
Eso era lo primero que aprendían los nuevos empleados.
Nueve estaban distribuidas en la planta baja y nueve en el segundo piso. Las habitaciones impares daban hacia la calle; las pares, hacia el patio interior. No existía un tercer nivel, un sótano ni habitaciones ocultas detrás de las paredes.
La numeración comenzaba en la 1 y terminaba en la 18.
Por esa razón, cuando una mujer llamó a recepción para quejarse del ruido procedente del cuarto 19, Julián creyó que se trataba de una broma.
Eran las dos y veinte de la madrugada.
Llevaba apenas cuatro noches trabajando como recepcionista y todavía se equivocaba con algunos procedimientos. Revisó el panel telefónico para comprobar el origen de la llamada.
Habitación 7.
—¿Podría repetir el número? —preguntó.
—El cuarto 19 —respondió la mujer—. Hay personas conversando, arrastrando muebles y caminando de un lado a otro. No he podido dormir.
Julián observó el tablero de llaves colgado detrás del mostrador.
Dieciocho casillas.
Dieciocho llaves.
—Señora, el hotel no tiene una habitación con ese número.
Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.
—Entonces debería subir y explicárselo a quienes están dentro.
La comunicación terminó.
Julián dejó el auricular sobre la base.
El vestíbulo permanecía en penumbra. Dos lámparas antiguas iluminaban el mostrador y una hilera de sillones vacíos. Afuera llovía desde hacía horas y las gotas golpeaban los ventanales con un ritmo constante.
El Hotel San Sebastián no era un establecimiento lujoso. Había sido construido en 1926 y conservaba gran parte de la decoración original: suelos de madera, lámparas de latón, papel tapiz oscuro y un ascensor con puertas de reja que llevaba años fuera de servicio.
Los huéspedes llegaban atraídos por los precios bajos o porque no encontraban alojamiento en otro lugar.
Aquella noche solo había cinco habitaciones ocupadas.
La 3, por una pareja de turistas.
La 7, por la mujer que acababa de llamar.
La 10, por un vendedor de maquinaria.
La 14, por dos estudiantes.
La 18, por un hombre que se registró como señor Rivas.
Julián abrió el libro de huéspedes.
No aparecía ninguna reserva adicional.
Durante unos minutos no escuchó nada fuera de lo normal. El edificio crujía por la humedad y las tuberías emitían golpes cuando alguien abría un grifo.
Entonces sonó el timbre del mostrador.
Julián levantó la mirada.
Frente a él había un hombre alto, vestido con un traje oscuro y un sombrero empapado por la lluvia.
Julián no lo había visto entrar.
La puerta principal seguía cerrada.
—Buenas noches —dijo el desconocido—. Tengo una reserva.
—¿A nombre de quién?
El hombre observó el libro abierto.
—Ya está escrito.
Julián revisó las últimas líneas.
Debajo del registro del señor Rivas había aparecido un nombre que no estaba allí un minuto antes.
Octavio Balmaceda.
Habitación 19.
La fecha de entrada correspondía al día anterior.
La fecha de salida había sido rellenada con una sola palabra:
«Pendiente».
Julián alzó la cabeza.
—El hotel no tiene una habitación 19.
El hombre sonrió.
Sus dientes eran demasiado blancos.
—Esta noche sí.
Colocó una llave sobre el mostrador.
Era larga, de hierro negro, y llevaba una placa ovalada con el número 19.
—Alguien la dejó en la puerta —dijo.
—¿Qué puerta?
El desconocido señaló el corredor que conducía a las habitaciones de la planta baja.
—La última.
Julián miró hacia allí.
El pasillo terminaba después del cuarto 9. Al fondo solo había una ventana cubierta por una cortina roja.
Ahora, detrás de la cortina, parecía distinguirse el contorno de una puerta.
Cuando volvió a mirar al hombre, este ya se alejaba.
—Señor Balmaceda.
El desconocido no se detuvo.
Caminó por el corredor y desapareció entre las sombras.
