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El tren que llega a una estación que ya no existe

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El tren que llega a una estación que ya no existe

A las 2:17 de la madrugada, el sistema informó que un tren acababa de entrar en la estación San Jerónimo.

Tomás Rivas pensó que era un error.

San Jerónimo había sido demolida dieciocho años atrás.

La antigua línea regional todavía aparecía en algunos esquemas del centro de control porque parte del tendido seguía utilizándose para maniobras de carga. Pero el ramal que llevaba a la estación terminaba ahora frente a un muro de concreto, casi ochocientos metros antes del lugar donde habían estado los andenes.

No había rieles después de ese punto.

No había señales.

No había estación.

Tomás amplió el mapa operativo.

Un rectángulo rojo avanzaba por el tramo gris que el sistema marcaba como FUERA DE SERVICIO.

No tenía número de locomotora.

No tenía origen.

Solo una identificación:

SERVICIO 614.

El indicador llegó a San Jerónimo y se detuvo.

Entonces los parlantes del centro de control emitieron un sonido que Tomás conocía bien.

El aviso de puertas.

Dos tonos.

Una pausa.

Después, el siseo de una puerta neumática abriéndose.

Tomás se levantó.

—Valeria.

Su compañera, que revisaba reportes en otra consola, se acercó.

—¿Qué pasó?

Él señaló la pantalla.

—Mira.

Valeria frunció el ceño.

—Ese nodo está deshabilitado.

—Lo sé.

El sonido volvió.

Una sola puerta cerrándose.

Luego el rectángulo rojo comenzó a desplazarse en sentido contrario.

No pasó por los bloques anteriores.

Simplemente desapareció.

Valeria revisó la hora.

—¿Simulación automática?

—No hay simulaciones programadas de noche.

Tomás abrió el registro de eventos.

El sistema había guardado todo.

02:17:03. Ocupación de vía.

02:17:41. Detención en andén.

02:18:06. Puerta 4 abierta.

02:18:31. Puerta 4 cerrada.

02:18:44. Salida.

Tomás señaló la segunda línea.

—Ni siquiera existe un andén asociado.

Valeria guardó una copia del registro.

—Mándalo a mantenimiento. Si vuelve a pasar, ya tendremos con qué comparar.

Eso hicieron.

A las seis terminaron el turno.

Tomás habría olvidado el incidente si esa misma mañana no hubiera visto la fotografía de un taxista en las noticias locales.

Ramiro Cáceres, cincuenta y un años.

Desaparecido durante la madrugada.

Su taxi había sido encontrado encendido en el estacionamiento municipal de la avenida Norte.

Tomás conocía ese estacionamiento.

Había sido construido sobre el terreno de la antigua estación San Jerónimo.

La coincidencia le produjo una incomodidad que intentó ignorar.

Hasta la noche siguiente.

A las 2:17, el servicio 614 regresó.

Esta vez Tomás y Valeria estaban esperando.

El rectángulo rojo apareció exactamente en el mismo bloque muerto.

Avanzó.

Se detuvo.

Dos tonos.

Una puerta.

Luego otra.

Tomás miró el registro en tiempo real.

PUERTA 2 ABIERTA.

PUERTA 5 ABIERTA.

Valeria tomó el teléfono.

—Voy a llamar a mantenimiento ahora.

Tomás levantó una mano.

—Espera.

Las dos puertas se cerraron.

El tren desapareció.

Al amanecer faltaban dos personas.

Un empleado de limpieza del estacionamiento y una mujer que había dejado su automóvil allí después de una avería.

Las cámaras municipales mostraban a ambos antes de las dos.

A las 2:16 estaban dentro del estacionamiento.

A las 2:17 la imagen sufrió una interferencia de poco más de un minuto.

Cuando volvió, ninguno aparecía.

Sus pertenencias seguían allí.

Tomás vio el video desde el teléfono mientras desayunaba.

Llamó a Valeria.

—Fueron dos.

Ella tardó en responder.

—También fueron dos puertas.

Ninguno dijo lo que estaba pensando.

Esa tarde pidieron los planos actuales del sector y el trazado histórico de la vía. No necesitaron archivos secretos ni informes antiguos. El municipio conservaba el plano de parcelación porque el estacionamiento se había construido sobre terrenos ferroviarios.

Superpusieron ambos mapas.

La antigua plataforma de San Jerónimo atravesaba en diagonal casi la mitad del estacionamiento.

El taxi de Ramiro había quedado exactamente sobre ella.

También el carrito del trabajador de limpieza.

Y el automóvil de la mujer desaparecida.

Valeria señaló los tres puntos.

—Todos estaban aquí.

—Sobre el antiguo andén.

—¿Crees que a las 2:17 vuelve a existir?

Tomás negó.

—Creo que algo se comporta como si todavía existiera.

Llevaron los registros al jefe de operaciones.

No mencionaron fantasmas.

Hablaron de señales falsas, interferencias y tres desapariciones ocurridas sobre una instalación ferroviaria abandonada.

Eso fue suficiente para conseguir una inspección.

