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El piso que desaparece cuando nadie lo mira

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El piso que desaparece cuando nadie lo mira

La primera vez que Martín notó que faltaba el séptimo piso, pensó que el ascensor estaba averiado.

Vivía en el 9B desde hacía cinco años.

Aquella tarde entró al ascensor, pulsó el nueve y recorrió distraídamente los botones con la mirada.

1.

2.

3.

4.

5.

6.

7.

8.

9.

10.

Frunció el ceño.

Volvió a contarlos.

Entre el seis y el ocho no había nada.

Martín pasó el dedo por aquel espacio.

La placa metálica era completamente lisa.

No había un hueco.

Ni marcas de un botón retirado.

Ni tornillos.

Nada.

Bajó a recepción.

—Señor Ramírez, falta un botón en el ascensor.

El portero levantó la vista del periódico.

—¿Cuál?

—El siete.

Ramírez lo observó unos segundos.

Después sonrió.

—Este edificio no tiene séptimo piso.

Martín creyó que estaba bromeando.

—Claro que tiene.

—No.

—Vivo en el noveno. Para llegar al nueve tengo que pasar por el siete.

—Pasa del seis al ocho.

—Eso no tiene sentido.

Ramírez señaló el directorio de mármol junto a la recepción.

Martín se acercó.

Los números iban del uno al seis.

Después, directamente, aparecía el ocho.

Ni siquiera había un espacio vacío entre ambos.

—Ayer estaba ahí.

Ramírez negó con la cabeza.

—Llevo diecisiete años trabajando en este edificio.

—¿Y nunca hubo séptimo piso?

—Nunca.

Martín sacó el teléfono.

Buscó fotografías antiguas del edificio.

Encontró una imagen de la fachada tomada durante una reunión vecinal.

Empezó a contar las hileras de ventanas.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Después perdió la cuenta.

Volvió a empezar.

Esta vez obtuvo once.

Lo intentó una tercera vez.

Doce.

Martín acercó la fotografía con los dedos.

Sabía que había una fila de ventanas entre la sexta y la que él identificaba como octava.

Podía verla.

Pero cada vez que intentaba señalar exactamente cuál era, sus ojos saltaban de una a otra.

Como si aquella parte de la fachada se negara a ser contada.

Guardó el teléfono.

Esa noche decidió utilizar las escaleras.

Subió hasta el sexto piso.

La puerta decía:

6.

Continuó.

Un tramo.

Descanso.

Otro tramo.

La siguiente puerta decía:

8.

Martín se quedó inmóvil.

Bajó.

Repitió el recorrido.

6.

Escaleras.

8.

No había una puerta tapiada.

Ni un descanso escondido.

Ni un tramo adicional.

El espacio físico donde debería estar el séptimo piso sencillamente no existía.

Y, sin embargo, Martín recordaba haber estado allí.

Recordaba una familia.

Los Aguirre.

Vivían en el 7C.

Carolina y Sebastián.

Y una niña llamada Lucía.

Tendría unos diez años.

Siempre cargaba una mochila violeta.

Martín recordaba haber coincidido con ella muchas veces en el ascensor.

Incluso recordaba una ocasión en la que la niña salió corriendo y él sostuvo las puertas para que no se cerraran.

Era un recuerdo concreto.

Demasiado concreto para haberlo inventado.

Llamó a Elena, su vecina del 9A.

—¿Conoces a los Aguirre?

—¿Quiénes?

—Carolina y Sebastián. Los del séptimo.

Hubo una breve pausa.

—Martín, aquí no hay séptimo piso.

—Lucía. La niña de la mochila violeta.

—No sé de quién hablas.

Elena se rio, incómoda.

—¿Has bebido?

Martín colgó.

Buscó en el grupo de mensajes del edificio.

Nada.

Ningún Aguirre.

Ninguna referencia al 7C.

Escribió:

«¿Alguien recuerda a una familia que vivía entre el sexto y el octavo piso? Carolina, Sebastián y una niña llamada Lucía».

Tres vecinos respondieron con bromas.

Otro escribió:

«¿Entre el sexto y el octavo? 😂»

Martín estuvo a punto de borrar el mensaje.

