
La niña del pasillo infinito
La primera vez que Samuel vio a la niña, pensó que era una huésped perdida.
Estaba de pie al final del pasillo del séptimo piso, bajo una lámpara que parpadeaba con un ritmo irregular. Llevaba un vestido gris, zapatos oscuros y el cabello negro recogido en dos trenzas. No parecía tener más de nueve años.
Samuel había comenzado su turno nocturno hacía menos de veinte minutos. Trabajaba como vigilante en el Hotel Imperial, un edificio antiguo que había sobrevivido a incendios, terremotos, cambios de propietario y décadas de abandono parcial.
El hotel tenía doce pisos, aunque solo los primeros ocho estaban abiertos al público. Los niveles superiores permanecían clausurados desde una remodelación inconclusa. Según la administración, las instalaciones eléctricas eran inestables y algunas paredes presentaban daños estructurales.
Samuel sospechaba que había otra razón.
Los empleados evitaban hablar de los pisos cerrados.
Cuando alguien preguntaba, cambiaban de tema.
La niña observaba una de las puertas.
—¿Estás perdida? —preguntó Samuel.
Ella giró lentamente la cabeza.
La distancia era demasiado grande para distinguir sus facciones, pero Samuel tuvo la impresión de que sonreía.
—Mi habitación no aparece —respondió.
Su voz llegó con claridad, aunque se encontraba a más de treinta metros.
Samuel revisó el pasillo.
Todas las puertas estaban numeradas. La 701 comenzaba junto a los ascensores y la 728 se encontraba al fondo.
—¿Cuál es tu habitación?
La niña levantó una mano y señaló la pared.
—La que está después de la última.
Samuel avanzó.
La luz volvió a parpadear.
Durante un instante el pasillo quedó a oscuras.
Cuando la iluminación regresó, la niña había desaparecido.
Samuel caminó hasta el lugar donde la había visto.
No encontró ninguna puerta sin numerar.
Solo estaba la habitación 728 y, junto a ella, una ventana estrecha cubierta por una cortina pesada. Miró hacia el exterior. La lluvia cubría la ciudad y deformaba las luces de los automóviles.
Llamó a recepción.
—Marta, ¿hay alguna familia alojada en el séptimo piso?
La recepcionista revisó el sistema.
—Solo tenemos ocupadas la 704, la 711 y la 723.
—¿Alguna tiene una niña?
—En la 711 hay un matrimonio mayor. En la 723, un viajante. La 704 está reservada para una mujer sola.
Samuel explicó lo sucedido.
Marta guardó silencio durante algunos segundos.
—¿La niña llevaba trenzas?
Samuel miró hacia el final del pasillo.
—Sí.
—Baja a recepción.
—¿Por qué?
—Solo baja.
Samuel tomó el ascensor.
Cuando llegó al vestíbulo, Marta había cerrado el acceso al mostrador y sostenía una taza con ambas manos. Era una mujer de cincuenta años que llevaba casi dos décadas trabajando en el hotel.
—¿Qué viste exactamente? —preguntó.
Samuel repitió la historia.
Marta escuchó sin interrumpirlo.
—¿Te preguntó tu nombre?
—No.
La recepcionista pareció aliviada.
—Entonces no vuelvas a hablarle.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Acabas de reconocerla.
Marta miró hacia los ascensores.
—La gente cuenta historias. Eso es todo.
—¿Qué historias?
Antes de que respondiera, el teléfono de recepción comenzó a sonar.
La pantalla mostraba una llamada interna procedente de la habitación 729.
Samuel conocía la numeración del hotel.
No existía una habitación 729.
Marta dejó la taza.
El teléfono continuó sonando.
—No contestes —dijo.
Samuel observó la pantalla.
—Puede ser un error del sistema.
—No contestes.
La llamada se interrumpió.
Un segundo después, el teléfono volvió a sonar.
Habitación 729.
Samuel extendió la mano.
Marta le sujetó la muñeca.
—La última persona que contestó desapareció dentro del hotel.
Samuel apartó la mano.
—¿Cómo puede alguien desaparecer dentro de un edificio lleno de cámaras?
—Las cámaras no siempre muestran el mismo edificio.
El teléfono dejó de sonar.
