
Cuando Martín abrió la puerta, Paula ya estaba esperándolo en la sala.
Tenía los brazos cruzados.
—¿Dónde estabas?
Martín tardó un segundo en responder.
—¿Cómo que dónde estaba?
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
Paula señaló la silla junto a la entrada.
La chaqueta de Martín estaba colgada del respaldo.
Él miró la que llevaba puesta.
Era la misma.
Mismo color.
Mismo cierre roto en el bolsillo izquierdo.
Martín dejó las llaves sobre el mueble.
—¿De dónde salió eso?
Paula soltó una risa breve.
No tenía nada de graciosa.
—Tú la dejaste ahí.
—Acabo de llegar.
—Martín.
—Te juro que acabo de llegar.
Paula se acercó a la silla y levantó la chaqueta.
—Entraste hace veinte minutos. Dijiste que estabas cansado. Fuiste al baño. Me preguntaste si quedaba cerveza.
Martín no respondió.
—Después entraste al dormitorio.
—Yo estaba manejando.
—Te vi.
—Paula, estaba manejando.
Ella lo miró con una mezcla de molestia y miedo.
—Entonces, ¿quién estaba aquí?
Martín abrió la boca.
La cerró.
Porque acababa de recordar algo.
Unos quince minutos antes, al estacionar, había visto a Paula dentro de su automóvil.
No había pensado demasiado en ello.
Solo una silueta en el asiento del acompañante.
Cabello recogido.
La forma de su abrigo.
Cuando se acercó, el asiento estaba vacío.
Había supuesto que un reflejo lo había engañado.
Ahora no parecía un detalle menor.
—¿Qué pasa? —preguntó Paula.
Martín miró hacia el pasillo.
La puerta del dormitorio estaba cerrada.
—Dijiste que entré ahí.
—Sí.
—¿Y no salí?
Paula también miró.
—Pensé que estabas acostado.
Martín avanzó.
Paula lo agarró del brazo.
—¡Espera!
Él se detuvo.
—Si alguien está ahí...
Ninguno terminó la frase.
Martín tomó el teléfono.
Marcó su propio número.
La llamada empezó a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Desde el dormitorio se escuchó una vibración.
Paula soltó el brazo de Martín.
El teléfono de él estaba en su mano.
La vibración volvió a sonar detrás de la puerta.
Martín canceló la llamada.
El sonido se detuvo.
Paula susurró:
—No abras.
Martín no quería hacerlo.
Pero tampoco quería pasar la noche mirando aquella puerta.
Se acercó.
Puso la mano en la manija.
Paula retrocedió.
Martín abrió.
La habitación estaba vacía.
La cama desordenada.
Una lámpara encendida.
La ventana cerrada.
Sobre la mesa de noche había un teléfono.
Martín se quedó inmóvil.
Era igual al suyo.
Misma funda negra.
Misma grieta pequeña junto a la cámara.
Lo tomó.
La pantalla se encendió.
Fondo de pantalla: una fotografía de él y Paula en la playa.
La misma que tenía en su teléfono.
Martín sacó el suyo.
Los puso juntos.
Dos aparatos idénticos.
Paula se acercó.
—Eso no estaba ahí antes.
Martín desbloqueó el segundo teléfono.
Su clave funcionó.
No había llamadas recientes.
No había mensajes extraños.
Solo una diferencia.
La hora.
El teléfono de Martín marcaba 23:47.
El otro marcaba 23:27.
Veinte minutos menos.
Paula levantó la mirada.
—Veinte minutos.
Martín no contestó.
Dejó ambos teléfonos sobre la cama.
—Nos vamos.
Paula asintió.
No preguntó adónde.
Tomaron llaves y documentos.
Cuando estaban a punto de salir, Paula se detuvo.
—Mi bolso.
Estaba en la cocina.
—Déjalo.
—Tiene mis documentos.
—Mañana volvemos.
Paula dudó.
Luego salió con él.
Bajaron por las escaleras.
Ninguno quiso usar el ascensor.
Al llegar al estacionamiento, Martín se detuvo.
Su auto no estaba.
Paula lo miró.
—¿Dónde estacionaste?
—Aquí.
—No.
—Sí.
—Martín, vinimos en mi auto.
Él giró hacia ella.
—¿Qué?
—Yo manejé.
—Tú llegaste antes.
—Llegamos juntos.
El silencio entre ambos fue inmediato.