Julián tomó el teléfono para llamar a la dueña del hotel.
La señora Mercedes Arce vivía en una pequeña casa situada detrás del edificio. Le había dicho que podía contactarla a cualquier hora si ocurría una emergencia.
Marcó tres veces.
Nadie respondió.
Pensó en llamar a la policía, pero ¿qué iba a decirles? ¿Que un huésped había mostrado una llave de una habitación inexistente?
Decidió comprobar el pasillo.
Tomó una linterna y salió de recepción.
Las puertas del 1 al 9 estaban cerradas. La moqueta amortiguaba sus pasos y el olor a humedad se hacía más intenso a medida que avanzaba.
Al fondo encontró la cortina roja.
La apartó.
Detrás había una puerta de madera oscura.
Una placa de bronce mostraba el número 19.
Julián retrocedió.
Conocía aquel corredor. Durante su primer día había ayudado a mover un armario y comprobó que detrás de la cortina solo había una ventana.
Apoyó una mano sobre la puerta.
Del otro lado llegaban voces.
Hombres y mujeres conversaban en voz baja. Sonaban como invitados reunidos durante una fiesta. Se escuchaban risas, copas chocando y música de piano.
Julián acercó el oído.
Una mujer dijo claramente:
—El recepcionista está escuchando.
Las conversaciones cesaron.
Julián se apartó.
La puerta se abrió unos centímetros.
Una luz amarillenta salió de la habitación.
—¿Se puede saber qué ocurre? —preguntó una voz detrás de él.
Julián se giró.
La huésped de la habitación 7 lo observaba con los brazos cruzados. Era una mujer de unos cuarenta años llamada Verónica Salas.
—Le dije que había personas aquí —continuó—. Llevo una hora escuchándolas.
—¿Esta puerta estaba cuando llegó?
Verónica frunció el ceño.
—Claro. Pasé junto a ella para ir a mi habitación.
—Su cuarto está antes.
—Lo sé.
—¿Vio entrar a alguien?
—Una pareja mayor. Y un niño.
La puerta 19 se abrió un poco más.
La música comenzó nuevamente.
Verónica dio un paso hacia ella.
—Voy a pedirles que bajen la voz.
Julián le bloqueó el paso.
—Regrese a su habitación.
—¿Por qué?
—Hay un problema con esa puerta.
—¿Qué clase de problema?
Él dudó.
—No debería existir.
Verónica lo miró como si estuviera loco.
Desde el interior de la habitación, una voz infantil dijo:
—Mamá.
La mujer palideció.
—¿Escuchó eso?
—Sí.
—Era mi hijo.
Julián la sujetó del brazo antes de que llegara a la puerta.
—No entre.
—¡Suélteme!
—Usted se registró sola.
Verónica dejó de resistirse.
La voz volvió a llamar.
—Mamá, estoy aquí.
La mujer comenzó a llorar.
—Mi hijo murió hace seis años.
La puerta se abrió por completo.
Al otro lado había un salón enorme.
No podía pertenecer al hotel. Se extendía mucho más allá de los límites del edificio y tenía un techo alto decorado con lámparas de cristal. Decenas de personas conversaban alrededor de mesas cubiertas con manteles blancos.
Todos vestían ropas de distintas épocas.
Había hombres con trajes de los años treinta, mujeres con vestidos largos, soldados, ancianos y niños. Algunos sostenían maletas. Otros bebían de copas vacías.
En el centro del salón, un niño de aproximadamente ocho años miraba a Verónica.
—Mamá —dijo.
Ella dio un paso.
Julián cerró la puerta de golpe.
El niño gritó desde el otro lado.
Verónica golpeó la madera.
—¡Ábrela!
—Ese no es su hijo.
—¡Lo vi!
—Su hijo está muerto.
La mujer lo abofeteó.
Después intentó alcanzar el picaporte.
Julián utilizó la llave de hierro para cerrar.
La música se detuvo.
Algo golpeó desde dentro.
Primero una vez.
Después muchas.
