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La fotografía que cambia cada noche

La fotografía que cambia cada noche

La fotografía apareció dentro de un libro que nadie había abierto en años.

Clara Méndez la encontró una tarde de domingo mientras ordenaba las pertenencias de su tío abuelo, fallecido tres semanas antes. El hombre había vivido solo durante casi medio siglo en una casa antigua, demasiado grande para una sola persona y llena de objetos que parecían haber permanecido exactamente en el mismo lugar durante décadas.

Había relojes detenidos, muebles cubiertos con sábanas y cajas llenas de cartas sin remitente.

Clara estaba vaciando una biblioteca del segundo piso cuando un volumen de tapas verdes cayó al suelo.

Era un libro sobre fotografía del siglo XIX.

Al recogerlo, algo se deslizó entre sus páginas.

Una imagen en blanco y negro.

Mostraba la misma casa en la que Clara se encontraba.

La fotografía había sido tomada desde el jardín.

La fachada parecía más nueva y los árboles eran más pequeños. Frente a la entrada había cuatro personas: un hombre, una mujer y dos niños.

Clara no reconoció a ninguno.

En la esquina inferior alguien había escrito a mano:

«Casa Blackwood, 1874».

El nombre no tenía sentido. La vivienda pertenecía a su familia desde hacía más de cien años y jamás había oído que se llamara así.

Guardó la fotografía en el bolsillo.

Aquella noche regresó a su apartamento.

Antes de dormir dejó la imagen sobre el escritorio.

A la mañana siguiente notó algo extraño.

Ahora había cinco personas frente a la casa.

Clara tomó la fotografía y la acercó a la ventana.

Estaba segura.

El día anterior había dos adultos y dos niños.

Ahora había una mujer más.

Vestía de negro y permanecía detrás de la familia, parcialmente oculta por la puerta principal.

Clara pensó que simplemente no la había visto.

Tomó una fotografía con el teléfono para comparar.

La dejó sobre el escritorio.

Al día siguiente volvió a cambiar.

La mujer de negro estaba más cerca.

Ya no se encontraba detrás de la familia.

Ahora aparecía junto a uno de los niños.

Tenía una mano apoyada sobre su hombro.

El rostro era borroso.

Clara abrió la imagen del teléfono.

En la fotografía digital del día anterior, la mujer seguía junto a la puerta.

Eso significaba que no estaba imaginándolo.

La fotografía original había cambiado.

Clara llamó a su hermano, Marcos.

—Necesito que veas algo.

Él llegó esa tarde.

Clara colocó la fotografía sobre la mesa.

—¿Qué notas?

Marcos la examinó.

—Una familia vieja.

—¿Cuántas personas?

—Cinco.

Clara le mostró la imagen del teléfono.

—Ayer eran cinco, pero la mujer estaba allí.

Señaló la puerta.

Marcos comparó ambas.

Su expresión cambió.

—¿Editaste esto?

—No.

—Quizá tomaste fotos diferentes.

—Solo hay una fotografía.

Marcos volvió a mirarla.

—¿Quién es la mujer?

—No lo sé.

Decidieron dejarla dentro de una caja cerrada y fotografiarla nuevamente.

Clara escribió la fecha sobre un papel y lo colocó junto a la imagen.

A la mañana siguiente abrieron la caja.

La mujer de negro había cambiado otra vez.

Ahora estaba delante de la familia.

Los demás parecían observarla.

Uno de los niños ya no estaba.

Clara sintió frío.

—Falta alguien.

Marcos revisó las fotografías anteriores.

Era cierto.

En la primera aparecían dos niños.

Ahora solo quedaba uno.

—Tal vez la foto se está deteriorando —dijo Marcos.

—Las personas no desaparecen por deterioro.

Clara amplió la imagen con una lupa.

Donde antes estaba el niño solo quedaba una zona oscura, como si nunca hubiera existido.

En la parte posterior había aparecido una frase.

«Primera noche».

Ninguno de los dos la había escrito.

Marcos sugirió destruirla.

Clara se negó.

—Primero quiero saber de dónde salió.

Regresaron a la casa del tío abuelo.

Buscaron documentos, escrituras y álbumes familiares.

Después de varias horas encontraron una caja marcada con el nombre de su bisabuela.

Dentro había una carta fechada en 1921.

Mencionaba una propiedad anterior situada en el mismo terreno.

La Casa Blackwood.

Según la carta, había sido demolida tras la desaparición de una familia llamada Aranda.

Padre, madre y dos hijos.

Exactamente cuatro personas.

Clara continuó buscando.

Encontró un recorte de periódico.

«FAMILIA DESAPARECE SIN DEJAR RASTRO».

La fotografía del artículo mostraba a los Aranda.

Eran las mismas personas de la imagen.

El reportaje decía que la familia desapareció durante el invierno de 1874. No hubo señales de violencia.

