
El ascensor abrió sus puertas donde debía estar el sótano tres.
Del otro lado había una pared.
No una puerta cerrada.
No una cortina de seguridad.
Una pared de concreto gris, a menos de medio metro de la cabina.
Tomás tardó unos segundos en reaccionar.
Miró el panel.
B1.
B2.
B4.
Volvió a mirar.
El botón B3 no estaba.
—No puede ser.
Había estacionado allí esa misma mañana.
Recordaba perfectamente la columna amarilla marcada con el número 37, la mancha de aceite junto al lugar vecino y el pequeño letrero torcido que indicaba SALIDA.
Presionó B2.
Las puertas se cerraron.
El ascensor subió.
Afuera, la lluvia golpeaba el edificio con tanta fuerza que incluso desde los sótanos se escuchaba el rumor del agua descendiendo por las tuberías.
Cuando llegó al B2, Tomás salió.
El estacionamiento estaba casi vacío.
Caminó hacia la rampa.
El cartel señalaba:
B2 ↑
B4 ↓
Tomás se quedó mirando.
No había B3.
La rampa descendía directamente hacia el cuarto sótano.
Bajó unos metros.
Esperaba encontrar otro tramo, una curva, cualquier explicación.
No.
Al terminar la pendiente apareció un letrero azul:
NIVEL B4.
Sacó el teléfono.
Buscó la fotografía que había tomado por la mañana para recordar dónde había dejado el auto.
Ahí estaba.
Su sedán gris.
Columna 37.
Detrás, claramente pintado sobre el concreto:
B3.
Tomás levantó la vista.
La misma columna estaba frente a él.
37.
Pero encima alguien había pintado:
B4.
No parecía pintura reciente.
Estaba sucia, gastada, arañada por años de golpes.
Su automóvil estaba exactamente donde lo había dejado.
Abrió.
Se sentó.
Durante un momento no arrancó.
El limpiaparabrisas seguía en la misma posición.
La botella de agua estaba en el portavasos.
Todo normal.
Excepto el nivel.
Tomás salió del edificio sin detenerse en la garita.
En casa le contó a Lorena.
Su esposa lo escuchó mientras calentaba la cena.
—¿Estás seguro de que no estacionaste en el cuatro?
Tomás le mostró la fotografía.
Ella amplió la imagen.
—Dice B3.
—Exacto.
—Quizá cambiaron la señalización.
—¿En un día?
Lorena dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Y qué quieres que te diga?
Tomás no sabía.
No quería una explicación.
Solo quería que otra persona estuviera de acuerdo en que aquello era imposible.
A la mañana siguiente había dejado de llover.
Llegó temprano.
El ascensor tenía cuatro botones.
B1.
B2.
B3.
B4.
Tomás presionó B3.
Las puertas se abrieron normalmente.
Ahí estaba el estacionamiento.
La columna 37.
Vacía.
Bajó caminando por la rampa.
Del B3 al B4 había otro tramo completo.
El edificio volvía a tener cuatro sótanos.
Tomás regresó al B3.
Se quedó en el espacio donde, durante la lluvia, había estado su auto.
La mancha de aceite seguía allí.
El letrero de SALIDA seguía torcido.
Todo coincidía con la fotografía.
Excepto el automóvil, que ahora estaba estacionado un piso más abajo.
Un compañero pasó junto a él.
—¿Perdiste algo?
Tomás negó.
—No.
No quiso explicar.
Durante una semana no volvió a llover.
Tomás terminó convencido de que había confundido algo.
No sabía qué.
Pero necesitaba creerlo.
El siguiente martes, poco después de las cuatro de la tarde, el cielo se oscureció.
A las cinco empezó a llover.
A las cinco y veinte, Patricia, una compañera del área contable, apareció junto a su escritorio.
—¿Tienes paraguas?
—En el auto.
—Perfecto. Préstamelo cinco minutos. Tengo que ir al edificio de al lado.
Tomás estuvo a punto de darle las llaves.
Entonces recordó.
—¿Dónde estacionaste?
Patricia lo miró con extrañeza.
—B2.