Las voces comenzaron a llamar a Verónica por su nombre.
Ella se desplomó contra la pared, cubriéndose los oídos.
Julián la acompañó hasta la recepción y le preparó una taza de té. Mientras esperaba que se calmara, revisó los archivos del hotel.
En un armario encontró planos antiguos.
Todos mostraban dieciocho habitaciones.
Sin embargo, uno de los documentos tenía una anotación escrita a mano:
«No permitir que la puerta permanezca abierta después de las tres».
La hora del reloj del vestíbulo era las dos y cuarenta y ocho.
Julián siguió buscando.
En una carpeta de recortes de periódico encontró una noticia de 1941.
El titular decía:
«DIECINUEVE PERSONAS DESAPARECEN DURANTE UN INCENDIO EN EL HOTEL SAN SEBASTIÁN».
Según el artículo, un incendio comenzó en el antiguo comedor durante una celebración privada. Los bomberos rescataron a huéspedes y empleados, pero diecinueve personas nunca fueron encontradas.
No aparecieron cadáveres entre los escombros.
La lista de desaparecidos incluía a Octavio Balmaceda.
Julián sintió un escalofrío.
Buscó más información.
Otro recorte, publicado una semana después, mencionaba una habitación que no figuraba en los planos. Algunos sobrevivientes aseguraron haber visto a las personas desaparecidas entrar en un cuarto situado al final del pasillo de la planta baja.
La administración negó su existencia.
Alguien había subrayado un párrafo:
«Los testimonios coinciden en que la puerta estaba marcada con el número 19».
Verónica leyó por encima de su hombro.
—¿Mi hijo está ahí?
—No.
—Lo vi.
—Ese lugar utiliza la apariencia de personas muertas.
—¿Cómo puede saberlo?
Julián no tenía respuesta.
El teléfono de recepción sonó.
La pantalla mostró:
Habitación 19.
Ninguno de los dos quiso contestar.
El timbre continuó.
Finalmente, la llamada pasó al altavoz automáticamente.
Una multitud habló al mismo tiempo.
—Falta un huésped.
La línea se cortó.
El reloj marcaba las dos y cincuenta y cinco.
Las puertas de todas las habitaciones se abrieron.
Los demás huéspedes salieron al pasillo.
El vendedor de la habitación 10 bajó las escaleras ajustándose la corbata.
—¿Qué ocurre con el teléfono? —preguntó—. Alguien llamó y dijo que debía bajar a una fiesta.
Los estudiantes de la 14 aparecieron detrás de él.
—A nosotros nos dejaron invitaciones bajo la puerta —dijo uno.
Mostró una tarjeta negra.
En letras doradas se leía:
«RECEPCIÓN DE BIENVENIDA. CUARTO 19. ASISTENCIA OBLIGATORIA».
La pareja de la habitación 3 llegó desde el corredor.
Ambos parecían confundidos.
—¿Dónde está nuestra hija? —preguntó la mujer.
—Ustedes se registraron solos —respondió Julián.
—Vino con nosotros.
El marido negó con la cabeza.
—No tenemos hijos.
La mujer lo miró horrorizada.
—Claro que tenemos una hija.
—Laura, ¿de qué hablas?
Desde el pasillo llegó la risa de una niña.
La mujer corrió hacia la puerta 19.
Julián trató de detenerla, pero ella se liberó.
Apartó la cortina roja.
La puerta estaba abierta.
La mujer entró.
Su esposo llegó un segundo después.
—¡Laura!
La puerta se cerró frente a él.
Julián utilizó la llave, pero ya no encajaba en la cerradura.
Del otro lado se escucharon aplausos.
El esposo golpeó la puerta hasta lastimarse las manos.
—¡Devuélvanmela!
El reloj marcó las tres.
Todas las luces se apagaron.
En la oscuridad sonó un ascensor.
Las puertas de reja del antiguo elevador se abrieron por primera vez en décadas.
Una luz rojiza iluminó la cabina.
Dentro estaba la señora Mercedes, dueña del hotel.
