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La cinta que grabó una noche inexistente

La cinta que grabó una noche inexistente

Mara Salcedo encontró la cinta dentro de una caja que debía estar vacía.

Trabajaba restaurando grabaciones para el archivo municipal de Valdemora. Aquella semana digitalizaba el material de Radio Horizonte, una emisora cerrada desde hacía treinta años.

La caja llevaba una etiqueta escrita a mano:

COPIA DE SEGURIDAD
14 DE AGOSTO DE 1994
00:17 — 06:17
NO REPRODUCIR EN EL ESTUDIO 3

La cinta no figuraba en el inventario.

Mara la colocó en el reproductor del laboratorio.

Durante los primeros segundos solo hubo estática. Después sonó la identificación de la emisora y una voz masculina anunció la hora.

—Son las doce y diecisiete de la madrugada.

Se escuchó un trueno.

La señal desapareció.

Durante casi un minuto no hubo nada.

Entonces una mujer joven habló lejos del micrófono.

—Julio, los relojes se han parado.

Otra voz respondió.

—No toques el magnetófono.

Mara detuvo la reproducción.

Conocía la primera voz.

Era su madre, Isabel.

En 1994 tenía veinte años y trabajaba como ayudante en Radio Horizonte.

Mara volvió a escuchar el fragmento.

No había duda.

Continuó.

Se oyeron pasos, puertas y respiraciones. La grabación parecía registrar conversaciones repartidas por todo el edificio, aunque la cinta procedía de un único magnetófono.

A los treinta y siete minutos apareció una tercera voz.

—Tomás, no abras la cabina tres.

Mara se quedó inmóvil.

Era ella.

No una voz parecida.

Era su manera de pronunciar el nombre de Tomás, el técnico que trabajaba con ella en el archivo.

El problema era evidente.

Mara había nacido en 1998.

Cuatro años después de aquella grabación.

Llamó a Tomás.

Llegó veinte minutos más tarde.

Escuchó el fragmento tres veces.

—Eres tú.

—Lo sé.

—¿Hiciste algún montaje?

Mara lo miró.

—Si quisiera asustarte, encontraría algo mejor que una cinta municipal.

Tomás examinó el carrete.

—Es antiguo. No parece regrabado recientemente.

—La etiqueta también es de la época.

—Entonces alguien tenía una voz idéntica.

Mara adelantó la cinta.

A las dos horas y once minutos se oyó nuevamente su voz.

—Quedan cuatro horas. Si la cinta se detiene, nosotros también.

Tomás dejó de sonreír.

—Eso ya no me gusta.

Mara buscó los registros de Radio Horizonte.

El 14 de agosto de 1994 había una anomalía.

La programación terminaba a las 00:16.

La siguiente anotación era de las 06:18.

Seis horas sin emisiones, llamadas ni registros técnicos.

En el libro de incidencias solo aparecía una frase:

«Interrupción por tormenta. No contabilizar intervalo».

Mara revisó periódicos.

Ninguno mencionaba un apagón de seis horas.

La compañía eléctrica registraba una caída de tensión de cuarenta y dos segundos.

Los archivos de la policía también tenían un hueco entre las 00:17 y las 06:17.

No se habían registrado patrullajes, denuncias ni llamadas.

Era como si durante seis horas Valdemora no hubiera producido ningún acontecimiento.

Mara llamó a su madre.

—¿Recuerdas la tormenta del 14 de agosto de 1994?

Isabel tardó en responder.

—Recuerdo una tormenta.

—Trabajabas esa noche.

—Creo que sí.

—¿Qué pasó entre las doce y las seis?

Silencio.

—Nada.

—Mamá, seis horas no son nada.

—Me fui a casa.

—¿A qué hora?

Isabel respiró hondo.

—No lo sé.

Mara reprodujo por teléfono el fragmento.

—Apaga eso.

—Eres tú.

—Mara, apágalo.

—¿Qué es la cabina tres?

Isabel cortó.

