
La primera llamada llegó a las 2:41 de la madrugada.
Álvaro estaba dormido cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. Abrió los ojos con dificultad y miró la pantalla.
Número desconocido.
Estuvo a punto de ignorarlo, pero algo lo hizo contestar.
—¿Hola?
Durante varios segundos solo escuchó un leve ruido de fondo.
Un zumbido.
Luego, una respiración.
—¿Quién habla?
Una voz femenina respondió:
—¿Puedes venir?
Álvaro se incorporó.
—¿Quién eres?
La mujer pareció respirar con dificultad.
—Estoy en el apartamento de arriba.
Álvaro miró hacia el techo.
Vivía en el 6B.
El apartamento 7B llevaba vacío casi un año.
—Se ha equivocado de número.
—No.
La voz habló más bajo.
—Estoy justo encima de ti.
La llamada se cortó.
Álvaro permaneció sentado unos minutos, tratando de decidir si debía preocuparse.
El edificio era antiguo y tenía problemas eléctricos. A veces se escuchaban golpes en las tuberías o crujidos que parecían pasos. Era posible que alguien hubiera entrado en el apartamento vacío.
Podría ser una persona herida.
O un ladrón.
Se vistió, tomó una linterna y salió al pasillo.
El ascensor estaba detenido en el séptimo piso.
Álvaro decidió subir por las escaleras.
Cada peldaño producía un eco distinto.
Cuando llegó arriba, encontró el corredor completamente oscuro.
La única luz provenía del letrero verde de salida.
El apartamento 7B estaba al fondo.
La puerta permanecía cerrada.
Álvaro golpeó.
—¿Hola?
Nada.
Volvió a llamar.
—¿Hay alguien dentro?
El teléfono sonó en su bolsillo.
Número desconocido.
Contestó.
—Estoy en la puerta.
—Ya lo sé.
Álvaro miró alrededor.
—Ábreme.
La voz permaneció en silencio.
Después dijo:
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque estoy al otro lado.
Álvaro sintió un escalofrío.
—¿Al otro lado de qué?
La llamada terminó.
Bajó de inmediato.
A la mañana siguiente preguntó al portero por el apartamento.
—¿El 7B? —repitió Ernesto, mientras ordenaba unas cartas—. Sigue vacío.
—¿Seguro?
—Desde que murió la señora Ferrer.
Álvaro no sabía que alguien había muerto allí.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace once meses.
—¿Murió dentro?
Ernesto levantó la mirada.
—Sí.
Parecía incómodo.
—¿Qué ocurrió?
—La encontraron en el dormitorio. Nada extraño, según la policía. Era mayor.
—¿Vivía sola?
El portero dudó.
—Casi siempre.
Aquella respuesta le llamó la atención.
—¿Casi?
—Tenía una hija.
—¿Vivía con ella?
Ernesto negó con la cabeza.
—No exactamente.
Álvaro esperó una explicación, pero el hombre volvió a ordenar las cartas.
—¿La hija sigue teniendo las llaves?
—No lo sé.
Álvaro regresó a su apartamento.
Intentó olvidarlo.
Durante el día no ocurrió nada.
Pero a las 2:41 de la madrugada, el teléfono volvió a sonar.
Número desconocido.
Esta vez no contestó.
La llamada terminó.
Volvió a empezar.
Álvaro apagó el teléfono.
Un minuto después sonó el teléfono fijo del apartamento.
No lo utilizaba desde hacía meses.
Lo miró desde la cama.
El timbre continuó.
Finalmente respondió.
—¿Qué quieres?
La misma voz.
—Anoche casi llegaste.
—¿Quién eres?
—Eva.
—¿Eva Ferrer?
Hubo una pausa.
—Sí.
—¿Eres la hija?
La respiración aumentó.
—No deberías preguntarme eso.
Álvaro apretó el auricular.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—El apartamento está vacío.
—Eso depende de cuándo mires.
La línea quedó en silencio unos segundos.
Entonces escuchó algo.
Un golpe.
Luego otro.
Sonaban detrás de la voz, como si alguien estuviera golpeando una puerta.
—¿Qué es eso?
—Ella quiere entrar.
—¿Quién?
—Mi madre.
Álvaro se quedó inmóvil.
—Tu madre está muerta.
La mujer comenzó a llorar.
—Por eso no quiero abrirle.
La comunicación se cortó.
Álvaro no durmió.
A la mañana siguiente buscó información sobre la señora Ferrer.
Encontró una noticia vieja del periódico local.
«MUJER HALLADA MUERTA EN APARTAMENTO DEL CENTRO».
La nota era breve.
Leonor Ferrer, setenta y cuatro años, había sido encontrada por el portero después de varios días sin responder.
No había señales de violencia.
Sin embargo, una frase destacaba:
«La policía continúa intentando localizar a su hija, Eva Ferrer, de treinta y dos años, cuyo paradero se desconoce».
Álvaro siguió buscando.
Encontró una segunda noticia publicada una semana después.
Eva Ferrer no había aparecido.
Sus fotografías circulaban en redes sociales.
