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El diario del último vigilante

El diario del último vigilante

Cuando Andrés Valdivia aceptó el turno nocturno en el Archivo Municipal de San Jerónimo, pensó que había conseguido el trabajo más sencillo del mundo.

El edificio cerraba al público a las seis de la tarde. Después de esa hora, no quedaban empleados, investigadores ni visitantes. Su función consistía únicamente en recorrer los tres pisos cada dos horas, comprobar puertas y ventanas, vigilar las cámaras y registrar cualquier anomalía en un cuaderno.

Nada más.

El archivo ocupaba un antiguo convento construido a finales del siglo XIX. Sus paredes eran gruesas, los corredores estrechos y las ventanas demasiado altas para mirar cómodamente hacia el exterior. Miles de expedientes, fotografías, periódicos y documentos antiguos llenaban estanterías metálicas que parecían prolongarse hasta perderse en la oscuridad.

El supervisor le entregó las llaves durante su primera noche.

—Una última cosa —dijo antes de marcharse—. En la garita encontrarás un cuaderno negro. No lo tires.

—¿Es el registro anterior?

El hombre dudó.

—Algo así.

—¿Tengo que usarlo?

—No. Usa el nuevo.

Andrés señaló una libreta azul sobre el escritorio.

—Entonces, ¿para qué sirve el negro?

El supervisor ya estaba cerrando la puerta.

—Para saber qué no debes hacer.

Andrés sonrió pensando que se trataba de una broma.

A las siete, cuando quedó solo, abrió el cajón.

El cuaderno negro estaba allí.

Era pequeño, con la cubierta de cuero desgastada y las esquinas dobladas. En la primera página alguien había escrito:

«Registro nocturno. Vigilante: Mateo Salcedo».

La fecha correspondía a doce años atrás.

Andrés comenzó a leer.

Las primeras anotaciones eran normales.

«22:00. Todo en orden».

«00:00. Puertas aseguradas».

«02:00. Falla intermitente en cámara 6».

Después comenzaron las cosas extrañas.

«03:14. Escuché pasos en el segundo piso. No encontré a nadie».

«03:27. La cámara 6 muestra una puerta que no existe».

«03:42. No debo volver a abrir el depósito 4».

Andrés levantó la vista.

En el monitor, seis cámaras mostraban diferentes sectores del edificio.

Pasillos vacíos.

Escaleras.

La recepción.

Los depósitos.

La cámara 6 apuntaba hacia el corredor oriental del segundo piso.

No había nada extraño.

Continuó leyendo.

«Si alguien encuentra este cuaderno: no responda cuando escuche golpes dentro de los archivadores».

Andrés soltó una risa corta.

—Muy gracioso.

Cerró el cuaderno y comenzó su primera ronda.

El edificio producía todos los sonidos que uno esperaría de una construcción antigua. Madera contrayéndose, tuberías vibrando y corrientes de aire que hacían moverse las puertas.

A las diez regresó a la garita.

Escribió en su libreta azul:

«22:00. Todo en orden».

La frase le resultó familiar.

A medianoche realizó otra inspección.

Nada.

A las dos de la mañana comenzó a aburrirse.

Preparó café, encendió una pequeña radio y volvió a revisar el cuaderno de Mateo.

Las últimas páginas eran mucho más inquietantes.

«La cámara no muestra el pasado. Tampoco muestra el presente».

«Esta noche vi mi propia ronda antes de realizarla».

«Hay alguien copiando mis movimientos».

«No sé cuál de nosotros está haciendo el turno».

Andrés dejó de leer.

Miró las cámaras.

La número 6 mostraba el corredor oriental.

Una figura apareció en el extremo.

Era un hombre vestido con uniforme de vigilante.

Andrés acercó la silla.

El uniforme era idéntico al suyo.

La figura caminó lentamente hacia la cámara.

Andrés vio su rostro.

Era él.

Se levantó de golpe.

El hombre de la pantalla continuó avanzando.

Luego se detuvo y miró directamente hacia la cámara.

Levantó la mano.

Andrés no lo hizo.

La imagen se cubrió de interferencias.

