra vez.

—Necesito saber si habría ocurrido.

—No necesitas saber todo.

La frase la molestó porque era razonable.

Esperaron más de un minuto en la oscuridad.

Valeria no tocó a Andrés.

La secuencia había sido cancelada.

Él se fue poco después.

Antes de cruzar la puerta se volvió.

—Esta noche duerme con todo apagado.

Valeria asintió.

No lo hizo.

A las once volvió a encender la lámpara.

Quería comprobar una última cosa.

Se sentó frente a la pared.

Su sombra se proyectó detrás.

Esperó.

La silueta comenzó a levantarse.

Valeria siguió sentada.

La sombra caminó hacia la entrada.

Tomó algo a la altura del mueble donde estaban las llaves.

Luego extendió una mano hacia la cerradura.

Valeria sintió un escalofrío.

Activó el temporizador.

No apagó todavía.

Quería ver más.

La sombra abrió una puerta que en la pared no existía.

Luego se quedó inmóvil.

Como si estuviera mirando a alguien.

Valeria se inclinó hacia adelante.

La sombra retrocedió.

Un paso.

Dos.

Después levantó los brazos frente al pecho.

No como quien saluda.

Como quien intenta mantener distancia.

Valeria apagó la lámpara.

El temporizador marcaba cuarenta y cuatro segundos.

Aquella fue la primera vez que comprendió que la sombra podía mostrar algo que ocurría más allá de sus propios movimientos.

Alguien estaría en la puerta.

O algo.

Pasó el minuto.

No ocurrió nada.

Valeria no volvió a encender.

Durmió en el sofá con una pequeña luz del teléfono apuntando hacia el suelo, procurando que no proyectara su silueta sobre ninguna pared.

A las dos de la mañana tocaron la puerta.

Tres golpes.

Valeria abrió los ojos.

No se movió.

Esperó.

Otros tres.

Tomó el teléfono.

Andrés respondió.

—¿Qué pasa?

—Hay alguien afuera.

—¿Miraste?

—No.

—No abras.

—No pensaba hacerlo.

Andrés salió al corredor desde su departamento.

Valeria escuchó su puerta.

Pasos.

Después su voz al teléfono.

—No hay nadie.

—¿Seguro?

—Estoy frente a tu puerta.

Valeria se acercó al visor.

Andrés estaba allí.

Solo.

Abrió.

—¿Tú tocaste?

—No.

Revisaron el pasillo.

Vacío.

Andrés señaló una de las cámaras de seguridad.

—Mañana preguntamos al conserje.

La grabación no mostró a nadie.

A las 2:03, sin embargo, el sensor de la cámara había registrado movimiento frente a la puerta de Valeria.

Durante siete segundos.

La imagen permanecía vacía.

Después el registro terminaba.

Andrés vio el video tres veces.

—Quédate en mi casa esta noche.

Valeria aceptó.

En el apartamento de Andrés no ocurrió nada.

Su sombra era normal.

La mañana siguiente regresó a recoger ropa.

Tampoco ocurrió nada.

El problema parecía limitado a su apartamento.

Aquella conclusión habría sido tranquilizadora si no fuera porque al anochecer, mientras Valeria esperaba el ascensor del edificio, ocurrió otra vez.

La lámpara del corredor estaba detrás de ella.

Su sombra se extendía sobre la puerta metálica.

Valeria miró.

La silueta levantó la cabeza.

Ella no.

Después dio un paso atrás.

Valeria sintió que el estómago se le cerraba.

Ya no era el apartamento.

La sombra había aprendido a salir.

Entró corriendo a casa de Andrés.

—Está aquí también.

Él no necesitó preguntar qué significaba.

—Entonces no es la lámpara.

Valeria cerró las cortinas.

Apagaron las luces principales.

Durante las horas siguientes utilizaron únicamente pequeñas lámparas dirigidas hacia el suelo.

No apareció ninguna sombra completa.

La estrategia funcionó.

Hasta las 22:16.

La electricidad del edificio se interrumpió durante menos de un segundo.

Cuando regresó, todas las lámparas se encendieron automáticamente.

Valeria estaba de pie junto a la ventana.

