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La televisión muestra lo que pasará en cinco minutos

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La televisión muestra lo que pasará en cinco minutos

En la pantalla, Martín ya estaba dentro del departamento.

En la realidad, todavía faltaban cinco minutos para que metiera la llave en la cerradura.

Sofía permaneció de pie frente al televisor con el control remoto en una mano.

No había puesto ninguna película.

No estaba viendo una cámara de seguridad.

La televisión llevaba varios minutos apagada cuando se encendió sola.

La imagen mostraba la sala.

Su propia sala.

Desde un ángulo imposible, como si hubiera una cámara escondida detrás de la pantalla.

En la esquina inferior aparecía una hora:

21:43.

El reloj de la cocina marcaba 21:38.

En la televisión, Martín cerró la puerta, dejó las llaves sobre el mueble y se quitó la chaqueta.

Tenía el cabello mojado.

Sofía miró hacia la puerta real.

Nada.

Volvió a la pantalla.

El Martín de la televisión caminó hacia la cocina.

La imagen no tenía sonido.

Sofía tomó el teléfono.

Lo llamó.

No respondió.

21:40.

En la pantalla, la sala continuaba vacía.

21:41.

Sofía sintió el impulso de apagar el televisor.

No lo hizo.

21:42.

Escuchó pasos en el corredor exterior.

Se quedó inmóvil.

21:43.

Una llave entró en la cerradura.

Martín abrió la puerta.

Tenía el cabello mojado.

Cerró.

Dejó las llaves sobre el mueble.

Se quitó la chaqueta.

Exactamente igual.

—¿Qué haces? —preguntó al verla.

Sofía señaló el televisor.

La pantalla estaba negra.

Martín miró.

—¿Qué?

—Te acabo de ver entrar.

—Sí. Estoy entrando.

—Antes.

Él se rio.

Sofía no.

—Cinco minutos antes.

La sonrisa desapareció.

—¿En qué?

—En la televisión.

Martín volvió a mirar la pantalla.

—¿Una cámara?

—No tenemos cámaras.

—Entonces alguna aplicación.

—La televisión estaba apagada.

Martín se acercó.

Presionó el botón de encendido.

Apareció el menú normal.

Aplicaciones.

Canales.

Configuración.

Nada extraño.

Sofía terminó contándole todo mientras cenaban.

Martín encontró explicaciones para casi cada detalle.

Algún dispositivo del edificio.

Una transmisión retrasada.

Una cámara instalada por el propietario anterior.

Un error del sistema.

Solo evitó responder cuando Sofía preguntó cómo una transmisión retrasada podía mostrar algo antes de que ocurriera.

A las diez y cuarto dejaron de hablar del asunto.

A las diez y diecinueve, la televisión volvió a encenderse.

Martín fue el primero en verla.

La pantalla mostraba la mesa del comedor.

Ellos dos sentados.

Sofía tenía una taza en la mano.

Martín estaba agachándose junto a su silla.

21:24.

—Son las diez y diecinueve —dijo Sofía.

Martín miró el reloj.

No respondió.

En la televisión, Sofía bajó la taza.

Martín recogió algo del piso.

La imagen se apagó.

—No pienso hacer eso —dijo él.

—¿Qué cosa?

—Agacharme.

Cinco minutos después, Sofía llevó las tazas a la mesa.

Martín no se sentó.

Permaneció de pie.

—¿Ves?

Sofía dejó su taza.

El asa se rompió.

Una pequeña pieza cayó al suelo.

Martín la miró.

Luego miró a Sofía.

—No.

—Déjala.

—Nos vamos a cortar.

Se agachó.

Exactamente como en la pantalla.

Sofía sintió frío.

Ninguno volvió a hablar de explicaciones aquella noche.

Desenchufaron el televisor antes de dormir.

A la mañana siguiente seguía apagado.

Martín se fue al trabajo.

Sofía trabajaba desde casa y pasó casi todo el día evitando mirar la pantalla.

No ocurrió nada.

A las seis llamó a Martín.

—Quizá fue algo de anoche.

—Eso espero.

—¿Vas a llegar tarde?

—Como a las ocho.

Sofía miró el televisor.

—Avísame cuando estés abajo.

—¿Por qué?

—Solo avísame.

Martín no discutió.

A las siete y cincuenta y uno, el televisor se encendió.

Seguía desenchufado.

