
La primera llamada llegó a las 11:42 de la noche.
Verónica estaba sola en la oficina.
Trabajaba como supervisora nocturna en una empresa de seguridad y aquella semana debía cubrir a un compañero enfermo. Desde su escritorio podía ver doce monitores con cámaras de edificios que permanecían casi vacíos durante la madrugada.
Su teléfono móvil vibró.
Número desconocido.
Estuvo a punto de ignorarlo.
Contestó.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Solo un ruido leve.
Un zumbido eléctrico.
Después escuchó un clic.
Verónica reconoció aquel sonido.
Era el teléfono fijo de su casa al ser descolgado.
Se quedó inmóvil.
—¿Quién está ahí?
Nada.
Luego oyó tres pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
La llamada terminó.
Verónica miró la pantalla.
Duración: diecisiete segundos.
Pensó en llamar a la policía, pero se detuvo.
Quizá alguien había clonado su número.
Quizá era una grabación.
Quizá simplemente estaba cansada.
Entonces vio el identificador completo de la llamada.
No era desconocido.
Su móvil había tardado en reconocerlo.
CASA.
Verónica sintió un frío repentino.
El número pertenecía al teléfono fijo de su apartamento.
Vivía sola.
Marcó inmediatamente.
La línea comunicaba.
Volvió a llamar.
Comunicaba otra vez.
A la tercera llamada, alguien contestó.
Verónica no habló.
Al otro lado escuchó silencio.
Después una respiración.
Muy suave.
—¿Quién está en mi casa?
La respiración se detuvo.
La llamada terminó.
Verónica salió del trabajo antes de la medianoche.
Pidió a Mateo, uno de los vigilantes, que la acompañara.
—¿Seguro que no dejaste el teléfono descolgado?
—Seguro.
—¿Tienes alarma?
—Sí. No se activó.
—Entonces probablemente sea una falla de la línea.
Verónica no respondió.
Llegaron al edificio a las 00:18.
La puerta del apartamento estaba cerrada.
No había marcas.
La alarma seguía conectada.
Entraron.
Mateo revisó las habitaciones.
—No hay nadie.
Verónica fue directamente al teléfono fijo.
El auricular estaba colocado correctamente.
Miró el historial.
La última llamada saliente aparecía registrada a las 23:42.
Su número móvil.
Mateo dejó de bromear.
—¿Tienes cámaras aquí?
—Solo una en la entrada.
Revisaron la grabación.
Nadie había entrado.
Nadie había salido.
A las 23:42, sin embargo, el video sufrió una interferencia de diecisiete segundos.
Exactamente lo que había durado la llamada.
Verónica desconectó el teléfono de la pared.
Durmió mal.
A la mañana siguiente llamó a la compañía telefónica.
No detectaron ninguna anomalía.
—El aparato realizó la llamada —dijo el técnico.
—Estaba sola.
—No puedo decirle quién marcó.
—El teléfono estaba conectado.
—Entonces alguien lo utilizó.
Verónica miró el aparato desconectado sobre la mesa.
No volvió a enchufarlo.
La segunda llamada llegó dos noches después.
11:42.
CASA.
Verónica estaba nuevamente en la oficina.
El teléfono fijo llevaba cuarenta y ocho horas sin línea.
Dejó sonar el móvil.
Una vez.
Dos.
Tres.
Contestó.
—¿Hola?
Silencio.
Después escuchó algo que la hizo levantarse.
Las llaves de su apartamento.
Reconocía el pequeño tintineo del llavero metálico.
Luego el ruido de una llave entrando en la cerradura.
Una vuelta.
Dos.
La puerta se abrió.
Verónica no respiraba.
Tres pasos.
Después su propia voz.
—Qué día de mierda.
La llamada terminó.
Verónica miró la hora.
11:42.
Aquella era una frase que decía a menudo cuando llegaba agotada.
Pero esa noche todavía estaba en la oficina.
