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El pueblo donde nadie duerme

El pueblo donde nadie duerme

La carretera desapareció bajo la niebla veinte kilómetros antes de llegar a Santa Lucía.

Tomás Herrera conducía despacio, siguiendo apenas las líneas blancas del asfalto y las luces traseras de ningún vehículo, porque no había visto otro automóvil en casi una hora. El GPS insistía en que debía continuar recto, aunque la pantalla perdía señal cada pocos minutos.

Había salido tarde de la ciudad y solo quería encontrar un lugar donde pasar la noche.

A las once y cuarenta y siete apareció el primer cartel.

SANTA LUCÍA
POBLACIÓN: 684

Debajo, alguien había pintado con aerosol una frase:

AQUÍ NADIE DUERME.

Tomás sonrió.

Pensó que sería una broma local.

Unos metros más adelante encontró una gasolinera abierta. El establecimiento era pequeño, antiguo y estaba iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban.

Entró.

Detrás del mostrador había un anciano leyendo un periódico.

—Buenas noches —dijo Tomás—. ¿Hay algún hotel cerca?

El hombre levantó la vista.

Tenía profundas ojeras.

—Sí. La Posada del Reloj. Dos calles después de la plaza.

—Perfecto.

Tomás tomó una botella de agua.

—¿Hasta qué hora está abierto?

—Toda la noche.

—¿Por turismo?

El anciano lo observó.

—Aquí todo está abierto toda la noche.

Tomás recordó el cartel.

—¿Lo de que nadie duerme es un lema del pueblo?

El hombre cerró el periódico.

—No.

No añadió nada más.

Tomás pagó y salió.

La calle principal estaba extrañamente concurrida para ser casi medianoche.

Una panadería funcionaba con normalidad. Dos niños jugaban con una pelota frente a una casa. Una mujer barría la vereda. Un hombre pintaba una ventana.

Todos parecían cansados.

Todos tenían ojeras.

Nadie bostezaba.

La Posada del Reloj ocupaba un edificio de dos pisos frente a la plaza. Sobre la entrada colgaba un reloj enorme detenido a las tres y doce.

Una mujer de unos sesenta años atendía recepción.

—Necesito una habitación por una noche —dijo Tomás.

La mujer dejó de escribir.

—¿Solo una?

—Eso espero.

La respuesta pareció preocuparla.

—Habitación 8.

Le entregó una llave.

—Antes de subir, debo explicarle las reglas.

Tomás sonrió.

—¿Muchas?

—Tres.

La mujer levantó un dedo.

—Primera: no apague todas las luces.

Segundo.

—Si escucha a alguien llamarlo desde la calle después de las tres, no mire por la ventana.

Tercero.

La mujer lo miró directamente.

—No se duerma.

Tomás rio.

Ella no.

—¿Es en serio?

—Muy en serio.

—He conducido seis horas. Precisamente vine a dormir.

—Entonces debería continuar su viaje.

Tomás miró por la ventana.

La niebla se había espesado.

—No pienso volver a la carretera así.

—Entonces permanezca despierto.

Tomás tomó la llave.

—Lo intentaré.

La habitación era sencilla.

Una cama.

Un escritorio.

Una lámpara.

Una televisión antigua.

Y, sobre la pared, otro reloj detenido a las tres y doce.

Tomás dejó la mochila y se duchó.

A medianoche encendió la televisión.

Todos los canales mostraban estática salvo uno.

Una cámara fija transmitía la plaza del pueblo.

Personas caminaban alrededor de la fuente.

Algunas estaban sentadas.

Nadie dormía.

Tomás cambió de canal.

La imagen regresó sola.

En la parte inferior apareció un mensaje:

QUEDAN 192 MINUTOS.

Tomás frunció el ceño.

Desconectó el televisor.

La pantalla continuó encendida.

QUEDAN 191 MINUTOS.

Golpearon la puerta.

Tomás abrió.

La dueña de la posada sostenía una bandeja con café.