Llevaba un camisón y sostenía una escopeta.
—Todos a recepción —ordenó.
Julián ayudó a los huéspedes a retroceder.
Mercedes apuntó hacia la puerta 19.
—¿Quién la abrió?
—Un hombre llamado Octavio Balmaceda —respondió Julián.
La anciana cerró los ojos.
—Entonces ha empezado otra vez.
—¿Qué es esa habitación?
—Una deuda.
Mercedes condujo al grupo hasta el vestíbulo y cerró las puertas del corredor.
Después tomó el viejo libro de huéspedes.
—Mi abuelo era el propietario cuando ocurrió el incendio —explicó—. Organizó una cena para diecinueve invitados. Eran empresarios, políticos y militares. Todos habían pagado grandes sumas para participar en una sesión espiritista.
El vendedor soltó una risa nerviosa.
—¿Una sesión espiritista?
—Querían hablar con los muertos. Contrataron a un médium llamado Octavio Balmaceda.
Mercedes abrió el libro en una página amarillenta.
Había diecinueve nombres.
—Balmaceda prometió construir una habitación donde los vivos y los muertos pudieran encontrarse. Dijo que una puerta no necesitaba conducir a otro lugar físico. Podía conducir a un recuerdo.
—¿Y el incendio? —preguntó Julián.
—Fue un intento de destruir el cuarto.
Según Mercedes, la sesión comenzó a medianoche. Cada invitado pidió ver a una persona fallecida. Al principio aparecieron voces y sombras. Después los muertos comenzaron a cruzar la puerta.
Pero no eran realmente ellos.
Las apariciones conocían nombres, recuerdos y secretos. Podían imitar gestos y voces. Convencieron a los invitados de entrar en el cuarto.
El abuelo de Mercedes comprendió que la habitación se alimentaba de quienes aceptaban a sus imitaciones. Intentó incendiar el comedor para cerrar la puerta.
No funcionó.
Las diecinueve personas desaparecieron.
Desde entonces, el cuarto regresaba en determinadas noches.
—¿Por qué esta noche? —preguntó Verónica.
Mercedes miró a Julián.
—Porque alguien nuevo aceptó trabajar en recepción.
Todos lo observaron.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
—El hotel necesita un encargado para registrar a los huéspedes del cuarto.
—Yo no registré a nadie.
Mercedes señaló el libro.
El nombre de Octavio Balmaceda aparecía escrito con la letra de Julián.
—No escribí eso.
—La habitación usa la mano del recepcionista.
Julián recordó que había tenido el bolígrafo entre los dedos cuando el desconocido apareció.
—¿Cómo la cerramos?
Mercedes abrió la escopeta.
En lugar de cartuchos, introdujo dos pequeñas bolsas de sal.
—Antes de las cuatro debemos sacar a todos los vivos y borrar sus nombres del registro.
—Laura está dentro —dijo su esposo.
—Entonces todavía puede salir.
—¿Y los demás?
Mercedes miró la puerta del corredor.
—Los demás llevan demasiado tiempo siendo huéspedes.
El teléfono volvió a sonar.
Habitación 19.
La voz de Laura surgió del altavoz.
—Estoy bien. La fiesta es hermosa. Ven conmigo.
Su marido se acercó al aparato.
—Laura, ¿eres tú?
Mercedes desconectó el cable.
—No respondan a ninguna voz. No importa a quién escuchen.
Los golpes comenzaron en las puertas del hotel.
No venían de la entrada principal.
Procedían de cada habitación.
En la 3 alguien llamaba al esposo de Laura.
En la 7, el hijo de Verónica lloraba.
En la 10, una mujer anciana pedía ayuda al vendedor.
En la 14, las voces de los padres de los estudiantes prometían llevarlos a casa.
En la 18, alguien rezaba.
El señor Rivas no había bajado.
Julián revisó el libro.
Su nombre ya no aparecía en la habitación 18.
Ahora estaba registrado en la 19.
—Tenemos que buscarlo —dijo.