La noche siguiente Tomás, Valeria y un técnico llamado Salas fueron al estacionamiento.

La policía había acordonado una parte por la investigación de los desaparecidos, pero el resto continuaba abierto.

A la 1:55 bloquearon con conos el contorno aproximado del antiguo andén.

Salas llevaba un analizador de radiofrecuencia.

—Aquí no hay nada conectado con nuestro sistema.

—Eso ya lo sabemos —dijo Valeria.

Tomás caminó hasta el extremo norte de la plataforma desaparecida.

En el suelo solo había asfalto.

Según el plano, allí había estado el letrero con el nombre de la estación.

A las 2:14, su radio crepitó.

Desde el centro de control, otro operador habló.

—Tomás, apareció el 614.

Tomás miró hacia donde antes habían estado las vías.

Solo vio una hilera de autos y, detrás, un muro.

—Recibido.

—Está avanzando.

Salas observó su instrumento.

—No tengo señal.

2:16.

El alumbrado del estacionamiento parpadeó.

Después se apagó.

No todo el lugar.

Solo la franja que coincidía con el antiguo andén.

El ruido de la avenida desapareció.

Tomás escuchó algo a lo lejos.

Metal sobre metal.

Valeria lo miró.

—También lo escucho.

No había rieles.

Sin embargo, el sonido se acercaba.

Una luz apareció detrás del muro de concreto.

No lo atravesó.

Por un instante, el muro simplemente dejó de estar allí.

En su lugar había dos vías.

Faroles antiguos.

Un reloj.

Y un letrero blanco:

SAN JERÓNIMO.

El tren llegó lentamente.

Era moderno.

Eso inquietó a Tomás más que si hubiera sido antiguo.

No parecía un tren fantasma.

Parecía uno que podía estar circulando esa misma noche en cualquier línea del país.

Se detuvo frente a ellos.

Las ventanas estaban iluminadas.

No había pasajeros.

Tomás miró hacia atrás.

Fuera de la plataforma seguía viendo el estacionamiento actual.

Los conos.

Los automóviles.

La avenida.

Solo dentro de aquella franja existía la estación.

Valeria estaba dos metros a su derecha.

Salas había quedado fuera del antiguo andén.

—No lo veo —dijo él.

Tomás sintió que la boca se le secaba.

—No cruces los conos.

Un tono.

Dos puertas emitieron un siseo casi al mismo tiempo.

Una quedó frente a Valeria.

La otra, varios metros más atrás, frente a Tomás.

Durante un instante sintió una certeza absurda: aquella era la puerta que debía usar.

No una invitación.

Un recuerdo.

Como si hubiera comprado un boleto y llevara horas esperando ese tren.

Valeria dio un paso hacia su puerta.

Tomás reaccionó antes de entender lo que sentía.

—No.

La sujetó del brazo.

Ella lo miró confundida.

—Tengo que subir.

—No tenemos ningún tren que tomar.

La frase pareció despertarla.

Tomás retrocedió hacia los conos sin soltarla.

Su propia puerta seguía abierta.

Dentro no se veía el vagón.

Solo un corredor oscuro.

Cuando ambos cruzaron el límite del antiguo andén, Valeria cayó sobre el asfalto.

Las dos puertas se cerraron al mismo tiempo.

El tren no abrió ninguna otra.

A las 2:18 desapareció.

El estacionamiento regresó de golpe.

El muro volvió a estar frente a ellos.

Las luces se encendieron.

Salas miraba a Tomás como si hubiera perdido la razón.

—¿Qué hicieron?

Valeria seguía en el suelo.

—¿No viste el tren?

—No.

—¿No escuchaste nada?

Salas negó.

Tomás miró la hora.

2:19.

Esperaron hasta el amanecer.

Nadie desapareció.

La correlación ya no era solo numérica.

Aquella noche habían abierto dos puertas.

Pero las dos personas situadas frente a ellas habían abandonado el antiguo andén antes de que se cerraran.

No faltó nadie.

El jefe de operaciones aceptó cerrar el estacionamiento entre las dos y las dos y media de la madrugada mientras continuara la investigación.

No necesitó creer la explicación sobrenatural.

El registro anómalo y tres personas desaparecidas bastaban.

La cuarta noche colocaron barreras.

A las 2:17, el servicio 614 apareció en el sistema.

Se detuvo.

Ninguna puerta se abrió.

A las 2:18 desapareció.

La quinta noche ocurrió lo mismo.

También la sexta.

Durante una semana no hubo más desaparecidos.

Tomás comenzó a creer que habían encontrado la única regla que importaba.

El tren podía llegar.

No podían impedirlo.

Pero si nadie permanecía sobre el antiguo andén, no tenía a quién abrirle una puerta.

La solución funcionó hasta el décimo día.

A las 2:13, la cámara municipal mostró a un motociclista apartando una de las barreras.

Usó el estacionamiento como atajo.

El guardia nocturno, Javier, salió de su caseta y comenzó a gritarle que regresara.

El motociclista no lo escuchó.