—Pensé que lo necesitaría.

—¿Qué significa lo de los minutos?

La mujer miró la televisión.

Su expresión cambió.

—Ya empezó.

—¿Qué empezó?

Ella dejó la bandeja.

—Baje a recepción.

En el vestíbulo había cinco personas más.

Dos ancianos.

Una mujer con un bebé.

Un adolescente.

Y el hombre de la gasolinera.

Todos bebían café.

Tomás se sentó.

—¿Alguien piensa explicarme qué ocurre?

El anciano respondió:

—A las tres y doce, el pueblo duerme.

Tomás miró alrededor.

—Eso contradice completamente el cartel.

—Dormimos —continuó el hombre—. Pero no nosotros.

La dueña cerró las cortinas.

—Hace treinta y siete años, Santa Lucía sufrió un apagón.

Aquella noche, exactamente a las tres y doce, todas las personas del pueblo quedaron dormidas al mismo tiempo.

No era sueño normal.

Nadie despertaba.

—¿Cuánto duró?

—Siete minutos —respondió la mujer.

—¿Y qué pasó?

El anciano bajó la mirada.

—Cuando despertamos, faltaban veintitrés personas.

Tomás creyó que se trataba de una leyenda.

—¿Desaparecieron?

—Sí.

—¿Secuestro?

—Las puertas seguían cerradas. Las ventanas también.

La dueña continuó.

—Desde entonces, cada cierto tiempo vuelve a ocurrir.

—¿Cada cuánto?

—Antes eran años.

La mujer miró el reloj.

—Ahora ocurre todas las noches.

Tomás sintió que la broma empezaba a parecer demasiado elaborada.

—¿Y si simplemente me duermo ahora?

Nadie respondió.

Finalmente, el adolescente habló.

—Entonces algo sueña contigo.

Tomás se levantó.

—Me voy.

El hombre de la gasolinera negó con la cabeza.

—La carretera ya no está.

—¿Cómo que no está?

—Después de medianoche, la niebla la cubre.

—Puedo conducir despacio.

—No llegarás a ninguna parte.

Tomás tomó las llaves del automóvil y salió.

La calle estaba llena de gente.

Muchos caminaban en círculos.

Otros hablaban entre sí.

Algunas familias cocinaban frente a sus casas.

Nadie quería quedarse quieto.

Tomás subió al coche y arrancó.

Condujo hacia la salida del pueblo.

Cinco minutos después pasó junto a la gasolinera.

Continuó.

Cinco minutos después volvió a pasar junto a la gasolinera.

Tomás frenó.

Miró el GPS.

La pantalla mostraba una sola palabra:

DESPIERTO.

Regresó a la posada.

Faltaban noventa y cuatro minutos.

La mujer del bebé caminaba de un lado a otro.

—¿El niño tampoco duerme?

—Nació aquí.

—¿Nunca duerme?

—Duerme de día.

—¿Y de noche?

Ella abrazó al bebé.

—Aprendemos desde pequeños.

Tomás tomó otra taza de café.

—¿Qué ocurre exactamente a las tres y doce?

La dueña abrió un armario y sacó una carpeta.

Dentro había fotografías antiguas.

Mostraban habitaciones vacías, camas deshechas y calles cubiertas de niebla.

En una imagen aparecían varias personas dormidas en la plaza.

Detrás de ellas había figuras altas.

Demasiado altas.

—¿Qué son?

—No sabemos.

—¿Los que se llevan a la gente?

—Creemos que sí.

El anciano señaló una fotografía.

—Solo aparecen cuando todos los que están cerca están dormidos.

Tomás miró la imagen.

Las figuras no tenían rasgos.

Eran sombras alargadas con brazos que casi tocaban el suelo.

—¿Cómo tomaron esta foto?

—Una cámara automática.

La siguiente imagen mostraba una figura cargando a una mujer dormida.

Tomás dejó la fotografía.

—¿Por qué no se marchan del pueblo durante el día?