Sofía retrocedió.

La imagen mostraba la sala a las 19:56.

Vacía.

Luego algo apareció desde el pasillo.

Sofía.

La Sofía de la pantalla caminó hacia el comedor con tres vasos.

Colocó uno frente a su silla.

Otro frente al lugar de Martín.

Y un tercero en la cabecera.

Sofía miró su mesa real.

Solo había dos lugares.

En la pantalla, había tres sillas.

La imagen desapareció.

Sofía no se acercó al televisor.

Su teléfono vibró.

Martín.

“Estoy abajo.”

Miró la hora.

19:53.

Cuando entró, Sofía le contó.

Martín revisó el enchufe.

El cable seguía en el suelo.

—No tiene corriente.

—Ya sé.

—¿Había alguien más en la imagen?

—No.

—¿Y el tercer vaso?

—No sé.

Miraron la mesa.

Dos sillas.

Dos lugares.

Martín quiso sacar el televisor del departamento.

Sofía aceptó.

Lo levantaron entre ambos.

Era más pesado de lo que recordaban.

Lo llevaron hasta la entrada.

Martín abrió la puerta.

Entonces se oyó un golpe en la cocina.

Sofía fue a mirar.

Un vaso había caído dentro del fregadero.

No se había roto.

Al lado había otros dos.

Tres.

Sofía no recordó haber sacado ninguno.

Martín tampoco.

Ninguno tocó el tercero.

Dejaron el televisor junto a la puerta.

No lo sacaron.

No quisieron atravesar el edificio cargándolo después de lo que acababa de ocurrir.

Aquella noche cenaron en la cocina.

La televisión quedó de espaldas a ellos.

A las 22:07 escucharon un leve zumbido.

No necesitaban mirar.

La pantalla estaba encendida.

Martín se levantó.

—No.

Sofía le tomó la muñeca.

—Déjalo.

—Quiero saber qué muestra.

—Yo no.

Martín permaneció quieto.

El zumbido continuó.

Pasaron casi dos minutos.

Después se apagó.

Ninguno fue a comprobarlo.

A las 22:12, la luz del pasillo se encendió sola.

Los dos miraron hacia allí.

No había nadie.

Sofía sintió que el estómago se le cerraba.

—Eso era.

Martín entendió.

Cinco minutos.

No habían visto la imagen.

Pero algo había ocurrido de todos modos.

A partir de entonces el miedo cambió.

Ya no necesitaban mirar la televisión para saber cuándo se encendía.

El zumbido bastaba.

Cada vez que lo escuchaban, esperaban cinco minutos.

A veces no ocurría nada que pudieran reconocer.

Eso era peor.

El jueves por la noche, la pantalla se encendió mientras estaban preparando la cena.

Sofía intentó ignorarla.

Martín no pudo.

—Solo un segundo.

Miró.

Su rostro cambió.

—¿Qué ves?

No respondió.

—Martín.

Él dio un paso hacia la pantalla.

Sofía terminó mirando también.

La sala aparecía cinco minutos adelante.

Ellos estaban sentados en el sofá.

No hablaban.

Los dos miraban hacia el corredor.

La puerta del dormitorio estaba abierta.

Ahora estaba cerrada.

En la imagen, había una tercera sombra sobre la pared.

No una persona.

Solo una sombra.

Martín miró detrás de ellos.

Dos cuerpos.

Dos sombras.

La televisión se apagó.

—Nos vamos —dijo Sofía.

—¿Adónde?

—No importa.

Martín tomó las llaves.

El reloj marcaba 22:31.

La imagen había mostrado 22:36.

Caminaron hacia la puerta.

Desde el dormitorio llegó un crujido.

Ambos se detuvieron.

—No —susurró Sofía.

Otro sonido.

La puerta del dormitorio se abrió.

Muy despacio.

Ninguno estaba cerca.

Martín dio un paso hacia ella.

Sofía lo sujetó.

—No vayas.

El reloj cambió.

22:36.

Los dos estaban junto al sofá.

Mirando hacia el corredor.

Exactamente como en la pantalla.

En la pared había tres sombras.

Sofía dejó de respirar.

La tercera no correspondía a nada visible.

Era alta.

Muy delgada.

Estaba entre las otras dos.

No se movía.

Martín miró la pared.

—Sofía...

Ella apagó la lámpara.

Las sombras desaparecieron.