Cuando regresó, el pasillo estaba vacío.

Andrés tomó la radio portátil y salió de la garita.

Subió al segundo piso.

El corredor estaba desierto.

La cámara 6 colgaba del techo.

No había puertas nuevas ni señales de otra persona.

—¿Hola?

Su voz produjo un eco.

Entonces escuchó tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Provenían de uno de los archivadores metálicos.

Andrés recordó la advertencia del cuaderno.

No responda cuando escuche golpes dentro de los archivadores.

Se acercó.

Hubo otros tres golpes.

—¿Hay alguien ahí?

En cuanto pronunció la pregunta, todos los archivadores del corredor comenzaron a golpear desde dentro.

Cientos de impactos resonaron al mismo tiempo.

Andrés corrió.

Bajó las escaleras y se encerró en la garita.

Los golpes cesaron inmediatamente.

Sobre el escritorio, el cuaderno negro estaba abierto.

Una frase nueva aparecía en la última página.

La tinta parecía fresca.

«Te dije que no respondieras».

Andrés retrocedió.

Revisó las páginas anteriores.

Debajo de las anotaciones de Mateo había comenzado a aparecer otra letra.

La suya.

«02:17. Respondí a los golpes».

Andrés cerró el cuaderno.

El teléfono interno sonó.

Número de extensión: 204.

Andrés conocía el plano.

La oficina 204 estaba vacía desde hacía años.

Contestó.

—Seguridad.

Una voz masculina respondió:

—Andrés, escucha con atención.

Él reconoció inmediatamente la voz.

Era la suya.

—¿Quién habla?

—No importa. Tienes menos de una hora.

—¿Para qué?

La voz respiró lentamente.

—Para no convertirte en el siguiente vigilante.

La llamada terminó.

Andrés intentó comunicarse con el supervisor.

Sin señal.

Su teléfono móvil tampoco tenía cobertura.

Miró el reloj.

2:26.

Abrió nuevamente el cuaderno.

Las páginas finales habían cambiado.

Ahora contenían instrucciones.

«Primera regla: no contestes las llamadas del archivo».

Debajo apareció otra línea.

«Demasiado tarde».

Andrés sintió que se le secaba la boca.

«Segunda regla: si ves a otro vigilante en las cámaras, no permitas que llegue a la garita».

Miró los monitores.

En la cámara 6 estaba él otra vez.

Esta vez caminaba más rápido.

Pasó a la cámara 5.

Luego a la 4.

Se aproximaba.

Andrés cerró con llave.

La figura apareció en la cámara del primer piso.

Llegó a recepción.

Se detuvo frente a la garita.

Andrés escuchó pasos al otro lado.

Tres golpes en la puerta.

—Abre —dijo su propia voz.

Andrés permaneció inmóvil.

—Sé que estás ahí.

La manija comenzó a moverse.

Andrés tomó una barra metálica utilizada para bloquear la puerta.

—No eres real.

La voz rio.

—Eso mismo pensé yo.

Silencio.

Después:

—Mira el cuaderno.

Andrés bajó la mirada.

Una nueva anotación:

«Tercera regla: uno de los dos siempre cree ser el verdadero».

Andrés sintió un escalofrío.

La persona al otro lado volvió a hablar.

—¿Recuerdas cómo llegaste al trabajo?

—Sí.

—¿Qué desayunaste?

Andrés abrió la boca.

No pudo recordarlo.

—¿Qué hiciste ayer?

Nada.

Tenía recuerdos generales de su vida: su madre, sus estudios, trabajos anteriores.

Pero las últimas veinticuatro horas eran un espacio borroso.

—Tú apareciste aquí esta noche —dijo la voz—. Igual que yo.

—Cállate.

—El archivo no guarda documentos. Guarda versiones.

Andrés miró alrededor.

Sobre una estantería había una caja que no había visto antes.

Etiqueta:

«VALDIVIA, ANDRÉS».

La abrió.

Dentro encontró fotografías.

En una aparecía entrando al edificio.

Otra mostraba su primera ronda.

Otra lo mostraba leyendo el cuaderno negro.