Tenía el cabello oscuro y un lunar junto al ojo izquierdo.
Álvaro sintió un nudo en el estómago.
Si Eva estaba desaparecida desde antes de que su madre muriera, ¿quién lo estaba llamando?
Esa tarde habló nuevamente con Ernesto.
—¿Qué pasó con Eva?
El portero se puso tenso.
—No sé.
—La policía nunca la encontró.
—Eso dicen.
—¿Usted la conocía?
Ernesto dejó las cartas.
—La señora Leonor decía que Eva vivía con ella. Pero casi nadie la veía.
—¿Por qué?
—Porque Eva tenía problemas.
—¿Qué clase de problemas?
—No sé. No salía mucho. Durante meses, Leonor decía que su hija estaba enferma.
—¿Y después?
Ernesto bajó la voz.
—Después empezó a decir que Eva ya no era su hija.
Álvaro esperó.
—¿Qué quería decir con eso?
—Que algo había cambiado.
Según Ernesto, Leonor comenzó a comportarse de manera extraña unos meses antes de morir. Aseguraba que Eva hablaba con alguien dentro del apartamento cuando estaba sola.
También decía que escuchaba su propia voz llamándola desde habitaciones vacías.
Una noche, Leonor bajó a recepción aterrada.
—Me dijo que había dos Evas —explicó Ernesto—. Una que dormía en el dormitorio y otra que caminaba por la casa de madrugada.
Álvaro sintió un escalofrío.
—¿Y usted qué pensó?
—Que la señora estaba perdiendo la cabeza.
—¿Qué pasó con Eva?
—Un día desapareció.
—¿Y su madre?
—Se encerró arriba.
Ernesto lo miró fijamente.
—Después empezaron las llamadas.
—¿Qué llamadas?
—Desde el 7B.
—¿A quién?
—A los vecinos.
Álvaro dejó de respirar.
—¿Qué decían?
—Que alguien necesitaba ayuda.
Esa noche, Álvaro decidió no estar en casa.
Fue a cenar, caminó durante horas y regresó cerca de las tres.
Pensó que así evitaría la llamada.
Cuando entró al edificio, Ernesto ya no estaba. El turno de noche lo cubría un joven que no conocía.
El ascensor estaba abierto.
En el panel, el botón del séptimo piso parpadeaba.
Álvaro subió al sexto.
Al abrirse las puertas, el corredor parecía normal.
Caminó hasta el 6B.
Su puerta estaba entreabierta.
Se detuvo.
Estaba seguro de haberla cerrado.
Entró lentamente.
No encontró señales de robo.
La cocina estaba intacta.
El dormitorio también.
Entonces vio el teléfono fijo.
El auricular estaba descolgado.
Una voz hablaba desde él.
—Álvaro.
Se acercó.
—Eva.
—Sube.
—No.
—Necesito mostrarte algo.
—No voy a subir.
—Entonces mira el techo.
Álvaro levantó la cabeza.
Una mancha oscura se extendía sobre el yeso.
Parecía humedad.
Pero estaba creciendo.
La superficie comenzó a abultarse hacia abajo.
Como si alguien presionara desde el apartamento superior.
Cinco marcas aparecieron lentamente.
Dedos.
Una mano empujaba el techo.
Álvaro retrocedió.
La voz continuó:
—Ella encontró otra puerta.
La luz se apagó.
Algo golpeó sobre su cabeza.
Álvaro corrió al pasillo.
El ascensor estaba abierto.
Sin pensarlo, entró.
Presionó planta baja.
Las puertas se cerraron.
El indicador comenzó a bajar.
6.
7.
8.
Luego subió.
5.
6.
7.
Álvaro pulsó todos los botones.
Nada.
El ascensor se detuvo en el séptimo piso.
Las puertas se abrieron.
El corredor era diferente.
Las paredes estaban cubiertas por un papel floral envejecido. Las luces eran amarillentas. La alfombra parecía antigua.
Al fondo, la puerta del 7B estaba abierta.
Una mujer esperaba junto a ella.
Tenía el cabello oscuro.
—Álvaro.
—Eva.
Ella asintió.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Qué es este lugar?
—El apartamento cuando mi madre todavía estaba viva.
Álvaro miró el corredor.
—Eso no tiene sentido.
—Nada aquí funciona como debería.
Entraron.
El apartamento estaba amueblado.
Había fotografías familiares, platos sobre la mesa y un televisor encendido sin sonido.
En una fotografía aparecían Leonor y Eva.
Pero en el cristal del marco se reflejaban tres personas.
Álvaro se acercó.
Había una tercera figura detrás de ellas.
Misma altura que Eva.
Mismo rostro.
—¿Quién es?
Eva cerró las cortinas.
—Empezó como una voz.
—¿Una voz?
—Mi madre la escuchaba detrás de las puertas. Después comenzó a imitarme.
—¿Qué era?
—No lo sé.
Eva explicó que, meses antes de su desaparición, empezó a recibir llamadas desde el propio apartamento mientras ella estaba dentro.
Al contestar, escuchaba su voz.
La otra Eva repetía conversaciones que todavía no habían ocurrido.