Salieron del departamento.

Pasaron aquella noche en un hotel.

A la mañana siguiente regresaron con luz de día.

Todo parecía normal.

La puerta del dormitorio estaba cerrada.

Había dos vasos en el fregadero.

No tres.

La televisión seguía desenchufada junto a la entrada.

—Tal vez deberíamos tirarla —dijo Martín.

Sofía la miró.

—Sí.

No lo hicieron.

Nunca supo explicar por qué.

Quizá porque tirarla implicaba tocarla.

Quizá porque ambos temían que apareciera en otro lugar.

La dejaron donde estaba y cubrieron la pantalla con una manta.

Durante dos días no ocurrió nada.

El sábado cenaron tarde.

A las 23:18, una luz blanca apareció debajo de la manta.

Sofía dejó el tenedor.

Martín también.

La televisión estaba encendida.

Ninguno se acercó.

—No quiero verla —dijo Sofía.

Martín miraba la manta.

—Yo tampoco.

La luz desapareció.

Cinco minutos después, alguien se sentó en el sillón.

No vieron a nadie hacerlo.

El cojín simplemente bajó.

Lentamente.

Como si un peso hubiera ocupado el centro.

Sofía apretó la mano de Martín.

El sillón permaneció hundido.

No había sombra.

No había ruido.

Solo la marca de alguien sentado.

Martín comenzó a retroceder.

Sofía lo siguió.

Entonces el cojín volvió a subir.

Salieron.

No durmieron allí.

El domingo, Martín dijo algo mientras desayunaban en una cafetería.

—Creo que anoche había una mujer.

Sofía dejó la cuchara.

—No vimos a nadie.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué dices eso?

Martín frunció el ceño.

—No sé.

—¿La recuerdas?

Él tardó.

—No.

—No intentes hacerlo.

Martín la miró.

—¿Por qué?

Sofía tampoco sabía.

Solo sabía que no quería que buscara dentro de su memoria una cara para aquel lugar vacío.

Regresaron por ropa.

La televisión estaba descubierta.

La manta se encontraba doblada sobre el sofá.

Ninguno recordaba haberla dejado así.

En la mesa había tres tazas.

Una delante de cada silla.

Ahora había tres sillas.

Sofía se detuvo.

—Martín.

Él miró.

—Siempre tuvimos esa.

Sofía sintió que el miedo le subía por el pecho.

—No.

—¿Qué?

—Teníamos dos.

Martín observó la tercera silla.

Su expresión cambió.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Dos.

Sofía no preguntó qué había recordado antes.

Tomaron ropa y se fueron otra vez.

Aquella tarde discutieron.

No por la televisión.

Por cosas pequeñas.

Quién había dejado abierta una ventana.

Quién había movido una caja.

Quién había llamado a alguien la noche anterior.

Ambos tenían recuerdos ligeramente distintos.

Nada importante.

Eso los asustó más.

El lunes decidieron entrar una última vez y llevarse lo indispensable.

No hablaron durante el trayecto.

El departamento estaba silencioso.

Entraron.

La televisión seguía junto a la puerta.

La pantalla se encendió.

No había zumbido.

Sofía vio la hora.

03:15.

Miró su teléfono.

03:10.

—No mires —dijo Martín.

Demasiado tarde.

En la pantalla estaban ellos.

Cinco minutos adelante.

Ambos junto a la puerta principal.

Martín llevaba una mochila.

Sofía sostenía el bolso y una bolsa con documentos.

Exactamente lo que llevaban en ese momento.

Parecían discutir.

No había sonido.

Detrás de ellos, en el corredor interior del departamento, algo ocupaba la oscuridad.

No se veía un cuerpo completo.

Solo una forma.

Suficiente para saber que era alta.

Suficiente para saber que estaba demasiado cerca.

La Sofía de la pantalla dejó de discutir.

Miró directamente hacia la televisión.

Después movió los labios.

Martín se acercó.

—¿Qué dijo?

Sofía había entendido.

—No mires atrás.

La pantalla se apagó.

03:11.

Martín abrió la puerta.

—Nos vamos ahora.

Salieron.

No esperaron cinco minutos dentro.

Sofía cerró con llave.

Bajaron medio tramo de escalera.

—No —dijo ella.

—¿Qué?

—Quiero esperar.

Martín la miró como si hubiera perdido la razón.

—¿Aquí?

—Sí.