En la pequeña pantalla apareció un mensaje:
«SAMUEL, ENCONTRÉ MI HABITACIÓN».
Samuel sintió frío.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Marta cerró los ojos.
—Te vio el uniforme.
—La placa está en mi bolsillo.
La recepcionista miró hacia el corredor principal.
Las puertas del ascensor se abrieron.
No había nadie dentro.
Sin embargo, el panel indicaba que la cabina había descendido desde el piso nueve.
Samuel se acercó.
En el suelo del ascensor había pequeñas huellas mojadas.
Parecían pertenecer a una niña.
Marta pulsó el botón para cerrar las puertas.
—Esta noche no subiremos al séptimo piso.
—Hay huéspedes allí.
—Los trasladaremos.
Llamaron a las tres habitaciones ocupadas.
El matrimonio de la 711 aceptó bajar. El viajante de la 723 también contestó y prometió recoger sus cosas.
La mujer de la 704 no respondió.
Samuel y Marta esperaron en recepción.
Diez minutos después llegó el matrimonio. Dijeron haber escuchado a una niña corriendo por el pasillo, pero no le dieron importancia.
El viajante apareció poco después. Estaba molesto porque lo obligaban a cambiar de habitación.
—Hay alguien jugando con las puertas —dijo—. Llamaron tres veces a la mía.
—¿Vio quién era? —preguntó Samuel.
—Una niña.
Marta palideció.
—¿Habló con ella?
—Le dije que dejara de molestar.
—¿Le preguntó algo?
El hombre se encogió de hombros.
—Quería saber qué habitación venía después de la 728.
Las luces del vestíbulo se apagaron.
Durante cinco segundos, el hotel quedó completamente oscuro.
Cuando regresó la electricidad, el viajante ya no estaba.
Su maleta permanecía junto al mostrador.
Marta gritó su nombre.
Nadie respondió.
Samuel revisó la entrada, el restaurante y los baños. Después examinó las grabaciones de seguridad.
La cámara del vestíbulo mostraba al hombre hablando con ellos.
Las luces se apagaban.
Cuando la imagen regresaba, el viajante seguía allí.
En la grabación permanecía inmóvil, mirando hacia los ascensores.
Samuel y Marta no aparecían.
—Eso no ocurrió —dijo Samuel.
En el video, el hombre caminó hasta el ascensor abierto.
Dentro de la cabina se encontraba la niña.
El viajante entró.
Las puertas se cerraron.
La pantalla de la cámara se llenó de interferencias.
Cuando la imagen regresó, el reloj de la grabación había avanzado cuarenta y tres minutos.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Samuel.
Marta señaló el indicador del ascensor.
La cabina permanecía detenida en el piso nueve.
—Ese piso está cerrado —dijo Samuel.
—No durante la noche.
Marta le contó entonces la historia.
En 1986, el Hotel Imperial sufrió un incendio durante una celebración. Las llamas comenzaron en el séptimo piso y se extendieron por las escaleras de servicio. Aunque la mayoría de los huéspedes logró salir, una niña llamada Elisa Montalvo desapareció.
Su familia aseguró que se alojaban en la habitación 729.
El problema era que esa habitación nunca había existido.
Los planos de aquella época terminaban en la 728, exactamente igual que los actuales.
Los bomberos buscaron a Elisa durante tres días. Revisaron conductos, depósitos, ascensores y habitaciones. No encontraron ningún rastro.
Meses después, los huéspedes comenzaron a verla en los pasillos.
Preguntaba por su habitación.
Algunas personas intentaban ayudarla. Otras se limitaban a responder.
Varias desaparecieron.
—La dirección cubrió los casos —dijo Marta—. Decían que los huéspedes habían abandonado el hotel sin pagar. Después instalaron cámaras y cerraron los pisos superiores.
—¿Por qué no cerraron el séptimo?
—Porque la niña no siempre aparece allí.
Samuel miró el panel de los ascensores.
El número nueve seguía iluminado.
—Tenemos que buscar al viajante.
—Ya no está en nuestro hotel.
—Lo vimos entrar al ascensor.
—Entró en otro pasillo.
Samuel no aceptaba aquella explicación.
Tomó la radio, una linterna y las llaves maestras.
Marta se interpuso.