Entonces recibió un privado.

Era de Elena.

«No escribas más sobre eso».

La llamó inmediatamente.

Elena no contestó.

Martín salió al pasillo y golpeó su puerta.

Ella abrió apenas.

—¿Qué pasa?

—Me escribiste.

—No.

Martín le mostró el teléfono.

Elena leyó el mensaje.

Su expresión cambió.

—Yo no mandé eso.

—Salió de tu número.

—No recuerdo haberlo escrito.

—Entonces ¿por qué dice que no escriba más?

Elena miró hacia el ascensor.

Después abrió la puerta.

—Entra.

Cerró con llave.

—Hay algo raro.

—Eso ya lo sé.

—No. Otra cosa.

Elena fue hasta un mueble de la sala y sacó una caja de fotografías.

—Desde que me llamaste tengo la sensación de que olvidé algo.

Revisó varias imágenes hasta encontrar una tomada durante una cena de vecinos.

Había nueve personas alrededor de una mesa.

Martín señaló inmediatamente a una mujer de cabello corto.

—Carolina.

Elena acercó la fotografía.

—No sé quién es.

Martín le dio la vuelta.

Había nombres escritos a mano.

RAMÍREZ.

ELENA.

MARTÍN.

CAROLINA, SEBASTIÁN Y LUCÍA — 7C.

Elena se quedó inmóvil.

—Esa es mi letra.

—Entonces los conocías.

—No los recuerdo.

Martín buscó entre las fotografías.

Encontró otra.

Lucía aparecía dentro del ascensor, sonriendo, con su mochila violeta.

—Mírala.

Elena negó.

—Nada.

—La cuidaste una tarde.

—¿Qué?

—Carolina tuvo que salir. Lucía estuvo aquí contigo.

—No recuerdo eso.

—Jugaba con dos walkie-talkies. Uno rojo y uno amarillo. Te volvió loca porque no dejaba de hablar por ellos.

Elena abrió la boca.

Algo cambió en su rostro.

Miró hacia un pequeño armario.

Fue hasta él.

Sacó varias cosas.

Al fondo apareció un walkie-talkie amarillo de juguete.

Elena lo sostuvo con ambas manos.

—No sabía por qué tenía esto.

Martín sintió frío.

—Era de Lucía.

Elena cerró los ojos.

—Me llamaba comandante.

Martín no respondió.

—Decía que yo tenía que quedarme en la base.

Abrió los ojos.

Estaba pálida.

—Dios mío.

—¿La recuerdas?

—Un poco.

Esa noche Martín soñó con una puerta.

7C.

Alguien golpeaba desde el otro lado.

No pedía ayuda.

Solamente golpeaba.

Tres veces.

Esperaba.

Tres veces más.

Martín despertó.

El reloj marcaba las 3:08.

Entonces escuchó el ascensor.

Ding.

Salió al pasillo.

El indicador sobre las puertas mostraba un número imposible.

7.

Permaneció encendido durante varios segundos.

Después cambió a 8.

Luego a 9.

Las puertas se abrieron.

El ascensor estaba vacío.

Pero había algo en el suelo.

Una mochila violeta.

Martín dejó de respirar.

La reconoció.

Entró y la recogió.

Las puertas se cerraron detrás de él.

Cuando levantó la mirada, vio que el panel había cambiado.

Entre el seis y el ocho había un botón.

7.

Estaba encendido.

Martín no lo había pulsado.

El ascensor comenzó a moverse.

Sintió claramente el descenso bajo sus pies.

El indicador marcó:

9.

Después:

10.

Martín miró hacia arriba.

11.

El ascensor seguía bajando.

Los números, no.

La luz parpadeó.

El indicador quedó en blanco.

Ding.

Las puertas se abrieron.

El séptimo piso estaba allí.

El pasillo parecía idéntico al resto del edificio.

Misma alfombra.

Mismas paredes.

Mismas puertas.

Pero todas las luces estaban apagadas excepto una.

La situada sobre el 7C.

Martín salió.

Las puertas se cerraron inmediatamente.

Corrió hacia ellas.