Tomás se sintió ridículo.
—Nada. Olvídalo.
Ella sonrió.
—¿Qué pasa con el B2?
—Nada.
Patricia se fue.
Diez minutos después volvió.
Sin paraguas.
Empapada.
Tomás se levantó.
—¿Qué ocurrió?
Ella dejó el bolso sobre la mesa.
—No encontré el auto.
—¿En el B2?
Patricia lo miró.
—¿Por qué dices B2?
Tomás sintió un escalofrío.
—Porque acabas de decirme que estacionaste ahí.
—No.
—Sí.
—Tomás, yo estacioné en el B3.
Él no respondió.
Patricia miró su ropa mojada.
—Además, qué raro.
—¿Qué?
—No recuerdo haber salido.
Tomás se quedó observándola.
—Estás empapada.
Ella tocó su propia manga como si acabara de notarlo.
—Sí.
—¿Dónde estuviste?
Patricia miró hacia las ventanas.
La lluvia seguía cayendo.
—Bajé al estacionamiento.
—¿Y después?
Silencio.
—No sé.
La sonrisa nerviosa desapareció.
—Recuerdo el ascensor.
—¿Qué piso?
Patricia se llevó una mano a la frente.
—No sé.
—¿Viste tu auto?
—Creo que sí.
—¿Y por qué volviste sin paraguas?
Patricia lo miró.
—¿Qué paraguas?
Tomás sintió ganas de dejar la conversación allí.
Lo hizo.
Aquella tarde esperó hasta que la lluvia disminuyera antes de bajar.
El ascensor mostraba:
B1.
B3.
B4.
Faltaba B2.
Tomás no entró.
Volvió a la oficina.
Patricia ya se había ido.
A la mañana siguiente, con el cielo despejado, los cuatro niveles estaban nuevamente allí.
Tomás encontró el auto de Patricia en el B2.
En el asiento del acompañante estaba su paraguas.
Nunca le preguntó por él.
Dos semanas después comenzó la temporada de lluvias con más fuerza.
Tomás empezó a mirar el pronóstico antes de ir al trabajo.
Si había posibilidad de lluvia, estacionaba en la calle.
Pagaba más.
Caminaba cuatro cuadras.
No le importaba.
No volvió a entrar al estacionamiento durante una tormenta.
Eso le permitió fingir que el problema pertenecía al edificio y no a él.
Hasta la noche en que Lorena llamó.
—Estoy abajo.
Tomás miró el teléfono.
—¿Abajo dónde?
—En tu trabajo.
El corazón le dio un golpe.
—¿Por qué?
—Vine a traerte los documentos que olvidaste. El guardia me dejó entrar al estacionamiento porque está lloviendo demasiado.
Tomás se levantó.
—¿Dónde estacionaste?
—No sé. Creo que en el B4.
—No salgas del auto.
Lorena se rio.
—¿Qué?
—Escúchame. Quédate ahí.
—Tomás, ya salí.
Él caminó hacia el ascensor.
—Vuelve al auto.
—No sé dónde está.
Tomás se detuvo.
—¿Cómo que no sabes?
Del teléfono llegó un eco.
No el de una llamada.
El de un espacio enorme.
—Estoy caminando.
—¿Qué ves?
—Autos.
—¿Qué nivel dice?
Lorena tardó en responder.
—No hay número.
Tomás cerró los ojos.
—Busca una columna.
—Todas están negras.
—¿Negras?
—Como mojadas.
Tomás presionó el botón del ascensor.
—Voy a bajar.
—No.
La voz de Lorena cambió.
—¿Qué pasa?
—Hay alguien aquí.
Tomás sintió que el aire se le quedaba atrapado.
—¿Dónde?
—Entre los autos.
—No te acerques.
—No se está acercando.
Pausa.
—Está parado.
—Lorena, vuelve a la rampa.
—No veo ninguna.
El ascensor llegó.
Tomás miró el panel.
B1.
B2.
B3.
Faltaba B4.
—Lorena.
—Aquí estoy.
—¿Entraste por el cuarto?
—Creo que sí.
Tomás no entró en el ascensor.