Las imágenes tenían fechas diferentes.

Algunas eran de hacía meses.

Otras de hacía años.

Una fotografía fechada en 2017 mostraba a Andrés trabajando como vigilante.

Pero él nunca había estado allí antes.

O al menos eso creía.

Entre los documentos encontró una ficha laboral.

«Empleado: Andrés Valdivia».

«Cargo: vigilante nocturno».

«Estado: desaparecido».

Fecha: nueve años atrás.

Andrés sintió que le temblaban las manos.

El hombre detrás de la puerta habló de nuevo.

—Ahora entiendes.

—No.

—Cada vigilante deja una copia.

—¿Por qué?

—Porque alguien debe seguir haciendo las rondas.

Andrés abrió el cuaderno buscando las anotaciones de Mateo.

La última decía:

«Creí escapar a las 4:00. Años después entendí que el que salió no fui yo».

La letra continuaba:

«Yo sigo aquí».

Una alarma comenzó a sonar.

3:00.

Todos los monitores se apagaron excepto uno.

La cámara 6.

Mostraba un hombre sentado en el suelo del depósito 4.

Tenía barba y el uniforme destrozado.

Era Mateo Salcedo.

Miró hacia la cámara.

Movió los labios.

«NO ABRAS».

La puerta de la garita dejó de recibir golpes.

Andrés se acercó lentamente.

—¿Sigues ahí?

Nadie respondió.

Abrió apenas.

El corredor estaba vacío.

En el suelo encontró una llave.

Llevaba una etiqueta:

DEPÓSITO 4.

El cuaderno negro mostraba otra frase.

«Si quieres salir, debes encontrar el primer registro».

Andrés comprendió que debía ir al depósito.

Subió al segundo piso.

El corredor estaba silencioso.

La puerta del depósito 4 se encontraba al fondo.

Introdujo la llave.

Dentro había cientos de cajas.

Cada una llevaba el nombre de un vigilante.

Encontró la de Mateo.

También varias con su propio nombre.

La más antigua tenía fecha de 1998.

Andrés tenía treinta y dos años.

En 1998 era un niño.

Abrió la caja.

Dentro había un cuaderno idéntico al negro.

Primera página:

«Registro nocturno. Vigilante: Andrés Valdivia».

La letra era suya.

—No puede ser.

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Aquí el tiempo solo sirve para ordenar archivos.

Mateo apareció entre las estanterías.

Parecía cansado, pero real.

—¿Eres Mateo?

—Una versión.

—¿Cómo salgo?

Mateo señaló las cajas.

—El edificio registra todo lo que ocurre dentro. Personas, voces, recuerdos. Cuando alguien permanece demasiado tiempo, crea una copia suficientemente completa.

—¿Y luego?

—Una sale. Otra continúa trabajando.

—¿Cuál soy yo?

Mateo sonrió con tristeza.

—Eso deja de importar después de unas cuantas noches.

Andrés retrocedió.

—Yo voy a salir.

—Todos decimos eso.

—¿Dónde está el primer registro?

Mateo señaló el fondo.

Había una caja sin nombre.

Dentro encontraron una libreta fechada en 1927, año en que el edificio comenzó a funcionar como archivo.

Primera anotación:

«Todo documento debe tener custodio».

Segunda:

«Todo custodio debe quedar registrado».

Tercera:

«Ningún registro puede permanecer sin vigilante».

Andrés comprendió.

—Si destruyo esto...

—Tal vez destruya todas las copias.

—¿Y nosotros?

—También somos registros.

Las luces comenzaron a parpadear.

A lo lejos se escucharon pasos.

El otro Andrés había entrado.

—¡No lo hagas! —gritó desde el corredor.

Mateo miró a Andrés.

—Tienes que decidir qué prefieres: saber que eres real o simplemente ser libre.

El otro Andrés apareció en la puerta.

Era idéntico.

—Él está mintiendo —dijo—. Yo llevo nueve años intentando destruir esto.

Andrés miró a ambos.

—¿Cuál de ustedes es el verdadero?