Al día siguiente llegó al archivo con una carpeta.

Dentro había un cuaderno perteneciente a Julio Ferrer, antiguo jefe técnico de la emisora.

—Me lo dio antes de morir.

—¿Por qué nunca me lo enseñaste?

—Porque me pidió que no lo hiciera mientras Radio Horizonte siguiera en pie.

—Van a demolerla el lunes.

—Por eso vine.

El cuaderno comenzaba la noche posterior a la tormenta.

«Sé que faltan seis horas. Sé que estuve despierto. Tengo barro en los zapatos y una quemadura en la mano. No recuerdo cómo ocurrieron».

En páginas posteriores, Julio había reconstruido fragmentos mediante grabaciones.

«La cinta conserva aquello que nosotros perdimos. Hice una copia de seguridad del carrete maestro antes de que el recuerdo desaparezca».

Más abajo:

«No reproduce sonidos grabados por un micrófono. Registra el intervalo completo».

Otra nota decía:

«El Estudio 3 quedó aislado cuando cayó el rayo. Todos los relojes del edificio se detuvieron a las 00:17. Cuando volvieron a funcionar marcaban 06:17».

Tomás leyó por encima del hombro de Mara.

—Aquí hay otra cosa.

La última página contenía cuatro reglas.

«La copia puede escucharse en cualquier lugar.

Solo abre el intervalo si se reproduce dentro del Estudio 3.

Quien entre debe permanecer hasta que las seis horas terminen.

No detener la reproducción una vez abierto el intervalo.

No abrir la puerta interior de la cabina tres».

Mara levantó la vista.

—Eso es lo que digo en la grabación.

—Entonces no vamos.

—Mi voz está ahí desde 1994. En algún momento entré.

—O la cinta quiere que pienses eso.

Isabel permanecía en silencio.

—Hay algo más.

Sacó una fotografía instantánea guardada con el cuaderno.

Mostraba el corredor de la emisora durante aquella noche. Julio había escrito detrás: «14-8-94, Estudio 3».

Al fondo había dos figuras borrosas.

Mara reconoció su chaqueta.

Tomás reconoció la suya.

—Esto no puede existir.

Isabel guardó la fotografía.

—Julio decía que aquella noche no desapareció. Quedó fuera de sitio.

Radio Horizonte sería demolida en tres días.

Mara decidió entrar antes.

Tomás protestó hasta que escuchó su propia voz.

—Mara, cuando sean las seis y diecisiete, no mires por la ventana.

Eso terminó de convencerlo.

Llegaron a la emisora a las once.

El Estudio 3 seguía sellado con una cadena oxidada. Isabel les dio la llave original.

—¿Vienes?

—No.

Isabel negó.

—Yo ya pertenecí a esas seis horas. No pienso comprobar qué ocurre si entro una segunda vez.

Entraron solos.

El estudio conservaba una mesa y una consola. Llevaron un reproductor portátil para la copia.

—Si esto funciona, no sabemos qué vamos a encontrar.

—Sí sabemos una cosa.

—¿Cuál?

—A las 06:17 nuestras voces siguen en la cinta.

—Eso no significa que salgamos.

A las 00:16 Tomás pulsó reproducción.

La voz del locutor anunció:

—Son las doce y diecisiete de la madrugada.

El trueno sonó en la cinta.

Al mismo tiempo, un relámpago iluminó las ventanas del estudio.

No había tormenta afuera.

Las luces se apagaron.

El reloj se detuvo.

00:17.

Cuando volvieron a encenderse, el estudio ya no estaba abandonado.

Había papeles sobre la mesa y los equipos funcionaban. En un magnetófono de la emisora giraba un segundo carrete sin etiqueta.

Desde el pasillo llegaban voces.

Mara abrió la puerta.

Radio Horizonte estaba exactamente como en 1994.

Una joven apareció al final del corredor.

Era Isabel.

Tenía veinte años.

—¿Quiénes son ustedes?