Mercedes negó con la cabeza.
—Si su nombre cambió de habitación, ya cruzó.
—Tal vez siga vivo.
—Todos parecen vivos cuando entran.
El ascensor emitió otro sonido.
El señor Rivas salió de la cabina.
Caminaba lentamente y llevaba una maleta.
—Disculpen la demora —dijo—. Mi esposa necesitaba terminar de arreglarse.
Una mujer descendió detrás de él.
Vestía de blanco y tenía el rostro cubierto por un velo.
—El señor Rivas se registró solo —susurró Julián.
La figura levantó el velo.
No tenía rostro.
En lugar de ojos, nariz y boca había una superficie lisa, pálida y brillante.
Los estudiantes gritaron.
Mercedes disparó.
La bolsa de sal golpeó a la figura y la deshizo en una nube de ceniza.
El señor Rivas abrió la boca.
De su garganta salieron varias voces.
—No deben maltratar a los huéspedes.
Mercedes disparó nuevamente.
Rivas cayó al suelo.
Su cuerpo se hundió como si fuera una prenda vacía.
La alfombra absorbió una sustancia negra.
El ascensor permanecía abierto.
En el panel había aparecido un botón nuevo.
19.
—La habitación está creciendo —dijo Mercedes—. Pronto cada puerta del hotel conducirá a ella.
El reloj marcaba las tres y doce.
Debían actuar.
Mercedes entregó a Julián una hoja con los nombres de los huéspedes vivos. Él tendría que entrar en el cuarto, encontrar a Laura y borrar del registro interno cualquier nombre que reconociera.
—¿Por qué yo?
—Porque la habitación te considera su recepcionista. Te dejará circular.
—¿Y si no me deja salir?
—No respondas cuando te pregunten cuánto tiempo deseas quedarte.
Verónica se puso de pie.
—Voy con él.
—No —dijo Mercedes.
—Mi hijo está ahí.
—Su hijo no está.
—Necesito verlo otra vez para aceptarlo.
Mercedes observó a la mujer durante unos segundos.
Finalmente le entregó un pequeño espejo.
—Las imitaciones no aparecen reflejadas como nosotros. Mire siempre antes de acercarse.
Julián y Verónica entraron en el ascensor.
Pulsaron el botón 19.
La cabina descendió.
—El hotel solo tiene dos pisos —dijo Verónica.
El indicador continuó bajando.
Menos uno.
Menos dos.
Menos tres.
Después dejó de mostrar números.
A través de la reja vieron corredores que no pertenecían al edificio: pasillos inundados, salones destruidos por el fuego, dormitorios cubiertos de polvo y habitaciones llenas de personas inmóviles.
El ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron hacia el gran salón del cuarto 19.
La fiesta continuaba.
Un pianista sin ojos tocaba una melodía lenta. Los camareros servían platos vacíos. Los invitados conversaban mientras sus sombras se movían en direcciones distintas.
Octavio Balmaceda esperaba junto a una mesa.
—Nuestro recepcionista —dijo—. Llegas tarde.
—He venido a revisar el registro.
—Por supuesto.
Le entregó un libro enorme.
Las páginas contenían miles de nombres.
Algunos tenían fechas de entrada de hacía más de cien años. Ninguno tenía fecha de salida.
Julián buscó a Laura.
La encontró registrada esa misma noche.
También aparecían Verónica y todos los huéspedes del hotel.
Su propio nombre estaba escrito al final.
Habitación asignada: recepción.
—Borra los nuestros —susurró Verónica.
Julián intentó tacharlos.
La tinta regresaba.
—No se puede modificar una reserva confirmada —dijo Balmaceda.
—Ellos nunca aceptaron.
—Todos aceptan algo.
Señaló las mesas.
—Un recuerdo. Una voz. La posibilidad de pedir perdón. Los vivos desean tanto recuperar lo perdido que rara vez preguntan qué regresa realmente.
El niño que imitaba al hijo de Verónica apareció entre los invitados.
—Mamá.