Pulsó el botón de llamada.

Nada.

—¿Hola?

Su propia voz sonó apagada.

El pasillo parecía tragarse el eco.

La puerta del 7C estaba entreabierta.

Martín avanzó.

—¿Carolina?

Nada.

Empujó la puerta.

El apartamento estaba amueblado.

Había platos sobre la mesa.

Un televisor encendido sin sonido.

Juguetes.

Fotografías familiares.

La casa parecía habitada.

Desde un dormitorio llegó una voz.

—Mamá.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Lucía?

La niña apareció.

Llevaba pijama.

Cuando vio la mochila violeta entre las manos de Martín empezó a llorar.

—La encontraste.

Martín se agachó.

—¿Dónde están tus padres?

Lucía señaló el dormitorio.

Carolina estaba sentada en la cama.

Sebastián permanecía junto a la ventana.

Parecían agotados.

Carolina vio a Martín.

Por primera vez sonrió.

—Tú todavía nos recuerdas.

—¿Qué está pasando?

Sebastián cerró la cortina.

—No digas nombres en el pasillo.

Martín lo miró.

—¿Por qué?

—Porque aquí hay cosas que escuchan.

Martín sintió un escalofrío.

—¿Qué cosas?

Sebastián no respondió.

Carolina se puso de pie.

—¿Alguien más nos recuerda?

—Elena. Un poco.

—¿Un poco?

—Encontramos fotografías.

Carolina negó.

—Las fotografías no sirven por sí solas.

—Pero recordó a Lucía.

—Entonces todavía quedaba algo.

Martín miró a su alrededor.

—Explícame qué ocurre.

Carolina tardó unos segundos.

—El séptimo piso no desaparece de golpe.

—¿Entonces?

—Primero la gente empieza a olvidarlo.

Sebastián continuó:

—Después cambian los registros. Los planos. Las fotografías. Los números.

—¿Y después?

Carolina miró hacia la puerta.

—Desaparece el lugar.

—Pero vosotros seguís aquí.

—Porque nosotros lo recordamos desde dentro.

—Entonces basta con que vosotros lo recordéis.

Carolina negó.

—No.

—¿Por qué?

—Un lugar no puede existir solo para quienes están atrapados dentro.

Martín guardó silencio.

—Necesita alguien afuera —continuó—. Alguien que recuerde haber estado aquí. Algo real. No basta leer un número o mirar una fotografía.

Martín pensó en Elena.

—Yo recuerdo haber venido.

—Por eso pudiste encontrarlo.

Lucía abrazó la mochila.

—Cuando nadie nos recuerda desde fuera, todo se queda quieto.

—¿Qué significa quieto?

Carolina miró el reloj de pared.

Marcaba las 3:08.

—Esto.

—¿Desde cuándo?

—No lo sabemos.

Martín miró nuevamente el reloj.

El segundero no avanzaba.

—¿Cómo salgo?

Carolina señaló el ascensor.

—Alguien desde fuera debe llamarlo mientras tú mantienes un recuerdo del piso.

—¿Y vosotros?

Carolina bajó la mirada.

—No es igual.

—¿Por qué?

Sebastián respondió:

—Recordar el piso permite entrar.

Miró a Lucía.

—Recordar a una persona permite sacarla.

Martín sintió que comprendía.

—Yo recuerdo a Lucía.

La niña lo miró.

Carolina asintió.

—Entonces quizá ella pueda cruzar contigo.

Martín sacó el teléfono.

Sin señal.

Lucía abrió la mochila.

Dentro había un walkie-talkie rojo.

Martín la miró.

—¿El otro lo tiene Elena?

Lucía asintió.

—Se lo dejé antes de que empezaran a olvidarnos.

Martín encendió el aparato.

Estática.

—Elena.

Nada.

—Elena, ¿me escuchas?

La radio crujió.

Después apareció una voz.

—Martín.

—Estoy aquí.

—¿Dónde?

—En el séptimo.

Silencio.

—No hay séptimo piso.

Martín cerró los ojos.

Ya estaba olvidándolo.

—Elena. El walkie-talkie que tienes en la mano.