Se quedó mirando el teléfono durante varios minutos.
Mateo se acercó.
—¿Otra vez?
Verónica asintió.
—Esta vez me escuché entrar.
—¿Una grabación?
—Todavía no he llegado a casa.
Mateo frunció el ceño.
—Entonces no vayas.
Verónica pensó que era absurdo.
Pero aceptó.
Durmió en casa de su hermana Paula.
A la mañana siguiente regresó al apartamento.
Nada parecía fuera de lugar.
La cámara de entrada mostraba el pasillo vacío durante toda la noche.
A las 23:42 hubo otra interferencia.
Dieciocho segundos.
Verónica revisó el teléfono fijo.
Seguía desconectado.
En el historial del aparato había una nueva llamada.
23:42.
A su móvil.
Esa noche empezó a sentir verdadero miedo.
La tercera llamada llegó al día siguiente.
11:42.
Verónica estaba esperando.
Puso el móvil sobre la mesa y activó la grabadora.
Contestó sin hablar.
Escuchó sus llaves.
La puerta.
Tres pasos.
Su propia voz:
—Qué día de mierda.
Luego otros sonidos.
Una silla moviéndose.
El refrigerador.
Un vaso.
Después, desde muy lejos, algo golpeó.
Tres veces.
Verónica sintió que se le erizaba la piel.
Su propia voz habló:
—¿Hay alguien?
Silencio.
Otro golpe.
Más cerca.
La llamada terminó.
Duración: cuarenta y seis segundos.
Mateo escuchó la grabación.
—Parece tu casa.
—Lo es.
—¿Y eso todavía no ha ocurrido?
—No.
Mateo miró el reloj.
—¿A qué hora sales hoy?
—A las once y media.
—Entonces no vayas.
Verónica decidió hacer algo distinto.
A las 23:30 salió de la oficina.
No tomó la ruta habitual.
No fue a casa.
Condujo hasta una cafetería abierta toda la noche.
Pidió café.
Esperó.
23:42.
Nada.
23:43.
23:44.
Verónica respiró aliviada.
Entonces su teléfono vibró.
CASA.
Hora: 23:47.
Contestó.
Llaves.
Puerta.
Tres pasos.
—Qué día de mierda.
Verónica cerró los ojos.
La secuencia simplemente había esperado.
La llamada no estaba ligada a una hora.
Estaba ligada a su llegada.
Y ahora estaba ocurriendo cinco minutos antes.
Verónica miró hacia la calle.
No pensaba ir.
La voz del teléfono continuó.
La silla.
El refrigerador.
El vaso.
Tres golpes.
—¿Hay alguien?
Esta vez apareció algo nuevo.
Un roce largo.
Como uñas sobre madera.
La voz de Verónica volvió a sonar.
Más baja.
—No.
Una pausa.
—Tú no vives aquí.
La llamada terminó.
Verónica permaneció en la cafetería hasta el amanecer.
Regresó cuando había luz.
No entró sola.
Mateo la acompañó otra vez.
Todo estaba normal.
Hasta que Verónica vio el vaso.
Estaba sobre la mesa.
Ella no lo había dejado allí.
—¿Eso estaba ayer?
—No.
Mateo se acercó.
Dentro había agua.
—Quizá lo dejaste y no recuerdas.
Verónica negó.
Miró la silla.
También estaba desplazada.
Fue al refrigerador.
La puerta estaba entreabierta.
Los sonidos de la llamada habían ocurrido.
Sin ella.
Verónica retrocedió.
—No estaba aquí.
Mateo miró alrededor.
—Entonces alguien estuvo.
La alarma decía lo contrario.
La cámara también.
No había entradas.
No había salidas.
A partir de esa noche Verónica dejó de dormir en el apartamento.
La llamada continuó.
Siempre después de las once.
Siempre desde CASA.
Y cada noche la secuencia avanzaba.
Llaves.
