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La radio que transmite el día de mañana

La radio que transmite el día de mañana

La radio pertenecía al abuelo de Adriana desde antes de que ella naciera.

Era un aparato grande, de madera oscura, con dos perillas de baquelita y una escala amarillenta donde todavía podían leerse nombres de ciudades que ya no tenían emisoras de onda corta.

Durante años permaneció sobre un estante del taller.

Nadie la utilizaba.

Cuando su abuelo murió, Adriana decidió conservarla.

No porque tuviera algún valor.

Simplemente recordaba haberlo visto muchas noches sentado frente a ella, escuchando estática mientras anotaba cosas en un cuaderno.

—¿Qué buscas? —le preguntó una vez cuando era niña.

Su abuelo había respondido sin apartar la mirada del dial.

—Mañana.

Adriana pensó que era una broma.

Veinte años después dejó la radio sobre una mesa de su apartamento y la conectó por curiosidad.

Funcionó.

La mayoría de las frecuencias solo devolvían interferencias.

A las 23:58 encontró una señal limpia en 91.3 MHz.

Aquello ya era extraño.

En su ciudad no existía ninguna emisora registrada en esa frecuencia.

Una melodía breve sonó entre la estática.

Después habló una mujer.

—Boletín informativo. Miércoles 16 de abril.

Adriana miró el teléfono.

Todavía era martes 15.

La voz continuó.

—Una avería eléctrica dejará sin servicio al sector norte aproximadamente a las nueve y doce de la mañana.

Adriana sonrió.

Alguna grabación vieja.

Después:

—El tránsito permanecerá interrumpido en la avenida Central a partir de las catorce treinta tras la caída de un árbol.

Otra pausa.

—Un niño de siete años será encontrado sano en el parque municipal después de permanecer desaparecido durante tres horas.

La transmisión terminó exactamente a las 00:04.

Adriana apagó la radio.

A la mañana siguiente, a las 9:12, se cortó la electricidad en el sector norte.

A las 14:37 recibió una notificación de tráfico.

Un árbol había caído sobre la avenida Central.

Por la tarde, las redes sociales celebraban que un niño desaparecido había sido encontrado en el parque.

Adriana regresó a casa antes de lo habitual.

Encendió la radio.

Nada.

91.3 solo producía estática.

Esperó hasta las 23:58.

La melodía regresó.

—Boletín informativo. Jueves 17 de abril.

Adriana comenzó a grabar con el teléfono.

La voz anunció cinco noticias.

Una fuga de agua.

Un incendio menor en un almacén.

El cierre de una escuela por una avería.

Y un accidente.

—A las dieciséis veinte, un automóvil rojo colisionará contra un camión en la intersección de San Martín y Los Cedros. El conductor será trasladado al hospital con lesiones leves.

Adriana vivía a tres calles de allí.

Al día siguiente decidió comprobarlo.

Llegó a la intersección a las cuatro.

Había un automóvil rojo estacionado frente a una farmacia.

El propietario salió poco después.

Adriana se acercó.

—Disculpe. No sé cómo explicarlo, pero debería evitar pasar por San Martín a las cuatro y veinte.

El hombre la miró desconfiado.

—¿Por qué?

—Va a ocurrir un accidente.

—¿Cómo sabe eso?

Adriana improvisó.

—Hubo una advertencia de tránsito.

El hombre dudó.

Finalmente decidió tomar otra calle.

A las 16:20 no ocurrió nada.

Adriana respiró aliviada.

Entonces escuchó un golpe.

El automóvil rojo salió marcha atrás del estacionamiento para cambiar de dirección.

Un camión de reparto dobló demasiado rápido.

La colisión ocurrió exactamente a las 16:20.

El conductor sufrió lesiones leves.

Adriana permaneció inmóvil.

No había impedido el accidente.

Había ayudado a provocarlo.

Aquella noche escuchó el boletín con otra actitud.

La voz anunció una pequeña explosión doméstica en el edificio de enfrente.

—Los vecinos serán evacuados a tiempo gracias a una llamada anónima recibida minutos antes.

Adriana comprendió.

Tomó el teléfono.

A la mañana siguiente, cuando comenzó a oler gas cerca del edificio, llamó a emergencias sin identificarse.

Los vecinos fueron evacuados.

La explosión ocurrió.

Nadie resultó herido.

La llamada anónima había sido ella.

El boletín no anunciaba un futuro que pudiera cambiar.

Anunciaba un futuro que ya incluía lo que Adriana haría después de escucharlo.

La idea la perturbó.

Esa tarde regresó al antiguo taller de su abuelo.

La casa todavía estaba casi intacta.

Buscó durante horas hasta encontrar el cuaderno que recordaba.

Había decenas de fechas.

Noticias.

Horas.

Nombres.

Todas escritas muchos años atrás.