—No subas.
—Hay dos personas desaparecidas. El viajante y la mujer de la 704.
—La mujer no está desaparecida.
—No contesta.
Marta bajó la mirada.
—La habitación 704 está vacía.
—Dijiste que estaba ocupada.
—Eso muestra el sistema desde hace tres noches, pero nadie se registró con ese número de reserva.
Samuel sintió un nudo en el estómago.
En la pantalla de recepción, la habitación 704 figuraba a nombre de Elisa Montalvo.
La fecha de entrada era el 18 de octubre de 1986.
La fecha de salida estaba en blanco.
El ascensor emitió un sonido.
Las puertas se abrieron.
En el interior había una nota doblada.
Samuel la recogió.
«EL HOMBRE NO SABE VOLVER».
Debajo aparecía un dibujo infantil: un pasillo largo lleno de puertas y una figura de pie en el centro.
—Voy a subir —dijo Samuel.
—Entonces no uses el ascensor.
Subieron por la escalera de emergencia.
Marta decidió acompañarlo, aunque no dejaba de repetir que debían regresar.
Al llegar al séptimo piso encontraron el corredor vacío.
Las puertas de las habitaciones permanecían cerradas. Las lámparas funcionaban con normalidad.
Samuel caminó hasta la 704.
Llamó.
—¿Señora Montalvo?
Marta lo miró con furia.
—Te dije que no hablaras con ella.
Desde el interior llegó la voz de una niña.
—Esa no es mi habitación.
El picaporte comenzó a girar.
Samuel utilizó la llave maestra y abrió.
La habitación estaba vacía.
No había maletas, ropa ni señales de que alguien se hubiera hospedado allí. Sin embargo, sobre la cama encontraron decenas de dibujos.
Todos mostraban el mismo corredor.
En cada dibujo era más largo.
Las primeras hojas tenían seis puertas.
Las siguientes, veinte.
Después cien.
En el último dibujo, el pasillo no terminaba.
Marta tomó una de las hojas.
En la parte posterior había una frase:
«CUANDO NADIE RECUERDE LA SALIDA, EL PASILLO PODRÁ QUEDARSE CON EL HOTEL».
Escucharon un golpe al fondo del corredor.
La puerta de la habitación 728 se abrió.
El viajante salió.
Estaba pálido y descalzo.
—Gracias a Dios —murmuró—. Llevo horas buscando el ascensor.
Samuel corrió hacia él.
—¿Dónde estaba?
El hombre señaló la habitación.
—Entré por esa puerta.
Samuel miró el número 728.
—Usted entró al ascensor.
—No. La niña me dijo que había una escalera dentro de la habitación.
Marta observó sus pies.
—¿Dónde están sus zapatos?
El viajante miró hacia abajo.
—No lo sé.
—¿Qué vio en el pasillo?
—Puertas.
—¿Cuántas?
—No pude contarlas.
Marta retrocedió.
—No es él.
El hombre levantó la cabeza.
—Claro que soy yo.
—¿Cuál es su nombre?
El viajante abrió la boca.
No respondió.
Su rostro cambió.
No de forma brusca, sino como una imagen desenfocada que intentara corregirse. Los ojos parecieron desplazarse ligeramente y la sonrisa quedó demasiado inmóvil.
—Mi nombre está en mi habitación —dijo.
Las luces se apagaron.
Samuel oyó pasos corriendo hacia ellos.
Encendió la linterna.
El viajante había desaparecido.
Al fondo del corredor estaba la niña.
—Samuel —dijo—. Ya encontré la puerta.
Detrás de ella había aparecido una entrada que no existía antes.
Una placa dorada mostraba el número 729.
La niña abrió la puerta y entró.
Samuel corrió detrás de ella.
—¡Espera!
Marta intentó detenerlo, pero llegó tarde.
Samuel cruzó el umbral.
La puerta se cerró.
Al otro lado no había una habitación.
Había otro pasillo.
Era idéntico al séptimo piso, pero mucho más largo. Las lámparas se extendían hasta perderse en la distancia. Había puertas a ambos lados, todas sin numeración.
Samuel intentó regresar.
Detrás de él solo encontró una pared.
—Elisa —llamó.