—Mira alrededor. ¿Ves una salida?
Lorena respiraba rápido.
—Hay un letrero.
—¿Qué dice?
Ella no contestó.
—Lorena.
—Dice “B4”.
Tomás miró el panel sin ese botón.
—Entonces estás ahí.
—¿Dónde más voy a estar?
—El B4 no está.
Silencio.
La lluvia golpeó con más fuerza los ventanales del vestíbulo.
Lorena habló muy bajo.
—Tomás.
—¿Sí?
—Hay más gente.
—¿Qué gente?
—Pensé que eran autos al principio.
La llamada crujió.
—Están de pie entre las columnas.
Tomás no quiso imaginarlo.
—No los mires.
—No se mueven.
—Lorena, escucha mi voz.
—Uno tiene un paraguas.
Tomás apretó el teléfono.
—¿Qué?
—Rojo.
Patricia tenía un paraguas rojo.
Tomás lo recordaba porque se lo había visto decenas de veces en la oficina.
—Lorena, no hables con nadie.
—Hay una mujer.
—No.
—Me está mirando.
—No le respondas.
La llamada quedó en silencio.
Tomás escuchó únicamente estática.
—Lorena.
Nada.
—Lorena.
Después oyó la voz de su esposa.
Muy cerca del teléfono.
—Dice que ella también vino a buscar su auto.
Tomás cerró los ojos.
—Aléjate.
—Tomás...
Lorena empezó a llorar.
—Me conoce.
—¿Qué te dijo?
—Mi nombre.
Tomás entró en el ascensor.
No presionó ningún botón.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Metió una mano.
Volvieron a abrirse.
No sabía qué hacer.
Si el cuarto nivel había desaparecido, bajar no significaba llegar hasta Lorena.
Pero quedarse arriba tampoco.
—Voy por las escaleras.
—No.
—Voy a encontrarte.
—Tomás, espera.
La voz de Lorena se hizo más baja.
—Aquí hay un ascensor.
—No entres.
—Las puertas están abiertas.
—Lorena.
—Adentro estás tú.
Tomás dejó de respirar.
—¿Qué?
—Estás parado dentro.
La llamada perdió calidad.
—No te mueves.
—No soy yo.
—Ya sé.
Lorena comenzó a llorar más fuerte.
—Porque tú tienes el teléfono.
Tomás miró el suyo.
—No lo mires.
—Está sosteniendo algo.
—Lorena.
—Mi paraguas.
La llamada se cortó.
Tomás gritó su nombre en medio del vestíbulo vacío.
Volvió a marcar.
Sin respuesta.
Bajó por las escaleras.
B1.
El letrero estaba allí.
B2.
B3.
Después esperaba encontrar B4.
No apareció.
El siguiente tramo terminaba en planta baja.
Tomás subió.
B3.
B2.
B1.
No había cuarto nivel.
Volvió al B3.
Abrió la puerta.
Cientos de vehículos.
Luces fluorescentes.
Concreto.
Nada extraño.
Caminó hacia la rampa descendente.
No existía.
En su lugar había una pared.
Tomás apoyó ambas manos sobre ella.
—¡Lorena!
Del otro lado llegó un golpe.
Muy débil.
Tomás retrocedió.
Otro.
—¡Lorena!
Golpe.
Luego una voz amortiguada por el concreto.
No podía distinguir las palabras.
Tomás acercó la oreja.
Escuchó motores.
Una bocina.
Pasos.
Y lluvia.
Lluvia detrás de una pared situada cuatro pisos bajo tierra.
—¡Lorena!
Algo golpeó desde el otro lado.
Esta vez más fuerte.
Tomás empezó a buscar cualquier cosa.
Una puerta de servicio.
Una rejilla.
Una salida.
No encontró nada.
Entonces las luces parpadearon.
El ruido de la lluvia desapareció.
La pared seguía allí.
Pero ahora había una línea vertical en medio.
Tomás retrocedió.
La línea se ensanchó.
No como una puerta que se abre.
Como si dos paredes estuvieran separándose.
Apareció oscuridad.