En una página de 1989 encontró:

«23:58. La señal vuelve a emitir acontecimientos del día siguiente».

Otra anotación:

«Intenté cambiar uno. Mi intervención ya formaba parte del acontecimiento».

Adriana continuó.

«No predice.

Recuerda antes de tiempo».

Más adelante:

«Nunca responder a la transmisión».

Adriana frunció el ceño.

¿Cómo podía responderse a una radio?

Encontró una página doblada.

Dentro había un esquema del aparato.

Su abuelo había marcado una pequeña entrada en la parte posterior.

MIC.

Adriana regresó al apartamento y examinó la radio.

Había un conector antiguo oculto debajo de una tapa.

Su abuelo había retirado deliberadamente el cable del micrófono.

Aquella noche el boletín comenzó a las 23:58.

Adriana escuchó.

Una mujer ganaría un premio local.

Un comercio sufriría un robo.

La lluvia inundaría dos calles.

Después la voz cambió.

—Última información.

Hubo varios segundos de silencio.

—La madrugada del sábado 19 de abril, Adriana Montalvo desaparecerá de su domicilio.

Adriana dejó de respirar.

La voz continuó.

—La policía encontrará la puerta cerrada, todas sus pertenencias en el interior y un receptor de radio encendido en la frecuencia 91.3.

La transmisión terminó.

Adriana miró el calendario.

Faltaban veinticuatro horas.

No durmió.

Por la mañana llamó a su hermana.

Le explicó únicamente que necesitaba pasar la noche fuera.

No mencionó la radio.

Reservó una habitación en un hotel de otra ciudad.

Si la noticia decía que desaparecería de su domicilio, bastaba con no estar allí.

Salió a las seis de la tarde.

La carretera estaba bloqueada.

Un deslizamiento había cerrado el único acceso rápido.

Adriana recordó el boletín de la noche anterior.

Había mencionado lluvias e inundaciones.

Aquello también formaba parte del futuro.

Intentó tomar un autobús.

Cancelado.

Llamó a su hermana.

—Voy a tu casa.

—No puedo —respondió ella—. Estoy en urgencias con Mateo. Se cayó jugando.

Adriana cerró los ojos.

También había escuchado aquella noticia.

No había prestado atención porque no conocía el nombre del niño mencionado.

Mateo era su sobrino.

Regresó al apartamento poco antes de las once.

No quería estar allí.

Pero comprendía algo terrible.

Cada decisión que tomaba para evitar el boletín parecía conducirla hacia él.

A las 23:40 desconectó la radio.

La llevó hasta el pasillo.

Quitó incluso el cable de alimentación.

A las 23:58 se encendió sola.

La escala iluminó la habitación.

91.3.

La melodía comenzó.

Adriana retrocedió.

—Boletín informativo. Sábado 19 de abril.

La voz parecía diferente.

Más próxima.

Familiar.

Adriana llevaba días escuchándola y nunca había reparado en ello.

Ahora comprendió por qué.

Era su voz.

Distorsionada.

Más cansada.

Pero suya.

—A las nueve quince se restablecerá el tránsito en la carretera norte.

Adriana se acercó lentamente.

—A las once cuarenta y tres...

La voz continuó leyendo acontecimientos.

Después se escuchó un ruido fuera de la transmisión.

Tres golpes.

La locutora guardó silencio.

Adriana oyó claramente su propia respiración desde el altavoz.

Entonces la voz dijo:

—Si estás escuchando esto, todavía no has encontrado la estación.

La emisión cambió.

Ya no parecía un boletín.

—Abuelo tenía razón. No respondas por el micrófono. Ven a la estación antes de las 00:43.

Adriana se quedó helada.

—¿Qué estación?

La radio respondió.

—La vieja emisora municipal. Avenida del Cerro.

La señal se cortó.

Aquello no había ocurrido antes.

El cuaderno de su abuelo decía que nunca debía responder.

Pero la persona al otro lado acababa de hablar directamente con ella.

Y tenía su voz.

Adriana buscó la dirección.

La emisora municipal había cerrado en 1994.

El edificio seguía abandonado en una colina a las afueras.

Miró la hora.

00:11.

Si se quedaba, desaparecería de su apartamento.

La transmisión ya lo había anunciado.

Salió.

Llegó a la estación a las 00:36.

La puerta principal estaba abierta.

Dentro encontró antiguos estudios, cintas magnéticas y equipos cubiertos de polvo.

Una luz roja permanecía encendida al final del corredor.

ESTUDIO 3.

Entró.

En el centro había una consola.

Sobre la mesa descansaba un micrófono.

Y un cuaderno.

Adriana reconoció la letra.

Era la suya.

La primera página estaba fechada:

19 DE ABRIL.

Mañana.

Pasó las hojas.

Contenían los mismos boletines que había escuchado durante los últimos días.