Verónica sacó el espejo.
En el reflejo no vio a un niño.
Vio una figura alta, cubierta por una piel oscura y húmeda, con brazos demasiado largos.
La mujer retrocedió.
La criatura sonrió con el rostro de su hijo.
—¿Ya no me quieres?
Verónica comenzó a llorar.
—Mi hijo nunca me preguntaba eso.
La criatura cambió de expresión.
Por un instante perdió la forma humana.
Después se lanzó hacia ella.
Julián levantó el libro y la golpeó. La figura se deshizo en humo, pero otras imitaciones dejaron de conversar.
Todas miraron hacia ellos.
—Encuentra a Laura —dijo Julián.
Verónica corrió entre las mesas.
Balmaceda no intentó detenerla.
—No podrán llevársela —dijo—. Ella ya eligió.
Julián examinó el registro.
Recordó las palabras de Mercedes: borrar los nombres.
Tal vez no debía tacharlos.
Tal vez tenía que eliminar aquello que confirmaba la reserva.
En la primera página aparecían las condiciones del hotel.
«Todo huésped deberá entregar un recuerdo para acceder al cuarto».
Junto al nombre de Laura figuraba una anotación:
«Recuerdo aceptado: la hija que nunca tuvo».
Julián comprendió.
La mujer no había entrado para recuperar a una hija real. La habitación había creado a la niña que siempre quiso tener.
Por eso su esposo no la recordaba.
La habitación no solo imitaba a los muertos.
También daba forma a las ausencias.
Julián arrancó la página.
El salón tembló.
Balmaceda dejó de sonreír.
—Eso no está permitido.
—Soy el recepcionista. Puedo anular la reserva.
Arrancó la página de Verónica.
Después las de los demás huéspedes.
Cada hoja destruida hacía desaparecer una puerta del salón.
Las imitaciones comenzaron a gritar.
Verónica regresó acompañada de Laura.
La mujer sostenía de la mano a una niña pequeña.
—No quiere dejarla —dijo Verónica.
Laura abrazaba a la niña.
—Es mi hija.
—No existe —respondió Julián.
—Existe para mí.
La niña miró a Julián.
En sus ojos no había pupilas.
—Mamá prometió quedarse.
El reloj del salón marcaba las tres y cuarenta y nueve.
Julián buscó la página de Laura y mostró la anotación.
—La habitación tomó un deseo y lo convirtió en una trampa.
Laura besó la cabeza de la niña.
—No me importa.
—Su esposo la está esperando.
—Él nunca quiso tener hijos.
—Eso no significa que esta cosa sea su hija.
La niña clavó los dedos en el brazo de Laura.
La piel comenzó a oscurecerse alrededor del contacto.
Verónica levantó el espejo frente a ella.
Laura vio el verdadero reflejo de la criatura.
Gritó y la soltó.
La imitación se transformó.
Su cuerpo se alargó y su vestido se convirtió en una masa de sombras. Las lámparas se apagaron una a una.
Julián arrancó la página.
La criatura lanzó un chillido.
Todas las puertas del salón se abrieron.
Detrás de ellas aparecían habitaciones del Hotel San Sebastián.
—¡Corran! —gritó Julián.
Verónica y Laura atravesaron la puerta de la habitación 3.
Julián intentó seguirlas, pero Balmaceda le cerró el paso.
—Todavía falta tu registro.
El libro se abrió en la última página.
Nombre: Julián Torres.
Habitación: recepción.
Recuerdo entregado: su hermano.
Julián quedó inmóvil.
Su hermano Diego había desaparecido cuando ambos eran niños. Salió de casa una tarde y nunca regresó. La familia buscó durante años sin encontrar una explicación.
Al fondo del salón apareció un joven.
Tendría la edad que Diego debería tener ahora.
—Julián —dijo—. Me encontraste.
El corazón le golpeó el pecho.
Había imaginado aquella escena durante casi toda su vida.
Se acercó un paso.
—¿Dónde estuviste?
—Aquí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me perdiste.