Luego una franja del estacionamiento.
Tomás vio la columna.
B4.
Del otro lado estaba Lorena.
A unos quince metros.
Sola.
—¡Lorena!
Ella lo miró.
No corrió.
Tomás cruzó.
La agarró del brazo.
Estaba helada.
—Vamos.
Lorena miró hacia atrás.
Tomás también.
No había personas.
Solo autos.
Muchos más de los que recordaba.
Algunos cubiertos de polvo.
Otros con las ventanas abiertas.
Uno tenía una silla infantil en el asiento trasero.
Otro conservaba bolsas de supermercado dentro.
Un automóvil antiguo estaba cubierto por una capa de humedad tan gruesa que parecía llevar años allí.
Tomás apartó la mirada.
—Vamos.
Lorena señaló el ascensor.
Las puertas estaban abiertas.
Dentro no había nadie.
En el suelo había un paraguas rojo.
Tomás no quiso acercarse.
Volvieron por la abertura.
En cuanto cruzaron al B3, las luces parpadearon otra vez.
Tomás se volvió.
La pared estaba cerrada.
No había línea.
No había entrada.
Lorena se dejó caer contra una columna.
—Mi auto.
—Lo dejamos.
—Está ahí.
—No importa.
—Tomás.
Ella lo miró.
—No era el mío.
Él no entendió.
—¿Qué?
—El auto en el que llegué.
Lorena comenzó a temblar.
—Pensé que era el mío hasta que vi una foto en el tablero.
—¿De quién?
Ella negó.
—De nosotros.
Tomás sintió un vacío.
—¿Qué foto?
—Tú y yo.
—¿Dónde?
—No sé.
—Lorena.
—Había una niña con nosotros.
Tomás no respondió.
No tenían hijos.
Lorena se cubrió la boca.
—Yo sabía su nombre.
—No me lo digas.
Ella lo miró.
—No lo recuerdo.
Tomás la ayudó a levantarse.
Salieron por las escaleras.
Mientras subían, la lluvia comenzó a disminuir.
Cuando llegaron al vestíbulo, el panel del ascensor volvió a mostrar cuatro sótanos.
B1.
B2.
B3.
B4.
No bajaron.
Tomaron un taxi.
El automóvil de Lorena apareció al día siguiente en el B4.
Era el suyo.
Misma matrícula.
Mismos documentos.
No había ninguna fotografía en el tablero.
Tomás lo condujo hasta casa.
No encontró nada extraño.
Durante semanas ninguno habló de aquella niña.
No porque hubieran decidido evitar el tema.
Porque cada día resultaba un poco más difícil recordar que alguna vez habían tenido algo que olvidar.
Las lluvias continuaron.
Tomás dejó de estacionar bajo tierra.
Lorena tampoco volvió a entrar.
Un viernes, Patricia se acercó a su escritorio.
—¿Tú tienes un paraguas rojo?
Tomás levantó la vista.
—No.
—Qué raro.
Ella sostenía uno.
Lo observó como si no supiera de dónde había salido.
—Pensé que era mío.
Tomás miró el mango.
Había una etiqueta pequeña.
Un nombre escrito a mano.
La tinta estaba corrida.
Solo pudo leer las primeras letras.
LO...
Patricia lo dejó en el perchero.
—Si alguien pregunta, está aquí.
Nadie preguntó.
Esa noche volvió a llover.
Tomás salió por la puerta principal.
No miró hacia la entrada del estacionamiento.
Caminó dos cuadras.
Entonces escuchó una bocina debajo de la calle.
Una sola vez.
Se detuvo.
La gente siguió caminando a su alrededor.
Nadie más pareció notarla.
Otra bocina.
Más abajo.
Como si existiera una avenida completa bajo el asfalto.
Tomás continuó caminando.
No quería saber qué nivel faltaba aquella noche.
Ni cuántas personas seguían creyendo que estaban estacionadas en él.
La lluvia arreció.
Y durante unos segundos, mezclado con el ruido del agua, creyó escuchar a una niña riéndose en algún lugar bajo sus pies.
No intentó recordar su nombre.
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