Palabra por palabra.

La última página decía:

«A las 00:43 comenzará la transmisión hacia el 18 de abril».

Adriana miró el reloj de pared.

00:42.

La consola se encendió.

Una pantalla verde mostró:

ENLACE -24:00 HORAS ESTABLECIDO.

Entonces comprendió.

La radio no recibía noticias creadas por una entidad.

Recibía emisiones realizadas desde aquel estudio exactamente veinticuatro horas en el futuro.

Las noticias existían porque alguien estaba allí para narrarlas.

Y esa persona era ella.

El reloj marcó 00:43.

Una luz roja se encendió sobre el micrófono.

TRANSMITIENDO.

Adriana no habló.

La pantalla comenzó a parpadear.

ERROR DE CONTINUIDAD.

Fuera del estudio, algo golpeó la puerta.

Tres veces.

Abrió el cuaderno.

En el margen había una frase escrita apresuradamente:

«Si no transmites lo que ya escuchaste, rompes la secuencia.

No sé qué ocurre entonces.

El abuelo lo intentó una vez».

Debajo:

«Por eso retiró el micrófono».

Adriana recordó que su abuelo había muerto tranquilamente en su cama.

Había encontrado alguna forma de salir.

Buscó sus anotaciones más antiguas.

En una hoja pegada al final encontró:

«La estación no predice acontecimientos.

La estación conserva una continuidad.

Quien escucha el futuro acaba produciendo la transmisión que ya escuchó.

Pero solo queda atrapado si responde desde el receptor.

Nunca cierres el circuito hablando desde ambos lados».

Adriana comprendió por fin la advertencia.

Su abuelo había escuchado boletines.

Pero jamás había respondido a la voz del futuro.

Ella tampoco.

Todavía.

El mensaje personal que recibió no había sido una respuesta a ella.

Era una grabación que su versión futura sabía que escucharía.

El circuito seguía abierto.

Podía transmitir y marcharse.

Adriana tomó el micrófono.

Leyó exactamente los boletines escritos.

Sin añadir nada.

Cuando llegó al último, pronunció:

—La madrugada del sábado 19 de abril, Adriana Montalvo desaparecerá de su domicilio.

Era cierto.

A esa hora ya había abandonado su apartamento.

Para quien investigara después, habría desaparecido de allí.

No significaba necesariamente que moriría.

El boletín nunca había dicho eso.

Después leyó el mensaje personal.

—Si estás escuchando esto, todavía no has encontrado la estación...

Repitió exactamente las palabras.

Cuando terminó, la luz roja se apagó.

00:49.

La puerta del estudio se abrió.

Adriana salió.

Nadie la detuvo.

Regresó a casa al amanecer.

Su hermana había llamado a la policía porque no podía localizarla.

La noticia terminó circulando durante algunas horas:

«Mujer reportada como desaparecida regresa a su domicilio».

El boletín no había mentido.

Simplemente no había contado toda la historia.

Adriana creyó que aquello había terminado.

Destruyó el micrófono.

Guardó el aparato de su abuelo y dejó de encenderlo.

Durante casi un año no volvió a escuchar 91.3.

Hasta anoche.

A las 23:58, la radio comenzó a funcionar dentro del armario.

Adriana no la había conectado.

La melodía sonó.

Después escuchó su propia voz.

Mucho más vieja.

—Boletín informativo. Domingo 21 de abril de 2047.

Adriana se quedó inmóvil.

La fecha estaba veintiún años en el futuro.

La voz comenzó a enumerar acontecimientos que todavía no comprendía.

Nombres desconocidos.

Lugares que aún no existían.

Finalmente dijo:

—Última información.

Hubo una pausa.

—Esta será la última transmisión de Adriana Montalvo.

Desde el fondo de la grabación llegaron tres golpes.

La voz añadió:

—Esta vez, no vengas a buscarme.

La radio se apagó.

Adriana no sabe qué ocurrirá dentro de veintiún años.

Tampoco sabe cómo una señal que solo podía viajar veinticuatro horas ha conseguido cruzar más de dos décadas.

Pero esta mañana encontró el viejo cuaderno de su abuelo abierto sobre la mesa.

En una página que estaba vacía apareció una nueva frase:

«La primera vez, la radio te cuenta mañana.

Después aprende cuánto tiempo estás dispuesto a esperar».

Por eso, si alguna noche encuentras una emisora que anuncia noticias del día siguiente, no intentes ganar dinero con ella.

No intentes cambiar lo que escuchas.

Y si alguna vez la voz del locutor comienza a parecerse demasiado a la tuya, presta atención.

Porque quizá no estés escuchando el futuro.

Quizá estés escuchando el momento exacto en que tú mismo tendrás que sentarte frente a un micrófono para asegurarte de que el pasado ocurra como lo recuerdas.

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