Paula frunció el ceño.
—Salimos de la reunión juntos.
—No.
—Sí.
—Tú te fuiste antes porque te dolía la cabeza.
—Nunca me dolió la cabeza.
Martín miró las filas de vehículos.
—Yo manejé solo.
—Yo iba contigo.
—No.
—Martín, hablamos todo el camino.
—¿De qué?
Paula tardó demasiado.
—De...
Se llevó una mano a la frente.
—No sé.
—¿De qué hablamos?
—No sé.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Dónde está tu auto?
Paula señaló dos espacios más allá.
Vacío.
Se quedaron mirando.
Entonces un vehículo apareció al final de la rampa.
Luces blancas.
Motor suave.
Era el auto de Paula.
Entró al nivel lentamente.
Ninguno se movió.
El vehículo giró.
Dentro iban dos personas.
Martín al volante.
Paula en el asiento del acompañante.
La otra Paula estaba riendo.
El otro Martín dijo algo.
El auto pasó frente a ellos.
Las dos versiones que estaban dentro miraron hacia afuera.
Durante un segundo, las cuatro personas se vieron.
El otro Martín frenó.
La otra Paula dejó de sonreír.
Nadie habló.
Luego el vehículo aceleró.
Siguió hasta el espacio habitual.
Estacionó.
Las puertas se abrieron.
Martín agarró la mano de Paula.
—¡Corre!
Subieron por las escaleras.
Escucharon pasos detrás.
No corrían.
Subían con calma.
Martín empujó la puerta del primer piso.
Salieron al pasillo.
Paula estaba jadeando.
—¿Quiénes eran?
Martín negó.
—No lo sé.
—Éramos nosotros.
—No.
—¡Éramos nosotros!
—No sé qué eran.
Los pasos continuaron en la escalera.
Primer descanso.
Luego otro.
Paula miró alrededor.
—No podemos volver al departamento.
—No.
—¿Entonces?
Martín señaló la salida principal.
Bajaron por otra escalera.
Llegaron a la calle.
Llovía.
Caminaron sin rumbo durante varios minutos.
Paula no soltó su mano.
Cuando estuvieron a dos cuadras, Martín miró atrás.
Nadie los seguía.
Entraron a una cafetería que permanecía abierta toda la noche.
Se sentaron al fondo.
Paula dejó el teléfono sobre la mesa.
Martín hizo lo mismo.
Solo entonces recordó que tenía dos.
Sacó el segundo del bolsillo.
Paula lo miró.
—Pensé que lo habías dejado.
—Yo también.
Los tres teléfonos estaban sobre la mesa.
El de Paula.
El de Martín.
El otro.
El teléfono duplicado vibró.
Mensaje nuevo.
Paula se inclinó.
El remitente era ella.
El texto decía:
¿DÓNDE ESTÁS?
Martín miró a Paula.
—Tu teléfono está aquí.
—Ya lo sé.
Otro mensaje.
NO SUBAS.
Paula tomó su propio teléfono.
No aparecía ninguna conversación nueva.
El duplicado volvió a vibrar.
YA LLEGÓ.
Martín sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién?
No esperaba respuesta.
Llegó una.
TÚ.
Paula se levantó.
—Nos vamos de aquí.
—¿A dónde?
—No sé.
Martín guardó el teléfono duplicado.
Paula lo miró.
—Déjalo.
—Puede servir.
—¿Para qué?
Martín no supo responder.
Salieron.
Paula llamó a su hermana.
Dormirían allí.
Durante el trayecto ninguno habló.
A mitad de camino, Paula dijo:
—Antes de entrar a la cafetería me dijiste que no contestara si mi hermana llamaba.
Martín la miró.
—No.
—Sí.
—No dije eso.
Paula palideció.
—Entonces, ¿quién me lo dijo?
Martín sintió un peso en el bolsillo.
El segundo teléfono vibró.
No quiso sacarlo.
Lo hizo.
Un audio.
Enviado por Paula.
Duración: nueve segundos.
Martín lo reprodujo.
Primero se oyó ruido de calle.
Después su propia voz.
—Si te llama tu hermana, no contestes.
Pausa.
—Todavía no sabe cuál eres.
Paula dejó de caminar.
—Esa es tu voz.
Martín guardó el teléfono.
—Vamos.
—¿Qué quiso decir?
—No sé.
—Martín.
—¡No sé!
Ella se quedó callada.
Siguieron.