—¿Qué tiene?

—¿Quién te lo dio?

Silencio.

—No sé.

—Una niña.

—¿Qué niña?

—Te llamaba comandante.

Estática.

—Tú eras la base.

Otra pausa.

Entonces Elena respiró de manera distinta.

—Lucía.

La luz del pasillo se encendió un instante.

Martín miró hacia la puerta del 7C.

—Llama al ascensor.

—¿Ahora?

—Ahora.

Al fondo del pasillo se escuchó:

Ding.

Las puertas se abrieron.

Martín agarró la mano de Lucía.

—Ven.

Carolina intentó seguirlos.

Al llegar al umbral se detuvo de golpe.

No había nada visible delante de ella.

Sin embargo, no podía avanzar.

—¡Mamá!

Lucía intentó volver.

Martín la sostuvo.

—Carolina.

—No me recuerdas lo suficiente.

—Sí te recuerdo.

—Sabes quién soy. No es lo mismo.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Lucía gritó.

—¡Mamá!

Sebastián abrazó a Carolina.

—Vete con él.

Martín y Lucía entraron.

Las puertas se cerraron.

El ascensor comenzó a subir.

7.

8.

9.

Cuando llegaron, Elena esperaba en el pasillo.

Vio a Lucía.

Durante un instante pareció mirar a una desconocida.

Entonces la niña levantó el walkie-talkie rojo.

—Comandante.

Elena se llevó las manos a la boca.

—Lucía.

Corrió hacia ella y la abrazó.

La niña empezó a llorar.

Martín miró el panel.

El botón siete seguía allí.

—Ahora somos dos.

Elena lo entendió.

Bajaron nuevamente.

El séptimo permanecía.

Esta vez Elena recordó una cena.

Carolina había derramado vino sobre su vestido blanco.

Recordó haberse reído durante diez minutos.

Cuando Elena la llamó por su nombre, Carolina pudo atravesar el umbral.

Carolina recordó después a Sebastián.

No solamente su nombre.

Recordó el día en que él instaló mal una repisa en la cocina y ambos terminaron discutiendo porque hizo tres agujeros innecesarios en la pared.

Sebastián pudo salir.

Al llegar al noveno piso, el botón siete permaneció encendido.

Durante las siguientes horas comenzaron a regresar otros recuerdos.

Ramírez recordó a los Aguirre.

Después la señora del 6A.

Luego otros vecinos.

El directorio recuperó el siete.

Los planos volvieron a mostrarlo.

Las fotografías dejaron de parecer extrañas.

La ciudad no pareció notar ningún cambio.

Como si el séptimo piso jamás hubiera desaparecido.

Los Aguirre abandonaron el edificio dos días después.

No quisieron volver a dormir en el 7C.

Martín no los culpó.

Antes de marcharse, Carolina le entregó una caja de fotografías que había encontrado en un armario antiguo del apartamento.

—Hay algo que deberías ver.

—¿Qué?

—No sé.

Carolina parecía incómoda.

—Pero apareces tú.

Martín abrió la caja.

Había fotografías de distintas épocas.

Algunas recientes.

Otras mucho más antiguas.

En una de ellas aparecía una familia frente al 7B.

Una mujer.

Un hombre.

Dos niños.

Martín sintió un vacío en el estómago.

Reconoció a uno.

Tenía unos seis años.

Era él.

La fotografía cayó de sus manos.

—Esto no puede ser.

—¿Nunca viviste aquí?

—No.

Lucía estaba junto a su madre.

—Sí viviste.

Martín la miró.

—Tú no habías nacido.

—No te recuerdo yo.

La niña señaló la fotografía.

—El piso sí.

Martín llamó a su madre.

—Mamá. ¿Dónde vivíamos cuando yo tenía seis años?

—En la calle Flores.

—¿En qué edificio?

Silencio.

—No recuerdo.

—¿Vivimos alguna vez en el edificio San Gabriel?

Otro silencio.

Después su madre comenzó a llorar.

—¿Cómo te acordaste?

Martín dejó de respirar.

—¿De qué?

—Del séptimo piso.

Martín se sentó.