La culpa regresó.
Julián había sido quien convenció a Diego de salir aquella tarde. Discutieron cerca de una estación y Julián se marchó solo, creyendo que su hermano lo seguiría.
Nunca volvió a verlo.
—Podemos irnos juntos —dijo la figura.
Julián recordó el espejo.
Lo levantó.
En el reflejo apareció un niño de diez años, exactamente la edad que tenía Diego cuando desapareció.
No era una criatura.
Parecía humano.
—¿Eres realmente tú? —preguntó Julián.
Diego sonrió.
—Sí.
—Entonces dime qué me dijiste antes de separarnos.
La figura guardó silencio.
—Dime cuáles fueron tus últimas palabras.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Yo las recuerdo todos los días.
Diego bajó la mirada.
Su rostro comenzó a cambiar.
—No debería haber venido contigo —dijo finalmente.
Julián negó con la cabeza.
—Me dijiste que no era mi culpa.
La figura se deformó.
La boca se abrió demasiado.
Julián arrancó su página del libro.
Balmaceda gritó.
Las paredes del salón se agrietaron.
Los invitados se levantaron al mismo tiempo. Ya no parecían humanos. Eran formas incompletas vestidas con recuerdos ajenos.
El reloj marcó las tres y cincuenta y ocho.
Julián corrió hacia una puerta.
Balmaceda lo sujetó del hombro.
—Si el cuarto se queda sin recepcionista, buscará otro hotel.
—Entonces ciérrelo usted.
—Yo no soy el recepcionista.
Julián comprendió que Balmaceda también era un prisionero.
El médium había creado la puerta, pero la habitación lo obligaba a recibir huéspedes eternamente.
—¿Cómo se destruye?
Balmaceda miró el libro.
—Quemando el primer registro.
—El incendio no funcionó.
—Porque quemaron el edificio, no el nombre.
Julián abrió el libro en la primera página.
Octavio Balmaceda.
Habitación 19.
Recuerdo entregado: su propia muerte.
—¿Qué significa esto?
El médium sonrió con tristeza.
—Quise saber cómo moriría.
—¿Y qué vio?
—Que nunca lo haría.
Julián arrancó la página.
Balmaceda comenzó a desvanecerse.
Por primera vez, pareció aliviado.
—Gracias —susurró.
El gran salón se incendió.
Las llamas eran blancas y no producían calor. Los huéspedes corrieron hacia las puertas, pero estas desaparecían antes de que pudieran alcanzarlas.
Julián encontró el ascensor.
Entró y cerró la reja.
Una figura con el rostro de Diego golpeó desde afuera.
—¡No me abandones otra vez!
Julián pulsó el botón de recepción.
—Mi hermano me perdonó antes de desaparecer.
La figura dejó de golpear.
El ascensor subió.
Cuando las puertas se abrieron, Mercedes estaba esperándolo.
El reloj marcaba las cuatro.
La puerta del cuarto 19 seguía al final del pasillo.
Julián levantó la escopeta de Mercedes y disparó contra la cerradura.
La madera se partió.
Detrás no había una habitación.
Solo estaba la ventana original, cubierta por la lluvia.
La placa con el número 19 cayó al suelo.
Mercedes la recogió y la arrojó dentro de una caja metálica.
—¿Terminó? —preguntó Julián.
—Por esta noche.
Laura y su esposo abandonaron el hotel al amanecer.
Los estudiantes y el vendedor juraron no recordar nada de lo sucedido. Verónica se marchó sin hablar, pero antes de cruzar la puerta entregó a Julián el pequeño espejo.
—Mi hijo nunca estuvo allí —dijo—. Pero necesitaba verlo para comprenderlo.
La policía buscó al señor Rivas.
No encontraron documentos, equipaje ni registros de pago. Su nombre había desaparecido del libro de huéspedes.
La habitación 18 estaba vacía.
Mercedes cerró el hotel durante varios meses.
Ordenó derribar la pared del fondo y reemplazar todas las puertas. También quemó los libros antiguos y eliminó la numeración original.