Su sombra apareció enorme sobre la pared.

No estaba imitando su postura.

Ya se estaba moviendo.

Corrió.

Valeria nunca la había visto correr.

La silueta cruzó la pared hacia la puerta del apartamento.

Andrés la vio.

—Apaga.

Valeria no reaccionó.

La sombra llegó a la entrada.

Giró.

Miró hacia atrás.

Y detrás de ella apareció otra.

No pertenecía a Andrés.

Su sombra estaba en la pared opuesta.

La nueva figura era más alta.

Demasiado estrecha.

No entró desde ningún punto visible.

Simplemente surgió en el borde de la sombra de Valeria.

Ella retrocedió.

La figura avanzó.

La sombra de Valeria levantó los brazos.

Igual que la noche anterior.

—¡Valeria!

Andrés corrió hacia el interruptor.

Apagó.

Oscuridad.

Valeria activó el cronómetro.

—Un minuto.

Andrés entendió.

No encendieron nada.

Cincuenta segundos.

Desde el corredor exterior llegó un golpe.

Luego otro.

La manija de la puerta se movió.

Andrés la sujetó.

—Está cerrada.

Cincuenta y ocho.

Algo empujó desde afuera.

No con fuerza.

Solo una presión lenta.

Cincuenta y nueve.

Sesenta.

La presión desapareció.

Esperaron.

Nada.

Andrés no soltó la manija.

—¿Ya pasó?

Valeria miró la pantalla.

—Creo que sí.

No encendieron las luces.

Permanecieron en oscuridad casi media hora.

Después encendieron una pequeña lámpara dentro del baño y cerraron la puerta para que la claridad indirecta apenas llegara hasta la sala.

No se formaban sombras definidas.

Andrés se sentó frente a Valeria.

—Creo que no está prediciendo solo tus movimientos.

Ella asintió.

—La otra sombra también estaba un minuto adelante.

—Entonces lo que haya afuera...

—No estaba afuera todavía.

Ninguno terminó la frase.

A las cinco y media comenzó a aclarar.

Esperaron hasta que la luz natural llenó el apartamento.

Andrés abrió las cortinas.

Valeria se colocó frente a la ventana.

Su sombra apareció sobre el suelo.

Movió una mano.

La sombra respondió.

Al mismo tiempo.

Giró.

Normal.

La segunda figura no apareció.

Durante el día revisaron la puerta.

No había marcas.

La cámara del corredor había registrado movimiento nuevamente.

A las 22:17.

Exactamente un minuto después de que la segunda sombra apareciera.

La imagen no mostraba a nadie.

Solo la manija descendiendo lentamente.

Valeria dejó el apartamento aquella misma semana.

No quiso averiguar por qué había comenzado.

Tampoco intentó demostrar qué era aquella segunda sombra.

Se mudó a un lugar más pequeño, con grandes ventanas y lámparas de techo que distribuían la luz sin proyectar siluetas demasiado definidas.

Durante los primeros meses conservó hábitos extraños.

Nunca se quedaba mirando su sombra después del anochecer.

Evitaba las lámparas colocadas detrás de ella.

Si veía una silueta alargarse sobre una pared, desviaba la mirada.

Andrés le preguntó una vez si pensaba que aquello podía regresar.

Valeria respondió que no lo sabía.

—Entonces, ¿por qué sigues evitando las sombras?

Ella tardó en contestar.

—Porque cuando la miraba, empezaba a vivir el minuto siguiente antes de llegar a él.

Con el tiempo dejó de hacerlo.

Una tarde de invierno salió del trabajo cuando todavía quedaba luz.

El sol estaba bajo.

Su sombra se extendía varios metros sobre la vereda.

Valeria caminó.

La sombra caminó.

Se detuvo.

La sombra se detuvo.

Esperó.

Nada ocurrió antes.

Ningún brazo se levantó.

Ningún paso apareció adelantado.

Ninguna otra figura se acercó.

Valeria continuó caminando sin comprobarla otra vez.

Había pasado mucho tiempo intentando asegurarse de que el siguiente minuto no escondiera algo.

Por primera vez desde que todo había comenzado, decidió no saberlo.

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