—Mamá.

La mujer respiraba con dificultad.

—Nos fuimos después de lo de Nicolás.

—¿Quién es Nicolás?

El llanto se hizo más fuerte.

—Tu hermano.

Martín sintió una presión detrás de los ojos.

—No tengo hermano.

—Eso crees ahora.

Una imagen golpeó dentro de su memoria.

Una bicicleta azul.

Dos camas.

Un niño mayor.

Una mano sujetando la suya.

—Se llamaba Nicolás —continuó su madre—. Tenía nueve años.

Martín cerró los ojos.

—¿Qué pasó?

—Una noche desapareció el séptimo piso.

—¿Y Nicolás?

—Se quedó dentro.

Martín se levantó.

Corrió hacia el ascensor.

Pulsó el siete.

Nada ocurrió.

El botón estaba perdiendo brillo.

Lo pulsó otra vez.

—¡Nicolás!

Carolina salió al pasillo.

—No digas su nombre.

Martín la miró.

—¿Qué?

—Sebastián te lo dijo.

Desde el ascensor llegó un sonido.

Ding.

Las puertas se abrieron.

Vacío.

El botón siete había vuelto a encenderse.

Martín entró.

—Mi hermano está ahí.

—Martín, espera.

Las puertas se cerraron.

El ascensor comenzó a bajar.

Cuando volvió a abrirse, el pasillo era diferente.

La alfombra moderna había desaparecido.

Las paredes estaban cubiertas de papel tapiz marrón.

Las lámparas eran antiguas.

El aire olía a polvo.

Martín miró hacia el fondo.

7B.

Entonces escuchó algo.

Una rueda girando.

El suave traqueteo de una bicicleta.

—Nicolás.

Se arrepintió apenas pronunció el nombre.

La puerta del 7B se abrió.

Un niño estaba sentado en el suelo.

Nueve años.

Cabello oscuro.

Camisa azul.

Martín dejó de respirar.

El niño levantó la cabeza.

—¿Martín?

Sonrió.

Para él no habían pasado treinta años.

—Mamá dijo que no saliera.

Martín comenzó a llorar.

—Nico.

—¿Por qué eres viejo?

Martín se arrodilló.

—Tenemos que irnos.

El niño miró hacia el pasillo.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No mientras mamá no me recuerde.

Martín sacó el walkie-talkie.

No sabía si seguiría funcionando.

Lo encendió.

—Mamá.

Estática.

—Mamá, contesta.

Durante varios segundos no escuchó nada.

Después:

—Martín.

—Necesito que recuerdes a Nicolás.

Silencio.

—¿Quién?

Martín sintió que el suelo vibraba.

—La bicicleta azul.

Nada.

—Rompió la ventana de la cocina jugando con una pelota.

Su madre respiró.

—Yo lo castigué.

—Sí.

—Dormía con la luz encendida.

—Sí.

—Le daban miedo los ascensores.

Martín miró al niño.

Nicolás sonrió.

—Nunca me dieron miedo.

Martín sintió frío.

—¿Qué?

—Nunca me dieron miedo los ascensores.

La voz de su madre llegó por la radio.

—Sí te daban, Nicolás.

El niño dejó de sonreír.

Martín retrocedió.

Recordó la advertencia.

No digas nombres en el pasillo.

Porque aquí hay cosas que escuchan.

—¿Quién eres?

—Nicolás.

—¿Qué hiciste el día que desapareciste?

El niño ladeó la cabeza.

—Te estaba esperando.

—¿Dónde?

Silencio.

Las luces comenzaron a parpadear.

Las paredes del pasillo se oscurecieron.

Entonces llegaron sonidos desde los apartamentos cerrados.

Pasos.

Respiraciones.

Voces.

Una mujer llorando.

Un hombre llamando a alguien.

Un niño diciendo:

—Mamá.

Otra puerta se abrió.

Después otra.

Y otra.

Dentro había personas.

Algunas vestían ropa moderna.

Otras parecían pertenecer a décadas anteriores.

Niños.

Adultos.

Ancianos.

Todos observaban a Martín.

Algunos pronunciaban nombres.