Solo encontraron una cámara fotográfica antigua y varias placas de vidrio.

Una frase estaba subrayada:

«Los vecinos afirmaron haber visto a una mujer vestida de negro entrar en la casa varios días antes».

Marcos cerró el recorte.

—Ya sabemos suficiente.

—No.

—Clara, hay una persona desapareciendo de la foto.

—Precisamente.

Esa noche dejaron la imagen en la casa.

Pensaron que quizá estaba vinculada al lugar.

Clara durmió en el antiguo dormitorio de su tío abuelo.

A las tres y diez de la madrugada escuchó un ruido en el pasillo.

Un clic.

Como el obturador de una cámara.

Abrió los ojos.

Otro clic.

Se levantó.

El pasillo estaba oscuro.

—¿Marcos?

Nada.

Avanzó hacia la escalera.

Al final del corredor había una mujer.

Vestía de negro.

Permanecía inmóvil.

Clara no podía distinguir su rostro.

Las luces se apagaron.

Escuchó otro clic.

Cuando regresó la electricidad, el pasillo estaba vacío.

Marcos salió de otra habitación.

—¿Qué fue eso?

—La vi.

Bajaron al salón.

La fotografía estaba sobre la mesa.

El padre de familia había desaparecido.

Solo quedaban la madre, un niño y la mujer de negro.

En la parte posterior decía:

«Segunda noche».

Marcos la tomó.

—Se acabó.

La llevó hasta la chimenea y la arrojó al fuego.

La fotografía ardió.

La imagen se retorció entre las llamas hasta convertirse en ceniza.

Clara respiró aliviada.

A la mañana siguiente, la fotografía estaba nuevamente sobre la mesa.

Intacta.

La madre había desaparecido.

Solo quedaban el niño y la mujer.

«Tercera noche».

Clara dio un paso atrás.

—No puede ser.

Marcos la observó.

—¿Qué pasa cuando desaparezcan todos?

Ninguno quiso responder.

Clara revisó las pertenencias de su tío abuelo con mayor cuidado.

Encontró un diario escondido debajo de una tabla del suelo.

En una de las últimas páginas había una referencia directa a la fotografía.

«La imagen siempre encuentra una familia nueva».

Clara continuó leyendo.

Su tío abuelo explicaba que había encontrado la fotografía cuando era joven. También vio desaparecer a los Aranda uno por uno.

Después de la última noche, la imagen cambió completamente.

La familia original fue reemplazada.

Apareció otra.

La suya.

Clara sintió que se le cerraba la garganta.

Pasó la página.

Había una lista de nombres.

Su bisabuela.

Su abuelo.

Su madre.

Su tío abuelo.

Todos habían aparecido alguna vez en la fotografía.

—¿Qué significa esto? —preguntó Marcos.

Clara continuó leyendo.

«La mujer no se lleva a quienes aparecen en la foto. Los borra de los recuerdos de quienes quedan».

—¿Los borra?

—Mira esto.

La siguiente anotación decía:

«Hoy desapareció mi hermana. Sé que tuve una hermana porque escribí su nombre ayer, pero ya no puedo recordar su rostro».

Clara sintió un vacío extraño.

—Marcos.

—¿Sí?

—¿Tenemos otra hermana?

Él la miró confundido.

—No.

Clara señaló el diario.

En una página había tres nombres.

Clara.

Marcos.

Sofía.

Ambos permanecieron en silencio.

—No conozco a ninguna Sofía —dijo él.

Clara tampoco.

Pero debajo del nombre había una fotografía familiar.

En ella aparecían tres niños.

Clara reconocía a dos.

El tercero era una niña.

Sintió un dolor inexplicable.

—Ya empezó antes —susurró.

El diario explicaba que la fotografía no alteraba únicamente el presente.

Cada persona borrada desaparecía poco a poco de documentos, recuerdos y fotografías.

Solo permanecían rastros escritos antes de cada cambio.

Por eso su tío abuelo había llenado el diario.

Para recordar a quienes el mundo olvidaba.

Clara regresó a la fotografía.

El niño de la familia Aranda seguía allí.

La mujer de negro estaba detrás de él.

Sobre su hombro.

El niño miraba directamente hacia la cámara.

Esa noche nadie durmió.

Clara y Marcos permanecieron junto a la fotografía esperando.

A las tres y diez, las luces parpadearon.

Se escuchó el clic de una cámara.

La imagen cambió.

El niño desapareció.

Solo quedó la mujer de negro.

«Cuarta noche».

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Entonces la fotografía comenzó a oscurecerse.

La casa desapareció.

El jardín cambió.

Los árboles crecieron.

La fachada se transformó.

Era la casa actual.

Frente a la entrada aparecieron dos personas.

Clara.

Marcos.

La mujer de negro permanecía detrás de ellos.

Marcos soltó la fotografía.

—No.

En la parte posterior apareció:

«Nueva familia».