Su voz produjo un eco que pareció viajar durante varios minutos.
La niña apareció bajo una lámpara lejana.
—No debes gritar —dijo—. Despiertas a las habitaciones.
Samuel avanzó.
—¿Dónde está el hombre?
—Buscando su puerta.
—Quiero ayudarlo.
—Todos quieren ayudar al principio.
La niña comenzó a caminar.
Samuel la siguió.
A medida que avanzaban, escuchaba sonidos detrás de las puertas: conversaciones, televisores, risas, llanto, teléfonos y golpes. Algunas voces pronunciaban nombres.
Reconoció la voz de Marta.
—Samuel, vuelve.
Se detuvo.
Elisa negó con la cabeza.
—Esa puerta aprendió su voz.
—¿Qué es este lugar?
—El hotel cuando nadie lo está mirando.
Pasaron junto a una puerta entreabierta.
Samuel vio el vestíbulo del Imperial al otro lado. Él mismo estaba frente al mostrador hablando con Marta.
Era la escena de hacía una hora.
En otra habitación vio el incendio de 1986. Los huéspedes corrían entre el humo mientras una niña golpeaba una pared.
—¿Estabas atrapada? —preguntó Samuel.
Elisa continuó caminando.
—Me escondí.
—¿Dónde?
—En una habitación que no debía estar allí.
—¿Por qué no saliste?
—La puerta desapareció.
Samuel comprendió que Elisa no era necesariamente la causa de las desapariciones. Podía ser otra prisionera.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No hay tiempo en el pasillo.
—¿Quieres salir?
La niña se detuvo.
—Quise salir durante muchos años.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero encontrar mi habitación.
Samuel observó las puertas interminables.
—¿Qué hay dentro?
Elisa lo miró.
Por primera vez pudo distinguir su rostro. Era pálido y triste. Sus ojos parecían demasiado antiguos para una niña.
—Mi familia.
Una puerta cercana comenzó a golpear.
—Samuel —gritó Marta desde el otro lado—. No la sigas.
Él acercó la mano al picaporte.
Elisa lo sujetó.
Su piel estaba helada.
—No es ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Marta nunca entró al pasillo.
Samuel se apartó.
Siguieron avanzando.
Después de un tiempo imposible de calcular, encontraron al viajante.
Estaba sentado en el suelo frente a una puerta. Había recuperado sus zapatos, pero parecía mucho más viejo. Su cabello estaba gris y su rostro cubierto de arrugas.
—No recuerdo mi número —dijo cuando vio a Samuel—. Sé que tenía una habitación, pero no recuerdo cuál.
—La 723.
El hombre sonrió.
—Gracias.
Una placa apareció sobre la puerta.
723.
El viajante la abrió.
Al otro lado estaba su habitación en el Hotel Imperial.
Corrió hacia ella.
Antes de cruzar, Samuel vio algo moverse bajo la cama.
Intentó advertirle, pero la puerta se cerró.
Un grito resonó en el corredor.
Después, silencio.
La placa cambió.
Ya no decía 723.
Ahora mostraba el nombre completo del hombre.
Las letras parecían grabadas desde el interior.
—Las habitaciones coleccionan recuerdos —explicó Elisa—. Cuando una persona olvida quién es, pueden quedarse con ella.
Samuel pensó en su nombre.
Lo repitió mentalmente.
Samuel Ortega.
Vigilante nocturno.
Treinta y cuatro años.
Vivía en un apartamento pequeño junto a la estación.
Su madre se llamaba Rosa.
Su hermano, Andrés.
Repitió los datos una y otra vez.
—Eso no funcionará —dijo Elisa—. El pasillo puede oír tus pensamientos.
Las lámparas comenzaron a apagarse detrás de ellos.
Una por una.
La oscuridad avanzaba.
—Tenemos que correr —dijo la niña.
Samuel la siguió.
Las puertas se abrieron a su paso.
De cada habitación salían figuras incompletas: huéspedes sin rostro, sombras con uniformes antiguos, personas que repetían la última frase que habían dicho antes de desaparecer.
La oscuridad se acercaba.
Elisa señaló una puerta roja.
—Entra.
Samuel la abrió.
Aparecieron en una versión destruida del séptimo piso. Las paredes estaban quemadas y el suelo cubierto de ceniza. Las llamas no producían calor.