Otros repetían frases.

Como si fueran recuerdos aprendidos de memoria.

Martín comprendió algo terrible.

El séptimo piso no conservaba solamente habitaciones.

Conservaba épocas.

Personas olvidadas en distintos momentos.

Quizá algunas seguían siendo ellas mismas.

Quizá otras llevaban demasiado tiempo allí.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—Dime dónde estaba Nicolás cuando desapareció.

La mujer lloró.

—Dentro del ascensor.

Martín miró al niño.

—Mentiste.

Su expresión cambió apenas.

Muy poco.

Pero fue suficiente.

—No soy yo el que olvida.

Martín retrocedió.

La voz del niño se volvió más baja.

—Sois vosotros.

Las puertas de los apartamentos comenzaron a abrirse por completo.

Martín corrió hacia el ascensor.

No miró atrás.

—Martín.

Siguió corriendo.

—Mamá todavía me recuerda.

Martín alcanzó el ascensor.

Pulsó el botón.

Nada.

—Martín.

Las voces de los apartamentos empezaron a repetir su nombre.

—Martín.

—Martín.

—Martín.

Ding.

Las puertas se abrieron.

Entró.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Una mano infantil apareció entre ellas.

Martín gritó y retrocedió.

La mano permaneció allí unos segundos.

Después desapareció.

Antes de cerrarse por completo, escuchó:

—¿Estás seguro de que era a mí a quien le daban miedo?

Las puertas se cerraron.

El ascensor subió.

Cuando llegó al noveno, Martín cayó al suelo.

Carolina lo ayudó a levantarse.

—¿Lo encontraste?

Martín tardó en responder.

—Encontré algo que sabía que yo tenía un hermano.

Aquella noche nadie durmió.

Al amanecer el séptimo piso parecía normal otra vez.

Excepto por una cosa.

El apartamento 7B no existía.

Donde debería estar su puerta había una pared continua.

La madre de Martín recordó a Nicolás durante varios días.

Después comenzó a olvidarlo nuevamente.

Primero olvidó su edad.

Luego el color de sus ojos.

Después dejó de recordar cómo sonaba su voz.

Martín escribió su nombre en fotografías.

En papeles.

En las paredes de su apartamento.

En el teléfono.

NICOLÁS.

NICOLÁS.

NICOLÁS.

No sirvió.

Porque conocer un nombre no era recordar a una persona.

Cada semana conservaba menos.

Hasta que una mañana encontró una bicicleta azul guardada en su depósito.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Sobre el manillar había una etiqueta.

Nicolás.

Martín se sentó frente a ella durante horas.

Consiguió recuperar una sola imagen.

Un ascensor.

Su hermano mayor sujetándole la mano.

Las puertas abriéndose.

Los dos frente a un pasillo.

Y una voz infantil diciendo:

—No mires el número siete cuando salgamos.

Martín no consiguió recordar cuál de los dos había pronunciado aquella frase.

Desde entonces el séptimo piso permanece visible.

La mayoría del tiempo.

El apartamento de los Aguirre está vacío.

Nadie ha querido ocuparlo.

El ascensor funciona.

El directorio muestra todos los pisos.

Los planos también.

Todo parece normal.

Pero cuando pasan varias horas sin que nadie recuerde algo ocurrido en el séptimo, el botón empieza a perder brillo.

Las cámaras dejan de mostrar el pasillo.

Los registros cambian.

Y algunos vecinos comienzan a preguntarse por qué el edificio pasa directamente del seis al ocho.

La semana pasada Martín despertó a las 3:08.

Ding.

El ascensor estaba detenido en el séptimo.

Las puertas se abrieron.

En el suelo había una bicicleta azul.

Detrás, en la oscuridad, una voz infantil dijo:

—Martín.

Él no entró.

Las puertas permanecieron abiertas durante exactamente un minuto.

Entonces la voz añadió:

—Esta vez sí recuerdo dónde estaba.

Martín permaneció inmóvil.

Antes de que las puertas se cerraran, escuchó una última frase.

—Pero tú ya no recuerdas dónde estabas tú.

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El final no tiene por qué ser el final

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