Clara abrió el diario buscando una solución.

La última anotación de su tío abuelo era breve.

«No puedes destruir la fotografía. Pero puedes cambiar quién sostiene la cámara».

—¿Qué significa?

Marcos señaló el encuadre.

—Alguien tomó la foto original.

Clara recordó el recorte.

La policía había encontrado una cámara antigua.

Buscaron en el ático.

Después de casi una hora encontraron una caja de madera.

Dentro había una cámara fotográfica de placas.

La misma que aparecía descrita en el periódico de 1874.

Clara la levantó.

Era pesada.

En el interior había una placa de vidrio.

Al observarla contra la luz, distinguió una silueta.

La mujer de negro.

—Quizá esto sea el original —dijo.

Marcos abrió el diario.

Entre las páginas encontró una nota:

«Ella no está dentro de la fotografía. Está detrás de la cámara».

A las tres de la madrugada colocaron la cámara frente a la fotografía.

Clara miró a través del visor.

No vio la mesa.

Vio la Casa Blackwood.

Era de noche.

La familia Aranda permanecía frente a la entrada.

Los cuatro estaban vivos.

Detrás de la cámara, alguien respiraba.

Clara quiso apartarse.

Entonces escuchó una voz femenina.

—Sonríe.

Marcos la sacudió.

—¿Qué ves?

—La casa.

El visor cambió.

Ahora mostraba el salón actual.

Pero Clara y Marcos aparecían frente a la mesa.

La mujer de negro estaba detrás de ellos.

—Tenemos que tomar una foto —dijo Clara.

—¿Para qué?

—Para verla.

Preparó el mecanismo.

El reloj marcó las tres y diez.

La mujer apareció en el pasillo.

Esta vez ambos podían verla.

Su vestido parecía antiguo. El rostro seguía oculto tras una especie de velo.

Clara apuntó la cámara.

—No te acerques.

La mujer avanzó.

Un paso.

Otro.

Marcos sostuvo la fotografía original.

La imagen comenzó a cambiar.

La mujer se acercaba a ellos también dentro de la foto.

—Ahora —dijo Marcos.

Clara accionó el obturador.

Un destello iluminó la habitación.

La mujer gritó.

No fue un sonido humano.

Las ventanas vibraron.

La fotografía cayó al suelo.

Clara abrió la cámara.

En la nueva placa aparecía la mujer de negro.

Por primera vez, podía verse su rostro.

Era una anciana.

Y estaba aterrada.

Detrás de ella había decenas de personas.

Los Aranda.

Familiares de Clara.

Personas desconocidas.

Todas parecían sujetarla.

La fotografía original comenzó a arder sin fuego.

Los rostros borrados regresaron uno tras otro.

Clara recordó a Sofía.

Su hermana.

Sus cumpleaños.

Su voz.

El accidente en el que murió a los diecisiete años.

Cayó de rodillas llorando.

Marcos también recordó.

—Sofía.

El mundo la había devuelto.

No físicamente.

Pero sí a la memoria.

A la mañana siguiente, la fotografía original era completamente negra.

La enterraron junto con la cámara.

Clara guardó el diario.

Durante meses no ocurrió nada.

Hasta una noche.

Su teléfono emitió una notificación.

«Nueva fotografía añadida».

Clara abrió la galería.

Había una imagen que ella no había tomado.

Mostraba su dormitorio.

Ella estaba dormida.

En una esquina aparecía la mujer de negro.

Mucho más cerca que antes.

Clara borró la fotografía.

Regresó inmediatamente.

Entonces comprendió.

La cámara antigua no había creado la maldición.

Solo había sido el primer dispositivo capaz de capturarla.

Desde entonces, la mujer comenzó a aparecer en fotografías digitales.

Selfies.

Cámaras de seguridad.

Imágenes familiares.

Nunca en el mismo lugar.

Pero siempre un poco más cerca.

Clara comenzó a revisar cada fotografía antes de dormir.

Durante meses la figura permaneció al fondo.

Después apareció detrás de una puerta.

Después junto a la cama.

Anoche, Clara recibió otra fotografía.

Solo mostraba su rostro.

No había nadie detrás.

Pensó que finalmente había desaparecido.

Hasta que amplió la imagen.

En el reflejo de sus ojos podía verse a una mujer sosteniendo una cámara.

Esta mañana, Clara encontró una frase escrita en el reverso de una fotografía impresa que nunca había visto antes:

«Esta noche te toca mirar desde el otro lado».

Por eso, antes de dormir, revisa las fotografías que tomaste hoy.

No busques errores.

No busques sombras.

Busca a alguien que no recuerdes haber visto.

Y si encuentras a una mujer vestida de negro, no vuelvas a fotografiarla.

Porque cada vez que aparece, no está entrando en tu imagen.

Está comprobando cuánto falta para que tú desaparezcas de ella.

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