Mara no pudo responder.

Julio Ferrer apareció detrás.

—Cierren esa puerta.

Entraron al estudio.

Julio miró sus ropas, sus teléfonos y el reproductor portátil.

—Ustedes no estaban aquí antes del corte.

—Venimos de fuera de estas horas.

Tomás miró su reloj.

Seguía marcando la hora actual, pero no avanzaba.

—¿Qué está pasando?

Julio señaló el magnetófono.

—La tormenta cortó algo que no era electricidad. Desde las 00:17, los relojes están parados, pero nosotros seguimos moviéndonos.

—¿Toda la ciudad?

—Creo que sí.

—¿Cómo sabe que acabará a las 06:17?

Julio miró el reproductor que Mara había traído.

—Porque ustedes vienen con una copia de seis horas.

Mara entendió el círculo: la grabación existía porque ellos vivirían aquella noche, y conocían su duración porque ya había sido registrada.

No estaban cambiando 1994.

Siempre habían formado parte de esas seis horas.

A la 1:02, Isabel preguntó quién era Mara.

—Te conozco.

Mara sintió un nudo en la garganta.

—No.

—Tu voz.

Mara evitó decir la verdad.

—Nos parecemos a personas que todavía no conoces.

Julio intervino.

—No les pregunten por el futuro.

—¿Por qué?

—Porque si ya estaban aquí cuando ocurrió, cualquier cosa que digan también pertenece a lo ocurrido.

Julio sacó una cámara instantánea.

—Necesito pruebas antes de olvidar.

Tomó una fotografía hacia el corredor. Mara y Tomás quedaron al fondo.

Mara comprendió el peligro.

No podían crear una contradicción con la historia que conocían.

A las 2:28, el reproductor portátil emitió un chasquido.

El carrete de la copia comenzó a frenarse.

—El motor está perdiendo fuerza.

Mara recordó su propia frase.

—Si la cinta se detiene, nosotros también.

Tomás conectó la batería de reserva. El carrete recuperó velocidad.

—¿Por qué importa tanto?

—Porque la copia es la única cosa que está midiendo estas horas para nosotros. Los relojes no avanzan. El carrete sí.

Mientras el carrete recorriera las seis horas, el intervalo conservaría un principio y un final. Si se detenía, podían quedar atrapados allí.

A las 3:41 escucharon golpes detrás de la pared.

Tres golpes.

Luego otros tres.

Tomás encontró una puerta estrecha al fondo de la cabina.

—Esto no aparece en los planos.

Julio palideció.

—No la abras.

—¿Qué hay detrás?

—No lo sé. Apareció después del rayo.

Los golpes volvieron.

Esta vez una voz habló.

—Tomás.

Él retrocedió.

Era la voz de Mara.

—Estoy aquí.

Desde detrás de la puerta respondió otra Mara.

—No. Ella no salió.

Tomás llevó la mano al picaporte.

Mara recordó la grabación.

—Tomás, no abras la cabina tres.

Las palabras salieron exactamente como las había escuchado.

El carrete giró.

Mara comprendió que la cinta no predecía sus palabras. Las estaba reproduciendo desde 1994.

Tomás apartó la mano.

—Ahora entiendo por qué estaba grabado.

Julio escribió en su cuaderno.

—La puerta intenta usar voces conocidas.

—¿Qué hay detrás?

Julio negó.

—Tal vez las horas que no lograron volver.

Nadie la abrió.

A las 5:46, toda la emisora empezó a vibrar.

Las voces del pasillo se repetían.

Frases pronunciadas horas antes regresaban desde habitaciones vacías.

Mara escuchó a su madre decir cosas que ya había dicho.

El intervalo estaba cerrándose sobre sí mismo.

Tomás miró la ventana.

—Hay algo afuera.

Mara recordó la otra advertencia.

—Cuando sean las seis y diecisiete, no mires por la ventana.

—Eso lo dije yo.

—Todavía no.