Predijo accidentes.
Visitas.
Discusiones.
Con el tiempo comenzó a aparecer en los espejos.
Después en habitaciones donde Eva no estaba.
—Mi madre dejó de saber cuál de las dos era yo.
—¿Qué pasó la noche que desapareciste?
Eva señaló una puerta cerrada al final del pasillo.
—La encerró.
—¿A la otra?
Eva guardó silencio.
—Eso creíamos.
Álvaro entendió.
—Te encerró a ti.
Eva asintió.
—Cuando abrió, ya no estaba el apartamento normal.
—¿Dónde estabas?
—Aquí.
Los golpes comenzaron.
Tres impactos lentos en la puerta principal.
Eva palideció.
—Ya llegó.
Una voz anciana habló desde fuera.
—Eva, abre.
—Es tu madre.
—No.
—Pero...
—Mi madre murió.
La voz volvió a llamar.
—Hija, por favor.
Eva tomó la mano de Álvaro.
—Escúchame. Ella aprendió primero a copiarme a mí. Después copió a mi madre.
—¿Por qué me llamó?
—Porque necesita que alguien abra desde el otro lado.
Los golpes aumentaron.
—¿Qué otro lado?
Eva señaló la puerta del dormitorio.
—Si abres esa puerta, puedes volver a tu apartamento.
—¿Y tú?
—No puedo cruzar sola.
Álvaro se acercó.
Detrás de la puerta escuchó el timbre de su teléfono.
La abrió.
Al otro lado estaba su dormitorio.
Podía ver el techo, la cama y la ventana.
—Ven.
Eva avanzó.
La puerta principal del 7B se abrió violentamente.
Leonor entró.
Al principio parecía una anciana normal.
Después sonrió.
Su rostro comenzó a cambiar.
Por un instante tenía los rasgos de Eva.
Luego los de Álvaro.
—No te la lleves —dijo con su voz.
Álvaro tiró de Eva.
Ella cruzó.
La figura corrió hacia ellos.
Álvaro cerró la puerta.
Algo golpeó desde el otro lado.
El dormitorio quedó en silencio.
Eva estaba de pie junto a la cama.
Había regresado.
—¿Terminó? —preguntó Álvaro.
Ella miró hacia el techo.
—No.
La mancha de humedad desapareció.
Por primera vez, Eva parecía tranquila.
—Tengo que irme.
—¿A dónde?
—A un lugar donde no conozca mi voz.
Salió del apartamento antes de que Álvaro pudiera detenerla.
La policía confirmó su identidad esa misma mañana.
Eva Ferrer, desaparecida casi un año, había aparecido sin poder explicar dónde estuvo.
Pero ocurrió algo extraño.
Según los médicos, no había envejecido ni un solo día.
Eva se marchó de la ciudad.
Álvaro nunca volvió a verla.
El apartamento 7B fue sellado.
Semanas después, el propietario comenzó a reformarlo.
Los trabajadores encontraron una habitación que no aparecía en los planos.
Era pequeña y no tenía ventanas.
Dentro había un teléfono.
Desconectado.
Y una silla.
En las paredes alguien había escrito cientos de números telefónicos.
Uno de ellos era el de Álvaro.
Los obreros destruyeron la habitación.
Después de eso, las llamadas cesaron.
Durante seis meses.
Hasta una noche.
2:41.
El móvil de Álvaro comenzó a vibrar.
Número desconocido.
No contestó.
Llegó un mensaje de voz.
Lo reprodujo.
Era su propia voz.
—Álvaro, no abras.
Alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Álvaro miró por la mirilla.
Eva estaba en el pasillo.
Parecía asustada.
—Álvaro —dijo—. Déjame entrar.
Su teléfono recibió otro mensaje.
Su propia voz volvió a hablar:
—Esa no es Eva.
Álvaro permaneció inmóvil.
Desde el pasillo, la mujer comenzó a llorar.
—Por favor.
Él no abrió.
Después de varios minutos, los pasos se alejaron.
A la mañana siguiente, encontró algo bajo la puerta.
Una fotografía.
Mostraba su apartamento desde el interior.
Álvaro aparecía dormido en la cama.
Junto a él había una mujer con el rostro oculto.
Al reverso, alguien había escrito:
«Gracias por contestar».
Desde aquella noche, Álvaro nunca responde llamadas después de las dos de la madrugada.
Tampoco vive debajo de apartamentos vacíos.
Pero no sirve de mucho.
Porque cada vez que se muda, tarde o temprano, algún vecino del piso superior desaparece.
Después queda una vivienda vacía.
Después llega una llamada.
Siempre a las 2:41.
Y siempre comienza con la misma pregunta:
—¿Puedes venir?
Por eso, si alguna madrugada te llama alguien diciendo que está en un apartamento vacío, no subas.
No importa si escuchas llantos.
No importa si conoce tu nombre.
Y si asegura estar justo encima de ti, no mires el techo.
Porque algunas habitaciones no necesitan estar ocupadas para tener a alguien dentro.
Solo necesitan que alguien conteste el teléfono.
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