Mateo respondió:

—Esa es la pregunta que mantiene funcionando el archivo.

Andrés dejó de pensar.

Tomó un encendedor del estante de mantenimiento y prendió fuego al primer registro.

El otro Andrés gritó.

Las páginas ardieron rápidamente.

Las luces se apagaron.

Todas las cajas comenzaron a abrirse.

Del interior surgieron voces, recuerdos y sombras de personas que habían trabajado allí durante décadas.

Andrés corrió hacia la salida.

Los corredores cambiaban a su alrededor.

Puertas aparecían donde antes había paredes.

Las cámaras mostraban versiones distintas de su huida.

En una pantalla se veía cayendo.

En otra regresando al depósito.

En otra permaneciendo sentado en la garita.

Finalmente alcanzó la entrada principal.

El reloj marcaba las cuatro.

Abrió la puerta.

Amanecía.

Salió.

El edificio quedó en silencio detrás de él.

Una semana después, el Archivo Municipal fue clausurado tras un incendio eléctrico en uno de sus depósitos.

No hubo heridos.

Los responsables afirmaron que el vigilante nocturno había abandonado su puesto antes del incidente.

Andrés nunca volvió.

Consiguió otro trabajo, cambió de ciudad y trató de olvidar aquella noche.

Durante meses todo pareció normal.

Hasta que una mañana encontró un cuaderno negro frente a la puerta de su departamento.

No lo tocó.

Llamó a la policía.

Cuando los agentes llegaron, el cuaderno había desaparecido.

Esa noche, a las tres y catorce, alguien golpeó desde dentro de su armario.

Tres veces.

Toc.

Toc.

Toc.

Andrés guardó silencio.

Los golpes se repitieron.

Luego escuchó su propia voz.

—No respondas.

Andrés retrocedió.

La televisión se encendió sola.

La pantalla mostraba la antigua cámara 6.

El corredor del Archivo Municipal seguía intacto.

Un vigilante caminaba hacia la cámara.

Era Andrés.

Parecía más viejo.

Se detuvo frente al objetivo y levantó un cartel.

«NO SALISTE».

La imagen cambió.

Ahora mostraba el apartamento de Andrés desde una esquina del techo.

Él aparecía de pie frente al televisor.

La grabación tenía una etiqueta:

CAM 7.

Debajo apareció un contador.

03:26.

Andrés miró alrededor.

Nunca había instalado cámaras.

La imagen del televisor mostró algo más.

Detrás de él, la puerta del armario comenzaba a abrirse.

Andrés no se giró.

En la pantalla salió un hombre idéntico a él.

El hombre se acercó lentamente.

Colocó una mano sobre su hombro.

En la habitación real, Andrés sintió el mismo contacto.

Entonces la pantalla quedó negra.

A la mañana siguiente, los vecinos vieron a Andrés salir del edificio como siempre.

Los saludó.

Compró café.

Fue al trabajo.

Nadie notó nada extraño.

Excepto que, desde aquel día, cada vez que pasa frente a una cámara de seguridad, su reflejo tarda unos segundos en seguir caminando.

A veces se queda mirando hacia el objetivo.

Otras veces intenta decir algo.

Quienes han ampliado las grabaciones aseguran que siempre repite la misma frase:

«Todavía estoy de turno».

Hace dos noches, el antiguo Archivo Municipal volvió a aparecer en los registros de vigilancia de la ciudad.

El edificio sigue clausurado.

No tiene electricidad.

Sin embargo, a las tres y catorce de cada madrugada, la cámara 6 transmite durante exactamente un minuto.

Se observa un corredor vacío.

Después aparece un vigilante.

Camina hasta quedar frente al objetivo.

Levanta un cuaderno negro.

En la cubierta hay un nombre diferente cada noche.

Quizá sea solo una coincidencia.

Pero si alguna vez aceptas un trabajo nocturno y encuentras el registro del vigilante anterior, presta atención a lo que escribió.

Sobre todo si las últimas páginas están vacías.

Porque quizá no estén esperando que alguien las lea.

Quizá estén esperando a saber quién será el próximo en escribirlas.

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