A las 6:12, Julio condujo a Isabel al pasillo.

—Cuando el reloj vuelva a avanzar, probablemente olvidaremos esto.

—¿Por qué?

—Porque nada de estas horas está dejando huella fuera de la cinta. Ni siquiera nuestros recuerdos.

Mara tomó la mano de su madre.

Isabel la miró.

—¿Nos conocemos de verdad?

Mara decidió decir solo una cosa.

—Algún día tendrás una hija.

Isabel sonrió.

—Eso espero.

—Cuéntale historias. Muchas.

A las 6:16, Mara y Tomás regresaron junto al magnetófono.

La copia llegaba al final. El carrete sin etiqueta seguía grabando en el magnetófono de 1994.

Tomás miró la ventana.

Afuera no había ciudad.

Había una oscuridad llena de luces inmóviles, como ventanas suspendidas en un espacio sin calles.

Él comenzó a girar la cabeza.

Entonces recordó.

—Mara, cuando sean las seis y diecisiete, no mires por la ventana.

Mara cerró los ojos.

El reloj hizo un clic.

06:17.

El reproductor se detuvo.

Todo desapareció.

Cuando Mara abrió los ojos, estaba otra vez en la emisora abandonada.

Tomás estaba a su lado.

Sus teléfonos marcaban las 06:17.

Afuera también habían transcurrido seis horas. Para ellos, sin embargo, esas horas habían ocurrido dentro de 1994.

La copia había terminado.

Mara llamó a Isabel.

—Mamá, ¿qué recuerdas del 14 de agosto de 1994?

—Una tormenta.

—¿Algo más?

Silencio.

—Soñé con una mujer que se parecía a ti.

Mara sonrió.

—¿Qué te dijo?

—Que algún día tendría una hija.

Mara miró a Tomás.

—¿Y qué hiciste?

—Supongo que le hice caso.

La emisora fue demolida tres días después.

Mara recuperó antes el cuaderno de Julio. Las notas que había visto escribir aquella noche seguían allí. Nada había cambiado.

También conservó la fotografía del corredor. Las figuras borrosas eran ahora inconfundibles: Mara y Tomás.

La historia había cerrado el círculo.

La cinta fue trasladada al archivo.

Mara no volvió a reproducirla. El Estudio 3 había sido destruido junto con el edificio y, según las reglas de Julio, fuera de ese lugar la copia solo podía reproducir sonido.

El problema apareció meses después.

Mientras digitalizaba otro lote de grabaciones, Mara encontró un archivo de audio que ella no había creado.

Se llamaba:

17 DE NOVIEMBRE DE 2036
01:04 — 03:04

Duraba exactamente dos horas.

Lo abrió.

Escuchó estática.

Después su propia voz.

Mucho mayor.

—Si estás oyendo esto, todavía existe una forma de grabar horas que no han ocurrido.

Mara apartó las manos del teclado.

La grabación continuó.

—No busques el Estudio 3. Ya no existe.

Hubo tres golpes.

La voz añadió:

—Esta vez, la puerta apareció en otro lugar.

El archivo terminó.

Mara comprobó los metadatos.

Había sido creado aquella misma mañana.

No en 2036.

En su propio ordenador.

Desde entonces conserva el archivo sin reproducirlo de nuevo.

Porque ahora entiende algo que Julio nunca pudo saber.

La cinta no era la causa.

El estudio tampoco.

Ambos fueron solamente el primer lugar donde aquellas horas encontraron una forma de quedar registradas.

Y si alguna vez descubres una grabación fechada en un día que todavía no ha llegado, no supongas que alguien escribió mal la fecha.

Escucha con cuidado.

Si reconoces tu propia voz, no significa necesariamente que la grabación esté equivocada.

Puede significar que algún día entrarás en un lugar donde pasado y futuro tienen la misma puerta.

Y que lo que estás escuchando no es una advertencia sobre lo que podría ocurrir.

Es el recuerdo de algo que todavía no has vivido.

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