Tomás tomó el teléfono.

—Javier, no entres.

El guardia respondió sin dejar de mirar al hombre.

—Está dentro de la franja.

Valeria observó el reloj.

2:15.

El motociclista se detuvo porque la moto se apagó.

Intentó encenderla otra vez.

Nada.

Javier sabía lo que había ocurrido con las otras personas. También sabía que faltaban menos de dos minutos.

Dejó la caseta.

—Voy por él.

Tomás se levantó.

—Javier, espera.

—Si lo dejo ahí, ya sabemos qué puede pasar.

No había tiempo para discutir.

Javier cruzó la barrera.

Corrió hasta el motociclista y lo tomó del brazo.

En la pantalla, las luces del estacionamiento parpadearon.

2:16.

La cámara comenzó a llenarse de interferencia.

Tomás alcanzó a ver a los dos hombres retrocediendo hacia la salida.

Después la imagen desapareció.

En la consola apareció el servicio 614.

Entró en San Jerónimo.

Se detuvo.

PUERTA 1 ABIERTA.

PUERTA 6 ABIERTA.

Tomás sintió que la garganta se le cerraba.

Dos personas sobre el antiguo andén.

Dos puertas.

Valeria tomó la radio.

—Javier, sal de ahí.

Solo llegó estática.

Luego una voz.

—Lo veo.

Tomás apretó el transmisor.

—No mires el tren. Sal.

La respiración de Javier llenó la radio.

—Hay gente adentro.

—Javier.

—Uno es el taxista.

Tomás sintió frío.

Ramiro.

El primer desaparecido.

—No te acerques.

Durante varios segundos no hubo respuesta.

En la consola, ambas puertas seguían abiertas.

Entonces Javier gritó.

No de miedo.

Al motociclista.

—¡Corre!

El sonido de pasos llegó por la radio.

Una puerta se cerró.

Después la otra.

El 614 desapareció.

La cámara recuperó imagen a las 2:19.

Javier y el motociclista estaban fuera de las barreras.

La moto había quedado dentro.

Nadie regresó por ella hasta el amanecer.

Aquella madrugada no desapareció ninguna persona.

Javier confirmó después que había visto el mismo lugar descrito por Tomás y Valeria.

El estacionamiento había dejado de existir.

En su lugar estaba la antigua estación.

Dentro del tren había decenas de pasajeros sentados en silencio.

Reconoció a Ramiro porque su fotografía llevaba días pegada en la caseta de seguridad.

No pudo identificar a los otros dos desaparecidos.

Tampoco quiso mirar el tiempo suficiente para intentarlo.

Eso era todo lo que Tomás necesitaba saber.

Las puertas no se abrían al azar.

Se abrían para quienes estaban sobre el antiguo andén cuando llegaba el 614.

Si esas personas conseguían salir antes de que las puertas se cerraran, no desaparecían.

Lo que hubiera al otro lado no necesitaba una explicación más precisa para seguir siendo peligroso.

El estacionamiento fue clausurado durante la madrugada de forma permanente.

La ciudad terminó convirtiendo el terreno en un jardín cercado.

El antiguo trazado del andén quedó cubierto por tierra y árboles jóvenes.

El servicio 614 continuó apareciendo en el sistema.

Siempre a las 2:17.

Durante meses se detenía en San Jerónimo.

Esperaba.

Ninguna puerta se abría.

Luego desaparecía.

Un año después renovaron el software del centro de control.

Tomás estuvo presente cuando eliminaron definitivamente del mapa todos los tramos fuera de servicio.

El técnico seleccionó San Jerónimo.

BORRAR NODO.

Tomás confirmó.

La estación desapareció de la pantalla.

No ocurrió nada.

Aquella noche, a las 2:17, el sistema permaneció limpio.

Valeria miró a Tomás.

—Se acabó.

Él esperó hasta las 2:18.

Luego hasta las 2:19.

Nada.

Por primera vez en un año, San Jerónimo no había recibido ningún tren.

A las seis de la mañana salieron del centro de control.

Tomás pasó por el nuevo jardín antes de regresar a casa.

Las puertas todavía estaban cerradas.

El sol comenzaba a salir.

Detrás de la reja había césped húmedo, árboles pequeños y bancos vacíos.

Ya no quedaba ninguna señal visible de la estación.

Tomás permaneció allí unos segundos.

Después se marchó.

No escuchó trenes.

No vio luces.

No ocurrió nada extraordinario.

Y esa fue la última vez que volvió a San Jerónimo.

A veces, cuando Valeria hablaba del caso, decía que habían conseguido cerrar una estación que no existía.

Tomás nunca estaba de acuerdo.

Para él, la parte más inquietante era otra.

San Jerónimo ya no tenía vías, andenes ni un lugar útil en el mapa operativo. Aun así, el servicio 614 había encontrado la forma de detenerse allí.

No necesitaba existir para que el tren llegara.

Para abrir sus puertas, en cambio, sí necesitaba algo mucho más sencillo.

Alguien esperando en el lugar correcto.

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