Cuando el establecimiento reabrió, las habitaciones tenían nombres en lugar de números.
Julián no regresó a trabajar allí.
Consiguió empleo en una tienda y trató de retomar su vida.
Durante un tiempo creyó que la habitación había desaparecido.
Hasta que recibió una llamada.
Era la señora Mercedes.
—Ha vuelto —dijo.
—¿La puerta?
—No. El registro.
Alguien había dejado un libro nuevo sobre el mostrador del Hotel San Sebastián.
En la primera página aparecía el nombre de Julián.
Debajo había una dirección.
La de su apartamento.
La fecha de entrada era aquella misma noche.
Julián colgó.
Revisó todas las puertas de su casa.
El dormitorio.
El baño.
La cocina.
El armario.
Todo parecía normal.
A las tres de la madrugada escuchó música de piano procedente del pasillo del edificio.
Miró por la mirilla.
Había una puerta nueva frente a su apartamento.
Era de madera oscura y tenía una placa de bronce.
Un hombre con sombrero esperaba junto a ella.
Octavio Balmaceda levantó la cabeza.
Su rostro estaba quemado y sus ojos parecían dos agujeros negros.
—Buenas noches —dijo—. Tengo una reserva.
Julián no abrió.
La música continuó.
Después comenzaron a llegar personas.
Una pareja mayor.
Un soldado.
Una mujer con un bebé.
Un niño.
Todos esperaban frente a la puerta.
Algunos llevaban ropa antigua.
Otros sostenían teléfonos modernos.
Cada uno tenía una llave con el número 19.
Julián llamó a la policía.
Cuando llegaron, no encontraron a nadie.
Tampoco vieron la puerta.
Los agentes se marcharon.
A las tres y cincuenta y nueve, alguien llamó a su apartamento.
—Julián —dijo la voz de Diego—. Solo quiero despedirme.
Julián permaneció en silencio.
A las cuatro, todo terminó.
Por la mañana encontró una tarjeta negra bajo la puerta.
«RESERVA APLAZADA».
Desde entonces, la puerta aparece una vez al año.
Siempre en un lugar diferente.
En un hotel.
En un hospital.
En un edificio de oficinas.
En una casa.
A veces surge al final de un corredor. Otras, dentro de un ascensor o detrás de una cortina.
La mayoría de las personas no la nota.
Solo pueden verla quienes desean recuperar algo que perdieron.
Julián continúa recibiendo llamadas de desconocidos.
Le preguntan cómo abandonar el cuarto 19.
Algunos aseguran llevar allí varias horas.
Otros dicen que han pasado décadas.
Todos describen el mismo salón, la misma música y el mismo libro de huéspedes.
Julián siempre les hace una pregunta:
—¿Entregó algún recuerdo para entrar?
La respuesta suele ser afirmativa.
Una voz.
Un rostro.
Una oportunidad.
Un ser querido.
Después la comunicación se corta.
Anoche recibió una llamada diferente.
Una mujer dijo que acababa de encontrar el libro y que su nombre figuraba en la última página.
Julián intentó advertirle.
—No abra la puerta.
—Ya está abierta —respondió ella.
Detrás de su voz se escuchaba música de piano.
—¿Dónde está?
La mujer leyó una dirección.
No correspondía a ningún hotel.
Era tu dirección.
Antes de colgar, la mujer añadió:
—Dicen que la habitación está preparada y que falta un huésped.
Por eso, esta noche presta atención a los pasillos.
Si encuentras una puerta que no estaba allí, no mires por la cerradura.
Si escuchas a una persona que perdiste, no respondas.
Y si alguien te entrega una llave marcada con el número 19, no la aceptes.
No importa cuánto extrañes a quien te llama desde dentro.
No importa cuántos años hayas esperado para volver a verlo.
Los muertos no se hospedan en el cuarto 19.
Solo sus recuerdos.
Y los recuerdos, cuando pasan demasiado tiempo encerrados, aprenden a tener hambre.
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