La hermana de Paula abrió la puerta medio dormida.
Cuando vio a ambos, frunció el ceño.
—¿Otra vez?
Paula se detuvo.
—¿Qué?
La mujer miró a Martín.
Luego a Paula.
—Pensé que ya se habían ido.
Martín sintió el estómago caer.
—¿Quiénes?
—Ustedes.
La hermana de Paula abrió más la puerta.
—Vinieron hace como media hora.
Nadie entró.
—No —dijo Paula.
—Sí.
—No hemos estado aquí.
—Paula, estuviste sentada en mi cocina.
La hermana la miró fijamente.
—Me pediste que no dejara entrar a nadie.
Paula se agarró del marco.
—¿Y Martín?
—También estaba.
—¿Dónde están ahora?
La mujer señaló el interior.
—Pensé que dormían.
Martín retrocedió.
Desde el pasillo de la casa apareció una figura.
Era él.
Llevaba la misma ropa.
Tenía el cabello húmedo por la lluvia.
Se detuvo al verlos.
La hermana de Paula se giró.
—¿Qué...?
El otro Martín habló.
—No abras.
Paula dio un paso atrás.
—¿Dónde está ella?
El otro Martín no respondió.
Miró a Paula.
Luego a Martín.
—¿Cuál llegó primero?
—¿Qué?
—A casa.
Martín apretó los dientes.
—Tú no eres yo.
El otro sonrió apenas.
No parecía burlarse.
Parecía agotado.
—Eso mismo dije.
Desde el interior se escuchó la voz de Paula.
—¿Martín?
La verdadera Paula se quedó helada.
La otra apareció detrás del hombre.
Misma ropa.
Mismo cabello.
Pero tenía una expresión diferente.
Asustada.
—No los dejes entrar —dijo.
La hermana de Paula miraba de un lado a otro.
—¡Basta! ¿Qué está pasando?
Las dos Paulas hablaron al mismo tiempo.
—Cierra la puerta.
La hermana gritó.
Martín tiró de Paula.
—Vámonos.
El otro Martín dio un paso hacia ellos.
—¡Espera!
Martín se detuvo.
No quería.
El doble sacó algo del bolsillo.
Un teléfono.
Lo levantó.
—Tú tienes el mío.
Martín sintió el segundo aparato contra su pierna.
—¿Por qué?
—Porque lo dejaste en el dormitorio.
—Yo nunca estuve ahí.
—Yo tampoco.
El otro Martín miró hacia atrás.
—Pero alguien sí.
La otra Paula empezó a llorar.
—No sigas.
—Tenemos que decirles.
—¡No!
La exclamación salió limpia y breve.
Por un instante todos quedaron en silencio.
El otro Martín miró a su versión.
—Nosotros también vimos un auto entrar al estacionamiento.
Martín no respondió.
—También los vimos bajar.
—¿Qué estás diciendo?
—Que ustedes llegaron después.
Paula negó.
—No.
—Eso pensamos nosotros cuando los vimos.
Martín sintió que algo empezaba a encajar y deseó que no lo hiciera.
—¿Cuánto antes llegaron ustedes?
—Veinte minutos.
Nadie habló.
El otro Martín continuó.
—Encontramos una chaqueta en casa.
Martín miró la que llevaba.
—Y un teléfono.
El doble bajó la mano.
—Marcaba veinte minutos menos.
Paula retrocedió otro paso.
—No.
—Nos fuimos.
El otro Martín señaló la casa.
—Vinimos aquí.
Martín sintió que le faltaba aire.
—¿Y ellos?
—Llegaron después.
La otra Paula cerró los ojos.
—Otros dos.
La hermana de Paula empezó a llorar.
—Quiero que todos se vayan.
El teléfono duplicado de Martín vibró.
Todos miraron hacia su bolsillo.
Otro mensaje.
Sin remitente.
SOLO UNO DE LOS CUATRO RECUERDA LA NOCHE CORRECTA.
Martín no lo mostró.
Paula vio su expresión.
—¿Qué dice?
—Nada.
—Martín.
—Nada.
Ella lo miró durante varios segundos.
—Tú dijiste que me viste en el auto antes de subir.
Martín asintió.
—Sí.
—Yo recuerdo estar dentro.
—No estabas.
—¿Cómo lo sabes?
Él no respondió.
Paula señaló a los otros.
—Ellos también recuerdan cosas.