Sofía miró el teléfono.

03:13.

Si la televisión decía la verdad, dentro de dos minutos ellos debían estar todavía en el departamento.

Pero no estaban.

03:14.

Nada.

Martín sonrió con nerviosismo.

—Lo cambiamos.

Sofía no respondió.

03:15.

Desde el interior del departamento llegó la voz de Martín.

—No podemos seguir haciendo esto.

El verdadero Martín quedó inmóvil.

Sofía lo miró.

Dentro, su propia voz respondió.

—¿Y qué quieres que haga?

Martín se acercó a la puerta.

Sofía lo sujetó.

—No.

Las voces continuaron.

Eran ellos.

No grabaciones.

No frases antiguas.

La misma discusión silenciosa que habían visto en la televisión.

Ahora tenía sonido.

—Mañana sacamos todo —dijo la voz de Martín desde adentro.

—No quiero volver mañana.

—Entonces esta noche.

Hubo un pequeño golpe.

Como una mochila dejada en el suelo.

El Martín real miró la mochila que llevaba sobre el hombro.

Sofía sintió ganas de vomitar.

Dentro del departamento, su voz se quedó callada.

Después dijo:

—No mires atrás.

Silencio.

Martín comenzó a acercarse a la cerradura.

Sofía lo apartó.

—No abras.

—Hay alguien ahí.

—No somos nosotros.

Desde el interior llegó un sonido que ninguno había escuchado antes.

Una respiración.

No fuerte.

No animal.

Muy cerca de la puerta.

Luego la voz de Sofía dijo algo que la Sofía real no comprendió.

Una sola palabra.

Martín sí reaccionó.

Se puso pálido.

—¿Qué dijo?

Él negó.

—Martín.

—No sé.

—Sí sabes.

Martín parecía a punto de llorar.

—Me sonó familiar.

Sofía no preguntó más.

Bajaron las escaleras.

No usaron el ascensor.

Esperaron en la recepción hasta el amanecer.

A las siete subieron con el conserje.

La puerta seguía cerrada.

No había marcas.

Entraron.

El departamento estaba vacío.

La mochila de Martín no estaba dentro.

La llevaba puesta.

La bolsa de documentos tampoco.

Todo parecía normal.

Excepto por la mesa.

Tres tazas.

Tres sillas.

Y una cuarta taza en el fregadero.

Sofía no quiso contar nada más.

El televisor estaba negro.

El conserje preguntó por qué estaba desenchufado.

Martín lo miró.

—Porque no funciona.

El hombre tomó el cable.

—Está enchufado.

Sofía sintió un golpe en el pecho.

El cable llegaba hasta la pared.

Conectado.

Ella recordaba haberlo dejado en el suelo.

Martín también.

Ninguno se acercó.

Se mudaron esa semana.

No vendieron la televisión.

No la tiraron.

La dejaron allí.

El propietario descontó parte de la garantía por abandonar muebles.

A Sofía no le importó.

Durante meses evitó hablar de aquellas noches.

Martín hacía lo mismo.

La relación sobrevivió, aunque algunas cosas quedaron extrañas entre ellos.

A veces uno recordaba una conversación que el otro juraba no haber tenido.

En ocasiones aparecía un nombre que ninguno podía colocar.

Nunca insistían.

Habían aprendido a dejar ciertos espacios vacíos.

Una noche, casi un año después, Sofía preguntó:

—¿Te acuerdas de lo que escuchamos detrás de la puerta?

Martín estaba leyendo.

Levantó la vista.

—Sí.

—¿Qué dijo mi voz al final?

Él palideció.

—No recuerdo.

Sofía supo que mentía.

—Está bien.

No volvió a preguntarle.

Fue mejor así.

Porque había algo que ella tampoco le había contado.

Cuando escuchó su propia voz dentro del departamento, hubo un momento que Martín pareció no notar.

Justo antes de que ambos bajaran las escaleras.

Una segunda Sofía habló desde el otro lado de la puerta.

Muy bajo.

Tan bajo que durante meses intentó convencerse de que lo había imaginado.

No dijo “no mires atrás”.

No pidió ayuda.

No dijo ningún nombre.

Solo preguntó:

—¿Ya pasaron los cinco minutos?

Sofía nunca supo a quién estaba dirigida la pregunta.

Y nunca quiso esperar lo suficiente para escuchar la respuesta.

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