Una alarma de incendios sonaba a lo lejos.
Elisa caminó hasta la pared situada después de la habitación 728.
—Aquí me escondí.
En la pared había un pequeño hueco.
—Durante el incendio escuché a mi madre llamándome —continuó—. Seguí su voz y encontré una puerta. Creí que llevaba a las escaleras.
—Pero era el pasillo.
Elisa asintió.
—La puerta me preguntó mi nombre.
—¿Y se lo dijiste?
—Sí.
La pared se abrió.
Detrás había una habitación infantil.
Una mujer y un hombre estaban sentados junto a una cama. Una adolescente permanecía junto a la ventana. Todos llevaban ropa de la década de 1980.
La madre extendió los brazos.
—Elisa, por fin regresaste.
La niña dio un paso.
Samuel la detuvo.
Las tres figuras sonreían.
Ninguna parpadeaba.
—No son ellos —dijo.
Elisa comenzó a llorar.
—Llevo mucho tiempo buscándolos.
—Es una habitación que aprendió sus voces.
La madre volvió a hablar.
—Elisa, ven con nosotros.
Samuel cerró la puerta.
La niña golpeó su pecho.
—¡Ábrela!
—No era tu familia.
—¡Tú no sabes nada!
Las llamas crecieron alrededor.
El techo comenzó a crujir.
Samuel se arrodilló frente a ella.
—Tu familia salió del incendio. Te buscaron durante años.
Elisa dejó de forcejear.
—¿Cómo lo sabes?
Samuel no lo sabía.
Pero recordó algo que Marta había dicho: la familia aseguró que se alojaba en la habitación 729. Continuaron buscándola incluso cuando el hotel negó que esa habitación existiera.
—No dejaron de buscarte.
Las llamas se apagaron.
La habitación roja desapareció.
Regresaron al pasillo infinito.
Frente a ellos había una puerta nueva.
No tenía número.
Solo una palabra:
SALIDA.
Elisa la observó.
—Nunca había aparecido.
Samuel giró el picaporte.
Al otro lado estaba el vestíbulo del hotel.
Marta se encontraba junto al mostrador, hablando por radio.
—Vamos —dijo Samuel.
Elisa no se movió.
—No puedo salir.
—La puerta está abierta.
—Alguien tiene que recordar el pasillo desde dentro.
Samuel comprendió.
El corredor no quería perder a todos sus prisioneros.
—Entonces sal tú.
—Si salgo, el pasillo tomará otra forma. Entrará en el hotel.
—¿Y si salimos juntos?
—La salida se cerrará antes.
La oscuridad volvió a avanzar desde el fondo.
Las puertas temblaban.
Samuel extendió la mano.
—Confía en mí.
Elisa la tomó.
Corrieron.
La salida comenzó a reducirse.
Samuel empujó a la niña hacia el vestíbulo. Ella cruzó y cayó junto al mostrador.
Cuando Samuel intentó seguirla, la puerta se cerró sobre su brazo.
Marta corrió hacia ellos.
Sujetó a Samuel y tiró con todas sus fuerzas.
Durante un instante, él quedó atrapado entre ambos lugares.
Vio el vestíbulo frente a él.
Detrás, el pasillo se llenaba de figuras.
El viajante estaba entre ellas.
También había empleados desaparecidos, huéspedes de otras épocas y versiones incompletas de personas que todavía seguían vivas.
Una figura permanecía al final.
Tenía el aspecto de Samuel.
—No puedes salir —dijo con su voz—. Ya aprendimos tu nombre.
Elisa colocó la mano sobre la puerta.
—Entonces olvídalo.
Todas las placas del pasillo comenzaron a caer.
Los nombres se borraron.
La oscuridad emitió un sonido profundo, parecido al crujido de un edificio entero.
Marta tiró una vez más.
Samuel atravesó la salida.
La puerta desapareció.
Las luces del hotel se encendieron.
El reloj de recepción marcaba las tres y diecisiete.
Solo habían pasado siete minutos.
Elisa permanecía sentada en el suelo.
Parecía una niña real, aunque su vestido estaba cubierto de ceniza.
Marta se arrodilló frente a ella.