Puerta.
Pasos.
La frase.
La cocina.
Los golpes.
Después escuchaba conversaciones nuevas.
La cuarta noche:
—¿Quién eres?
Silencio.
—No te veo.
La quinta:
—Deja de hacer eso.
Un golpe.
—He dicho que pares.
La sexta llamada fue peor.
Su voz estaba llorando.
—No sé qué quieres.
Del otro lado apareció otra voz.
También era la suya.
—Que vuelvas.
Verónica soltó el teléfono.
La llamada siguió activa.
Dos voces idénticas hablaban dentro de su casa vacía.
—Yo estoy aquí.
—No.
—Esta es mi casa.
—Ya no.
Verónica cortó.
No volvió a contestar durante tres noches.
Las llamadas siguieron entrando.
Al cuarto día recibió un mensaje de voz.
No quería escucharlo.
Terminó haciéndolo en la oficina con Mateo.
Primero, silencio.
Después su propia voz.
—Si estás oyendo esto, no vengas.
Pausa.
—Todavía cree que eres la que está afuera.
La grabación terminó.
Mateo la miró.
—¿Qué significa eso?
Verónica no respondió.
La frase era demasiado concreta.
Todavía cree que eres la que está afuera.
Aquella misma madrugada ocurrió algo nuevo.
Una de las cámaras de la oficina mostró movimiento.
Era la cámara de seguridad del edificio de Verónica.
Ella la había añadido temporalmente al sistema de la empresa con autorización del administrador.
23:56.
La puerta de su apartamento estaba cerrada.
Luego se abrió.
Una mujer salió.
Verónica se acercó al monitor.
Era ella.
Misma ropa.
Mismo cabello.
Mismo bolso.
La mujer cerró la puerta y caminó hacia el ascensor.
Mateo miró a Verónica.
Ella estaba a su lado.
—Grábalo.
—Ya se está grabando.
La mujer de la cámara esperó.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entró.
La imagen cambió a la cámara del vestíbulo.
El ascensor llegó a planta baja.
Las puertas se abrieron.
Nadie salió.
Verónica tomó su móvil.
CASA estaba llamando.
Contestó.
Escuchó su apartamento.
Esta vez no había pasos.
La otra voz habló inmediatamente.
—No la dejes llegar.
Verónica se estremeció.
—¿Quién eres?
—Tú.
—No.
—Eso dije la primera noche.
Verónica apretó el teléfono.
—¿Qué está pasando?
La voz comenzó a hablar muy rápido.
—Las llamadas no vienen de tu casa.
—El número sí.
—El número es lo único que sabe encontrar.
—¿Dónde estás?
Silencio.
—Cinco minutos detrás.
Verónica miró a Mateo.
—¿Detrás de qué?
La voz respondió:
—De ti.
La llamada terminó.
Verónica reprodujo mentalmente las noches anteriores.
Al principio escuchaba acciones que ella todavía no había realizado.
Después dejó de ir a casa.
Pero esas acciones siguieron ocurriendo.
Algo estaba ocupando el espacio que su rutina había dejado vacío.
Mateo abrió las grabaciones.
—Mira esto.
La primera interferencia de cámara había durado diecisiete segundos.
La segunda, cuarenta y seis.
La tercera, un minuto y doce.
Cada noche aumentaba.
—¿Qué significa?
—No sé.
Verónica sí tenía una sospecha.
La llamada no mostraba un futuro fijo.
Mostraba algo intentando alcanzar el presente.
Cinco minutos detrás.
A la noche siguiente decidió regresar al apartamento.
Mateo insistió en acompañarla.
—Si hay algo ahí, no vas sola.
Llegaron a las 22:30.
Revisaron todo.
Vacío.
Verónica conectó una cámara en cada habitación.
Esperaron en la sala.
23:20.
Nada.
23:30.
23:41.
Verónica miró su teléfono.
No sonaba.
23:46.