La dueña sonrió con tristeza.

—Muchos lo hicieron.

—¿Y?

—Volvieron.

—¿Por voluntad propia?

—No.

Según explicó, quienes se mudaban terminaban despertando nuevamente en Santa Lucía.

A veces después de días.

Otras veces, después de años.

Podían dormirse en otra ciudad y abrir los ojos en su antigua habitación.

El pueblo no permitía que sus habitantes se marcharan.

Tomás miró el reloj.

2:49.

—Yo no soy de aquí.

—Eso esperamos que importe —dijo el anciano.

A las tres comenzaron las campanas de la iglesia.

Una campanada por minuto.

Los habitantes entraron en sus casas.

Las calles quedaron vacías.

Todos encendieron luces.

En la posada, varias personas comenzaron a hablar en voz alta para mantenerse despiertas.

Tomás sentía los párpados pesados.

Había conducido demasiado.

La cafeína ya no ayudaba.

3:08.

La televisión se encendió.

QUEDAN 4 MINUTOS.

—¿Cuánto dura? —preguntó Tomás.

—Siete minutos —respondió la dueña—. Si logramos permanecer despiertos, termina.

—¿Y si alguien duerme?

—Eso depende de lo que encuentre.

3:11.

Las luces parpadearon.

El bebé comenzó a llorar.

El adolescente golpeaba una cuchara contra una olla.

El hombre de la gasolinera cantaba.

La última campanada sonó.

3:12.

Todas las luces se apagaron.

Tomás sintió algo extraño.

No cansancio.

Una orden.

Su cuerpo quería dormir.

Sus rodillas cedieron.

La dueña lo sujetó.

—¡Míreme!

Tomás abrió los ojos.

A través de la ventana se escucharon pasos.

Lentos.

Arrastrados.

Después una voz.

—Tomás.

Él se congeló.

—No mires —dijo la mujer.

La voz volvió a llamar.

—Tomás, soy papá.

Su padre había muerto cinco años atrás.

Tomás sintió que el pecho se le cerraba.

—No es él —susurró la dueña.

—Tomás.

La voz sonaba exactamente igual.

—Sal un momento.

Los pasos se detuvieron frente a la posada.

Algo rozó el cristal.

Tomás cerró los ojos.

La mujer lo golpeó en la mejilla.

—¡No cierre los ojos!

Los abrió.

En la televisión apareció la plaza.

Había figuras caminando.

Cinco.

Después seis.

Después siete.

Una de ellas se dirigió hacia la posada.

La pantalla cambió.

Mostró el interior del vestíbulo.

Todos aparecían allí.

La imagen procedía de algún punto del techo.

Pero no había cámara.

Detrás de Tomás apareció una figura.

Él se giró.

No había nada.

La televisión la seguía mostrando.

La figura inclinó la cabeza.

Luego señaló al bebé.

La madre gritó.

Todas las puertas comenzaron a golpear al mismo tiempo.

3:15.

Faltaban cuatro minutos.

El adolescente cayó de rodillas.

—No puedo.

El anciano lo sujetó.

—¡Habla conmigo!

—Tengo sueño.

—Dime tu nombre.

—Daniel.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis.

—Otra vez.

El muchacho repitió las respuestas.

Tomás comprendió que hablar ayudaba.

Comenzó a decir en voz alta todo lo que recordaba.

Su nombre.

La ciudad donde vivía.

La matrícula del coche.

El nombre de su madre.

Cualquier cosa.

La voz de su padre continuaba afuera.

—Tomás, abre.

3:17.

La televisión mostró la figura entrando al edificio.

No por la puerta.

Atravesó la pared.

La temperatura descendió.

La mujer del bebé comenzó a llorar.

La figura apareció en la pantalla justo detrás de ella.

El niño dejó de llorar.

Sus ojos se cerraron.

—¡No! —gritó la madre.

Lo sacudió suavemente.

El bebé abrió los ojos.

La figura desapareció de la pantalla.