El otro Martín bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces ninguno sabe quién llegó primero.
La frase quedó flotando.
La hermana de Paula cerró la puerta de golpe.
El seguro sonó.
Los cuatro quedaron afuera.
Nadie protestó.
La otra Paula se sentó en el escalón.
—No quiero volver a casa.
La Paula de Martín tampoco.
Los dos hombres se miraron.
No había una forma fácil de distinguirlos.
Misma cicatriz en la mano.
Misma pequeña mancha en el cuello.
Mismos recuerdos cuando intentaron compararlos.
Pero no completamente.
Uno recordaba que Paula había usado vestido rojo en su primera cita.
El otro, negro.
Las dos Paulas recordaban rojo.
Hasta que una de ellas dudó.
Luego también recordó negro.
Dejaron de preguntar.
Esperaron el amanecer sentados bajo el techo de la entrada.
En algún momento, el otro Martín se quedó dormido.
La otra Paula apoyó la cabeza sobre su hombro.
Martín observó a su propia Paula.
—¿Estás segura de que viniste conmigo?
Ella tardó.
—Ya no.
—Yo tampoco estoy seguro de haber venido solo.
Paula lo miró.
—¿Y si somos los que llegaron después?
Martín no contestó.
—¿Y si ellos son los verdaderos?
—No hay “verdaderos”.
—¿Cómo lo sabes?
Otra vez no tuvo respuesta.
Cuando amaneció, los otros dos ya no estaban.
No escucharon pasos.
No oyeron un auto.
Simplemente, en algún momento entre la oscuridad y la primera luz, los lugares donde habían estado quedaron vacíos.
La hermana de Paula abrió la puerta.
Miró a la pareja.
—¿Ya se fueron los otros?
Martín asintió.
—Creo.
La mujer observó a Paula.
—Entra.
Paula dio un paso.
Su hermana la abrazó.
Martín se quedó afuera.
—¿Y tú? —preguntó ella.
Él miró el interior de la casa.
Sobre una mesa había cuatro tazas usadas.
—Voy a volver al departamento.
—No vayas solo —dijo Paula.
—Tengo que saber.
—¿Saber qué?
Martín la miró.
—Si alguien llegó antes que nosotros.
Regresó caminando.
El edificio estaba silencioso.
Subió.
La puerta de su departamento estaba abierta.
Dentro no había nadie.
El sofá.
La cocina.
La chaqueta duplicada había desaparecido.
También el segundo teléfono.
Martín entró al dormitorio.
La cama estaba hecha.
Sobre la mesa de noche había una fotografía.
Él y Paula.
De pie frente al edificio.
La imagen parecía reciente.
Paula llevaba el mismo abrigo de aquella noche.
Martín también.
Detrás de ellos, saliendo por la puerta principal, había otra pareja.
Los mismos dos.
Mismas caras.
Misma ropa.
Martín acercó la fotografía.
En la parte inferior había una fecha.
La de hacía tres años.
El día en que él y Paula se habían mudado juntos.
Martín se sentó en la cama.
Intentó recordar aquella mañana.
El camión.
Las cajas.
La primera noche.
Paula diciendo que la cocina era demasiado pequeña.
Recordaba todo.
O eso creyó.
Entonces recordó otra cosa.
Una discusión en la entrada.
Paula diciéndole:
—Ellos llegaron primero.
Martín se puso de pie.
Nunca había recordado esa frase.
Su teléfono sonó.
Paula.
Contestó.
—¿Martín?
—Sí.
Silencio.
—¿Qué pasa?
Paula respiró al otro lado.
—Mi hermana encontró una foto.
Martín miró la que tenía en la mano.
—Yo también.
—Hay cuatro personas.
—Sí.
Paula tardó.
—Martín...
—¿Qué?
—En la foto de ella no estoy contigo.
Martín cerró los ojos.
—¿Con quién estás?
Paula empezó a llorar.
—Con el otro.
Martín miró la fotografía otra vez.
En la suya, Paula estaba a su lado.
Pero ahora recordó algo que no estaba seguro de haber sabido hacía un segundo.
El día de la mudanza, ella había llegado veinte minutos antes.
O después.
No podía distinguirlo.
—Paula.
—¿Qué?
Martín apretó la foto.
—No vuelvas todavía.
—¿Por qué?
Desde la entrada del departamento llegó el sonido de una llave entrando en la cerradura.
Martín se giró.
—Porque creo que ya llegaste.
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