CASA.
El teléfono fijo estaba frente a ellos.
Desconectado.
Aun así, su móvil recibía la llamada.
Verónica contestó.
Escuchó la sala.
Su propia respiración.
La voz de Mateo.
—No me gusta esto.
Mateo, sentado junto a ella, todavía no había hablado.
Verónica levantó un dedo.
Cinco segundos después él dijo:
—No me gusta esto.
Se quedó pálido.
La llamada continuó.
La voz de Verónica:
—No hables.
Verónica se adelantó.
—No hables.
Nada cambió.
En el teléfono, su voz repitió exactamente la frase.
Después se escuchó un golpe en el pasillo.
Todavía no había ocurrido.
Ambos miraron hacia la puerta.
Cinco segundos.
Golpe.
Mateo retrocedió.
—Son cinco segundos.
La distancia ya no era de cinco minutos.
Era de cinco segundos.
En el teléfono:
—Está acercándose.
Verónica sintió terror.
Cinco segundos después se oyó decirlo a sí misma.
—Está acercándose.
No había querido hablar.
La frase había salido.
Otro sonido en la llamada.
El picaporte del dormitorio.
Luego ocurrió delante de ellos.
La puerta se abrió.
Nadie estaba detrás.
Verónica levantó el teléfono.
La llamada seguía conectada.
Desde el altavoz oyó sus pasos entrando al dormitorio.
Ella permanecía quieta.
—No soy yo.
La otra Verónica respondió desde el teléfono.
—Todavía.
La luz del pasillo parpadeó.
Mateo agarró a Verónica.
—Nos vamos.
Corrieron hacia la puerta.
El teléfono reprodujo sus pasos apenas un segundo antes de que ocurrieran.
Ya casi no había distancia.
Mateo abrió.
La voz del teléfono dijo:
—No salgas.
Verónica frenó.
Mateo ya estaba en el pasillo.
—¡Vamos!
Desde el móvil llegó otra voz.
No era la que imitaba.
Era la primera.
La asustada.
—Verónica, si sales ahora, entra ella.
Verónica miró el apartamento.
—¿Quién?
La respuesta fue un susurro.
—La que lleva cinco minutos llegando.
El ascensor sonó.
Mateo giró hacia él.
Verónica sintió que todo su cuerpo quería correr.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Dentro había una mujer.
Su misma cara.
Su misma ropa.
Pero mojada.
Como si hubiera caminado durante horas bajo la lluvia.
Mateo retrocedió.
La mujer miró a Verónica.
No parecía agresiva.
Parecía aterrada.
—No cierres la puerta.
Verónica no pudo hablar.
La otra avanzó.
—Por favor.
En el móvil, una tercera voz susurró:
—Ahora.
La puerta del apartamento se cerró sola detrás de Verónica.
Las luces se apagaron.
Durante menos de un segundo no vio nada.
Después volvieron.
El ascensor estaba vacío.
Mateo seguía junto a ella.
—¿Dónde está?
Verónica miró el móvil.
La llamada había terminado.
23:47.
Esperaron.
Nada ocurrió.
A las 00:10 regresaron al apartamento.
Las cámaras seguían grabando.
Revisaron el video.
Vieron a Verónica y Mateo salir.
Vieron abrirse el ascensor.
Pero en la grabación no había ninguna mujer dentro.
Solo Verónica mirando un espacio vacío.
—No estaba ahí.
—Yo la vi.
—Yo también.
Mateo adelantó unos segundos.
Cuando las luces del pasillo parpadearon, la imagen perdió un fotograma.
Después todo volvió a la normalidad.
Verónica respiró.
—Se acabó.
Mateo no respondió.
Ella lo miró.
—¿Qué pasa?
Él señaló la pantalla.
En el video había algo que ninguno había notado.
Después del parpadeo, Verónica aparecía otra vez.
Pero su bolso estaba en el hombro contrario.