3:18.

Un minuto.

Todos comenzaron a gritar, cantar y golpear objetos.

Las ventanas temblaban.

Las voces afuera se multiplicaron.

Familiares muertos.

Amigos ausentes.

Personas queridas.

Cada habitante escuchaba a alguien diferente.

Tomás volvió a escuchar a su padre.

—Hijo, solo quiero verte.

Quiso llorar.

No respondió.

3:19.

Las luces regresaron.

Las voces cesaron.

La televisión mostró:

CICLO TERMINADO.

Todos permanecieron inmóviles.

Después respiraron.

Habían sobrevivido.

Tomás miró por la ventana.

La plaza estaba vacía.

—Entonces ya puedo irme.

Nadie contestó.

La dueña observó la televisión.

El mensaje cambió.

NUEVO HABITANTE REGISTRADO.

Debajo apareció un nombre.

TOMÁS HERRERA.

—No —dijo el anciano.

Tomás retrocedió.

—¿Qué significa eso?

La mujer de la posada palideció.

—Te escuchó.

—¿Quién?

—El pueblo.

Tomás salió corriendo.

Subió al automóvil y condujo hacia la carretera.

La niebla había desaparecido.

Esta vez logró salir.

El cartel quedó atrás.

SANTA LUCÍA
POBLACIÓN: 685

Tomás condujo hasta el amanecer.

Llegó a su ciudad.

Durante varios días no ocurrió nada.

Pensó que había escapado.

A la tercera noche, se durmió en su apartamento.

Despertó a las 3:12.

Estaba en la habitación 8 de la Posada del Reloj.

La dueña lo esperaba junto a la puerta.

—Lo siento.

Tomás gritó.

Al día siguiente volvió a marcharse.

Regresó a la ciudad.

Dos noches después volvió a despertar en Santa Lucía.

Después ocurrió otra vez.

Y otra.

Con el tiempo dejó de intentar escapar.

Alquiló una casa.

Consiguió trabajo en la gasolinera.

Aprendió a dormir únicamente durante el día.

Por la noche bebía café y caminaba.

A veces recibía viajeros.

Personas perdidas que llegaban por culpa de la niebla.

Tomás intentaba advertirles.

Algunos se marchaban antes de medianoche.

Otros decidían quedarse.

Una noche llegó una joven.

Parecía agotada.

—¿Hay algún hotel cerca? —preguntó.

Tomás la miró.

Recordó exactamente aquella misma conversación.

—Sí —respondió—. La Posada del Reloj.

La joven vio sus ojeras.

—¿Nunca duerme?

Tomás miró el reloj.

11:47.

Quiso decirle que se marchara.

Quiso contarle todo.

Pero entonces escuchó una voz detrás de él.

La voz de su padre.

—Déjala quedarse.

Tomás cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, la joven seguía esperando.

Le entregó el cambio.

—Después de medianoche —dijo—, no importa lo que escuches, no te duermas.

Ella rio.

Exactamente como él había reído.

La muchacha se marchó.

Tomás miró el cartel desde la ventana de la gasolinera.

La población ya no era 685.

Ahora decía:

686.

Desde entonces ha dejado de contar cuántas personas llegan.

Santa Lucía sigue sin aparecer en la mayoría de los mapas.

Las carreteras oficiales no conducen hasta allí.

Solo puedes encontrar el pueblo cuando estás cansado, conduces de noche y comienzas a pensar que necesitas detenerte a dormir.

Entonces aparece la niebla.

Después el cartel.

Después las luces.

Si alguna vez te ocurre, sigue conduciendo.

No importa cuánto sueño tengas.

No te detengas en la gasolinera.

No preguntes por un hotel.

Y si ves escrito en una pared:

AQUÍ NADIE DUERME

no pienses que es una advertencia para los habitantes.

Es una advertencia para ti.

Porque Santa Lucía no necesita que vivas allí para convertirte en uno de los suyos.

Solo necesita encontrarte dormido una vez.

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