—¿Eres Elisa Montalvo?
La niña abrió la boca.
No pudo responder.
Había olvidado su nombre.
La policía llegó al amanecer.
No encontraron al viajante.
Tampoco hallaron ninguna habitación 729.
Las cámaras mostraban a Samuel entrando en el ascensor solo y regresando siete minutos después con una niña que no aparecía en ninguna grabación anterior.
Los documentos confirmaron su identidad mediante fotografías antiguas y pruebas familiares.
Elisa Montalvo tenía nueve años cuando desapareció en 1986.
No había envejecido.
La trasladaron a un hospital y después quedó bajo la protección de familiares lejanos. Los médicos nunca pudieron explicar su estado.
Durante varias semanas no habló.
Cuando finalmente recuperó la voz, solo dijo una frase:
—El pasillo necesita un nuevo nombre.
El Hotel Imperial cerró poco después.
Los propietarios anunciaron una remodelación completa, pero los trabajadores abandonaron el proyecto. Aseguraban que los corredores cambiaban de longitud durante la noche y que aparecían puertas donde antes había paredes.
El edificio permanece vacío.
Samuel dejó su trabajo y se mudó a otra ciudad.
Intentó olvidar lo ocurrido.
Pero comenzó a notar pequeños cambios en los lugares que visitaba.
El corredor de su apartamento parecía más largo algunas noches.
En la oficina donde consiguió empleo, la puerta del baño aparecía dos metros más lejos después de medianoche.
En los hoteles evitaba mirar la numeración de las habitaciones.
Sabía que el pasillo no había desaparecido.
Solo había perdido su entrada.
Durante meses, no ocurrió nada más.
Hasta que Samuel recibió una carta sin remitente.
Dentro había un dibujo infantil.
Mostraba un corredor infinito.
En el centro aparecía una niña tomada de la mano de un hombre.
Al final había una puerta marcada con el número 729.
En la parte posterior, alguien había escrito:
«GRACIAS POR DARLE TU NOMBRE».
Samuel sintió un vacío en la memoria.
Intentó recordar su segundo apellido.
No pudo.
Después olvidó el número de su apartamento.
Más tarde, el rostro de su hermano comenzó a desdibujarse en sus recuerdos.
Cada pérdida hacía que el pasillo de su casa creciera.
Primero apareció una puerta nueva entre la cocina y el dormitorio.
Luego otra.
Después cinco.
Samuel escribió su nombre en las paredes para no olvidarlo.
SAMUEL ORTEGA.
Lo escribió en los espejos, en el suelo y en sus manos.
Pero las letras desaparecían durante la noche.
Una madrugada despertó al escuchar pasos infantiles.
Salió de su habitación.
El corredor se extendía hasta perderse en la oscuridad.
Las puertas de su apartamento habían sido reemplazadas por habitaciones numeradas.
Al final, bajo una lámpara que parpadeaba, estaba Elisa.
Parecía más alta.
Había envejecido algunos años.
—Lo siento —dijo.
Samuel intentó recordar su nombre.
Solo encontró un espacio vacío.
—¿Quién soy?
Elisa señaló la última puerta.
—Tu habitación está después de esa.
—¿Cuál es el número?
—No tiene número.
Samuel miró las paredes.
Decenas de nombres estaban grabados en ellas.
Algunos pertenecían a personas desaparecidas.
Otros eran nombres que había leído en periódicos.
También había nombres desconocidos.
Uno parecía reciente.
Era el nombre de alguien que todavía no había entrado.
Samuel quiso advertirle.
Quiso gritar que no respondiera si una niña le preguntaba por una habitación inexistente.
Pero el pasillo ya había comenzado a aprender otra voz.
Quizá la tuya.
Por eso, si alguna noche encuentras una puerta nueva en tu casa, no la abras.
Si el corredor parece más largo, no intentes llegar al final.
Y si ves a una niña de trenzas bajo una lámpara parpadeante, no le preguntes si está perdida.
Ella no está buscando su habitación.
Está buscando a alguien que recuerde el camino en su lugar.
Y cuando te pregunte tu nombre, guarda silencio.
Porque en el pasillo infinito, los nombres no sirven para identificar a las personas.
Sirven para marcar las puertas.
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