Era un detalle mínimo.
Verónica miró su propio bolso.
Lo llevaba exactamente como en la grabación.
En el hombro izquierdo.
Siempre lo llevaba en el derecho.
—Mateo.
Él retrocedió lentamente.
—¿Qué?
—¿Qué frase dije la primera noche que escuché la llamada?
Verónica abrió la boca.
Sabía que debería recordarla.
No podía.
Mateo palideció.
—“Qué día de mierda”.
Ella sintió un vacío.
—Claro.
Pero no recordaba haber usado esa expresión nunca.
Mateo dio otro paso atrás.
—Verónica...
Ella intentó acercarse.
—Soy yo.
El teléfono móvil comenzó a sonar.
CASA.
Ambos miraron la pantalla.
Verónica contestó.
Al otro lado se escuchaba lluvia.
Pasos.
Una mujer respirando desesperadamente.
Después su propia voz.
—Mateo, no la dejes entrar.
Mateo levantó la mirada.
Verónica permaneció inmóvil.
Desde el teléfono, la mujer comenzó a llorar.
—Por favor.
Verónica miró hacia la puerta del apartamento.
No sabía cuál de las dos voces debía creer.
Entonces escuchó algo en el interior.
El teléfono fijo.
Estaba desconectado.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
Mateo no se movió.
Verónica tampoco.
El teléfono fijo dejó de sonar.
Unos segundos después, alguien levantó el auricular dentro del apartamento.
Y una voz idéntica a la de Verónica dijo:
—¿Hola?
No regresaron a buscar nada.
La policía revisó el apartamento aquella misma noche.
No encontró a nadie.
Las cámaras tampoco mostraron movimiento.
Verónica cambió de casa.
El teléfono fijo fue retirado.
La línea fue cancelada.
Durante casi un año no recibió ninguna llamada.
Después, una noche, Mateo le escribió.
«Necesito que me llames».
Verónica marcó.
—¿Qué pasó?
Mateo tardó en responder.
—Estoy viendo las grabaciones antiguas.
—¿Para qué?
—Porque había algo que no recordaba.
—¿Qué?
Silencio.
—La primera vez que fui contigo a tu apartamento...
Verónica esperó.
—¿Sí?
—Yo no fui solo contigo.
Ella sintió frío.
—¿Qué estás diciendo?
—En la cámara aparecen tres personas entrando.
Verónica se levantó.
—¿Quién es la tercera?
Mateo comenzó a respirar más rápido.
—Eres tú.
—Yo estaba contigo.
—Lo sé.
—Entonces ¿quién es la otra?
La llamada perdió calidad.
—No se le ve la cara. Camina cinco minutos detrás.
La conexión se cortó.
Verónica volvió a llamar.
Mateo no respondió.
Nunca volvió a hacerlo.
Dos días después desapareció.
Su apartamento estaba cerrado desde dentro.
La policía encontró su teléfono sobre la mesa.
La última llamada registrada había sido a Verónica.
Cinco minutos después aparecía otra llamada.
También a Verónica.
Pero realizada desde el teléfono fijo de la antigua casa de ella.
Una línea cancelada hacía casi un año.
Verónica no sabe quién contestó.
Solo sabe que, desde entonces, algunas noches despierta a las 11:42 con la sensación de haber llegado tarde a algún sitio.
No recibe llamadas.
Eso sería más sencillo.
Lo que escucha son unas llaves en la cerradura.
Dos vueltas.
La puerta abriéndose.
Tres pasos.
Y después, desde el recibidor de su nueva casa, su propia voz diciendo una frase que todavía no ha pensado.
La última vez fue anoche.
La voz dijo:
—Esta vez llegué primero.
Verónica permaneció dentro del dormitorio hasta que salió el sol.
Por la mañana encontró unas llaves sobre la mesa del recibidor.
No eran las suyas.
Pero abrían perfectamente la puerta de su casa.
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